De la mujer más rica de la Alemania nazi a viuda empobrecida de un criminal de guerra – Emmy Göring

De la mujer más rica de la Alemania nazi a viuda empobrecida de un criminal de guerra - Emmy Göring

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En los últimos meses de la guerra, mientras Alemania se desmoronaba bajo las bombas, Emmy Göring todavía conservaba algo que millones de personas habían perdido hacía mucho tiempo: la convicción de que su mundo, de alguna manera, sobreviviría.

Había vivido durante años rodeada de criados, uniformes, limusinas, recepciones oficiales y obras de arte que cubrían las paredes de una de las residencias más extravagantes del Tercer Reich.

Su marido no era un funcionario cualquiera.

Era Hermann Göring.

Comandante de la Luftwaffe. Presidente del Reichstag. Responsable del Plan Cuatrienal. Durante buena parte del régimen, el hombre señalado como sucesor de Adolf Hitler.

Y Emmy era su esposa.

La actriz convertida en dama del poder.

La mujer que recibía dignatarios, aparecía en fotografías oficiales y ocupaba, junto a Magda Goebbels, el espacio simbólico que una Alemania obsesionada con las jerarquías reservaba para una especie de “primera dama” del Reich.

Pero en 1945 hubo un instante en que todo aquello comenzó a desaparecer.

No lentamente.

No con elegancia.

Desapareció como desaparecen los escenarios cuando alguien apaga las luces.

Y lo más inquietante de la historia de Emmy Göring no es simplemente que una mujer acostumbrada al lujo terminara viviendo modestamente.

Es que, incluso después de Núremberg, después de las pruebas, después de conocer el alcance de los crímenes del régimen al que su marido había servido desde la cúspide, Emmy siguió mirando hacia atrás y viendo algo completamente distinto de lo que veía el resto del mundo.

Para comprenderlo hay que regresar a los años en los que ningún mayordomo se atrevía a dejarla esperando.

A Carinhall.

A un mundo construido para hacer parecer eterno un poder que duraría doce años.


La enorme propiedad de Hermann Göring se levantaba en la región boscosa de Schorfheide, al norte de Berlín.

Su nombre era extraño para cualquiera que conociera la historia matrimonial del dueño.

Carinhall.

No estaba bautizada en honor de Emmy.

El nombre homenajeaba a Carin, la primera esposa de Göring, fallecida años antes.

Sin embargo, Emmy vivía allí.

Y Carinhall no era simplemente una casa de campo.

Era una representación física de lo que el poder nazi había hecho con Hermann Göring.

Cada ampliación parecía decir lo mismo:

más.

Más habitaciones.

Más muebles.

Más trofeos.

Más tapices.

Más esculturas.

Más cuadros.

Más símbolos de estatus.

Göring había desarrollado una obsesión extraordinaria por el arte, y la expansión alemana por Europa le abrió oportunidades que un coleccionista normal jamás habría tenido.

Porque Göring no compraba en un mercado normal.

Operaba en un continente ocupado.

Museos, colecciones privadas, marchantes perseguidos y, de manera particularmente brutal, propietarios judíos fueron víctimas de confiscaciones, ventas forzadas y expolio.

El saqueo artístico nazi alcanzó proporciones enormes, y Göring estuvo entre sus mayores beneficiarios.

Las políticas de “arianización” impulsadas por el régimen habían expulsado progresivamente a los judíos de la vida económica alemana, confiscando negocios, cuentas y propiedades. El propio Göring dirigió la reunión posterior a la Noche de los Cristales en la que se impuso a la población judía alemana una multa colectiva de mil millones de Reichsmarks y se decidió confiscar indemnizaciones de seguros que deberían haber recibido las víctimas de la violencia.

Ese era el sistema político en cuya cúspide vivían Hermann y Emmy Göring.

Y, dentro de Carinhall, el resultado podía contemplarse colgado de las paredes.

Imagine la escena.

Una cena oficial.

Copas sobre la mesa.

Uniformes perfectamente planchados.

