Trabajó cinco años como una criada muda en la mansión de la mafia… hasta que el jefe se casó con ella y descubrió que había estado viviendo bajo el mismo techo que una asesina
La lluvia golpeaba la mansión Moretti como si el cielo intentara limpiar los crímenes que se habían filtrado en cada una de sus piedras.
Pero había cosas que ni siquiera la lluvia podía borrar.
La sangre, por ejemplo.
Anna Ayes estaba arrodillada sobre el suelo de mármol del corredor oriental, limpiando con un paño blanco una mancha que ya comenzaba a adquirir un tono marrón oscuro. El rastro se extendía desde la puerta de la biblioteca hasta el pie de la escalera, por donde un hombre había sido arrastrado menos de una hora antes.
Nadie le había dicho quién era.
Nadie necesitaba hacerlo.
En aquella casa, los hombres que eran arrastrados por los pasillos rara vez conservaban un nombre a la mañana siguiente.
Anna sumergió el paño en un cubo con agua y lejía. Sus manos estaban enrojecidas por el frío y los productos químicos, pero su rostro permanecía inexpresivo.
Cabeza baja.
Silencio absoluto.
Nunca mirar a nadie a los ojos.
Esas tres reglas la habían mantenido con vida durante cinco años en la mansión de Luciano Moretti.
Los demás la llamaban la criada muda.
Lo decían delante de ella, como si el silencio fuera sinónimo de estupidez.
—La muchacha no entiende nada.
—Solo sabe limpiar pisos.
—Moretti la conserva porque no puede contar lo que ve.
Anna siempre les permitía creerlo.
Caminaba por habitaciones donde se firmaban sentencias de muerte junto a vasos de bourbon. Cambiaba los manteles después de cenas en las que algunos invitados desaparecían antes del postre. Borraba huellas de armas escondidas debajo de las mesas y escuchaba a los capos discutir sobre territorios, extorsiones, puertos, policías y cadáveres como empresarios hablando de inventarios.
Anna recordaba cada palabra.
Cada rostro.
Sabía quién bebía café sin azúcar, quién tomaba medicamentos para el corazón, quién era alérgico a las almendras y quién siempre se sentaba de espaldas a la puerta cuando se creía a salvo.
Su silencio no era una discapacidad.
Era una armadura.
Y durante cinco años, nadie en la mansión Moretti había comprendido que la mujer que limpiaba la sangre bajo sus zapatos registraba silenciosamente el nombre de cada monstruo en una lista.
El sonido de unos zapatos de cuero resonó al final del corredor.
Anna se puso de pie de inmediato y arrastró el cubo contra la pared.
Luciano Moretti apareció bajo la tenue luz amarilla.
Tenía treinta y dos años. Era alto y vestía un traje negro tan perfectamente ajustado que parecía confeccionado alrededor de una cuchilla. Llevaba el cabello oscuro peinado hacia atrás y poseía un rostro duro, anguloso y frío, como si jamás hubiera conocido el significado de la misericordia.
Detrás de él caminaba Mateo Rossi, su mano derecha, un hombre que había servido a la familia Moretti durante más de una década.
Mateo observó la sangre junto a los pies de Anna y soltó una carcajada.
—Estás limpiando demasiado despacio, pajarito mudo.
Anna bajó la mirada.
Luciano no dijo nada.
Pasó junto a ella sin disminuir el paso. El olor a lluvia, tabaco y bourbon lo acompañó hasta su despacho privado.
Mateo entró detrás de él y cerró la puerta.
Anna continuó limpiando.
Pero no se marchó.
La puerta de nogal era gruesa, aunque no lo suficiente para ocultar por completo las voces del interior.
—Los irlandeses de Albany fueron eliminados —dijo Mateo—. Doce hombres. Ningún superviviente.
—Fitzpatrick responderá —contestó Luciano.
Su voz era baja y tranquila.
Eso era lo más aterrador de Luciano Moretti.
No necesitaba gritar.
Los demás hombres levantaban la voz cuando estaban furiosos porque necesitaban demostrar que debían ser escuchados. Luciano solo hablaba lo necesario para que el otro comprendiera que la decisión ya había sido tomada.
Mateo sirvió dos vasos.
—Eso ya no es tan importante como Chicago.
Se produjo un silencio prolongado.
Anna escurrió el paño.
—Los ancianos del consejo están perdiendo la paciencia —continuó Mateo—. Creen que no has creado una alianza suficientemente fuerte. No tienes esposa. No tienes hijos. No tienes familia fuera del linaje Moretti. Quieren atarte mediante la sangre.
—No soy un perro al que puedan ponerle una correa.
—Pero necesitas sus votos.
—Tengo armas.
—Las armas hacen que los hombres guarden silencio. El matrimonio les hace creer que pueden controlarte.
Otro silencio.
Anna escuchó el hielo chocar contra el cristal.
Mateo bajó la voz.
—Quieren que te cases con la hija de Bellandi.
—No.
—Entonces con la sobrina de Romano.
—No.
—No puedes rechazarlas a todas.
—¿Por qué no?
—Porque después de la eliminación de los irlandeses, el consejo votará quién controla las rutas del norte. Si creen que eres demasiado independiente, se unirán contra ti.
