Ejecución del sacerdote y presidente del Estado Fascista Eslovaco – Jozef Tiso

Ejecución del sacerdote y presidente del Estado Fascista Eslovaco - Jozef Tiso

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El hombre que esperaba la horca había pasado buena parte de su vida llevando un alzacuellos.

Había celebrado misa. Había pronunciado sermones. Había hablado desde púlpitos sobre fe, nación y deber.

Pero también había sido presidente.

Y no de cualquier país.

Jozef Tiso había encabezado el Estado Eslovaco surgido durante la desintegración de Checoslovaquia, un régimen autoritario aliado de la Alemania de Adolf Hitler. Bajo su gobierno se aprobaron leyes antijudías, se despojó a miles de personas de derechos elementales y decenas de miles de judíos eslovacos fueron deportados hacia territorios controlados por los nazis.

La mayoría no regresó.

Ahora, en abril de 1947, ya no había ministros inclinándose ante él.

No había escoltas presidenciales.

No había reuniones de gabinete.

No había discursos multitudinarios.

Solo quedaban una prisión, una sentencia y una cuerda.

El contraste resultaba tan brutal que, incluso después de la guerra, todavía había personas incapaces de aceptar lo que veían.

Un sacerdote católico.

Un antiguo jefe de Estado.

Un hombre que había hablado durante años de proteger a su pueblo.

Condenado a morir como colaborador de un régimen responsable de uno de los mayores crímenes de la historia.

Y lo más inquietante era que la caída de Tiso no había comenzado en aquella prisión.

Había comenzado mucho antes, cuando creyó que el poder que Hitler le ofrecía sería más fuerte que las consecuencias.


En marzo de 1939, Europa estaba al borde del abismo.

Hitler ya había destruido el equilibrio establecido después de la Primera Guerra Mundial. Alemania se rearmaba, Austria había sido incorporada al Reich y Checoslovaquia estaba siendo desmembrada bajo una presión que combinaba amenazas militares, diplomacia agresiva y nacionalismos internos.

Eslovaquia quedó atrapada en ese tablero.

En ese momento apareció Jozef Tiso.

No parecía el tipo de hombre que la posteridad asociaría inmediatamente con una dictadura fascista.

Era sacerdote.

Era político.

Hablaba con la autoridad de quien podía presentarse simultáneamente como dirigente nacional y figura religiosa.

Para muchos nacionalistas eslovacos, aquella combinación tenía una enorme fuerza simbólica. Tiso podía hablar de soberanía mientras invocaba valores tradicionales. Podía presentarse como un hombre moderado en comparación con los elementos más radicales de su propio movimiento.

Pero detrás de aquella imagen estaba ocurriendo algo mucho más peligroso.

Hitler necesitaba una Eslovaquia dependiente de Berlín.

Y los nacionalistas eslovacos querían un Estado propio.

Las dos ambiciones encajaron.

Solo que una de las partes tenía tanques.

La otra no.

Cuando la presión alemana se volvió insoportable, la independencia eslovaca de 1939 surgió dentro de una Europa que ya estaba siendo reorganizada por la fuerza nazi.

Sobre el papel, Eslovaquia era un Estado soberano.

En la práctica, su margen de maniobra estaba condicionado por Alemania.

Ese hecho sería utilizado más tarde como argumento defensivo: un país pequeño, atrapado entre potencias, obligado a hacer concesiones para sobrevivir.

Era una explicación políticamente poderosa.

Pero había un problema.

Las concesiones no tardaron en convertirse en decisiones.

Y las decisiones comenzaron a tener nombres, domicilios, negocios confiscados, familias separadas y trenes llenos de personas que no sabían si volverían a ver su hogar.

Tiso ascendió hasta convertirse en presidente.

El sacerdote ya estaba en el palacio.

Y desde allí, la frontera entre obedecer a Hitler y colaborar con Hitler empezó a volverse cada vez más difícil de distinguir.


La transformación no ocurrió de una sola vez.

Eso es precisamente lo que hace que la historia resulte tan perturbadora.

Las persecuciones más grandes rara vez comienzan anunciándose con toda su brutalidad.

Primero llegan los formularios.

Después las listas.

Después las prohibiciones.

Después alguien decide quién puede estudiar.

Quién puede ejercer una profesión.

Quién puede poseer un negocio.

Quién puede ocupar determinado puesto.

Quién pertenece plenamente a la sociedad.

Y quién deja de pertenecer.

En Eslovaquia, la población judía fue sometida a una creciente red de restricciones.

Propiedades cambiaron de manos.

Negocios fueron «arianizados».

Profesionales fueron expulsados.

Familias que durante generaciones habían vivido en las mismas ciudades descubrieron que el Estado ya no las consideraba ciudadanos iguales.