Una pintura antigua iluminada por lámparas discretas.

Un invitado observa el cuadro.

Pregunta por el artista.

Göring conoce la respuesta.

Probablemente conoce también su precio, su procedencia y la historia mediante la cual terminó allí.

Pero detrás de algunos de aquellos objetos existía otra historia.

Una familia expulsada.

Un coleccionista perseguido.

Una galería confiscada.

Una propiedad transferida bajo un régimen en el que decir “no” a personas como Hermann Göring podía tener consecuencias inimaginables.

Mientras tanto, Emmy representaba la normalidad.

Sonreía.

Recibía invitados.

Interpretaba el papel social de esposa del poderoso mariscal.

La contradicción era gigantesca.

Y precisamente por eso resultaba tan fácil no verla cuando uno estaba sentado en el lado correcto de la mesa.


Emmy Sonnemann no había nacido dentro de aquel universo.

Había nacido en Hamburgo en 1893.

Era actriz.

Había trabajado en teatros de distintas ciudades alemanas y austríacas antes de conocer al hombre que cambiaría radicalmente la escala de su vida.

Hermann Göring la conoció cuando ya era uno de los hombres decisivos del movimiento nazi.

En 1934, utilizando su posición como ministro-presidente de Prusia, Göring favoreció la carrera teatral de Emmy y le concedió el título de actriz estatal prusiana.

Meses después, el 10 de abril de 1935, se casaron.

No fue una boda discreta.

Adolf Hitler participó como testigo.

La celebración se convirtió en uno de aquellos espectáculos en los que el régimen transformaba la vida privada de sus dirigentes en propaganda pública.

A partir de ese momento, Emmy dejó de ser simplemente una actriz conocida.

Se convirtió en Frau Göring.

Y el apellido funcionaba como una llave.

Abría puertas.

Silenciaba objeciones.

Movía funcionarios.

Transformaba peticiones en órdenes sin necesidad de que nadie pronunciara la palabra “orden”.

Ese detalle sería importante años después.

Muchísimo más importante de lo que Emmy podía imaginar.

Porque cuando el régimen desapareció, los tribunales comenzarían a preguntarse algo extremadamente incómodo:

¿Cuántos de los regalos recibidos por la familia Göring habían sido realmente regalos?


En junio de 1938 nació Edda, la única hija del matrimonio.

Para Emmy y Hermann, aquella niña representó algo extraordinario.

Su llegada se convirtió también en un acontecimiento público.

En la Alemania nazi, la familia del segundo hombre del Reich no podía tener simplemente un bebé.

Tenía que producir un símbolo.

Los regalos comenzaron a llegar.

Y uno de ellos terminaría sobreviviendo a Hitler, a Göring, a Carinhall y al propio Tercer Reich.

Era una pintura.

Una Virgen con el Niño atribuida a Lucas Cranach el Viejo.

La ciudad de Colonia se la entregó a Edda con motivo de su bautismo.

En fotografías y relatos de aquel tiempo podía parecer exactamente eso:

un generoso obsequio a una niña.

Años después, sin embargo, el regalo se transformaría en una batalla judicial que revelaría de manera extraordinaria cómo funcionaba el poder alrededor de Hermann Göring.

La historia había comenzado antes del nacimiento de Edda.

Göring quería adquirir una obra de arte alemán antiguo que estaba en manos de un marchante suizo.

Necesitaba una pieza para utilizarla en el intercambio.

Desde su entorno se comunicó al museo Wallraf-Richartz de Colonia que Göring estaba interesado en un cuadro de Benozzo Gozzoli perteneciente a la institución.

Los funcionarios de Colonia no querían desprenderse de aquella obra.

Encontraron otra solución.

La ciudad adquirió la pintura de Cranach que interesaba a Göring.

Y cuando nació Edda, terminó regalándosela.

Décadas después, un tribunal alemán tendría delante documentos sobre aquella operación y tendría que decidir si la ciudad había actuado libremente o bajo la enorme presión implícita que significaba un deseo expresado desde la oficina de Hermann Göring.