Se oyó el movimiento de una silla.
Anna se inclinó para limpiar una mancha que ya había desaparecido.
La puerta del despacho se abrió.
Levantó la mirada lo suficiente para ver los zapatos de Luciano detenerse frente a ella.
—Ponte de pie.
Anna obedeció.
Luciano la observó.
No fue la mirada distraída de un amo hacia una sirvienta. Esta vez estudió su rostro, el cabello negro recogido en un moño bajo, los ojos grises y la pequeña cicatriz junto a la mandíbula.
Mateo salió detrás de él, frunciendo el ceño.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó Luciano.
—Cinco años.
—¿Familia?
—Ninguna.
—¿Parientes?
—No existe ningún registro.
Mateo sonrió con desprecio.
—Y la muchacha no puede hablar.
Luciano siguió observándola.
—¿Entiendes lo que digo?
Anna asintió.
—¿Sabes en la casa de quién estás viviendo?
Volvió a asentir.
—¿Me tienes miedo?
Anna permaneció en silencio.
Mateo se echó a reír.
—Una pregunta difícil para una muda.
Luciano giró la cabeza hacia él.
La sonrisa de Mateo desapareció.
Entonces Luciano pronunció una frase que pareció detener la lluvia al otro lado de las ventanas.
—Prepara la iglesia.
Mateo parpadeó.
—¿Para qué?
—Para una boda.
—¿Con quién?
Luciano miró directamente a Anna.
—Con ella.
El paño húmedo cayó de las manos de Anna y golpeó el suelo de mármol.
Mateo estalló en carcajadas, pero dejó de reír pocos segundos después.
—Estás bromeando.
—Nunca bromeo con el matrimonio.
—Es una criada.
—Entonces el consejo no podrá acusarme de formar una alianza con otra familia.
—Es muda.
—Mejor. Al menos mi esposa no me causará dolores de cabeza.
Mateo dio un paso al frente.
—Luciano, esto no es un juego. El consejo lo considerará un insulto.
—Que se sientan insultados.
—Preguntarán quién es.
—La señora Moretti.
Luciano volvió la mirada hacia Anna.
—Dentro de tres días.
Anna negó con la cabeza.
Fue un movimiento casi imperceptible.
Pero Luciano lo vio.
Su mirada se oscureció.
—¿Te niegas?
Anna lo miró directamente por primera vez.
En sus ojos no había sumisión. Solo un miedo contenido durante tanto tiempo que se había convertido en algo afilado.
Luciano inclinó ligeramente la cabeza.
—Tienes dos opciones. Casarte conmigo y vivir bajo la protección del nombre Moretti…
Desvió la mirada hacia Mateo.
—O dejaré que él se encargue de ti.
Mateo sonrió.
No era necesario explicar qué significaba aquello.
Anna miró a Mateo.
Después volvió a mirar a Luciano.
Durante cinco años había sobrevivido convirtiéndose en una sombra.
Aquella noche, la sombra fue arrastrada hasta el centro de la luz.
Finalmente, asintió.
Luciano se dio la vuelta.
—Setenta y dos horas.
Mateo examinó a Anna de arriba abajo.
—Felicidades, novia.
Cuando los dos hombres abandonaron el corredor, Anna se inclinó para recoger el paño.
Sus manos temblaban.
Pero no solo de miedo.
Debajo de la manga del uniforme ocultaba una cicatriz en forma de media luna.
Y bajo las tablas del suelo de su diminuta habitación había seis frascos de cristal, tres fotografías antiguas, un cuchillo delgado y una lista de hombres muertos durante los últimos cinco años.
Los seis primeros nombres estaban tachados en rojo.
El séptimo era Mateo Rossi.
El octavo, Luciano Moretti.
Anna miró la puerta por la que Luciano acababa de desaparecer.
Por primera vez en años, no sabía si aquel matrimonio la acercaría a su muerte…
o a su verdadero objetivo.
Durante las setenta y dos horas siguientes, despojaron a Anna de su antigua vida como si le arrancaran un uniforme sucio.
Tres mujeres procedentes de Manhattan llegaron a la mansión para tomarle medidas. Una maquilladora habló de la piel de Anna como si ella no se encontrara en la habitación. Un joyero colocó diamantes alrededor de su cuello y le preguntó a Mateo si la novia necesitaría algún sedante el día de la ceremonia.
Mateo respondió:
—Solo si intenta escapar.
Anna no reaccionó.
El vestido costaba cincuenta mil dólares. Seda blanca, cuello cerrado, mangas largas y un corte tan elegante y sombrío que la hacía parecer más una viuda que una novia.
Los periodistas comenzaron a acampar frente a las puertas de hierro de la propiedad.
Nadie sabía de dónde había salido Anna.
Un tabloide la llamó «la criada muda comprada por el jefe de la mafia».
Otro medio aseguró que había sido sometida a un lavado de cerebro.
Algunos afirmaban que Luciano la había secuestrado en Europa del Este.
Otros decían que había sido prostituta.
También circulaba el rumor de que era la hija secreta de un juez federal.
La verdad no apareció en ningún periódico.
