Ejecución de 2 Soldados Japoneses que Competían por ver Quién Decapitaba más Rápido a 100 Personas

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EL RECORTE QUE TERMINÓ FRENTE A UN PELOTÓN DE FUSILAMIENTO: LA HISTORIA DE LOS DOS OFICIALES JAPONESES Y LA “CARRERA DE LAS 100 MUERTES”

Nankín, 28 de enero de 1948.

Habían pasado más de diez años desde que sus nombres aparecieron impresos como los de dos jóvenes guerreros extraordinarios.

Diez años desde que un periódico japonés publicó sus fotografías, sus espadas y un marcador que parecía pertenecer a un partido.

Diez años desde que la muerte de seres humanos fue convertida, en las páginas de la prensa de guerra, en una carrera.

Ahora ya no había periodistas acompañándolos hacia el frente para preguntar quién iba ganando.

No había titulares celebratorios.

No había público leyendo las cifras desde la seguridad de Tokio.

Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda estaban en Nankín otra vez.

Pero esta vez no habían entrado con un ejército detrás.

Eran prisioneros.

Y en algún lugar de aquella ciudad que había conocido uno de los episodios más terribles de la guerra en Asia, dos antiguos oficiales del Ejército Imperial Japonés esperaban la ejecución de una sentencia de muerte.

El 28 de enero de 1948, ambos fueron fusilados tras haber sido condenados por el Tribunal de Crímenes de Guerra de Nankín. Junto a ellos fue ejecutado el capitán Gunkichi Tanaka, juzgado por atrocidades cometidas contra chinos durante la campaña. La ejecución de Mukai y Noda quedó registrada también por la prensa internacional de aquel día.

Pero para comprender cómo dos hombres que habían sido presentados una década antes como figuras de una historia de guerra terminaron frente a un pelotón de fusilamiento, hay que regresar al momento en que alguien decidió transformar una matanza en entretenimiento.

Hay que regresar a 1937.

Y, sobre todo, hay que regresar a un periódico.

Porque el giro más inquietante de esta historia no es solamente que dos oficiales fueran juzgados por aquello que hicieron.

Es que parte del material que años después contribuiría a perseguirlos había sido creado, difundido y celebrado por su propio país.


La guerra no comenzó en Nankín.

Para China, la presión japonesa llevaba años creciendo.

En 1931, Japón ocupó Manchuria. En los años siguientes, la confrontación se expandió hasta que el 7 de julio de 1937, después del incidente del Puente Marco Polo, la guerra entre China y Japón entró en una fase abierta y devastadora.

Pekín cayó.

Después llegó Shanghái.

La batalla de Shanghái fue larga, costosa y brutal. Cuando finalmente las fuerzas chinas se retiraron, el camino hacia Nankín —entonces capital del gobierno nacionalista chino— quedó cada vez más expuesto.

El ejército japonés avanzó hacia el oeste.

Las columnas atravesaban ciudades, pueblos y carreteras.

Los soldados llevaban semanas combatiendo.

Los corresponsales viajaban con ellos.

Y en ese ambiente apareció una historia perfecta para la maquinaria propagandística de una nación en guerra.

Dos jóvenes oficiales.

Dos espadas.

Una meta.

Cien.

El Tokyo Nichi Nichi Shimbun y el Osaka Mainichi Shimbun publicaron en noviembre y diciembre de 1937 una serie de artículos sobre dos subtenientes del Ejército Imperial Japonés: Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda.

Según aquellas crónicas, ambos habían decidido competir para comprobar quién podía matar primero a cien enemigos con una espada mientras las tropas japonesas avanzaban hacia Nankín.

No fue presentada al lector como una atrocidad.

Ese es precisamente uno de los detalles que, visto desde el presente, resulta más escalofriante.

Fue presentada como una hazaña.

Como una carrera.

Como algo cuyo marcador podía actualizarse.

El primer artículo apareció el 30 de noviembre de 1937. Después llegaron nuevas entregas, y los números crecieron. La serie continuó hasta el 13 de diciembre, el mismo día en que la caída de Nankín estaba consumándose.

Los lectores podían seguir el supuesto progreso.

Mukai avanzaba.

Noda respondía.

