
En el verano de 1943, Paul Blobel regresó a un lugar que conocía demasiado bien.
No volvió para conquistar una ciudad. No volvió para dirigir otra redada. Ni siquiera volvió para matar de la misma manera que dos años antes.
Esta vez, su misión era más extraña.
Tenía que hacer desaparecer a los muertos.
En las afueras de Kiev, mientras el Ejército Rojo comenzaba a acercarse nuevamente a Ucrania, los nazis tenían un problema que ningún informe militar podía resolver.
El problema estaba bajo tierra.
Decenas de miles de cuerpos.
Fosas comunes.
Rastros de balas.
Objetos personales.
Huesos.
Pruebas.
Y uno de los lugares que más preocupaban a los responsables del régimen era un barranco cuyo nombre terminaría convirtiéndose en sinónimo de asesinato masivo:
Babi Yar.
O Babyn Yar.
Dos años antes, los días 29 y 30 de septiembre de 1941, miembros de las SS, unidades policiales alemanas y auxiliares habían asesinado allí a 33.771 judíos, según las propias cifras enviadas por los Einsatzgruppen a sus superiores.
Al frente del Sonderkommando 4a, una de las unidades implicadas directamente en la matanza, estaba Paul Blobel.
Ahora, en 1943, la guerra estaba cambiando.
Y Blobel había recibido una nueva responsabilidad.
No se trataba simplemente de destruir documentos.
El régimen nazi quería destruir la evidencia física de sus asesinatos.
Las fosas tenían que abrirse.
Los cadáveres tenían que ser extraídos.
Los restos tenían que ser quemados.
Los huesos tenían que desaparecer.
Las cenizas debían dispersarse.
Los lugares debían parecer, en la medida de lo posible, como si allí nunca hubiera ocurrido nada.
El nombre secreto de aquella operación era Sonderaktion 1005.
Operación 1005.
Y la ironía que Paul Blobel todavía no podía imaginar era devastadora:
el hombre que había participado en uno de los mayores asesinatos masivos de la guerra había sido puesto después al frente del esfuerzo para borrar las pruebas.
Pero al intentar borrar el crimen, terminaría ayudando a demostrar que el crimen había existido.
Y aquello no sería el último giro de la historia.
Kiev había caído en manos alemanas en septiembre de 1941.
La ciudad estaba herida.
Edificios destruidos.
Calles llenas de soldados.
Familias separadas.
Rumores que cambiaban de una hora a otra.
Muchos habitantes judíos habían conseguido huir antes de la ocupación.
Muchos otros no.
Entre quienes permanecieron había mujeres, ancianos, enfermos y niños.
Personas que, en muchos casos, todavía intentaban entender qué significaba realmente la llegada del nuevo régimen.
Durante los primeros días de la ocupación se produjeron importantes explosiones en el centro de Kiev. Minas dejadas por fuerzas soviéticas en retirada destruyeron edificios y causaron bajas entre los ocupantes alemanes.
Los nazis utilizaron aquellos actos de sabotaje como pretexto para actuar contra la población judía de la ciudad.
Entonces aparecieron las órdenes.
Los judíos de Kiev debían presentarse.
Debían llevar documentos, objetos personales y pertenencias.
Para algunas familias, aquellas instrucciones podían parecer una deportación.
Una expulsión.
Un traslado.
Tal vez trabajo forzado.
Tal vez un gueto.
La historia europea ya había enseñado a los judíos a temer muchas cosas.
Pero lo que se estaba preparando en Kiev era todavía peor.
Paul Blobel tenía 47 años.
No parecía el personaje que décadas después ocuparía fotografías, archivos judiciales y libros sobre el Holocausto.
Antes de la guerra había sido arquitecto.
Había estudiado una profesión dedicada, en teoría, a levantar estructuras.
A diseñar espacios.
A calcular cómo construir.
Pero en 1941 llevaba el uniforme de las SS y comandaba el Sonderkommando 4a, integrado en el Einsatzgruppe C.
Su trabajo ya no consistía en construir.
Consistía en organizar una maquinaria de persecución y muerte.
Los Einsatzgruppen avanzaban detrás de las fuerzas alemanas en territorio soviético.
No eran simples unidades de combate.
Entre sus funciones estaba localizar y asesinar a enemigos políticos, funcionarios soviéticos y, cada vez de manera más sistemática, comunidades judías enteras.
Lo sucedido en Ucrania durante 1941 mostró hasta dónde podía llegar ese sistema.
La mañana del 29 de septiembre comenzó el movimiento de personas.
Familias enteras avanzaron hacia el punto indicado.