La verdad estaba enterrada en las cenizas de una casa incendiada en Boston diez años atrás.
La verdad olía a gasolina, humo y sangre.
La noche anterior a la boda, Anna se sentó por última vez en su pequeña habitación de criada.
Levantó una de las tablas del suelo.
Debajo había una caja metálica que la había acompañado a través de tres estados y dos identidades falsas.
La abrió.
En la parte superior descansaba una fotografía familiar.
Anna tenía diecisiete años. Estaba junto a su madre. Detrás de ellas aparecían su padre y Liam Fitzpatrick, su hermano mayor, nueve años mayor que ella.
En la fotografía, Liam apoyaba una mano sobre el hombro de su hermana.
Sonreía como el hermano perfecto.
Anna había confiado alguna vez en aquella sonrisa.
Dio vuelta a la fotografía.
Debajo estaba la lista.
Salvatore Bellandi: ataque cardíaco.
Enzo Romano: accidente de automóvil.
Vincent Caruso: derrame cerebral.
Paul DeMarco: intoxicación alimentaria.
Nico Santoro: reacción a un medicamento.
Dominic Vale: suicidio.
Seis muertes en tres años.
Seis capos relacionados con la alianza de Boston.
Seis hombres que habían compartido mesa con Liam Fitzpatrick durante el invierno en que la familia de Anna fue masacrada.
Anna pasó un dedo por el séptimo nombre.
Mateo Rossi.
La boda no formaba parte del plan.
Pero los planes rara vez sobrevivían al contacto con hombres como Luciano Moretti.
Sacó el cuchillo delgado de la caja, lo ocultó en el forro de su ropa y devolvió todo a su escondite.
A la mañana siguiente entraría en una iglesia junto a uno de los jefes criminales más temidos del país.
Pero no entraría desarmada.
La iglesia de San Agustín se encontraba a doce millas de la mansión, aislada entre bosques de pinos y colinas cubiertas de niebla.
La mañana de la boda, cuarenta hombres armados inspeccionaron cada ventana, sótano y sección del tejado.
Los invitados llegaron en vehículos blindados.
Jefes de Chicago, Nueva York, Filadelfia y Nueva Jersey ocuparon las filas bajo las vidrieras de colores. Hombres que habían ordenado cientos de asesinatos vestían trajes oscuros y estaban acompañados por esposas cubiertas de diamantes y perfumes costosos.
Cuando Anna entró, todos se volvieron para mirarla.
Nadie se puso de pie.
Varias mujeres rieron por lo bajo.
Un capo anciano se inclinó hacia el hombre que tenía al lado.
—Moretti se casa con una criada.
—Al menos sabrá cómo limpiar los cadáveres.
Anna continuó caminando.
No miró a ninguno de ellos.
Luciano la esperaba frente al altar, vestido con un esmoquin negro. Su expresión no cambió cuando ella se acercó.
Pero sus ojos descendieron hasta las manos de Anna.
Ella apretaba el ramo con demasiada fuerza.
Cuando se colocó junto a Luciano, Mateo se acercó como padrino.
Se inclinó fingiendo que iba a acomodarle la manga y susurró:
—Cuando Luciano se canse de ti, yo seré el siguiente.
Anna no se movió.
Mateo sonrió.
—No necesitas hablar. Sé que me has entendido.
Luciano le sujetó la muñeca de repente.
Las personas más cercanas guardaron silencio.
—Si vuelves a tocar a mi esposa —dijo Luciano—, te cortaré esa mano y se la enviaré a tu madre.
Mateo palideció.
—Solo era una broma.
—Yo no me estoy riendo.
Luciano lo soltó.
El sacerdote comenzó la ceremonia.
Anna apenas escuchó las oraciones.
Solo oía el latido de la sangre dentro de sus oídos.
Cuando el sacerdote le preguntó si aceptaba a Luciano Moretti como esposo, la iglesia entera quedó en silencio.
La pregunta había sido dirigida a una mujer que, según todos, era incapaz de responder.
Luciano mantuvo la mirada al frente.
Anna observó su perfil.
Solo tenía que pronunciar una palabra para destruir la mentira que la había protegido durante cinco años.
No lo hizo.
Asintió.
Varias risas suaves surgieron entre los invitados.
Luciano miró al sacerdote.
—Eso es suficiente.
Colocó el anillo en el dedo de Anna.
Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, Luciano se inclinó y la besó.
No fue un beso tierno.
Tampoco fue una demostración de posesión.
Solo un breve contacto de labios, frío y calculado, suficiente para que todos comprendieran que el acuerdo había sido sellado.
Cuando se volvieron hacia los invitados, Luciano apoyó una mano en la espalda de Anna.
—Levanta la cabeza —murmuró.
Ella no obedeció inmediatamente.
—Están esperando verte asustada.
Anna lo miró.
—No les des lo que desean.
Poco a poco, levantó la cabeza.
Por primera vez, los capos presentes contemplaron los ojos de la novia muda.
Algunos dejaron de sonreír.
La celebración se prolongó hasta casi la medianoche.
El alcohol corría como agua. Las felicitaciones salían de las bocas, pero nunca llegaban hasta los ojos.