En 1941, el régimen promulgó el llamado Código Judío.

La discriminación dejó de ser una suma de medidas aisladas.

Se convirtió en sistema.

Y detrás de un sistema siempre hay personas que firman, aprueban, implementan, justifican y se benefician.

El régimen de Tiso no podía fingir que aquello era únicamente una cuestión alemana.

La persecución se estaba haciendo mediante instituciones eslovacas.

Policías eslovacos.

Funcionarios eslovacos.

Leyes eslovacas.

Sellos oficiales eslovacos.

Eso cambiaría por completo el significado de lo que vendría después.

Porque pronto ya no se trató solo de quitar derechos.

Se trató de quitar personas.


En 1942 comenzaron las deportaciones masivas de judíos desde Eslovaquia.

La palabra «deportación» suena administrativa.

Casi limpia.

Como si se tratara de cambiar a alguien de residencia mediante un trámite.

La realidad era otra.

Una familia podía recibir una orden.

Podía tener que abandonar la casa donde había vivido durante años.

Podía llevar solamente una parte de sus pertenencias.

Podía ser concentrada con otras familias.

Después venía la espera.

Luego los vagones.

Puertas cerradas.

Trenes hacia territorios controlados por la Alemania nazi.

Y detrás de esa cadena había funcionarios que sabían que aquellas personas estaban siendo expulsadas de la comunidad nacional.

Miles fueron enviadas a campos y centros de exterminio.

La mayoría moriría.

Algunos asesinados poco después de llegar.

Otros por hambre, enfermedad, trabajos forzados o condiciones diseñadas para destruirlos.

Para comprender la responsabilidad política de Tiso no hace falta imaginar que estuviera personalmente junto a cada tren.

Ese nunca fue el punto.

El poder moderno funciona de otra manera.

Una firma puede recorrer cientos de kilómetros sin que quien la hace vea el rostro de la persona afectada.

Una ley puede transformar la vida de miles sin que el presidente entre jamás en sus casas.

Una decisión tomada en una oficina puede terminar meses después en una cámara de gas.

Y ahí estaba la paradoja que décadas después seguiría alimentando discusiones sobre Tiso.

Sus defensores insistirían en las limitaciones de un pequeño Estado sometido a la presión alemana.

Sus críticos señalarían algo mucho más difícil de borrar:

el régimen eslovaco no fue un simple espectador.

Participó.

Legisló.

Organizó.

Entregó.

Y durante buena parte de ese proceso, Jozef Tiso permaneció en la cima del Estado.


Si la historia terminara ahí, ya sería suficiente para explicar por qué su nombre sigue siendo controvertido.

Pero todavía faltaba el primer gran giro.

Porque en 1942, cuando los trenes salían de Eslovaquia, Alemania parecía invencible.

Hitler dominaba gran parte de Europa.

Sus ejércitos combatían profundamente dentro de la Unión Soviética.

Francia había caído.

Los nazis controlaban o condicionaban un continente entero.

Para cualquiera que mirara el mapa en ese momento, apostar por Alemania podía parecer una decisión brutal, pero políticamente segura.

Los aliados de Hitler podían convencerse de que la historia sería escrita por Berlín.

Que nunca tendrían que responder ante un tribunal enemigo.

Que las fronteras creadas bajo la protección nazi durarían generaciones.

Que los vencidos no tendrían voz.

Ese cálculo empezó a desmoronarse.

Primero lentamente.

Después de manera imposible de ocultar.

Stalingrado.

Las derrotas alemanas en el este.

Los bombardeos.

El avance soviético.

El desembarco aliado en Europa occidental.

La maquinaria que había parecido imparable comenzó a retroceder.

Y, con cada kilómetro perdido por Alemania, aumentaba una pregunta que los colaboradores de toda Europa trataban de evitar:

¿Qué ocurriría si Hitler perdía?

Para Tiso, aquella pregunta era especialmente peligrosa.

Porque una derrota alemana no significaba solamente el final de un aliado.

Podía significar el final del Estado que él presidía.

Podía significar el regreso de Checoslovaquia.

Podía significar investigaciones.

Testigos.

Archivos.

Juicios.

Y nombres escritos en documentos que ya nadie podría hacer desaparecer con un discurso.


En 1944, la guerra llegó con violencia al corazón de Eslovaquia.

Estalló el Levantamiento Nacional Eslovaco, una insurrección contra el régimen y contra el dominio alemán.

La respuesta fue feroz.

Alemania intervino militarmente.

El territorio eslovaco se convirtió en escenario de combate, ocupación y represalias.

Las últimas apariencias de normalidad comenzaron a desaparecer.

Ahora ya no era posible presentar el conflicto como algo que sucedía lejos.

Había soldados.

Resistencia.

Arrestos.

Muertos.