Había niños caminando junto a sus madres.
Ancianos cargando lo que podían.
Personas con abrigos.
Maletas.
Documentos.
Alimentos.
Objetos que alguien se lleva cuando cree que quizá no regresará a su casa durante un tiempo.
Esa idea —el equipaje— era parte de la trampa.
Si llevas una maleta, todavía puedes pensar que existe un destino.
Un tren.
Un campamento.
Otra ciudad.
Una vida, aunque sea peor, después del camino.
Pero a medida que la multitud avanzaba, las señales comenzaron a cambiar.
Aparecieron controles.
Soldados.
Policías.
Barreras.
Los grupos fueron canalizados.
Los documentos se separaban de las personas.
Las pertenencias dejaban de pertenecer a quienes las habían llevado.
Después llegaron las órdenes de quitarse la ropa.
En ese momento, para muchos, cualquier ilusión debió desaparecer.
Ya no parecía una deportación.
Ya no parecía un traslado.
Delante estaba el barranco.
Babyn Yar era una profunda hendidura del terreno situada entonces en las afueras de Kiev.
Aquel accidente natural del paisaje fue transformado en una instalación de asesinato.
Las víctimas eran conducidas en grupos.
Obligadas a avanzar.
Forzadas a entrar en el barranco.
Y allí eran asesinadas.
El Sonderkommando 4a de Blobel participó en los fusilamientos junto con otras fuerzas alemanas y auxiliares.
No fue una explosión espontánea de violencia.
No fue un combate.
No fue una ejecución improvisada de unas pocas personas.
Fue una operación organizada.
Un proceso.
Personas que controlaban accesos.
Personas que confiscaban pertenencias.
Personas que vigilaban.
Personas que conducían a las víctimas.
Personas que disparaban.
Personas que registraban resultados.
Eso último sería importante.
Terriblemente importante.
Porque el régimen que asesinaba a miles de seres humanos también llevaba cuentas.
Al terminar los dos días, el número comunicado a Berlín fue preciso:
33.771 judíos asesinados.
No “miles”.
No “muchísimos”.
33.771.
La cifra quedó escrita por los propios perpetradores.
Y allí apareció la primera paradoja que terminaría persiguiendo a Blobel.
El sistema nazi quería secreto.
Pero también quería burocracia.
Quería ocultar sus crímenes al mundo.
Pero exigía informes a sus subordinados.
Quería que las víctimas desaparecieran sin dejar rastro.
Pero sus propios funcionarios anotaban cantidades, unidades, lugares y operaciones.
En aquel momento, esas páginas parecían símbolos de control.
Años después se convertirían en pruebas.
Babi Yar no dejó de ser un lugar de muerte después del 30 de septiembre.
Durante los dos años siguientes, los ocupantes alemanes asesinaron allí a otras personas.
Judíos.
Prisioneros de guerra soviéticos.
Roma.
Pacientes de instituciones psiquiátricas.
Civiles.
Las estimaciones históricas sitúan en torno a 100.000 el total de personas asesinadas en Babyn Yar durante la ocupación alemana, judías y no judías.
Pero el asesinato de septiembre de 1941 se convirtió en el episodio más conocido.
Treinta y tres mil setecientas setenta y una personas en dos días.
Esa cifra había viajado hacia Berlín.
Quedó archivada.
Y Blobel siguió adelante.
Para entonces, su unidad había participado también en asesinatos en otros lugares de Ucrania.
La guerra continuó.
Las fronteras militares se desplazaron.
Las órdenes cambiaron.
Y entonces el régimen empezó a comprender algo que probablemente no había preocupado demasiado a muchos perpetradores en 1941.
Podían perder.
Si Alemania perdía la guerra, los territorios ocupados serían recuperados.
Los ejércitos enemigos encontrarían las fosas.
Los investigadores podrían abrirlas.
Los supervivientes podrían hablar.
Las fotografías podrían tomarse.
Los cadáveres podrían contarse.
La evidencia que parecía enterrada para siempre volvería a la superficie.
Heinrich Himmler y otros dirigentes de las SS querían impedirlo.
Así nació una de las operaciones de encubrimiento más siniestras de la guerra.
Sonderaktion 1005.
Su objetivo era eliminar rastros físicos de asesinatos masivos.
Y el hombre elegido para desempeñar un papel central en aquella operación fue Paul Blobel.
La elección tenía una lógica brutal.
Blobel conocía aquellos lugares.
Conocía el sistema.
Conocía los fusilamientos.
Conocía las fosas.
Había estado del lado de quienes las habían llenado.
Ahora debía descubrir cómo vaciarlas.