En cierto momento, según la cobertura, el marcador mostraba 89 para Mukai y 78 para Noda.

La ciudad de Nankín seguía acercándose.

Y el contador seguía aumentando.

No conocemos el rostro de cada una de las personas convertidas en aquellas cifras.

Eso también forma parte del horror.

En la historia impresa eran simplemente números.

Una cantidad que subir.

Un récord que romper.

Un rival al que superar.

Y cuanto más se acercaban los oficiales a cien, más se parecía la cobertura a la narración de una competición deportiva.

Ese lenguaje importaba.

Porque cuando una víctima deja de ser presentada como una persona y se transforma en un punto dentro de un marcador, algo fundamental ha ocurrido mucho antes de que alguien levante una espada.

La violencia ya ha sido normalizada.

Después llegó el titular que sobreviviría a los hombres que aparecían debajo de él.

El 13 de diciembre de 1937, el Tokyo Nichi Nichi Shimbun informó que ambos habían superado cien.

Mukai: 106.

Noda: 105.

El periódico explicaba que no podía determinarse con claridad cuál de los dos había alcanzado primero la cifra de cien.

La solución publicada fue extraordinaria.

No terminar.

Continuar.

Según la historia periodística, comenzarían entonces otra carrera, esta vez hacia 150.

Existe una fotografía asociada a aquella cobertura en la que aparecen los dos oficiales. La imagen y el artículo del 13 de diciembre se conservaron, y el documento sigue siendo una de las piezas visuales más conocidas de toda esta controversia histórica.

En aquel momento, sin embargo, nadie que celebrara el artículo podía imaginar lo que ocurriría diez años después.

Nadie podía saber que los números 106 y 105 regresarían.

Pero lo harían.


Mientras los periódicos japoneses convertían el avance sobre Nankín en historias heroicas, dentro y alrededor de la ciudad se aproximaba una catástrofe.

El 13 de diciembre de 1937, Nankín cayó.

Lo sucedido durante las semanas posteriores se convertiría en uno de los episodios más estudiados, dolorosos y políticamente disputados de la guerra en Asia.

Soldados y civiles chinos fueron asesinados.

Hubo ejecuciones masivas.

Violaciones.

Saqueos.

Incendios.

Abusos contra prisioneros y población no combatiente.

Incluso hoy existe un amplio debate historiográfico sobre el número exacto de víctimas, en parte porque distintos investigadores utilizan límites geográficos, periodos de tiempo y categorías de víctimas diferentes. El monumento oficial chino utiliza la cifra de 300.000 muertos, mientras estudios académicos han propuesto otras estimaciones, muchas situadas por debajo de esa cifra pero todavía en decenas o cientos de miles. Lo que no está seriamente en duda dentro de la historiografía principal es que se cometieron atrocidades masivas contra soldados capturados y civiles.

Y aquí aparece una de las paradojas más oscuras de la historia de Mukai y Noda.

Los artículos los mostraban como guerreros eliminando enemigos en una sucesión de combates cuerpo a cuerpo.

Pero con el paso de los años surgieron dudas fundamentales.

¿Era realmente posible que dos oficiales hubieran abatido con espada, uno tras otro, a más de cien adversarios en combates individuales?

¿Había sucedido literalmente lo que describían los artículos?

¿Era propaganda?

¿Exageración?

¿Habían colaborado los propios oficiales con los periodistas para fabricar una historia espectacular?

¿O el núcleo del relato era real, pero las víctimas no eran combatientes que se defendían, sino prisioneros indefensos?

Estas preguntas transformarían el episodio en una controversia que continúa siendo estudiada por historiadores.

El investigador Bob Tadashi Wakabayashi examinó precisamente el debate sobre el llamado “concurso de las cien muertes” y sostuvo que la representación periodística de una serie de heroicos combates con espada no puede aceptarse simplemente como una transcripción literal de los hechos. Otros trabajos académicos también han señalado el carácter propagandístico y problemático de la narración original.

Pero entonces surgió otro elemento.

Y era peor.

Años después se divulgó el recuerdo de un discurso que Noda habría pronunciado al regresar a Japón.

