Llevé la notebook de mi esposa al servicio técnico porque se le había roto la pantalla. Volví al día siguiente para buscarla, pero el técnico tardó en traerla. Cuando por fin salió del cuarto de atrás, la traía apretada contra el pecho, con los dos brazos cruzados encima. No me la entregó.

Me dijo que tenía que hablar conmigo. Nos sentamos en un rincón del local, con las luces medio apagadas. Me contó que, mientras reparaba la pantalla, se encontró con algo que no esperaba: unos archivos viejos, fotos, documentos. Me preguntó si quería verlos.
Le dije que sí, sin imaginar lo que venía. Esa noche, en casa, con la espalda molida por el trabajo, escuché el agua correr durante veinte minutos. Eran las siete y veinte de la mañana cuando dejé la máquina en el servicio técnico. El tipo tardó veinte minutos en traerla.
Me dijo que a las ocho le compraba un helado, uno grande, de tres bochas. Pero no hablábamos de helados. Hablaba de mi antigüedad, de mi categoría, del artículo del convenio, de un monto: dos mil dólares, que era lo que me correspondía si me despedían sin causa después de veintidós años. Hablaba de cómo bajar ese número, de ofrecerme un acuerdo, un retiro voluntario: catorce mil dólares en tres pagos, con la mano en el corazón, así estaba escrito, para que yo lo tomara sin ir a un abogado.
Ahí me di cuenta de que no me estaban sacando una esposa. Me estaban sacando el trabajo, la antigüedad, la casa, la escuela de mi hija y ocho mil dólares que eran míos, ganados en veintidós años de subir a andamios. Cuatro meses atrás, había pedido un adelanto de sueldo en la empresa: dos mil dólares, para arreglar el techo del lavadero que se llovía. Ahora me ofrecían un retiro voluntario que no cubría ni la mitad de lo que me debían.
Pero no me iban a agarrar de sorpresa. Yo había guardado todo. Recibos de sueldo de los últimos cinco años, la copia del contrato original del noventa y ocho, los partes diarios de obra firmados por mí, los comprobantes de los viajes que hice para la empresa, incluidos los tres días a cuatrocientos kilómetros. Esa noche, en la camioneta, pensé en cada uno de esos papeles.
Pensé en mi padre, que puso el terreno del primer galpón. Pensé en mi hija, en su escuela. Pensé en todo lo que me habían sacado y en todo lo que todavía me debían. Cuando llegamos a casa, eran las doce y veinte de la noche.
Mi esposa me esperaba despierta. Le mostré la conversación, la de mi antigüedad, la de los cuarenta y dos mil dólares, la del retiro voluntario de catorce mil en tres pagos con la mano en el corazón. No me dijo nada. Se sentó, escuchó veinte minutos sin abrir la boca, y después se sacó los anteojos y se apretó los ojos con los dedos, igual que la primera vez que me vio llorar.
A la mañana siguiente, a las siete y veinte, sonó mi teléfono. No era la empresa. Era el servicio técnico. El tipo me dijo que había encontrado algo más.
Algo que cambió todo. El veinte por ciento es mío, de mi padre, que puso el terreno del primer galpón. Esa parte de la empresa nunca me la dieron. Pero ahora, con los documentos que aparecieron, la cosa era distinta.
La presentación entró con la firma de una socia del veinte por ciento pidiendo auditoría de la sociedad. Yo no estaba solo. Tenía pruebas, tenía números, tenía la verdad de mi lado. Y esa noche, en la cama, mientras pensaba en todo lo que había pasado, le contesté lo que había pensado en la camioneta veinte veces.
Le dije lo que era mío antes de que me lo empezaran a sacar. Cuarenta y dos mil dólares. Esa era la cifra. Esa era mi indemnización, mi antigüedad, mi casa, la escuela de mi hija, mi trabajo.
Puse de mi indemnización ocho mil dólares y no toqué el resto, porque el resto era la escuela de mi hija, y ese dinero para mí era sagrado. Después de todo, hubo un invierno con tres semanas de lluvia en que no facturamos nada, y yo tuve que tocar dos mil de la plata que había jurado no tocar. Pero valió la pena. Veinte años después, todavía puedo mirarla a los ojos.
A ella, a mi esposa, a la que me esperó esa noche, a la que escuchó sin abrir la boca, a la que se apretó los ojos con los dedos. Y acá estoy, mirándola. Porque no me dejaron caer.
Porque supe pelear por lo que era mío.