En 1942, la operación comenzó a desarrollar métodos para exhumar y destruir restos humanos en diferentes escenarios del terror nazi.
En lugares como Chełmno se experimentó con procedimientos para eliminar cuerpos y restos.
La operación se extendió después a diversos lugares donde habían ocurrido asesinatos masivos.
Y finalmente regresó a Ucrania.
A Babi Yar.
El círculo se cerraba.
Blobel regresaba, directa o indirectamente como responsable de la operación, al escenario de un crimen asociado para siempre con su nombre.
Pero ahora existía una diferencia.
En 1941, los alemanes se sentían conquistadores.
En 1943, miraban hacia el este y veían acercarse al Ejército Rojo.
El tiempo se agotaba.
Cerca de Babi Yar funcionaba el campo de Syrets.
Allí estaban recluidos prisioneros soviéticos, civiles, judíos y otras víctimas del sistema de ocupación.
En el verano de 1943, alrededor de 300 prisioneros fueron seleccionados para un trabajo que difícilmente podía describirse con palabras normales.
Debían abrir las fosas de Babi Yar.
Debían sacar los restos humanos.
Debían quemarlos.
Los prisioneros trabajaban encadenados.
Según testimonios posteriores, podían ser obligados a trabajar entre doce y quince horas al día.
Los alemanes utilizaron excavadoras para acelerar la apertura de las fosas.
Los prisioneros tenían que manipular los restos.
Otros grupos buscaban objetos de valor que todavía pudieran encontrarse.
Anillos.
Pendientes.
Dientes de oro.
Incluso después de haber asesinado a las víctimas, el sistema seguía extrayendo de ellas todo lo que consideraba aprovechable.
Después se preparaban enormes piras improvisadas.
Se utilizaron incluso lápidas y piezas de granito de un cementerio judío cercano como parte de las estructuras.
Los restos se colocaban en capas.
Entre ellos se introducía madera.
Se añadía combustible.
Se encendía el fuego.
Cuando las llamas terminaban su trabajo, todavía quedaban huesos.
También había que destruirlos.
La orden no consistía simplemente en quemar.
La orden era borrar.
Los huesos eran triturados.
Las cenizas dispersadas.
El terreno alterado.
Cualquier elemento identificable debía desaparecer.
La lógica de la operación era tan clara como aterradora:
sin cuerpos, sería más difícil probar asesinatos.
Sin fosas, sería más difícil contar víctimas.
Sin restos, sería más fácil mentir.
Los hombres responsables de aquellas operaciones estaban intentando asesinar por segunda vez la existencia de quienes ya habían asesinado físicamente.
Primero les habían quitado la vida.
Ahora intentaban quitarles la evidencia de haber vivido.
Pero había un problema que ninguna excavadora podía resolver.
Había personas mirando.
Los prisioneros obligados a destruir las pruebas entendían perfectamente lo que probablemente ocurriría cuando terminaran.
Ellos mismos eran pruebas.
Habían visto las fosas.
Habían visto los restos.
Habían visto cómo funcionaba el encubrimiento.
Y un régimen dispuesto a quemar decenas de miles de cadáveres para ocultar un crimen no iba a permitir fácilmente que cientos de testigos se marcharan.
Los prisioneros de Syrets sabían que el final de la operación podía significar su propia ejecución.
Así que algunos comenzaron a pensar en escapar.
No era un plan heroico concebido desde una posición de fuerza.
Eran hombres encadenados.
Vigilados.
Agotados.
Rodeados por guardias armados.
Cada día trabajaban con la evidencia del destino que los nazis pretendían borrar.
Cada día el tiempo corría en su contra.
Y entonces sucedió algo que Blobel y los responsables de la operación no podían permitirse.
Algunos escaparon.
Una pequeña cantidad de prisioneros consiguió huir de Babi Yar.
Otros fueron asesinados una vez terminados los trabajos.
Ése fue uno de los grandes fracasos de la Operación 1005.
El régimen había destruido cadáveres.
Pero no había destruido todos los testigos.
Y la memoria podía cruzar una frontera que el fuego no podía cerrar.
En noviembre de 1943, el Ejército Rojo recuperó Kiev.
Los investigadores llegaron a una ciudad que había pasado más de dos años bajo ocupación alemana.
Babi Yar seguía allí.
El paisaje había sido manipulado.
Las fosas habían sido abiertas.
Los restos habían sido quemados.
Las cenizas se habían dispersado.
Pero el lugar no estaba vacío de pruebas.
Había testimonios.
Había restos.
Había supervivientes.
Había documentos.