Anna permanecía sentada a la derecha de Luciano, escuchando las conversaciones a su alrededor.
Rutas de transporte.
Puertos.
Albany.
Boston.
Fitzpatrick.
Cada vez que alguien pronunciaba aquel apellido, Mateo miraba hacia ella.
Luciano apenas bebió. Solo rozaba el bourbon con los labios mientras observaba el salón.
Poco después de las once, se puso de pie.
—Es suficiente.
Nadie discutió.
Condujo a Anna hasta el piso superior.
La música y las risas se fueron apagando detrás de cada puerta.
El dormitorio principal de Luciano se encontraba al final del corredor, protegido por dos puertas de madera negra.
Cuando Anna entró, él cerró con llave.
El sonido de la cerradura la hizo tensarse.
La habitación era amplia y oscura. Solo estaba iluminada por el fuego de la chimenea. Había un arma sobre la mesa junto a la cama y unas cortinas gruesas cubrían las ventanas.
Luciano se quitó la chaqueta.
Anna retrocedió.
Él lo notó.
—¿Qué crees que voy a hacer?
Anna no respondió.
Luciano sacó la pistola de la funda que llevaba debajo del hombro y la dejó sobre una mesa.
Después extrajo del bolsillo un pequeño objeto envuelto en un pañuelo negro.
—No voy a tocarte.
Anna no le creyó.
—Ni esta noche ni mañana. Nunca, a menos que tú lo desees.
Abrió el pañuelo.
Un colgante de plata descansaba sobre su palma.
El mundo de Anna se detuvo.
La cadena era antigua. La piedra tenía forma de lágrima, de color azul pálido, con una pequeña grieta en la esquina izquierda.
Su madre la había llevado todos los días.
La noche en que atacaron la casa de Boston, Anna arrancó la cadena del cuello de su madre antes de escapar por la cocina. Un hombre con guantes negros la sujetó en el jardín y tiró de ella con tanta fuerza que el collar salió despedido de su mano.
Nunca volvió a verlo.
Hasta aquella noche.
Anna se acercó.
Luciano no intentó detenerla cuando ella le arrebató el colgante.
Sus rodillas estuvieron a punto de ceder.
El olor a humo regresó.
El sonido de los cristales rotos.
Su madre tendida al pie de la escalera.
Su padre apretándose el pecho mientras la sangre escapaba entre sus dedos.
Y Liam, de pie en el jardín, contemplando la casa en llamas como si estuviera observando un trabajo bien terminado.
—Se lo quité a uno de los hombres de Fitzpatrick hace tres años —dijo Luciano.
Anna apretó el colgante.
—Confesó que había pertenecido a la hermana menor de Liam.
Ella levantó la cabeza.
—Anna Fitzpatrick.
Su verdadero nombre resonó en la habitación como un disparo.
Luciano se acercó a la mesa y sirvió un vaso de agua.
—La hija menor de Patrick Fitzpatrick. Su familia fue masacrada durante una disputa por el control de Boston. Los registros afirman que murió en el incendio.
Anna permaneció en silencio.
—Pero nunca encontraron su cuerpo.
Luciano volvió a mirarla.
—Tu hermano afirmó que los Moretti asesinaron a tu familia. Quería que corrieras hacia él, que confiaras en él y le entregaras lo que vuestro padre había ocultado.
El rostro de Anna perdió el color.
—Pero fue Liam quien dio la orden.
Un sonido seco salió de su garganta.
Áspero.
Roto.
Luciano no se movió.
Anna abrió la boca de nuevo.
—Lo sé.
Su voz era tan ronca que apenas parecía humana. Las dos palabras le cortaron la garganta como cuchillas después de cinco años de silencio.
Luciano no consiguió ocultar su sorpresa.
—Puedes hablar.
Anna lo miró.
—Nunca fui muda.
Cada sílaba le dolía, pero su voz se fortalecía a medida que continuaba.
—Solo necesitaba que todos vosotros lo creyerais.
Luciano dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Cinco años.
—¿Nadie lo descubrió?
—Nadie escucha a una criada. Mucho menos a una criada muda.
Luciano comenzó a observarla de una manera completamente diferente.
Ya no veía una víctima.
Ya no veía una pieza dentro de su estrategia.
Estaba evaluando una amenaza.
Anna colocó el colgante sobre la mesa.
—¿Desde cuándo sabías quién era?
—Desde hace dieciocho meses.
—Entonces, ¿por qué no me mataste?
—Porque empecé a notar las muertes.
Anna no parpadeó.
—Bellandi tomaba su medicación cardíaca cada noche a las diez. Un mes antes de morir, alguien cambió su receta.
Luciano caminó lentamente alrededor de la mesa.
—Romano utilizó el mismo conductor durante quince años. La noche de su accidente, el hombre faltó al trabajo por una repentina enfermedad estomacal.
Se detuvo frente a ella.
—Caruso sufrió un derrame cerebral después de beber té en mi biblioteca. Santoro murió por una reacción a un medicamento que nadie sabía que tomaba.
—Parece que tu organización no goza de muy buena salud —dijo Anna.
—Parece que mi criada es extraordinariamente hábil.
La habitación quedó en silencio.