En 1938 nadie en Carinhall parecía preocuparse demasiado por esa pregunta.

La pintura estaba allí.

La niña tenía su regalo.

El padre tenía cerca la obra que deseaba.

El sistema seguía funcionando.

Y Emmy continuaba viviendo dentro de una burbuja donde todo parecía llegar con sorprendente facilidad.


Pero mientras Carinhall se llenaba, Europa se vaciaba de otra manera.

Familias judías perdían negocios.

Perdían casas.

Perdían cuentas bancarias.

Perdían obras de arte.

Después perderían derechos, libertad y, para millones, la vida.

Hermann Göring no fue un espectador periférico de ese proceso.

Después de la Noche de los Cristales de noviembre de 1938, estuvo directamente involucrado en medidas económicas destinadas a despojar todavía más a los judíos alemanes.

Y el 31 de julio de 1941 firmó una orden dirigida a Reinhard Heydrich para preparar una “solución total” de la cuestión judía en las zonas bajo influencia alemana.

En Núremberg, aquellos documentos formarían parte de una masa de pruebas que destruyó cualquier intento de presentarlo simplemente como un militar extravagante que había estado demasiado cerca de Hitler.

El Tribunal Militar Internacional lo declaró culpable de los cuatro cargos formulados contra él: conspiración, crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

Pero esa condena pertenecía todavía al futuro.

Durante años, Emmy veía principalmente otra versión de Hermann.

El marido.

El padre de su hija.

El anfitrión.

El hombre que podía ser encantador en privado.

Y ahí se encuentra uno de los elementos más perturbadores de esta historia.

Los grandes criminales históricos rara vez pasan cada minuto de cada día comportándose como monstruos delante de sus familias.

Pueden desayunar.

Bromear.

Enviar flores.

Jugar con sus hijos.

Celebrar aniversarios.

Después pueden entrar en una oficina y firmar un documento capaz de destruir miles de vidas.

La intimidad no cancela el crimen.

Pero puede convertirse en el refugio perfecto para quien no quiere verlo.


A medida que avanzaba la guerra, Carinhall parecía cada vez más surrealista.

Fuera, ciudades enteras ardían.

Dentro, Göring seguía acumulando arte.

Los territorios ocupados ofrecían a dirigentes nazis oportunidades gigantescas de enriquecimiento.

La colección de Göring creció hasta convertirse en una de las mayores colecciones privadas creadas durante la guerra.

Cada nueva pieza producía una paradoja.

Cuanto peor iba el mundo para millones de personas bajo ocupación nazi, más extraordinarios podían llegar a ser algunos de los tesoros concentrados en residencias del liderazgo alemán.

Y Emmy estaba allí.

No existe evidencia de que ella organizara personalmente el aparato de saqueo artístico de su marido.

Tampoco ocupaba la posición política que ocupaba Hermann.

Pero esa diferencia no elimina la pregunta moral central.

¿Qué significa beneficiarse de un sistema criminal sin querer saber demasiado sobre el origen de sus beneficios?

¿Qué responsabilidad corresponde a quien vive dentro del palacio aunque no firme las órdenes?

Durante mucho tiempo esas preguntas parecían abstractas.

Entonces llegaron las bombas.

Después llegaron las derrotas.

Después llegó 1945.

Y de pronto dejaron de ser preguntas filosóficas.


Hermann Göring comprendió antes que muchos que el Reich estaba perdiendo.

La Luftwaffe, que había sido uno de los grandes símbolos del poder alemán, ya no podía proteger el cielo del país.

Berlín era bombardeada.

El Ejército Rojo avanzaba desde el este.

Los aliados occidentales penetraban desde el oeste.

Y Carinhall, aquella enorme escenografía de poder construida durante años, se convirtió en un problema.

Había que evacuar obras.

Había que mover objetos.

Había que proteger la colección.

En enero de 1945 comenzó la evacuación de los tesoros artísticos.

Después, cuando las tropas soviéticas se aproximaban, Hermann Göring tomó una decisión final.