Y había una pregunta que perseguiría a muchos criminales nazis después de la guerra:
¿qué ocurre cuando un régimen dedicado a eliminar testigos pierde el control de sus archivos?
Paul Blobel todavía no conocía la respuesta.
Pronto la conocería.
Cuando Alemania fue derrotada en 1945, los Aliados comenzaron a encontrar cantidades inmensas de documentación.
El Tercer Reich había sido una dictadura obsesionada con órdenes, estructuras administrativas, informes, memorandos, telegramas y estadísticas.
Aquella burocracia había ayudado a organizar la persecución.
Ahora podía ayudar a reconstruirla.
Los hombres que habían contado muertos como si fueran resultados administrativos empezaron a descubrir que aquellas cifras podían ser leídas de una manera completamente diferente.
No como logros.
Como evidencia.
No como informes internos.
Como pruebas de asesinato.
Tras el gran Tribunal Militar Internacional de Núremberg, Estados Unidos celebró una serie de procesos posteriores contra distintos grupos de responsables nazis.
Uno de ellos estuvo dedicado específicamente a los Einsatzgruppen.
El Caso número 9.
El proceso contra los hombres que habían dirigido o servido en las unidades móviles de asesinato.
Paul Blobel ocupó un asiento entre los acusados.
La escena era casi imposible de reconciliar con el poder que aquellos hombres habían tenido pocos años antes.
Ya no había convoyes bajo sus órdenes.
Ya no había poblaciones indefensas rodeadas por hombres armados.
Ya no había órdenes que pudieran imponer sobre miles de civiles.
Ahora eran prisioneros.
Frente a ellos había jueces.
Fiscales.
Documentos.
Intérpretes.
Micrófonos.
Y una nueva regla.
Esta vez, ellos tendrían que responder preguntas.
El 15 de septiembre de 1947, durante la lectura formal de cargos, Paul Blobel se declaró no culpable.
Doce días después ocurrió una coincidencia histórica difícil de ignorar.
El juicio comenzó el 29 de septiembre de 1947.
Exactamente seis años después del primer día de la matanza de Babi Yar.
No hacía falta convertir aquella coincidencia en símbolo.
La fecha ya hablaba sola.
29 de septiembre de 1941:
miles de personas caminaban hacia un barranco sin saber que habían sido condenadas.
29 de septiembre de 1947:
uno de los comandantes responsables estaba sentado ante un tribunal.
El cambio de poder era absoluto.
Pero el giro más sorprendente todavía estaba por aparecer.
El fiscal jefe era Benjamin Ferencz.
Tenía sólo 27 años.
Era su primer gran juicio.
Y en lugar de construir el caso alrededor de una interminable sucesión de testimonios, la fiscalía tomó una decisión extraordinaria.
Utilizó los documentos de los propios nazis.
Los informes de los Einsatzgruppen.
Las listas.
Los balances.
La correspondencia.
Las cifras.
Ferencz ni siquiera necesitó llamar testigos para establecer el núcleo documental del caso.
Los acusados se enfrentaban a sus propias palabras, sus propias estructuras y sus propios registros.
Ahí estaba la trampa que los perpetradores habían construido para sí mismos.
Durante la guerra, informar a Berlín había significado demostrar eficiencia.
Después de la guerra, aquellos mismos informes permitían demostrar responsabilidad.
Las cifras que habían sido enviadas como parte de una maquinaria administrativa regresaban ahora convertidas en acusaciones.
33.771.
Kiev.
Dos días.
Sonderkommando 4a.
Paul Blobel.
El papel no había ardido en Babi Yar.
La defensa intentó romper esa cadena.
Los informes eran exagerados, argumentaban en distintos momentos los abogados y acusados.
Las cifras no eran fiables.
Otras unidades habían participado.
Habían existido órdenes superiores.
Había circunstancias militares.
Había represalias.
Había autoridades del ejército.
Había una guerra.
Había, según las defensas, explicaciones jurídicas que debían considerarse.
Blobel también trató de distanciarse de algunas acusaciones.
Durante el proceso llegó a sostener que las cifras comunicadas sobre Kiev eran demasiado altas.
Según la sentencia del tribunal, afirmó que en su opinión no se había fusilado ni siquiera a la mitad de la cantidad mencionada en el informe.
También sostuvo que sus fusilamientos habían sido realizados de acuerdo con el derecho internacional.
Era una defensa extraordinaria.
No negar necesariamente que habían ocurrido ejecuciones.
Discutir cantidades.
Discutir responsabilidades.
Discutir jurisdicciones.
Discutir categorías jurídicas.