—¿A cuántos has matado? —preguntó Luciano.
—A seis.
—¿Dentro de mi casa?
—A dos.
—¿Cómo?
—De distintas maneras.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en los labios de Luciano. No era diversión. Era la expresión de un hombre que acababa de descubrir que el arma guardada en su cajón llevaba años cargada.
—Mateo era el siguiente.
Anna no respondió.
—Eso significa que tengo razón.
—¿Y tú?
Luciano la observó.
Anna habló con absoluta serenidad.
—Tu nombre está después del suyo.
—¿Pensabas matarme?
—Todavía no lo he decidido.
Esta vez Luciano rio de verdad.
Fue una risa baja, carente de calidez, pero más sincera que cualquier emoción que Anna hubiera visto en su rostro.
—Acabo de casarme con una mujer que está considerando asesinarme.
—Me amenazaste con entregarme a Mateo.
—Necesitaba que él creyera que yo desconocía su traición.
Anna frunció el ceño.
Luciano abrió las puertas del armario.
En el interior no había ropa.
Había armas, chalecos antibalas, munición y una pantalla que mostraba el plano de la mansión.
—Mateo trabaja para Liam Fitzpatrick desde hace tres años.
Anna miró el mapa.
Varios puntos rojos se desplazaban por los túneles de servicio del ala oriental.
—Le proporcionó información sobre mis rutas de transporte. Yo no ordené la masacre de los irlandeses. Liam los eliminó para crear un vacío de poder y después culpó a los Moretti.
—¿Por qué?
—Para provocar una guerra entre Chicago y Nueva York.
Luciano sacó dos chalecos antibalas.
—¿Y yo?
—Liam sabe que sigues viva.
Anna sintió que el pecho se le cerraba.
—No.
—Lo sabe desde hace tres meses. Uno de sus hombres te reconoció en una fotografía tomada dentro de la mansión.
—¿Por qué no ha venido antes?
—Porque la esposa de un jefe es intocable según las leyes del consejo. Si te hubiese secuestrado cuando eras una criada, a nadie le habría importado. Si toca a la señora Moretti, declarará la guerra contra toda la organización.
Anna miró el anillo en su dedo.
—Usaste el matrimonio para protegerme.
—Y para atraerlo hasta aquí.
Observó los puntos rojos que seguían avanzando.
—¿Esta noche?
—Mateo ha desactivado a parte de la seguridad. La electricidad se cortará a medianoche. Liam entrará por los túneles y creerá que estoy borracho en el dormitorio con mi nueva esposa.
Anna miró el reloj.
Las once y cuarenta y siete.
—Trece minutos.
Luciano le entregó una pistola.
Ella no la aceptó inmediatamente.
—¿Confías en mí?
—No.
—Entonces, ¿por qué me das un arma?
—Porque tú tampoco confías en mí. Es la base más justa que podemos tener para este matrimonio.
Anna tomó la Glock.
Encajó en su mano con naturalidad.
Luciano observó cómo comprobaba el cargador y accionaba la corredera.
—¿Dónde aprendiste?
—Mi padre me enseñó.
—¿Sabía en qué te convertirías?
—No.
Anna examinó el arma.
—Solo sabía que algún día el mundo intentaría matarme.
El reloj marcó las once y cincuenta.
Luciano extrajo del armario un conjunto táctico negro y se lo lanzó.
—Cámbiate.
Anna contempló el vestido de novia.
Tres horas atrás había sido el símbolo de su cautiverio.
Ahora la seda blanca solo era un obstáculo.
Comenzó a bajar la cremallera.
Luciano se dio la vuelta.
Fue un gesto pequeño.
Pero Anna lo recordó.
Minutos después apareció con pantalones negros, camiseta de manga larga, chaleco antibalas y calzado bajo. Retiró el velo, se recogió mejor el cabello y ocultó el cuchillo bajo la manga.
Luciano miró el arma blanca.
—¿Lo tenías escondido en el vestido?
—Pensaba utilizarlo contigo.
—Qué romántico.
Las once y cincuenta y ocho.
La música continuaba sonando en la planta inferior.
Los invitados más importantes ya se habían marchado. Quienes permanecían allí eran soldados de Luciano…
o hombres que fingían serlo.
Luciano apagó la pantalla.
—Conoces los caminos de la casa mejor que cualquier otra persona.
—He limpiado cada una de sus piedras.
—Entonces dime cómo debemos organizarnos.
Anna se acercó al mapa.
Señaló la escalera secundaria detrás de la cocina.
—Mateo dividirá a sus hombres cuando entren al sótano. Cree que la sala eléctrica es el objetivo principal, pero el corredor es demasiado estrecho para que pasen más de dos hombres a la vez.
Deslizó un dedo hacia el comedor.
—El segundo grupo atravesará la bodega. Si cerramos esta puerta de acero, estarán obligados a subir por la cocina.
—¿Y Liam?
—No entrará primero.
—¿Por qué?
—Mi hermano nunca entra en una habitación hasta que otro hombre ha derramado sangre en su lugar.
Luciano la observó.
—¿Cuánto tiempo llevas cazándolo?
—Diez años.
Las luces se apagaron.
El reloj marcó la medianoche.