Pueblos aterrorizados.

El Estado que había creído asegurar su existencia mediante la alianza con Hitler se encontraba siendo consumido por la misma guerra de Hitler.

Ese era el segundo giro.

La alianza que había sido presentada como garantía de supervivencia nacional estaba llevando el país directamente al desastre.

Tiso seguía ocupando el cargo.

Seguía representando oficialmente al régimen.

Pero el terreno bajo sus pies se estaba derrumbando.

El Ejército Rojo avanzaba.

El Reich retrocedía.

Los funcionarios empezaban a preguntarse qué documentos debían llevarse.

Qué debía destruirse.

Dónde podrían escapar.

Quién sería detenido primero.

En los últimos meses de la guerra, la diferencia entre un ministro y un fugitivo podía reducirse a unos cuantos días.


En la primavera de 1945, el Tercer Reich entró en agonía.

No había victoria milagrosa.

No había arma secreta capaz de cambiar el resultado.

No había negociación que pudiera devolverle a Hitler los territorios perdidos.

Berlín estaba siendo cercada.

Los ejércitos aliados avanzaban desde el oeste.

Los soviéticos llegaban desde el este.

Los dirigentes del sistema nazi y sus colaboradores comenzaron a dispersarse.

Algunos intentaron negociar.

Otros se suicidaron.

Otros cambiaron de uniforme.

Otros destruyeron documentos.

Otros buscaron refugio en monasterios, casas privadas, granjas o escondites improvisados.

Jozef Tiso huyó.

El presidente que había gobernado desde despachos oficiales ya no controlaba un Estado.

Era un hombre tratando de no caer en manos de quienes habían ganado la guerra.

La imagen resulta difícil de ignorar.

Años antes, miles de personas habían sido obligadas a abandonar Eslovaquia sin saber qué destino les esperaba.

Ahora quien había estado al frente del régimen también estaba en movimiento, huyendo de una derrota que ya no podía detener.

Pero había una diferencia fundamental.

Tiso todavía podía elegir dónde buscar refugio.

Las familias deportadas no habían tenido esa opción.


La guerra en Europa terminó en mayo de 1945.

Hitler estaba muerto.

El Reich se había rendido.

Y de pronto todo aquello que durante años había parecido permanente dejó de existir.

Las banderas cambiaron.

Las fronteras volvieron a discutirse.

Los gobiernos colaboracionistas desaparecieron.

Los perseguidos que habían sobrevivido comenzaron a regresar y a preguntar por sus familias.

Los investigadores comenzaron a reunir documentos.

Los vencedores empezaron a buscar a los responsables.

Tiso fue localizado y capturado por fuerzas estadounidenses.

Para algunos de sus seguidores, podía haber existido la esperanza de que su condición de sacerdote, su edad, su antigua posición presidencial o el complicado contexto político de Eslovaquia le permitieran evitar el peor desenlace.

Pero aquella captura solo era el principio.

Los estadounidenses no tenían intención de convertirlo en un exiliado político protegido.

Tiso terminaría siendo entregado a las autoridades checoslovacas.

El antiguo presidente regresaría no para recuperar el poder, sino para comparecer ante un tribunal.

Y ahí comenzó la batalla más importante de su vida.

No militar.

No diplomática.

Narrativa.

La pregunta central era sencilla de formular y explosiva de responder:

¿Quién había sido realmente Jozef Tiso?

¿Un patriota que había intentado salvar a Eslovaquia entre dos potencias monstruosas?

¿Un dirigente sin verdadera capacidad de resistirse a Hitler?

¿Un sacerdote atrapado por circunstancias históricas que lo superaban?

¿O un colaborador que utilizó la amenaza alemana para justificar políticas que su propio régimen había ayudado a implementar?

El juicio debía decidirlo.


El escenario ya no era un palacio presidencial.

Era una sala judicial.

Y en una sala judicial, los símbolos cambian de valor.

Una bandera que antes representaba autoridad puede convertirse en evidencia.

Un decreto que antes obligaba a miles de personas puede convertirse en una prueba.

Un discurso que alguna vez provocó aplausos puede regresar años después leído en voz alta ante jueces.

El poder tiene memoria.

Pero los archivos suelen tener una memoria todavía mejor.

Tiso fue procesado ante el Tribunal Nacional en Bratislava.

El caso reunía cuestiones explosivas: la ruptura de Checoslovaquia, la colaboración con la Alemania nazi, la naturaleza autoritaria del régimen eslovaco, la represión interna, la guerra y, de manera inevitable, la persecución y deportación de los judíos.

Su defensa tenía una ruta evidente.

Eslovaquia había sido pequeña.

Hitler había sido poderoso.

La alternativa, según esa interpretación, podía haber sido una ocupación directa mucho antes.