Carinhall no debía caer intacta.

La residencia fue destruida con explosivos.

El palacio que había recibido diplomáticos, aristócratas y altos dirigentes desapareció en una enorme detonación.

Metáfora demasiado perfecta para necesitar un escritor.

El Tercer Reich estaba haciendo lo mismo.

Volándose a sí mismo antes de admitir la derrota.


Entonces ocurrió algo que habría parecido imposible pocos años antes.

Emmy Göring comenzó a vivir como una fugitiva del mundo al que había pertenecido.

Ya no había filas de funcionarios inclinándose ante su apellido.

Ya no había un Estado dispuesto a organizar ceremonias alrededor de su familia.

Ya no existía la certeza de que una llamada telefónica desde el círculo de Göring resolvería cualquier inconveniente.

El apellido seguía abriendo puertas.

Pero ahora eran puertas de interrogatorios.

En mayo de 1945, Hermann Göring cayó en manos estadounidenses.

Emmy y Edda también fueron detenidas e internadas.

Aquella transformación debió resultar brutal.

Una mujer acostumbrada a residencias gigantescas y recepciones de Estado pasó a depender de autoridades militares extranjeras para decisiones básicas sobre su movimiento y su vida cotidiana.

Pero la caída material todavía no era el verdadero golpe.

El verdadero golpe llegaría cuando Hermann Göring se sentara en el banquillo de Núremberg.


Durante el juicio, el antiguo Reichsmarschall intentó hacer lo que había hecho durante toda su carrera política.

Controlar el escenario.

Respondía con seguridad.

Discutía con los fiscales.

Defendía partes esenciales del régimen.

Por momentos parecía disfrutar de estar nuevamente en el centro de atención.

Pero esta vez había una diferencia.

Los documentos hablaban.

Las actas hablaban.

Las órdenes hablaban.

Los cadáveres que ya no podían hacerlo estaban representados por montañas de evidencia.

El hombre que había vivido rodeado de uniformes, condecoraciones y obras maestras ahora estaba sentado bajo vigilancia de soldados enemigos.

El 1 de octubre de 1946 llegó el veredicto.

Culpable.

De todos los cargos.

Condenado a morir en la horca.

Para Emmy, sin embargo, seguía siendo Hermann.

Su marido.

Edda continuaba viendo a su padre.

Ahí aparece la fisura moral que definiría el resto de sus vidas.

El mundo veía a uno de los principales criminales de guerra del régimen nazi.

Ellas veían a un hombre amado.

Las dos imágenes podían coexistir psicológicamente.

Históricamente, no tenían el mismo peso.

La noche anterior a su ejecución, Hermann Göring evitó la horca.

Consiguió una cápsula de cianuro.

La mordió.

Cuando los guardias entraron, el hombre que había querido dominar Europa estaba muriendo en una celda.

No hubo última ceremonia.

No hubo desfile.

No hubo Carinhall.

No hubo Luftwaffe sobrevolando Berlín.

Solo un cadáver sobre una cama de prisión.

Y una viuda que tendría que descubrir que la derrota no había terminado con la muerte de su marido.

Para ella, apenas empezaba.


En otro tiempo, cuando Emmy entraba en una sala, las personas sabían perfectamente quién era.

Después de la guerra ocurría lo mismo.

Pero por la razón opuesta.

Era Frau Göring.

Ese apellido ya no significaba acceso al poder.

Significaba asociación con uno de los hombres más notorios del régimen derrotado.

Las autoridades alemanas encargadas de la desnazificación examinaron su conducta.

En 1948, una cámara de desnazificación de Garmisch-Partenkirchen la clasificó como nazi activa.

La sanción incluía la confiscación del treinta por ciento de sus bienes, un año de campo de trabajo —considerado ya cumplido por el tiempo de internamiento— y cinco años de prohibición profesional sobre los escenarios.

Piense por un momento en el contraste.

Años antes había recibido tratamiento de alta dama.

Había aparecido junto a los hombres que controlaban Alemania.