En la planta inferior, la música se detuvo.
Hubo un segundo de silencio.
Después comenzaron los disparos.
Luciano abrió la puerta.
—Ha comenzado.
La oscuridad devoró la mansión Moretti.
Las puertas de seguridad se cerraron automáticamente. El sistema eléctrico de emergencia no se activó.
Mateo lo había preparado todo cuidadosamente.
Lo que ignoraba era que Anna llevaba cinco años preparándose.
Ella y Luciano se separaron en el corredor del segundo piso.
—Yo defenderé el vestíbulo principal —dijo él.
—Te rodearán.
—Esa es la intención.
Anna lo miró durante un instante.
—No mueras.
Luciano comprobó el rifle.
—¿Acabas de darle una orden a tu esposo?
—Considéralo una amenaza.
Luciano desapareció en dirección a la gran escalera.
Anna siguió el corredor oriental y abrió una puerta estrecha oculta detrás de un tapiz.
El pasadizo secreto estaba oscuro y cubierto de polvo.
Lo había descubierto durante su primer año en la mansión, cuando un antiguo sirviente lo utilizaba para robar vino. Mateo lo había encontrado.
El hombre no sobrevivió.
Anna nunca reveló a nadie la existencia del pasadizo.
Avanzó entre las paredes mientras escuchaba los pasos de los atacantes debajo del suelo.
—Equipo dos en posición.
La voz de Mateo sonó a través de la radio de uno de los hombres.
—No encontramos a Moretti.
Otra voz respondió:
—El dormitorio está vacío.
Mateo soltó una maldición.
Anna llegó hasta una rejilla desde la que podía observar el vestíbulo.
Ocho hombres armados entraban por la puerta oriental.
Luciano estaba protegido detrás de una columna de piedra. Disparó dos veces.
Dos atacantes cayeron.
Los demás se dispersaron.
Mateo apareció al otro lado del salón, vestido con un chaleco antibalas y armado con un rifle.
—¡Luciano! ¡Siempre creíste que eras más inteligente que todos nosotros!
Luciano disparó contra un jarrón junto a su cabeza.
—Sigo creyéndolo.
Anna miró hacia el techo.
Una enorme lámpara de cristal colgaba justo encima de la formación de Mateo.
Abandonó el pasadizo, subió hasta el balcón del tercer piso y se arrodilló detrás de la barandilla.
Apuntó a la cadena principal.
El primer disparo produjo una lluvia de chispas.
El segundo rompió el eslabón.
La lámpara cayó.
El cristal explotó como una tormenta de cuchillas.
Dos hombres quedaron atrapados debajo de la estructura metálica. Los demás entraron en pánico y dispararon hacia el balcón.
Anna había desaparecido antes de que la primera bala alcanzara la barandilla.
—¡Está arriba! —gritó Mateo—. ¡Capturad a esa mujer!
Luciano se asomó desde la columna y abatió al hombre que intentaba subir por la escalera.
—Acabas de ordenar el secuestro de mi esposa dentro de mi propia casa.
Mateo retrocedió hacia la oscuridad.
—No es tu esposa. Es la rata a la que Fitzpatrick lleva diez años buscando.
Luciano cambió el cargador.
—Entonces deberías rezar para que esa rata no te encuentre antes que yo.
Anna descendió por la escalera de servicio occidental.
Los disparos del vestíbulo resonaban a través de las paredes.
Llegó a la cocina y se detuvo detrás de una puerta.
Dos hombres registraban los armarios metálicos. Un tercero vigilaba la entrada del comedor.
—No está aquí.
—Revisad el piso superior.
Anna tomó un vaso de cristal y lo lanzó hacia la cámara frigorífica.
El vaso se hizo añicos.
Dos hombres se volvieron.
Anna salió de su escondite y disparó al hombro del primero. El hombre giró, dejando caer el arma. El segundo recibió un disparo en la pierna.
El tercero se lanzó contra ella.
Anna no tuvo tiempo de apuntar.
El hombre la golpeó con el hombro y ambos cayeron sobre una mesa de acero.
La pistola escapó de sus manos.
El atacante la sujetó por el cabello y golpeó su cabeza contra el metal.
Un destello blanco cruzó su visión.
El hombre sacó un cuchillo.
Anna sujetó su muñeca con ambas manos. La hoja se detuvo a pocos centímetros de su garganta.
Su aliento olía a tabaco.
—Fitzpatrick te quiere viva.
Anna lo miró directamente a los ojos.
—Qué lástima.
La voz hizo que el hombre vacilara.
La muda acababa de hablar.
Anna le golpeó las costillas con la rodilla, giró su muñeca y utilizó el peso de su cuerpo para volver la hoja contra él.
El hombre intentó resistirse.
Ella le clavó el codo en la sien y le arrebató el cuchillo.
Lo hirió en el hombro.
No era mortal.
Pero fue suficiente para derribarlo.
Anna recuperó la pistola y disparó al muslo del hombre que intentaba arrastrarse hacia la puerta.
—¿Dónde está Mateo?
Nadie respondió.
Disparó al suelo junto a la mano del herido.
—No lo preguntaré dos veces.
El hombre respiraba con dificultad.