Tiso podía presentarse como alguien que había tratado de conservar un espacio de autonomía en condiciones imposibles.

Y esa explicación no era absurda en todos sus elementos.

Eslovaquia realmente había vivido bajo una enorme presión alemana.

Alemania realmente había utilizado amenazas.

La política de un pequeño país rodeado por potencias en guerra realmente podía implicar decisiones terribles.

Pero ahí apareció el siguiente problema.

Una cosa era reconocer la presión de Berlín.

Otra muy distinta era afirmar que todo lo ocurrido en Eslovaquia había sido impuesto desde Berlín contra la voluntad completa del gobierno eslovaco.

Los documentos hacían esa defensa mucho más difícil.

Porque el Estado había legislado.

Había administrado.

Había organizado las exclusiones.

Había creado mecanismos propios de persecución.

Y cuando comenzaron las deportaciones, no fue posible borrar retrospectivamente el papel de las autoridades locales.

El hombre sentado ante el tribunal tenía que enfrentarse a algo que ningún guardaespaldas podía detener:

su propio gobierno convertido en expediente.


Durante años, Tiso había hablado como presidente.

Ahora otros hablaban sobre él.

Testimonios.

Documentos.

Acusaciones.

Argumentos de la defensa.

Informes.

Decisiones políticas examinadas palabra por palabra.

Aquello era más peligroso que una multitud hostil.

Una multitud puede olvidar.

Un documento firmado no.

Y aquí surgió uno de los giros más incómodos de todo el proceso.

La imagen religiosa de Tiso, que durante su carrera había contribuido a fortalecer su autoridad entre muchos católicos y nacionalistas, ahora hacía que la contradicción moral resultara todavía más visible.

Nadie lo juzgaba simplemente por haber sido sacerdote.

Tampoco se estaba juzgando a la Iglesia como institución en su conjunto.

Se juzgaban sus actos como dirigente político.

Pero era imposible evitar la pregunta que flotaba alrededor de su figura:

¿Cómo podía un sacerdote haber presidido un Estado que convirtió a una parte de sus propios habitantes en ciudadanos perseguidos?

¿Cómo podía coexistir el lenguaje del cristianismo con un sistema de clasificación racial y exclusión?

¿Cómo podía hablarse de nación, orden y moral mientras familias enteras eran despojadas y deportadas?

La contradicción no necesitaba dramatización.

Estaba en los hechos.


La defensa de Tiso intentó presentar sus decisiones dentro de la lógica de supervivencia nacional.

Ese argumento seguiría vivo mucho después de su muerte.

Para quienes lo consideraban un símbolo del nacionalismo eslovaco, Tiso había presidido la primera experiencia moderna de un Estado eslovaco independiente.

Desde esa mirada, condenarlo podía interpretarse como castigar la propia aspiración nacional.

Pero el tribunal no estaba examinando solamente una bandera o una declaración de independencia.

Estaba examinando la manera en que aquel Estado había funcionado.

Y allí residía el punto que sus admiradores tendrían dificultades para eliminar.

La independencia no borra la responsabilidad.

La presión extranjera no convierte automáticamente cada decisión propia en inocente.

Y la identidad nacional no puede transformar a las víctimas en detalles secundarios de la historia.

En algún momento, la cuestión dejó de ser si Tiso había amado a Eslovaquia.

Un hombre puede creer sinceramente que sirve a su nación y aun así participar en decisiones criminales.

La cuestión era qué había hecho con el poder cuando lo tuvo.


Mientras el juicio avanzaba, la Europa de posguerra estaba llena de procesos semejantes.

En Francia, Noruega, Países Bajos, Yugoslavia y otros países se perseguía a colaboracionistas.

En Núremberg, dirigentes nazis habían sido juzgados por crímenes que hasta entonces parecían difíciles de encajar dentro de la justicia tradicional.

El continente estaba tratando de responder a una pregunta terrible:

¿Qué se hace con quienes utilizaron la maquinaria legal del Estado para cometer injusticias masivas?

Porque muchas de las persecuciones nazis y colaboracionistas habían tenido algo que confundía deliberadamente a la sociedad.

Eran «legales» según las normas creadas por los propios perseguidores.

Había decretos.

Registros.

Procedimientos.

Funcionarios.

Formularios.

Ese era precisamente el horror.

No había sido solamente violencia callejera.

Había sido violencia burocrática.

La ley había sido transformada en un arma.

Y cuando terminó la guerra, los responsables ya no podían esconderse simplemente detrás de la frase:

«Era la ley».

Porque entonces aparecía otra pregunta:

¿Quién hizo esa ley?


Para muchos sobrevivientes judíos, mientras tanto, las discusiones políticas debían sonar obscenamente abstractas.

Ellos no habían vivido «una compleja reconfiguración geopolítica de Europa Central».