Según ese testimonio posterior, Noda habría reconocido que solamente una pequeña cantidad de sus muertes con espada ocurrió durante combates reales y que muchas víctimas fueron hombres capturados.

La exactitud y transmisión de ese testimonio también forman parte de una discusión histórica posterior, pero planteó una posibilidad devastadora:

tal vez el periódico había exagerado la parte heroica de la historia…

sin exagerar necesariamente su brutalidad.

Tal vez la ficción no consistía en haber hecho demasiadas víctimas.

Tal vez consistía en convertir víctimas indefensas en adversarios derrotados en gloriosos duelos.

Ese cambio lo transforma todo.

Porque en un relato de propaganda, el oficial parece un guerrero enfrentándose a combatientes.

En una ejecución de prisioneros, ya no existe combate.

Sólo existe poder.

Un hombre armado.

Otro hombre que ya no puede defenderse.

Y una cifra.


En diciembre de 1937, sin embargo, nada de eso parecía preocupar a quienes imprimían el marcador.

106 contra 105.

Era una historia perfecta.

Tenía competencia.

Tenía tensión.

Tenía protagonistas.

Tenía una meta comprensible.

Tenía algo parecido a un empate dramático.

Y tenía una continuación.

Eso explica por qué sobrevivió.

Las guerras producen cantidades imposibles de información: movimientos de tropas, partes militares, nombres de ciudades desconocidas para el lector, números de bajas, mapas, comunicados oficiales.

Pero una competición entre dos hombres era sencilla.

Cualquiera podía entenderla.

¿Quién llegaría primero?

Mukai.

O Noda.

Esa pregunta convertía una campaña militar en espectáculo.

Lo que desaparecía detrás de ella eran las víctimas.

No sabemos cuántos lectores guardaron aquellos periódicos.

No sabemos cuántos hombres hablaron del marcador durante el desayuno.

No sabemos cuántos jóvenes miraron la fotografía pensando que estaban contemplando dos modelos de valentía militar.

Lo que sí sabemos es que la historia fue impresa.

Y el papel tiene una característica incómoda.

Puede sobrevivir a la intención con la que fue creado.

Puede ser leído por otras personas.

En otro tiempo.

En otro país.

En otra sala.

Con una interpretación completamente diferente.

Durante 1937, aquellos recortes podían funcionar como propaganda.

En 1947, ya no.


La guerra continuó durante casi ocho años más.

China no se rindió.

El conflicto iniciado mucho antes del ataque a Pearl Harbor terminó formando parte del gran escenario asiático de la Segunda Guerra Mundial.

Ciudades cambiaron de manos.

Gobiernos se desplazaron.

Millones de personas murieron.

Y durante años, para quienes estaban involucrados en las atrocidades de 1937, pudo parecer que Nankín desaparecería debajo de acontecimientos todavía mayores.

Después llegó 1945.

Hiroshima.

Nagasaki.

La entrada soviética en la guerra contra Japón.

La rendición japonesa.

El imperio que había avanzado por Asia comenzó a ser desmantelado.

Los vencedores empezaron a investigar crímenes de guerra.

En Tokio se estableció el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente para juzgar a importantes dirigentes japoneses.

En otros puntos de Asia se organizaron procesos contra oficiales y soldados acusados de atrocidades concretas.

China también creó tribunales.

Uno de ellos funcionaría en Nankín.

Y entonces ocurrió algo que los protagonistas de aquella historia de periódico difícilmente podían haber previsto cuando posaron para las cámaras en 1937.

Alguien volvió a mirar los viejos recortes.

Los nombres seguían allí.

Las fotografías seguían allí.

Las cifras seguían allí.

Mukai.

Noda.

El pasado no había desaparecido.

Había sido archivado.


En 1947, las autoridades chinas solicitaron que los dos antiguos oficiales fueran localizados y enviados a China para ser procesados.

Fueron arrestados en Japón bajo la ocupación aliada y posteriormente trasladados a Nankín.

El contraste resulta casi cinematográfico, aunque no necesita ninguna ficción.

En 1937 habían recorrido China integrados en un ejército vencedor.

En 1947 hicieron el trayecto como acusados.

Diez años.

La misma ciudad.

Dos posiciones completamente distintas.