—En el… salón de baile.
Anna lo dejó inconsciente con la culata.
Salió de la cocina.
Una radio abandonada emitió un ruido estático.
—Liam ha entrado en la casa.
Anna se detuvo.
La voz de Mateo volvió a escucharse.
—Llevadlo al salón de baile. Yo traeré a Moretti.
Otro hombre preguntó:
—¿Y la muchacha?
Mateo rio.
—Vendrá por voluntad propia.
Tenía razón.
El salón de baile se encontraba en el ala sur, donde las altas ventanas daban al jardín.
Cuando Anna llegó al corredor exterior, los disparos habían cesado.
El silencio después de una batalla siempre resultaba más aterrador que las explosiones.
Anna observó a través de la puerta entreabierta.
Luciano estaba de rodillas en el centro de la sala, con las manos detrás de la cabeza.
La sangre descendía desde una herida en su frente.
Mateo estaba detrás de él, apuntándole a la nuca.
Cuatro hombres armados formaban un semicírculo.
Y junto a las ventanas se encontraba Liam Fitzpatrick.
Diez años lo habían cambiado.
Su cabello castaño tenía mechones grises en las sienes. Su rostro se había vuelto más delgado, pero su sonrisa seguía siendo idéntica a la de la fotografía familiar.
La sonrisa que había hecho creer a Anna que su hermano siempre la protegería.
Liam sostenía una copa como si fuera un invitado más.
—Luciano Moretti —dijo—. El hombre que hizo temblar a Chicago. Finalmente de rodillas.
Luciano levantó la cabeza.
—Solo estoy descansando.
Mateo lo golpeó con la culata en el hombro.
—Cállate.
Liam observó la habitación.
—¿Dónde está mi hermana?
Luciano no respondió.
—Sé que está aquí. He esperado diez años para corregir mi error.
—¿No fue suficiente con asesinar a toda tu familia?
La sonrisa de Liam se desvaneció.
—Mi padre era débil. Pensaba entregar las rutas portuarias a los federales a cambio de protección.
Anna apretó la pistola al otro lado de la puerta.
Aquello era algo que nunca había sabido.
Liam continuó:
—Habría destruido todo lo que nuestra familia había construido. Hice lo necesario.
—Mataste a tu propia madre —dijo Luciano.
—Ella decidió quedarse junto a él.
—¿Y Anna?
Liam bebió un poco de vino.
—Anna tiene algo que me pertenece.
Luciano lo miró.
—El libro de cuentas.
—Eres inteligente.
—Contiene los nombres de todos los funcionarios, policías y jueces comprados por tu organización en Boston.
—Mi padre lo ocultó antes de morir. Sé que le entregó la llave a Anna.
Al otro lado de la puerta, Anna tocó el colgante que guardaba en el bolsillo.
La piedra azul no era únicamente un recuerdo.
La grieta de la esquina ocultaba una pequeña ranura.
Una llave.
Anna jamás la había abierto.
Liam miró a Mateo.
—Lleva a Moretti al centro.
Mateo obligó a Luciano a ponerse de pie.
—Después de matarlo, encontraremos a la muchacha.
Luciano habló con serenidad.
—No necesitas encontrarla.
Liam frunció el ceño.
—Ya está aquí.
Anna abrió la puerta.
Todas las armas giraron en su dirección.
Entró al salón de baile con la Glock apuntando hacia Liam.
La luz roja de emergencia iluminaba su rostro.
Liam contempló a su hermana.
Durante un instante, volvió a parecerse al hombre de la fotografía.
—Anna.
Ella no respondió.
—Dios mío. —Liam sonrió—. Estás viva.
—¿Te decepciona?
La voz de Anna hizo que Mateo se sobresaltara.
—La maldita mujer puede hablar.
Anna no apartó los ojos de Liam.
—Hablo cuando hay algo que merece ser dicho.
Liam avanzó un paso.
—No comprendes lo que sucedió aquella noche.
—Te vi.
La sonrisa de Liam se endureció.
—Estabas en estado de shock.
—Te vi de pie en el jardín.
—Había ido para salvarte.
—Llevabas el encendedor de nuestro padre.
Liam dejó de avanzar.
Anna continuó:
—Pensabas que yo estaba inconsciente entre los arbustos. Te escuché ordenar que volvieran a incendiar la casa para asegurarte de que nadie sobreviviera.
Los cuatro hombres armados intercambiaron miradas.
Mateo apuntó a Anna.
—Baja el arma.
Ella lo miró.
—¿Todavía necesitas que otros hombres te protejan para amenazar a una mujer?
Mateo sonrió con desprecio.
—Luciano ya no puede protegerte.
—No necesito su protección.
Mateo presionó el arma contra la nuca de Luciano.
—Bájala.
Anna comenzó a bajar lentamente la pistola.
Mateo sonrió.
Entonces ella disparó.
La bala atravesó la mano con la que sostenía el arma.
Mateo gritó.
Luciano giró inmediatamente, lo golpeó en la garganta con el codo y le arrebató la pistola de la otra mano.
La habitación estalló en disparos.
Anna se dejó caer detrás de una mesa larga. Las balas golpearon la madera por encima de su cabeza.