Habían vivido la desaparición de vecinos.

De padres.

De madres.

De niños.

De hermanos.

Habían visto negocios confiscados.

Habían perdido escuelas, profesiones, viviendas y finalmente libertad.

Habían aprendido que una orden oficial podía transformar en cuestión de días a un ciudadano en un intruso dentro de su propio país.

Y después llegaron los trenes.

Años más tarde, mientras abogados, políticos e historiadores discutían cuánto margen de decisión había tenido Tiso frente a Hitler, quedaba un hecho imposible de relativizar:

las personas habían sido deportadas.

La mayoría había muerto.

Las discusiones podían durar décadas.

Ellas no regresarían.


El juicio avanzó hacia su desenlace.

Tiso no hizo lo que quizás algunos esperaban de un sacerdote ante la posibilidad de morir.

No se produjo una conversión pública espectacular.

No hubo una gran renuncia a su trayectoria política capaz de transformar la sala.

Mantuvo la defensa de su actuación y de la causa que había representado.

Eso aumentó aún más la división.

Sus partidarios vieron firmeza.

Sus enemigos vieron ausencia de arrepentimiento.

Sus jueces tuvieron que decidir sobre hechos, responsabilidad y pena.

Finalmente llegó el veredicto.

Jozef Tiso fue declarado culpable.

La condena:

muerte.

Por ahorcamiento.

Y entonces ocurrió algo que transformó el juicio en una crisis política.

Porque condenar a un antiguo presidente era una cosa.

Ejecutarlo era otra.


En la Checoslovaquia restaurada existían profundas diferencias sobre qué hacer con Tiso.

Su caso no era únicamente judicial.

Era nacional.

Religioso.

Político.

Eslovaquia seguía marcada por divisiones internas.

Había quienes lo odiaban.

Había quienes lo consideraban responsable de colaboración y persecución.

Pero también existían eslovacos que todavía lo veían como el presidente de su primer Estado independiente.

Para ellos, ejecutarlo podía convertirlo en mártir.

Y ese riesgo era real.

Los hombres muertos dejan de responder preguntas.

Pueden convertirse en símbolos mucho más fácilmente que los hombres vivos.

Un Tiso encarcelado podía envejecer mientras historiadores y jueces examinaban su legado.

Un Tiso ejecutado podía convertirse, para determinados sectores, en una fotografía, una oración y una leyenda.

El gobierno tuvo que decidir si conceder clemencia.

Fue entonces cuando la historia produjo otra ironía.

El hombre que había ocupado el puesto más alto del Estado esperaba ahora que otros hombres utilizaran su poder para salvarle la vida.

Durante su presidencia, miles de ciudadanos habían esperado decisiones del gobierno que podían determinar su destino.

Ahora el destino era el suyo.

Una firma podía cambiarlo todo.

La conmutación podía evitar la horca.

La negativa podía sellar su muerte.

El poder había cambiado de manos.

Completamente.


La clemencia no llegó.

La sentencia se mantuvo.

Y de repente ya no había estrategia jurídica que diseñar.

No había aliado alemán al que llamar.

No había ejército que pudiera cruzar la frontera.

No había elección que pudiera devolverlo al palacio presidencial.

Había una fecha.

18 de abril de 1947.

El día de la ejecución.

Durante años, Tiso había estado rodeado de personas que esperaban sus decisiones.

Ahora él esperaba una decisión que ya había sido tomada.

Ese es uno de los momentos en que la historia deja de parecer una sucesión de grandes discursos y vuelve a reducirse a la escala de un solo ser humano.

Un hombre en una celda.

Horas que pasan.

Pasos en un corredor.

Una puerta que se abre.

No hace falta inventar conversaciones para comprender lo que significa.

Por primera vez desde su captura, no quedaba ninguna instancia política capaz de cambiar el final.


La mañana de la ejecución, Bratislava despertó en un país que todavía intentaba reconstruirse después de la guerra.

Europa estaba llena de ciudades dañadas, familias desplazadas y fosas que seguían apareciendo.

Los sobrevivientes regresaban a hogares ocupados por otros.

Las fotografías de los campos habían destruido cualquier posibilidad de fingir que el sistema nazi había sido simplemente una dictadura convencional.

Auschwitz ya era un nombre que el mundo no podría olvidar.

Treblinka.

Sobibor.

Majdanek.

Los lugares hacia los que tantas deportaciones habían conducido revelaban una escala de asesinato difícil de comprender.

Y en ese contexto, Jozef Tiso se dirigía hacia la horca.

No como víctima de Hitler.

No como presidente.

No como sacerdote celebrado desde un púlpito.

Como condenado.

La transformación del poder estaba completa.


Existe un instante en casi todos los procesos de caída en que la realidad deja de ser discutible.