Había vivido rodeada por una colección artística que parecía un museo privado.

Ahora una institución alemana analizaba qué parte de sus propiedades podía conservar.

La antigua actriz estatal tampoco podía simplemente regresar al teatro y reconstruir su carrera.

Por primera vez en muchos años, el apellido Göring no era un privilegio.

Era una carga.

Algunos relatos posteriores describieron a Emmy y Edda instaladas durante aquel periodo en condiciones extraordinariamente modestas, incluso en una pequeña vivienda sin las comodidades que habían rodeado su antigua existencia; una biografía popular llegó a señalar que Emmy, cuyos vestidos habían ocupado armarios enteros, poseía entonces solo dos. Ese detalle concreto procede de fuentes biográficas secundarias y debe leerse con cautela, pero la caída general de su nivel de vida está fuera de duda.

Sería fácil terminar la historia allí.

La esposa del poderoso jerarca pierde su fortuna.

Justicia poética.

Fin.

Pero eso sería ignorar lo más extraño.

Porque la verdadera historia comenzó después de la caída.


Emmy tuvo años para reconsiderarlo todo.

Años para leer.

Años para escuchar testimonios.

Años para comprender que Auschwitz no era propaganda enemiga.

Que las deportaciones habían ocurrido.

Que el saqueo había ocurrido.

Que las decisiones económicas contra los judíos habían ocurrido.

Que su marido no había sido un inocente funcionario atrapado accidentalmente cerca de Hitler.

Núremberg había documentado su posición.

Los archivos continuaban revelando más.

Y aun así, Emmy nunca protagonizó la gran ruptura pública que muchos podrían haber esperado.

No apareció ante Alemania para decir:

“Estuve equivocada.”

No transformó su cercanía al poder en una denuncia profunda del hombre con quien había compartido la vida.

Al contrario.

En los años sesenta publicó sus memorias, An der Seite meines Mannes —“Al lado de mi marido”—, ofreciendo su propia visión de los años junto a Hermann Göring.

Seguía escribiendo desde la perspectiva de la esposa.

Seguía intentando separar al hombre privado del dirigente condenado en Núremberg.

Y eso produce una pregunta incómoda.

¿Cuántas pruebas necesita una persona antes de abandonar la versión de alguien que ama?

Una.

Diez.

Mil.

¿O ninguna cantidad es suficiente cuando aceptar la verdad significaría admitir que los mejores años de tu propia vida estuvieron financiados por un sistema criminal?

Quizá la respuesta esté en otro objeto.

El cuadro de Edda.

La Madonna de Cranach.

Porque mientras Emmy defendía la memoria privada de su marido, su hija comenzó una batalla distinta.

Una batalla por conservar físicamente parte del mundo perdido.


Después de la guerra, la ciudad de Colonia quiso recuperar el cuadro que había entregado a Edda.

Su argumento era explosivo.

Aquello, sostenía la ciudad, no había sido un regalo completamente libre.

Había sido producto de la presión ejercida por el gigantesco poder de Hermann Göring.

La pregunta ahora era sencilla de formular pero difícil de resolver:

si un funcionario entrega un regalo a la hija del segundo hombre de una dictadura, ¿cómo se demuestra décadas después si lo hizo voluntariamente?

Edda no tenía intención de renunciar fácilmente a la pintura.

Para ella era un regalo de bautismo.

Legalmente, decía, era suyo.

Comenzó entonces una batalla que se prolongaría durante años.

Abogados.

Recursos.

Tribunales.

Documentos antiguos.

Testimonios.

Interpretaciones de cartas redactadas durante la dictadura.

Todo por una pintura que había entrado en la vida de una bebé antes de que pudiera hablar.

Y aquí aparece uno de los giros más sorprendentes de toda la historia.

Edda ganó algunas de las primeras rondas.

En determinado momento, los tribunales consideraron que no se había demostrado suficientemente que Hermann Göring hubiera obligado directamente a Colonia a realizar el regalo.