Transformar miles de vidas humanas en una controversia administrativa.
Pero el tribunal tenía ante sí algo muy difícil de explicar.
33.771 personas reportadas como asesinadas en dos días.
¿Cómo podía describirse aquello como una investigación individual de culpabilidad?
¿Cómo podía sostenerse que decenas de miles de hombres, mujeres, ancianos y niños habían sido objeto de procesos legítimos?
El tribunal señaló precisamente la escala de Babi Yar para rechazar las explicaciones de Blobel.
La cifra convertía su argumento en algo que, para los jueces, sencillamente no resultaba creíble.
Y entonces surgió otro problema.
La Operación 1005.
El intento de borrar las fosas.
La defensa de Blobel trató de presentar la destrucción de cadáveres como una cuestión separada.
Pero el tribunal permitió que el tema fuera examinado.
Durante el interrogatorio aparecieron declaraciones sobre el Kommando 1005.
Sobre la destrucción de fosas comunes.
Sobre cuerpos extraídos.
Sobre cuerpos quemados.
Sobre prisioneros utilizados para realizar aquel trabajo.
Y Blobel estaba allí, respondiendo.
El hombre que había sido enviado a eliminar la evidencia tenía que explicar ahora por qué aquella evidencia había necesitado ser eliminada.
Era una contradicción devastadora.
Si las operaciones habían sido legítimas, ¿por qué ocultar sus resultados?
Si las ejecuciones habían sido actos ordinarios de guerra, ¿por qué abrir secretamente las fosas?
¿Por qué quemar restos?
¿Por qué triturar huesos?
¿Por qué dispersar cenizas?
¿Por qué matar a prisioneros que habían trabajado en el encubrimiento?
Cada intento de borrar las huellas planteaba una nueva pregunta sobre aquello que se pretendía ocultar.
La Operación 1005 no consiguió hacer desaparecer el pasado.
Lo iluminó.
Durante años, las víctimas de Babi Yar habían sido reducidas por los perpetradores a una cifra.
33.771.
Pero detrás de esa cifra había 33.771 vidas.
Una de las personas que logró sobrevivir a la matanza fue Dina Pronicheva.
Su testimonio después de la guerra ayudó a reconstruir lo sucedido en el barranco.
Había visto grupos de hombres, mujeres, ancianos y niños obligados a desnudarse y avanzar.
Había escuchado los gritos.
Había sobrevivido a un lugar diseñado para no dejar supervivientes.
Su existencia era, por sí sola, una derrota para el proyecto de silencio.
No todos habían desaparecido.
No todos los recuerdos podían quemarse.
No todos los nombres podían convertirse en ceniza.
Y ésta era quizá la parte que los organizadores del exterminio no habían calculado correctamente.
Un crimen de aquella escala produce demasiadas huellas.
Aunque destruyas un documento, puede existir una copia.
Aunque quemes un cuerpo, puede quedar una fosa.
Aunque vacíes una fosa, puede existir un testigo.
Aunque asesines a un testigo, puede existir otro.
Aunque calles a una ciudad, puede sobrevivir un archivo.
Aunque destruyas un archivo, tus propios subordinados pueden haber enviado informes a otra oficina.
El asesinato masivo necesitaba tanta organización que la propia organización generaba evidencia.
Ésa era la debilidad escondida dentro de la maquinaria.
Y Blobel estaba atrapado dentro de ella.
A medida que el juicio avanzaba, la imagen del antiguo comandante se alejaba cada vez más de la autoridad que había poseído en 1941.
Ahora tenía que escuchar cómo otras personas describían decisiones tomadas por estructuras a las que había pertenecido.
Tenía que oír números.
Fechas.
Nombres de localidades.
Unidades.
Cadenas de mando.
Había llegado el momento de reconocimiento que ninguna ceremonia militar podía evitar.
No necesariamente el reconocimiento moral.
Blobel nunca se transformó ante el tribunal en un hombre dispuesto a aceptar públicamente toda su culpa.
El reconocimiento era otro.
Era el instante en que la posición de poder se invertía.
El momento en que podía mirar hacia el banco de los jueces y comprender que ya no controlaba el lenguaje de la situación.
Antes podía escribir “ejecutados”.
Ahora la fiscalía podía decir “asesinados”.
Antes podía clasificar una operación.
Ahora el tribunal podía juzgarla.
Antes podía reducir a miles de personas a una cifra.
Ahora esa cifra se volvía contra él.
En fotografías del proceso aparece frente al micrófono, con auriculares, rodeado por otros acusados.
El uniforme de mando había desaparecido.
No hay barranco detrás.