Durante meses, un acusado puede apelar.

Puede argumentar.

Puede creer que llegará una intervención.

Puede confiar en influencias.

Puede convencerse de que todavía existe una salida.

Pero cuando el lugar de la ejecución está preparado, la distancia entre discurso y consecuencia desaparece.

Tiso había visto desaparecer su Estado.

Había visto caer a Hitler.

Había visto al Ejército alemán rendirse.

Había sido capturado.

Extraditado.

Juzgado.

Condenado.

Había esperado clemencia.

Ahora estaba frente al resultado final.

La política, que durante años había sido una sucesión de decisiones abstractas, regresaba a su cuerpo.

No había otra oficina a la que trasladar la responsabilidad.

No había otro funcionario detrás del cual esconderse.

No había otra frontera que cruzar.

La cuerda no negociaba.


Jozef Tiso fue ejecutado en la horca el 18 de abril de 1947.

Con su muerte terminó el proceso judicial.

Pero no terminó la batalla por su memoria.

En cierto sentido, apenas comenzaba.

Porque después de una ejecución desaparece el acusado, pero permanece el símbolo.

Y Tiso se convirtió inmediatamente en uno de los personajes más incómodos de la historia moderna eslovaca.

Para algunos nacionalistas, era el presidente del primer Estado eslovaco moderno, un dirigente que había intentado proteger la existencia de la nación en condiciones imposibles.

Para algunos sectores, su condición sacerdotal y su ejecución facilitaron incluso una narrativa de martirio.

La historia podía ser simplificada:

un sacerdote patriota ejecutado por sus enemigos.

Era una imagen poderosa.

También era una imagen incompleta.

Porque para construirla había que retirar del encuadre a miles de personas.

A los judíos expulsados de escuelas y profesiones.

A quienes perdieron negocios.

A quienes fueron etiquetados por su origen.

A quienes fueron concentrados.

A quienes subieron a los trenes.

A quienes murieron después de ser deportados.

Si esas personas regresaban al relato, la palabra «mártir» dejaba de ser sencilla.


Y aquí se encuentra quizá el giro más importante de toda la historia.

Durante años, la discusión sobre Tiso fue presentada como una elección entre dos versiones.

Sacerdote o fascista.

Patriota o colaborador.

Héroe o criminal.

Pero la realidad histórica es mucho más incómoda porque un ser humano puede contener contradicciones.

Tiso podía ser sacerdote y al mismo tiempo dirigir un régimen autoritario.

Podía creer que defendía intereses eslovacos y al mismo tiempo aprobar políticas que destruyeron las vidas de ciudadanos eslovacos.

Podía estar sometido a presión alemana y al mismo tiempo poseer responsabilidad por decisiones tomadas por su propio gobierno.

Podía ser utilizado por Hitler y colaborar con Hitler.

Una cosa no elimina automáticamente la otra.

Y quizá por eso su figura sigue provocando discusiones.

Porque las sociedades prefieren personajes simples.

Los santos completamente buenos.

Los monstruos completamente reconocibles.

Pero la historia del siglo XX está llena de personas que no parecían monstruos cuando se sentaban a firmar documentos.

Personas educadas.

Funcionarios.

Abogados.

Sacerdotes.

Profesores.

Médicos.

Administradores.

Personas capaces de cenar con sus familias después de haber participado durante el día en una maquinaria que destruía las familias de otros.

Ese es un peligro mucho más difícil de aceptar.


La persecución de los judíos eslovacos tampoco puede entenderse únicamente observando a un hombre.

Un presidente no registra miles de propiedades personalmente.

No detiene a cada familia.

No conduce cada tren.

Necesita instituciones.

Funcionarios.

Policías.

Burócratas.

Personas que cumplen órdenes.

Personas que se benefician cuando un vecino pierde su negocio.

Personas que miran hacia otro lado.

Personas que saben lo suficiente para sospechar, pero deciden no preguntar.

La dictadura necesita dirigentes.

Pero también necesita normalidad.

Necesita que lo extraordinario se vuelva administrativo.

Que la exclusión parezca procedimiento.

Que la injusticia tenga membrete.

Que el miedo tenga sello oficial.

Ese fue uno de los grandes logros criminales del sistema nazi y de los regímenes que colaboraron con él:

convertir la persecución en rutina.

Cuando una sociedad llega a ese punto, la violencia extrema ya no necesita aparecer todos los días en la plaza pública.

Puede viajar dentro de una carpeta.


Por eso la historia de Tiso no termina realmente debajo de una horca.

La cuerda resolvió su destino individual.

No resolvió la pregunta colectiva.

¿Cómo puede una sociedad convencerse de que quitar derechos a una minoría es aceptable?