Según el Memorial de las Víctimas de la Masacre de Nankín, Mukai fue detenido en agosto de 1947 y Noda a comienzos de septiembre. Posteriormente fueron enviados a China y recluidos en Nankín antes de su proceso.

Ahora la pregunta ya no era:

“¿Quién llegó primero a cien?”

La pregunta era:

“¿Qué hicieron realmente?”

El 18 de diciembre de 1947, el Tribunal de Crímenes de Guerra de Nankín abrió públicamente el proceso.

Mukai y Noda no estaban solos.

Junto a ellos se encontraba Gunkichi Tanaka, capitán del Ejército Imperial Japonés, acusado también de asesinatos de prisioneros y civiles.

La sala pertenecía a un mundo completamente diferente del que había producido aquellas fotografías diez años antes.

Los periódicos que habían convertido las cifras en una hazaña ahora podían ser leídos como evidencia de algo siniestro.

Una página no cambia.

Pero su significado sí puede hacerlo.

Ese es uno de los grandes giros de esta historia.

El mismo titular puede ser celebrado en una época y presentado como acusación en otra.

La tinta no sabe de qué lado está.

Sólo permanece.


Los acusados impugnaron la interpretación de la historia.

Y aquí la trama se vuelve más compleja de lo que suele aparecer en publicaciones virales.

Mukai y Noda no llegaron al tribunal diciendo simplemente:

“Sí, ocurrió exactamente como lo contó el periódico.”

La defensa del episodio, tanto durante el juicio como en controversias posteriores, giró alrededor de cuestiones sobre la exactitud de aquellas noticias.

¿Habían sido exageradas?

¿Habían sido construidas para elevar la moral?

¿Los periodistas habían convertido conversaciones y bravatas en una competición literal?

Décadas después, esas preguntas dividirían también a historiadores japoneses y alimentarían demandas judiciales de familiares de los oficiales.

Esto significa que una versión responsable de la historia tiene que sostener dos ideas simultáneamente.

La primera:

las atrocidades de Nankín y la matanza de prisioneros y civiles están ampliamente documentadas.

La segunda:

la descripción periodística exacta de Mukai y Noda abatiendo, uno por uno y en combate con espada, exactamente a 106 y 105 enemigos no puede tratarse como si fuera una grabación objetiva de los acontecimientos.

La historiografía moderna ha debatido precisamente ese punto.

Pero para Mukai y Noda había un problema enorme.

Ellos habían permitido que sus nombres quedaran ligados a aquella historia.

La propaganda que podía beneficiar a un militar durante una guerra podía perseguirlo cuando la guerra terminara.

Aquello que un día servía como reputación podía convertirse en expediente.

Y aunque discutieran la literalidad del marcador, estaban sentados en Nankín porque el mundo que había permitido celebrar semejante historia se había derrumbado.


Imaginemos únicamente lo que sí podemos afirmar sin inventar pensamientos.

Sobre la mesa estaban los documentos.

En ellos aparecían dos jóvenes oficiales.

En 1937 llevaban uniforme de un ejército que avanzaba.

En 1947 eran procesados por un tribunal chino.

El tiempo había colocado una década entre ambas imágenes.

Eso era suficiente.

No necesitamos inventar una confesión dramática.

No necesitamos atribuirles lágrimas que los archivos no registran.

No necesitamos escribir que uno miró al otro y comprendió de pronto su destino.

La realidad ofrece un momento de reconocimiento mucho más frío.

La sentencia.

El 18 de diciembre de 1947, el tribunal declaró culpables a Mukai, Noda y Tanaka y los condenó a muerte.

Ahí terminó la competición.

No en cien.

No en ciento cincuenta.

No con un ganador.

Con tres condenados.

Y por primera vez desde que comenzó aquella historia, el número importante ya no era el marcador publicado en 1937.

Era una fecha.

28 de enero de 1948.


Pero todavía faltaba el último giro.

Porque la historia de Mukai y Noda podría parecer, superficialmente, una historia sencilla sobre justicia.

Dos hombres cometen atrocidades.

Son capturados.

Son juzgados.

Son ejecutados.

Fin.

Sin embargo, la verdad histórica es mucho más incómoda.