La hija del hombre condenado en Núremberg parecía estar a punto de conservar una obra cuya adquisición estaba profundamente entrelazada con la cultura de favoritismo y presión política del Tercer Reich.

Imaginen las reacciones.

Para Edda era propiedad familiar.

Para Colonia era patrimonio que nunca debió salir definitivamente de manos públicas.

Para quienes conocían cómo funcionaba la Alemania nazi, el debate planteaba algo más profundo.

¿Puede existir un regalo completamente voluntario cuando quien lo recibe pertenece a una familia a la que casi nadie puede negarse?

Ese era el fantasma sentado en cada audiencia.

Hermann Göring había muerto.

Hitler había muerto.

El Tercer Reich había desaparecido.

Carinhall era una ruina.

Pero su poder seguía siendo discutido en un tribunal años más tarde.

Como si la dictadura continuara proyectando una sombra sobre el cuadro.


Los jueces estudiaron la historia de la adquisición.

En 1937, desde el entorno de Göring había llegado la expresión de su deseo de obtener una obra de la colección de Colonia para poder negociar por el Cranach que quería.

La ciudad había rechazado desprenderse de la pieza inicialmente señalada.

Después compró precisamente el Cranach.

Después se lo regaló a Edda.

Todo podía interpretarse de dos maneras.

Una lectura decía:

el alcalde quiso congraciarse con un dirigente enormemente popular y poderoso.

La otra decía:

aquello era presión política en un sistema donde los deseos de personas como Göring rara vez podían tratarse como simples deseos.

Los documentos judiciales posteriores registraron esa disputa con extraordinario detalle.

Edda siguió luchando.

Y durante años no estuvo claro quién terminaría ganando.

Ese detalle importa porque rompe el final fácil que esperamos de este tipo de historias.

La caída del régimen no corrigió automáticamente todo.

Las propiedades confiscadas no regresaron mágicamente a sus dueños.

Las obras saqueadas no encontraron todas su camino de vuelta.

Los regalos entregados bajo presión no podían separarse siempre de los genuinos.

Los tribunales de la nueva Alemania tuvieron que reconstruir transacciones realizadas dentro de una dictadura que había convertido la ley en una herramienta del poder.

Y algunas de esas disputas duraron décadas.

La Madonna de Cranach fue una de ellas.

Finalmente, la pretensión de Edda no prevaleció.

La pintura regresó al museo Wallraf-Richartz.

Los archivos del Central Collecting Point de Múnich registran que la obra fue entregada al museo en julio de 1969.

Treinta y un años después del nacimiento de Edda.

Veinticuatro años después de la caída del Tercer Reich.

Veintitrés años después del suicidio de Hermann Göring.

Una pintura había tardado más de una generación en salir definitivamente de la órbita de su familia.


Pero todavía queda el giro final.

Porque uno podría pensar que después de perder el palacio, la influencia, gran parte del patrimonio y finalmente algunos de los objetos asociados con aquella época, Emmy habría terminado reinterpretando su pasado.

No ocurrió así.

Vivió sus últimos años en Múnich.

En circunstancias incomparablemente más modestas que las de Carinhall.

La mujer acostumbrada a recepciones oficiales se convirtió en una viuda anciana en una Alemania que intentaba construir una identidad democrática sobre las ruinas del régimen al que su marido había servido.

Murió en 1973, a los ochenta años.

Hasta entonces mantuvo una imagen esencialmente afectuosa de Hermann.

Esa fidelidad quizá sea el dato más revelador de todos.

Porque Emmy no necesitaba volver a Carinhall físicamente.

Llevaba consigo una versión privada de aquel lugar.

En ella, Hermann era el marido.

El padre.

El hombre generoso.

El anfitrión.

La persona que ella había conocido detrás de las puertas cerradas.

El problema era que la Historia había abierto esas puertas.

Y detrás de ellas había documentos que ninguna memoria sentimental podía borrar.


Existe una fotografía mental imposible de evitar.

Emmy en Carinhall.

Vestido elegante.

Invitados importantes.

Criados entrando y saliendo.