No hay hombres armados esperando sus órdenes.
Sólo un acusado tratando de responder mientras su pasado se reconstruye página por página.
La justicia posterior a la guerra fue incompleta.
Muchos responsables escaparon.
Otros recibieron penas que posteriormente fueron reducidas.
Algunos jamás comparecieron ante un tribunal.
Incluso en el propio juicio de los Einsatzgruppen, de las catorce penas de muerte impuestas, sólo cuatro terminaron ejecutándose.
Pero Blobel no estuvo entre quienes recuperaron la libertad.
El tribunal lo declaró culpable.
Fue condenado a muerte.
Para entonces, el hombre que había intentado borrar fosas comunes tenía ante sí algo que ya no podía borrar:
una sentencia.
Existe una tentación cuando se cuenta una historia como ésta.
Convertirla en una historia sobre Paul Blobel.
Convertir al criminal en el centro absoluto.
Seguir cada fase de su carrera.
Cada orden.
Cada defensa.
Cada momento judicial.
Pero Babi Yar no ocurrió para producir la caída dramática de un oficial de las SS.
La verdadera historia está en las personas que él y sus hombres creyeron que podían eliminar sin dejar rastro.
Las familias que caminaron cargando equipaje.
Los niños que no entendían por qué debían abandonar sus hogares.
Los ancianos que no podían avanzar con rapidez.
Las madres que intentaban mantener juntos a sus hijos.
Los hombres que se dieron cuenta demasiado tarde de que delante no había un tren.
Las personas obligadas a entregar documentos.
Las personas obligadas a entregar ropa.
Las personas obligadas a avanzar hacia el barranco.
Eso es lo que convierte la historia posterior de Blobel en algo más que la caída de un criminal.
Su derrota final consistió en fracasar en el objetivo más profundo de la operación.
No logró hacerlos desaparecer de la historia.
En 1943, cuando los prisioneros de Syrets abrían las fosas, la Operación 1005 debía conseguir exactamente lo contrario.
Los responsables querían que un futuro investigador llegara a Babi Yar y encontrara incertidumbre.
Querían que preguntara:
“¿Cuántas personas murieron realmente?”
Querían que otro preguntara:
“¿Dónde están los cuerpos?”
Y otro:
“¿Quién puede demostrarlo?”
Si conseguían destruir suficiente evidencia, quizá podrían transformar una certeza en una discusión.
Un crimen en un rumor.
Una masacre en una acusación imposible de verificar.
Pero Blobel y sus superiores cometieron un error fundamental.
Creyeron que la verdad dependía de una sola clase de prueba.
No era así.
La verdad estaba distribuida.
En los informes.
En las órdenes.
En los supervivientes.
En los habitantes de Kiev.
En los prisioneros que habían abierto las fosas.
En los documentos capturados.
En la geografía.
En los interrogatorios.
En las contradicciones de los propios acusados.
Destruir una parte no destruía el conjunto.
Y cuanto más desesperado era el esfuerzo por borrar las pruebas, más evidente resultaba que había algo gigantesco que ocultar.
Ése fue el gran giro que la Operación 1005 nunca consiguió controlar.
El encubrimiento se convirtió en evidencia de conciencia.
El 10 de abril de 1948 se anunciaron las sentencias del juicio de los Einsatzgruppen.
Catorce acusados fueron condenados a muerte.
Otros recibieron diferentes penas de prisión.
Blobel estaba entre los condenados a morir.
Quedaban años de apelaciones, revisiones y debates sobre las penas.
En la Alemania de posguerra comenzaron también presiones políticas para revisar algunas condenas.
Muchas sentencias fueron finalmente conmutadas.
Algunos de los hombres que habían ocupado puestos importantes en las unidades de asesinato salieron de prisión años después.
Eso convierte el destino de Blobel en una excepción dentro del grupo de condenados a muerte.
Su sentencia sí fue ejecutada.
En junio de 1951, en la prisión de Landsberg, Paul Blobel fue ahorcado junto con otros responsables nazis condenados en el proceso.
Tenía 56 años.
Hasta el final no dejó tras de sí una gran confesión pública que pudiera cerrar moralmente la historia.
No hubo una escena limpia de arrepentimiento que permitiera al lector sentir que todo había quedado resuelto.
La historia real rara vez concede finales tan cómodos.
El castigo llegó.
El reconocimiento moral completo, no.
Y quizá por eso el desenlace resulta más inquietante.
Porque demuestra que la justicia no depende de que el culpable acepte que es culpable.
Un tribunal no necesita que un asesino encuentre de repente su conciencia para establecer qué ocurrió.