La ejecución no resolvió todas las preguntas.

Las multiplicó.

Décadas después, Japón discutiría otra vez aquel episodio.

Investigadores regresarían a los artículos originales.

Examinarían quién los escribió.

Qué declararon los protagonistas.

Qué era físicamente plausible.

Qué podía ser propaganda.

Qué elementos podían corresponder a ejecuciones.

Qué fuentes habían utilizado los tribunales.

La “competición de las cien muertes” se convertiría en un campo de batalla sobre memoria histórica.

En 1967, el historiador japonés Tomio Hora volvió a llamar la atención sobre las atrocidades de Nankín.

Durante la década de 1970, las investigaciones y reportajes de periodistas como Katsuichi Honda impulsaron nuevos debates públicos en Japón.

Después aparecieron contraargumentos.

Libros.

Demandas.

Artículos académicos.

Discusiones sobre periódicos que habían escrito aquello durante la guerra.

Incluso familiares de Mukai y Noda emprendieron décadas después acciones legales relacionadas con la presentación pública de la historia.

Un tribunal de distrito de Tokio rechazó en 2005 una demanda de familiares que sostenían que el episodio había sido inventado, en un caso que reabrió una controversia que llevaba décadas. El debate historiográfico, sin embargo, no quedó reducido a una simple pregunta de “verdadero o falso”: buena parte de la investigación distingue entre la existencia de la historia y participación de los oficiales, por un lado, y la descripción propagandística de más de cien combates individuales heroicos, por otro.

Ese detalle importa.

Porque existe una tentación moderna de buscar una respuesta cómoda.

Si el periódico exageró, entonces algunos quieren concluir que todo fue falso.

Si los oficiales fueron condenados, otros quieren concluir que cada palabra del periódico era literalmente exacta.

La historia rara vez funciona así.

Una pieza de propaganda puede contener una atrocidad real y envolverla en una mentira heroica.

Una cifra puede ser exagerada mientras la conducta que intenta glorificar es todavía peor de lo que parece.

Una fotografía puede ser auténtica aunque la leyenda que la acompaña distorsione lo sucedido.

Y un tribunal puede producir una sentencia histórica sin cerrar para siempre cada discusión sobre cada evidencia.

La realidad es más incómoda precisamente porque obliga a pensar.


Existe además una pregunta que casi nunca aparece cuando esta historia se cuenta únicamente como una carrera entre dos hombres.

¿Quiénes eran los que estaban al otro lado del marcador?

Las publicaciones de 1937 hicieron que desaparecieran.

No hay nombres.

No hay familias.

No hay infancia.

No hay personas esperando que regresaran.

Sólo cantidades.

Ese proceso de convertir seres humanos en números es una de las condiciones que hacen posibles las atrocidades a gran escala.

Primero cambia el lenguaje.

Después cambia lo que parece tolerable.

Un prisionero deja de ser prisionero y se convierte en “uno más”.

Un muerto deja de ser una tragedia y se convierte en un punto.

Cien muertos dejan de ser cien historias interrumpidas y se convierten en una meta.

Y cuando la meta se alcanza, alguien propone ciento cincuenta.

Esa quizás sea la parte más perturbadora del artículo del 13 de diciembre.

No el 106.

No el 105.

La continuación.

Según la noticia, haber cruzado cien no puso fin a nada.

Al no poder decidir quién había ganado, la solución era seguir.

Hay algo aterrador en esa lógica porque revela que el objetivo nunca había sido alcanzar un número concreto.

El objetivo era que el contador pudiera continuar.


Mientras tanto, Nankín vivía algo que ninguna cifra única puede describir completamente.

Los estudios sobre la masacre contienen interminables discusiones sobre cantidades.

50.000.

100.000.

200.000.

300.000.

Los números importan.

Importan para los archivos.

Importan para comprender la escala.

Importan para la responsabilidad histórica.

Pero también pueden crear una ilusión extraña: que si resolviéramos la cifra exacta, habríamos comprendido lo ocurrido.

No es así.

Incluso la cifra menor dentro de las estimaciones académicas representa decenas de miles de vidas.

Personas que aquella mañana esperaban sobrevivir.

Padres.

Hijos.