Una mesa preparada.

Cuadros antiguos alrededor.

Su hija creciendo dentro de aquel mundo protegido.

Fuera, ciudadanos judíos eran progresivamente eliminados de la economía alemana.

Después serían deportados.

Europa sería ocupada.

Colecciones enteras cambiarían de manos.

Millones serían asesinados.

Y dentro del círculo íntimo del poder, la vida podía seguir pareciendo refinada.

Ese contraste nos obliga a abandonar una idea cómoda.

La idea de que el mal siempre parece mal desde cerca.

No es cierto.

Desde dentro de una casa privilegiada, un sistema criminal puede parecer estabilidad.

Puede parecer carrera.

Puede parecer prosperidad.

Puede parecer un marido que vuelve a cenar.

Puede parecer un cuadro nuevo en la pared.

Puede parecer un regalo para una niña.

Puede incluso parecer amor.

Hasta que cambia la perspectiva.


El 10 de abril de 1935, cuando Emmy caminó hacia su nueva vida junto a Hermann Göring, pocos invitados presentes en aquella celebración podían imaginar la escena final.

No podían ver al Reichsmarschall encerrado en Núremberg.

No podían ver la cápsula de cianuro.

No podían ver los tribunales de desnazificación.

No podían ver a la viuda contando sus bienes.

No podían ver a abogados discutiendo durante años por una Madonna.

No podían ver a Carinhall destruida.

En aquel momento, Göring parecía estar ascendiendo hacia un futuro sin límites.

Ese es precisamente el peligro del poder.

Cuando todos alrededor de una persona poderosa comienzan a confundir lo que esa persona desea con lo que esa persona merece, los límites desaparecen en silencio.

Primero llega un título.

Después una casa.

Después un regalo.

Después un cuadro.

Después otro.

Hasta que alguien pregunta de dónde salió todo.

Y para entonces quizá haya millones de víctimas detrás de la respuesta.


Emmy Göring no fue Hermann Göring.

No fue condenada en Núremberg por los crímenes de su marido.

No dirigió la Luftwaffe.

No firmó sus órdenes.

No debe inventarse una responsabilidad criminal que los registros históricos no establecen.

Pero tampoco fue simplemente una espectadora situada a kilómetros del poder.

Vivió en su centro doméstico.

Disfrutó de sus privilegios.

Compartió la riqueza y el prestigio de uno de los principales jerarcas del régimen.

Y cuando aquel régimen cayó y las pruebas quedaron expuestas, nunca realizó una ruptura moral equivalente a la magnitud de lo revelado.

Ese es el motivo por el que su historia continúa resultando perturbadora.

No porque represente al gran arquitecto de un crimen.

Sino porque representa algo mucho más reconocible.

La capacidad humana de mirar únicamente la parte de la realidad que permite seguir queriendo a la persona que tenemos delante.


Décadas después de la guerra, la enorme residencia ya no existía.

Los criados habían desaparecido.

Los convoyes oficiales habían desaparecido.

Los saludos militares habían desaparecido.

Los políticos que buscaban la cercanía de Hermann Göring habían desaparecido o intentaban explicar por qué alguna vez la habían buscado.

Y Emmy estaba en un pequeño apartamento de Múnich.

Ese es el contraste visual que suele cerrar su historia.

La mujer del palacio convertida en mujer de un piso modesto.

Pero quedarse únicamente con esa imagen sería demasiado sencillo.

Porque la pobreza posterior no equilibraba la balanza.

Perder vestidos no devolvía negocios confiscados.

Perder un palacio no devolvía casas.

Perder cuadros no devolvía familias.

Y ninguna dificultad sufrida después de 1945 podía convertir retrospectivamente los años anteriores en inocentes.

Ese fue quizá el error más profundo de muchos miembros y beneficiarios del viejo régimen.

Confundir su propio sufrimiento después de la derrota con una absolución por aquello de lo que habían disfrutado antes.


La Madonna de Cranach ofrece una última imagen.

Durante años estuvo suspendida en mitad de una disputa.