Necesita pruebas.
Y en el caso de Blobel, las pruebas estaban allí.
Incluso algunas de las que su propio régimen había creado.
Pensemos por un momento en la secuencia completa.
Paul Blobel dirige el Sonderkommando 4a cuando decenas de miles de judíos son asesinados en Babi Yar.
Los perpetradores envían informes con cifras.
El régimen comienza una operación especial destinada a destruir evidencia física de asesinatos masivos.
Blobel recibe un papel central en ella.
La operación regresa a Babi Yar.
Prisioneros son obligados a abrir las fosas y quemar los restos de las personas asesinadas dos años antes.
Algunos consiguen escapar.
El Ejército Rojo recupera Kiev.
Alemania pierde la guerra.
Los archivos del régimen caen en manos aliadas.
Blobel se sienta ante un tribunal.
Los fiscales utilizan los documentos nazis contra los nazis.
El juicio comienza un 29 de septiembre.
La misma fecha en que, seis años antes, había comenzado la matanza de Babi Yar.
Blobel recibe una condena de muerte.
La sentencia se ejecuta.
Visto de ese modo, hay una terrible simetría en la historia.
El régimen había querido convertir a las víctimas en personas sin nombre.
Después quiso convertir los cuerpos en cenizas.
Después quiso convertir las cenizas en tierra.
Después quiso convertir la tierra en silencio.
Pero el silencio nunca llegó.
Babi Yar sobrevivió.
No intacto.
No de la manera que habrían merecido quienes murieron allí.
Durante décadas, la memoria del lugar fue objeto de tensiones políticas.
En la Unión Soviética, la identidad específicamente judía de una gran parte de las víctimas no siempre recibió el reconocimiento público que correspondía.
El primer gran monumento soviético levantado allí, inaugurado en 1976, hablaba de las víctimas sin destacar adecuadamente que decenas de miles de judíos habían sido asesinados en la gran matanza de septiembre de 1941.
Incluso después de derrotar al régimen que había cometido el crimen, la batalla por la memoria continuó.
Porque recordar correctamente también importa.
Decir quién murió.
Decir por qué fue perseguido.
Decir quién dio las órdenes.
Decir quién ejecutó las órdenes.
Decir quién intentó borrar las huellas.
Cuando esos detalles desaparecen, la historia empieza a convertirse en una niebla cómoda.
Y los criminales siempre han dependido de la niebla.
Hay otro detalle que hace que el caso de Blobel resulte especialmente perturbador.
Era arquitecto.
Su antigua profesión obliga casi inevitablemente a pensar en estructuras.
Un arquitecto aprende que una construcción necesita planos.
Soportes.
Materiales.
Cálculos.
Coordinación.
El asesinato masivo también necesitó una estructura.
No apareció de la nada.
Necesitó propaganda para definir a las víctimas como enemigos.
Necesitó leyes para excluirlas.
Necesitó burocracias para identificarlas.
Necesitó autoridades para emitir órdenes.
Necesitó policías para reunirlas.
Necesitó transportes.
Necesitó hombres armados.
Necesitó comandantes.
Necesitó oficinas que recibieran informes.
Y cuando llegaron las derrotas militares, necesitó incluso una nueva estructura para destruir las pruebas.
Eso es lo que vuelve insuficiente la frase “sólo cumplía órdenes”.
Una orden necesita a alguien que la transforme en acción.
Y una maquinaria de asesinato necesita muchas personas que decidan que su pequeña parte no les obliga a pensar en el resultado total.
Uno prepara una lista.
Otro conduce un vehículo.
Otro vigila una carretera.
Otro recoge ropa.
Otro dispara.
Otro escribe el informe.
Otro archiva la cifra.
Otro abre la fosa dos años más tarde.
Otro enciende el fuego.
Y finalmente alguien dice:
“Yo sólo hice mi trabajo.”
Babi Yar demuestra lo peligroso que puede ser ese pensamiento.
Paul Blobel intentó defender sus actos dentro de categorías militares y jurídicas.
Intentó discutir cifras.
Intentó cuestionar responsabilidades.
Intentó situar acciones dentro de órdenes superiores.
Pero había un hecho que ninguna sofisticación podía hacer desaparecer.
Una población civil había sido conducida a un barranco.
Miles de personas habían sido asesinadas.
Los propios perpetradores habían contado a las víctimas.
Después, cuando la derrota se acercaba, el mismo sistema había organizado una operación para destruir los restos.
Eso no parecía el comportamiento de una autoridad convencida de que no tenía nada que esconder.
Parecía exactamente lo contrario.