Soldados desarmados.

Comerciantes.

Ancianos.

Mujeres refugiadas.

Familias que habían intentado esconderse de una guerra que llegaba cada vez más cerca.

La historiografía moderna continúa discutiendo los límites temporales y geográficos utilizados para contar a las víctimas, razón por la cual las estimaciones varían sustancialmente. Algunos estudios sitúan el total por encima de 100.000 pero por debajo de 200.000 para marcos amplios; el recuento oficial chino mantiene más de 300.000.

Pero no existe ninguna versión seria de la discusión en la que aquellas semanas se conviertan de repente en un acontecimiento normal.

Y eso devuelve la mirada al periódico.

Dos hombres.

Dos espadas.

Un marcador.

Era una pequeña historia dentro de una catástrofe enorme.

Sin embargo, sobrevivió precisamente porque logró condensar algo mucho más grande.

No únicamente violencia.

Deshumanización.


Llegó finalmente el 28 de enero de 1948.

Nankín estaba viviendo ya otra época.

La Segunda Guerra Mundial había terminado.

Japón estaba ocupado por las potencias aliadas.

China estaba nuevamente entrando en las tensiones de su propia guerra civil.

El mundo se reorganizaba.

Pero algunos asuntos de 1937 todavía no estaban cerrados.

Mukai y Noda tenían aproximadamente 35 años.

Tanaka era mayor.

La sentencia iba a cumplirse.

Las informaciones de la época registraron que los tres fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento. Las fuentes chinas sitúan la ejecución en Yuhuatai, Nankín.

Y en ese punto ocurrió la última inversión de poder.

En 1937, Mukai y Noda habían sido los hombres cuyos números se contaban.

En 1948, eran ellos quienes esperaban una cuenta regresiva que no podían detener.

En 1937, otros hombres habían sido reducidos a cifras.

En 1948, sus propios nombres aparecían en una sentencia.

En 1937, el papel había amplificado su reputación.

En 1948, el papel ayudó a enterrarla.

La fotografía seguía existiendo.

El titular seguía existiendo.

El marcador seguía existiendo.

Pero ya nadie preguntaba quién había ganado.

Porque diez años después aquella pregunta sonaba monstruosa.


Existe una fotografía de los dos oficiales vinculada a las informaciones de diciembre de 1937.

Mírala conociendo solamente la historia publicada entonces y parece una imagen de propaganda militar.

Mírala sabiendo lo que ocurriría una década después y se transforma.

No porque la fotografía haya cambiado.

Porque nosotros sabemos lo que viene después.

Sabemos que Japón perderá la guerra.

Sabemos que Nankín se convertirá en un símbolo mundial de atrocidades de guerra.

Sabemos que los nombres escritos junto a aquella fotografía reaparecerán en expedientes judiciales.

Sabemos que los hombres que entonces eran presentados como competidores terminarán condenados a muerte en la misma ciudad hacia la que marchaban.

Ese conocimiento vuelve inquietante cada detalle.

El uniforme.

Las espadas.

La tranquilidad de una fotografía tomada antes de que el futuro alcance a quienes aparecen en ella.

Pero quizá el objeto más importante de la imagen no sea ninguna espada.

Es la cámara.

Porque alguien tomó la fotografía.

Alguien escribió el artículo.

Alguien puso cifras junto a nombres humanos.

Alguien lo imprimió.

Y miles de personas pudieron leerlo.

La atrocidad no necesitaba esconderse.

Esa es la parte difícil de aceptar.

En ocasiones, los crímenes históricos sobreviven porque los responsables destruyen las pruebas.

En este caso, uno de los episodios más famosos sobrevivió porque fue publicitado.


Y todavía existe otra ironía.

Si las crónicas periodísticas fueron exageradas con fines propagandísticos, como sostienen diversos historiadores respecto de la presentación de la carrera, entonces quienes construyeron aquella leyenda participaron involuntariamente en la creación del documento que una década después ayudaría a identificar a sus propios “héroes”.

La propaganda tenía una fecha de caducidad que nadie vio venir.

Funcionaba solamente mientras Japón ganaba.

Mientras los muertos eran “enemigos”.

Mientras el avance militar parecía irreversible.