Un objeto silencioso.

Una madre sosteniendo a un niño.

Aparentemente alejada de la política.

Sin embargo, alrededor de ella se acumulaban algunas de las preguntas más incómodas de la Alemania del siglo XX.

¿Quién posee algo obtenido dentro de una dictadura?

¿Cuánto vale un consentimiento pronunciado frente a un hombre extraordinariamente poderoso?

¿Cuándo un regalo deja de ser un regalo?

¿Cuánto tiempo puede sobrevivir el privilegio después de que desaparezca el régimen que lo creó?

Edda Göring pasó años intentando defender lo que consideraba suyo.

Su madre pasó buena parte de su vida defendiendo la imagen del hombre que había hecho posible aquel mundo.

Una luchaba por conservar un objeto.

La otra, una memoria.

Al final, ninguna pudo controlar completamente lo que la Historia hizo con ellos.

El cuadro volvió al museo.

Hermann Göring quedó registrado como uno de los principales criminales condenados en Núremberg.

Carinhall se convirtió en ruina.

Y Emmy terminó viviendo en una Alemania donde su antiguo título ya no significaba absolutamente nada.


Quizá ahí esté el verdadero giro de esta historia.

Durante el Tercer Reich, Emmy Göring parecía poseer casi todo lo que podía comprarse con proximidad al poder.

Casas.

Joyas.

Arte.

Prestigio.

Acceso.

Protección.

Una posición social que una actriz difícilmente habría imaginado al comienzo de su carrera.

Pero había algo que ni siquiera Hermann Göring podía garantizarle.

El control sobre cómo serían recordados.

Mientras el régimen existió, podían controlar periódicos.

Ceremonias.

Fotografías.

Propaganda.

Titulares.

Podían organizar bodas como espectáculos nacionales.

Podían transformar el nacimiento de una niña en acontecimiento político.

Podían rodear una residencia de obras maestras y presentar aquella acumulación como refinamiento cultural.

Después perdieron la capacidad de decidir quién contaría la historia.

Los documentos sobrevivieron.

Los tribunales sobrevivieron.

Los inventarios sobrevivieron.

Las víctimas que sobrevivieron hablaron.

Los cuadros aparecieron.

Las cartas aparecieron.

Las órdenes aparecieron.

Y poco a poco, detrás de la imagen de una familia aristocrática rodeada de arte apareció el sistema que había hecho posible aquel lujo.


Por eso la historia de Emmy Göring no es solamente la historia de una caída económica.

Tampoco es simplemente una historia sobre la esposa de un criminal de guerra.

Es la historia de algo que ocurre alrededor del poder una y otra vez.

Personas que no necesitan ordenar una injusticia para beneficiarse de ella.

Personas que no preguntan demasiado mientras los privilegios continúan llegando.

Personas que confunden cercanía emocional con inocencia moral.

Personas que, cuando todo termina, recuerdan las cenas pero no quieren mirar quién pagó realmente la cuenta.

Emmy podía recordar al hombre que tomaba de la mano a su hija.

La Historia recuerda también al funcionario que contribuyó a despojar a los judíos alemanes, que ocupó algunas de las posiciones más poderosas del régimen nazi y que fue condenado por crímenes contra la humanidad.

Las dos imágenes pertenecían al mismo hombre.

Ese era precisamente el punto que Emmy nunca pareció aceptar por completo.

Y quizá por eso su historia sigue incomodando más de ochenta años después.

Porque los sistemas más destructivos de la historia no sobreviven únicamente gracias a quienes dan las órdenes.

También necesitan círculos enteros de personas capaces de disfrutar de sus beneficios, justificar a quienes aman y convencer después a su conciencia de que nunca vieron lo suficiente como para preguntar.

Los palacios pueden caer.

Las fortunas pueden desaparecer.

Los cuadros pueden regresar.

Pero hay una deuda que ningún tribunal puede cobrar por completo: la responsabilidad de haber visto el privilegio de cerca y no haberse preguntado quién estaba pagando por él.