¿Cómo puede un dirigente religioso reconciliar su fe pública con políticas de discriminación racial?

¿Cuánto puede justificar un país pequeño en nombre de la supervivencia?

¿En qué momento la adaptación se convierte en colaboración?

¿En qué momento obedecer deja de ser una excusa?

Son preguntas que no pertenecen solamente a 1939.

Y tampoco solamente a Eslovaquia.


Décadas después de la guerra, cuando el comunismo también cayó y Eslovaquia volvió a convertirse en un Estado independiente, la figura de Tiso reapareció en debates públicos.

Para determinados grupos seguía siendo una referencia nacionalista.

Su imagen podía ser utilizada para representar un pasado de soberanía anterior al dominio comunista.

Pero nuevamente aparecía el mismo obstáculo.

Los archivos.

La legislación.

Las deportaciones.

Las víctimas.

La memoria del Holocausto.

Se puede discutir la naturaleza exacta de la dependencia eslovaca respecto de Alemania.

Se puede debatir cuánto margen tenía Tiso en cada momento.

Se pueden analizar las disputas internas dentro de su régimen.

Se puede estudiar la política checoslovaca del juicio.

Todo eso pertenece legítimamente al trabajo histórico.

Lo que no puede hacerse sin distorsionar el pasado es separar completamente su presidencia de la persecución antijudía practicada por el Estado que dirigía.

El problema con los hechos es que no desaparecen porque resulten incómodos para una identidad nacional.


Quizá por eso resulta tan poderosa una fotografía mental de los dos extremos de su trayectoria.

En uno:

Jozef Tiso vestido como sacerdote, respetado por quienes lo escuchan, ascendiendo en política, hablando de nación, seguridad y futuro.

En el otro:

Jozef Tiso prisionero, después de la derrota del nazismo, condenado por un tribunal, esperando ser conducido hacia la ejecución.

Entre ambas imágenes caben solamente unos años.

Pero dentro de esos años cabe una guerra mundial.

Cabe el Holocausto.

Cabe la destrucción de países enteros.

Caben millones de muertos.

Cabe un presidente convencido de que su alianza le permitiría preservar un Estado.

Y cabe el momento en que descubre que el régimen que parecía dominar Europa puede desaparecer más rápido de lo que nadie imaginaba.

Ese es el verdadero giro de la historia.

Los sistemas basados en miedo y violencia suelen proyectar una imagen de permanencia.

Hasta el día en que dejan de existir.


En 1939, pocos hombres en Europa parecían más poderosos que Hitler.

En 1945, estaba muerto en un búnker y su capital era una ruina.

En 1942, los dirigentes aliados con Berlín podían actuar convencidos de que Alemania determinaría el futuro del continente.

En 1947, uno de esos dirigentes estaba frente a una horca.

No significa que la justicia siempre llegue.

La historia demuestra demasiadas veces lo contrario.

Muchos culpables escaparon.

Muchos jamás fueron juzgados.

Muchas víctimas nunca recuperaron propiedades, familias ni una vida normal.

Pero en el caso de Tiso, hubo una consecuencia visible.

El presidente tuvo que responder ante un tribunal.

El poder no lo protegió para siempre.


Lo más escalofriante de su historia no es, sin embargo, el final.

Es el principio.

Porque nadie comienza anunciando:

«Hoy construiremos una sociedad capaz de enviar a nuestros vecinos hacia la muerte».

El proceso comienza con palabras más cómodas.

Seguridad.

Identidad.

Orden.

Preferencia nacional.

Protección económica.

Purificación política.

Medidas temporales.

Casos excepcionales.

Después una minoría es presentada como problema.

Luego como amenaza.

Luego sus derechos parecen negociables.

Después sus propiedades.

Después su libertad.

Y un día aparecen los trenes.

Cuando aparecen, la sociedad ya ha cruzado tantas líneas que algunas personas incluso pueden convencerse de que aquello es simplemente el siguiente procedimiento administrativo.

Por eso estudiar figuras como Tiso importa.

No únicamente para decidir qué adjetivo colocar junto a su nombre.

Importa para reconocer el proceso.


También existe otra lección incómoda.

La apariencia de respetabilidad nunca debe confundirse con inocencia.

Tiso no encajaba en el estereotipo cinematográfico del criminal.

No necesitaba gritar constantemente.

No necesitaba llevar un uniforme de las SS.

Podía aparecer como sacerdote.

Como político.

Como presidente.

Como representante de una pequeña nación.

Precisamente ahí estaba la capacidad de normalización.

La injusticia resulta mucho más fácil de aceptar cuando llega pronunciada por una persona respetable, dentro de un edificio oficial y acompañada de una explicación aparentemente racional.

«Es necesario».

«No tenemos alternativa».

«Es por la seguridad del país».