Mientras nadie imaginaba un tribunal chino preguntando qué significaban realmente aquellas cifras.

Cuando Japón se rindió, el significado del artículo se dio vuelta.

Lo que había sido orgullo podía leerse como confesión.

Lo que había sido entretenimiento podía presentarse como indicio.

Lo que había sido una hazaña podía convertirse en acusación.

No cambió una sola letra.

Cambió quién tenía el poder de leerla.

Ese quizá sea el auténtico plot twist de esta historia.

No fue una prueba secreta descubierta en una caja fuerte.

No fue el diario escondido de un oficial.

No fue una grabación clandestina.

Estuvo durante años en un periódico.

A la vista de todos.


También por eso la historia continúa siendo peligrosa cuando se cuenta mal.

Convertirla hoy nuevamente en espectáculo sin contexto repetiría, de otra forma, el error de 1937.

El propósito no debería ser admirar la cifra.

Ni recrearse en la violencia.

Ni convertir a Mukai y Noda en monstruos cinematográficos tan irreales que nos permitan sentir que algo así sólo puede ser cometido por personas completamente diferentes de nosotros.

La lección es más incómoda.

Eran hombres dentro de una institución.

En medio de una guerra.

En un sistema que podía transformar violencia extrema en prestigio.

Rodeados de un lenguaje que convertía al enemigo en una categoría antes que en una persona.

Acompañados por una prensa capaz de convertir una supuesta matanza en competición.

Nada de eso excusa las decisiones individuales.

Hace lo contrario.

Muestra el ecosistema que puede convertir decisiones atroces en algo premiado.

La barbarie no siempre entra gritando.

A veces entra acompañada por aplausos.

A veces lleva uniforme.

A veces llega con un fotógrafo.

A veces tiene una tabla de resultados.


Diez años separaron las dos escenas.

En una:

Japón avanzaba hacia Nankín.

Dos oficiales sostenían espadas.

Un periódico contaba muertos.

Los números subían.

En la otra:

Japón había perdido.

Nankín había sobrevivido.

Dos de aquellos oficiales estaban condenados.

Los viejos recortes habían regresado.

El marcador ya no importaba.

El 28 de enero de 1948 terminó la vida de Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda ante un pelotón de fusilamiento.

Sin embargo, la historia que los había hecho famosos no terminó con ellos.

Sobrevivió como evidencia.

Como controversia.

Como propaganda convertida en archivo.

Como advertencia de lo fácilmente que una sociedad en guerra puede modificar el significado de una palabra tan simple como “récord”.

Y quizá esa sea la razón por la que, casi noventa años después de aquellas páginas de 1937, todavía resulta difícil mirar el marcador de 106 contra 105 sin sentir que algo está profundamente fuera de lugar.

Porque jamás hubo un ganador.

Incluso si cada número hubiera sido perfectamente exacto, no podía haberlo.

Una competición en la que los puntos son vidas humanas no produce vencedores.

Produce víctimas.

Produce testigos.

Produce documentos.

Y, a veces, cuando la historia gira y quienes parecían intocables descubren que el poder no dura para siempre, produce también un tribunal esperando diez años después.

La fotografía convirtió a dos hombres en celebridades de guerra durante un instante; el archivo se aseguró de que el mundo recordara por qué nunca debieron haber sido celebrados.

Nota histórica: El llamado “concurso de las cien muertes” está documentado como una serie de noticias publicadas por periódicos japoneses en 1937, y Mukai y Noda fueron posteriormente juzgados, condenados y ejecutados en Nankín. Sin embargo, historiadores han debatido durante décadas si el relato periodístico describía literalmente más de cien muertes individuales en combate, si fue una construcción propagandística basada en exageraciones o si ocultaba ejecuciones de prisioneros tras una narrativa heroica. Por ello, las cifras y escenas del “concurso” deben atribuirse a las crónicas de la época y no tratarse como una transcripción incuestionable de cada muerte individual. Del mismo modo, el número total de víctimas de la Masacre de Nankín varía según las definiciones geográficas, temporales y metodológicas utilizadas por diferentes investigaciones; la existencia de asesinatos masivos y otras atrocidades, en cambio, está ampliamente documentada.