Y allí estaba el momento final de reconocimiento.
No una confesión.
Una imagen.
El antiguo comandante sentado frente a los jueces.
Los auriculares sobre la cabeza.
El micrófono delante.
Los documentos abiertos.
Las cifras pronunciadas otra vez.
Babi Yar había regresado a la sala.
No como un barranco.
Como evidencia.
El hombre que una vez había estado del lado de quienes formulaban preguntas ya sólo podía responderlas.
El hombre enviado a borrar el pasado estaba siendo condenado por un pasado que se negaba a desaparecer.
Quizá ésa sea la parte más importante de esta historia.
No que Paul Blobel fuera ejecutado.
No que una sentencia cerrara su vida.
Ni siquiera que la Operación 1005 fracasara en su objetivo absoluto.
La parte más importante es lo que no consiguieron destruir.
No pudieron destruir completamente la evidencia.
No pudieron destruir todos los testimonios.
No pudieron destruir todos los documentos.
No pudieron destruir la memoria.
Y, sobre todo, no consiguieron transformar a las víctimas en nada.
Hoy seguimos hablando de Babi Yar.
Seguimos diciendo la fecha.
29 y 30 de septiembre de 1941.
Seguimos diciendo la cifra registrada por los propios Einsatzgruppen.
33.771 judíos asesinados en dos días.
Seguimos diciendo el nombre de la unidad.
Sonderkommando 4a.
Seguimos diciendo el nombre de su comandante.
Paul Blobel.
Y seguimos diciendo qué ocurrió después.
Que cuando el régimen comenzó a temer las consecuencias, intentó abrir las fosas y quemar las pruebas.
Que obligó a prisioneros a hacer ese trabajo.
Que algunos lograron escapar.
Que aparecieron documentos.
Que hubo investigaciones.
Que hubo un juicio.
Que los acusados escucharon cómo sus propios informes eran leídos contra ellos.
Eso es exactamente lo contrario de lo que buscaba la Operación 1005.
Querían un mundo sin pruebas.
Obtuvieron archivos históricos.
Querían un lugar sin cuerpos.
Obtuvieron uno de los símbolos más conocidos del Holocausto por balas.
Querían silencio.
Obtuvieron memoria.
La justicia nunca pudo devolver la vida a las personas asesinadas en Babi Yar.
Ninguna sentencia podía hacerlo.
Ninguna horca podía reconstruir una familia.
Ningún tribunal podía devolver a un niño a su casa.
Por eso sería un error presentar el final de Blobel como una compensación equivalente.
No lo fue.
Una vida castigada no equilibra decenas de miles de vidas destruidas.
La justicia después de una atrocidad de esa escala siempre llega tarde.
Pero llegar tarde no significa que sea inútil.
Porque existe una diferencia enorme entre un crimen impune y un crimen documentado, juzgado y llamado por su nombre.
Existe una diferencia entre una fosa secreta y un lugar recordado.
Existe una diferencia entre una víctima convertida en número y una sociedad dispuesta a preguntar quién era esa persona.
Y existe una diferencia entre aceptar la excusa de “obedecía órdenes” y reconocer que cada sistema criminal depende de personas que deciden obedecerlas, ejecutarlas, organizarlas y ocultarlas.
Paul Blobel pasó sus últimos años intentando defenderse de hechos que sus propios compañeros habían registrado.
Eso constituye quizá el giro más cruel de todos para un hombre encargado de destruir pruebas.
No fueron únicamente sus enemigos quienes conservaron la historia.
La conservó también la burocracia para la que había trabajado.
El régimen nazi había escrito sus crímenes mientras los cometía.
Había puesto fechas.
Números.
Lugares.
Unidades.
Y cuando los tribunales preguntaron qué había ocurrido, aquellas páginas respondieron.
Babi Yar demuestra que incluso un crimen diseñado para eliminar a sus víctimas puede fracasar en eliminar su existencia.
Las personas pueden ser asesinadas.
Los cuerpos pueden ser quemados.
Los nombres pueden ser borrados de registros.
Los testigos pueden ser perseguidos.
Los archivos pueden destruirse.
Pero mientras quede una voz, un documento, un superviviente o una sociedad dispuesta a investigar, el silencio nunca está garantizado.
Paul Blobel aprendió demasiado tarde que destruir un cuerpo no destruye necesariamente una prueba.
Y destruir una prueba no destruye necesariamente la verdad.
Porque quienes construyen una maquinaria para borrar seres humanos suelen olvidar algo fundamental:
la memoria puede sobrevivir incluso a quienes recibieron la orden de destruirla.