«Las circunstancias nos obligan».

«Solo será temporal».

Esas frases han acompañado demasiadas catástrofes.


El 18 de abril de 1947, ninguna de ellas podía cambiar ya el destino de Jozef Tiso.

El antiguo presidente fue llevado a la ejecución.

La sentencia fue cumplida.

Su vida terminó.

Pero los nombres de quienes fueron deportados bajo el sistema que presidió continuaron apareciendo en archivos, memoriales y listas de víctimas.

Miles de pequeñas historias que nunca tuvieron un juicio propio.

Un padre que no volvió.

Una madre asesinada.

Un niño cuyo nombre quedó en un documento.

Una tienda entregada a otra persona.

Una casa vacía.

Una fotografía familiar donde casi nadie sobrevivió a la guerra.

Frente a esas historias, la discusión sobre si Tiso debe ser recordado primero como sacerdote, nacionalista o presidente pierde parte de su importancia.

La pregunta decisiva es otra:

¿Qué ocurrió con las personas sobre las que su gobierno tuvo poder?

Ahí es donde la historia deja de ser ideología.

Y se convierte en responsabilidad.


Hay una tentación frecuente al mirar el pasado.

Creer que nosotros habríamos reconocido el mal inmediatamente.

Que habríamos protestado.

Que jamás habríamos obedecido.

Que jamás habríamos aceptado un negocio confiscado.

Que jamás habríamos firmado un formulario injusto.

Que jamás habríamos guardado silencio mientras se llevaban al vecino.

Es una forma cómoda de recordar la historia.

También puede ser peligrosa.

Porque transforma a quienes participaron en personajes pertenecientes a otra especie.

Y entonces dejamos de aprender cómo funciona realmente la degradación moral.

La mayoría de los sistemas criminales no sobreviven porque todos los ciudadanos se vuelvan monstruos de un día para otro.

Sobreviven porque suficientes personas aceptan pequeñas injusticias antes de comprender hacia dónde conducen.

Porque alguien gana algo.

Porque alguien tiene miedo.

Porque alguien quiere conservar su cargo.

Porque alguien cree que no es asunto suyo.

Porque alguien dice que todo terminará pronto.

Y porque quienes tienen más poder encuentran siempre una justificación para utilizarlo contra quienes tienen menos.


Jozef Tiso pudo justificarse ante sí mismo.

Pudo considerar que estaba salvando la independencia eslovaca.

Pudo señalar la presión de Hitler.

Pudo recordar decisiones en las que creyera haber evitado algo peor.

Pero ninguna explicación podía devolver a los deportados.

Ese es el límite final de todas las justificaciones políticas.

Llegado cierto punto, las consecuencias hablan más alto que las intenciones declaradas.

Un dirigente puede decir que buscaba orden.

La pregunta es qué produjo ese orden.

Puede decir que buscaba seguridad.

La pregunta es quién tuvo que pagarla.

Puede decir que defendía a la nación.

La pregunta es a quién decidió expulsar de ella.


Y así, la imagen final de Tiso adquiere una fuerza que va mucho más allá de su propia biografía.

Un hombre que una vez tuvo autoridad para firmar decisiones que afectaban la libertad de miles descubrió que tampoco el poder era permanente.

Un dirigente que había visto salir trenes de su país acabó convertido en prisionero.

Un presidente que había aparecido junto a la maquinaria política del Reich sobrevivió a Hitler solo para ver cómo todo aquel sistema terminaba reducido a ruinas, documentos judiciales y cadáveres.

Un sacerdote que durante años pudo hablar de moral tuvo que enfrentarse al juicio moral de la historia.

Algunos continuaron llamándolo patriota.

Otros, mártir.

Los archivos cuentan una historia mucho más difícil de suavizar.

Bajo el Estado que presidió se institucionalizó la persecución antijudía.

Decenas de miles de judíos eslovacos fueron deportados.

La mayoría murió.

Y ningún relato posterior sobre patriotismo puede hacer que esos trenes regresen en dirección contraria.

Quizá esa sea la razón por la que Jozef Tiso sigue provocando tanta incomodidad.

Porque su historia destruye una ilusión muy humana:

la idea de que las personas que participan en grandes injusticias siempre parecen malvadas mientras las están cometiendo.

No siempre.

A veces llevan uniforme.

A veces llevan traje.

A veces llevan sotana.

Y a veces hablan de Dios, de patria y de orden mientras, en una oficina cercana, alguien prepara la siguiente lista de nombres.

La horca acabó con Jozef Tiso en 1947.

Pero la pregunta que dejó atrás sigue viva:

cuando un gobierno comienza a decidir qué vecinos merecen menos derechos que los demás, ¿cuánto tiempo queda antes de que alguien descubra que la próxima lista también puede llevar su nombre?