Luciano abatió al hombre de la izquierda.
Otro atacante corrió hacia la puerta. Anna le disparó en la rodilla y lo hizo caer de bruces.
Mateo sujetó su mano ensangrentada y escapó hacia el corredor.
Anna fue detrás de él.
Mateo se ocultó tras una columna y disparó tres veces.
Una bala rozó el chaleco de Anna.
Ella tomó un pasadizo junto a la sala de música, cruzó un almacén y apareció detrás de Mateo.
Él no la escuchó.
Durante cinco años, Anna había aprendido a desplazarse por la mansión sin producir ningún sonido.
Mateo cambió el cargador.
—¡Sal de donde estés, muda!
Anna le apuntó a la espalda.
—Estoy aquí.
Mateo se volvió.
Demasiado tarde.
La primera bala le alcanzó el hombro.
Cayó de rodillas y perdió el arma.
Anna se acercó.
Mateo levantó la cabeza, con el rostro deformado por el dolor y la rabia.
—No eres más que una criada.
—Es cierto.
Anna apuntó al centro de su pecho.
—Y me permitiste servirte bebidas durante cinco años.
Mateo comprendió.
—Bellandi… Romano…
—Caruso. Santoro. DeMarco. Vale.
El color desapareció de su rostro.
—Tú los mataste.
—Solo ayudé a que unos monstruos murieran como hombres normales.
Mateo intentó alcanzar el arma.
Anna disparó.
El estruendo recorrió el corredor.
Mateo Rossi cayó sobre el mismo suelo cuya sangre Anna había limpiado tantas veces.
Ella lo observó durante varios segundos.
Después regresó al salón de baile.
Cuando volvió, tres hombres estaban muertos.
El último permanecía inconsciente junto a las ventanas.
Luciano estaba apoyado contra una mesa, presionándose una herida en el costado.
Liam le apuntaba con una pistola.
—Un paso más —advirtió Liam— y lo mataré.
Anna se detuvo.
—Pensabas matarlo aunque yo no diera ese paso.
—Sigues siendo inteligente.
—Más de lo que siempre creíste.
Liam miró el arma que ella sostenía.
—Déjala en el suelo.
Anna obedeció.
Luciano frunció el ceño, pero no habló.
Liam sonrió.
—Acércate.
Anna avanzó.
—Detente a seis pasos de mí.
Se detuvo.
Liam estudió el rostro de su hermana.
—Te pareces a nuestra madre.
Anna no reaccionó.
—Ella también me miró de esa manera antes de morir.
Luciano se lanzó contra él.
Liam disparó.
La bala alcanzó el hombro de Luciano y lo hizo caer junto a la mesa.
—¡No! —gritó Anna.
Por primera vez, su voz fue fuerte y no se quebró.
Liam apuntó hacia ella.
—Finalmente has encontrado tu voz.
Anna miró a Luciano.
La sangre se extendía por su camisa, pero seguía consciente.
Liam se aproximó.
—Entrégame el colgante.
Anna lo sacó del bolsillo.
—Sabías lo de la llave.
—Nuestro padre me lo dijo antes de morir.
—Nunca confió en ti.
—Era un cobarde.
—No. Solo comprendió que había criado a un monstruo.
Liam elevó el arma.
—Dámelo.
Anna sostuvo el colgante.
—Si te lo entrego, ¿dejarás vivir a Luciano?
Liam se echó a reír.
—No.
—Al menos eres sincero.
—Siempre he sido sincero con mi familia.
—Los quemaste vivos.
—Para proteger nuestro imperio.
Anna negó con la cabeza.
—No tienes ningún imperio. Solo tienes una habitación llena de cadáveres y ninguna persona que todavía confíe en ti.
—Tengo Boston.
—Esta noche trajiste a todos tus hombres más leales hasta la casa Moretti.
La sonrisa de Liam desapareció.
Anna continuó:
—Mateo está muerto. Tus hombres están muertos. Luciano bloqueó todas las rutas de transporte antes de que entraras.
Miró una pantalla de seguridad que estaba volviendo a encenderse.
—Y toda nuestra conversación ha sido transmitida al consejo de Chicago desde que se activó la energía de emergencia.
Liam se volvió hacia la pantalla.
Las imágenes de las cámaras aparecieron lentamente.
En la esquina superior había un símbolo rojo de grabación.
Luciano rio débilmente desde el suelo.
—Acabas de confesar el asesinato de Patrick Fitzpatrick delante de los doce hombres más poderosos de la organización.
Liam disparó a la pantalla.
El cristal explotó.
Pero ya era demasiado tarde.
—¡Maldito seas!
Volvió el arma hacia Luciano.
Anna sacó el cuchillo que ocultaba bajo la manga y lo lanzó.
La hoja se clavó en el antebrazo de Liam.
Su disparo se desvió.
Anna corrió hacia la Glock que había dejado en el suelo.
Liam arrancó el cuchillo y le apuntó.
Luciano le sujetó una pierna.
Liam cayó.
Anna recuperó el arma, giró y apuntó directamente a su hermano.
La habitación quedó en absoluto silencio.
Liam estaba tendido en el suelo, con sangre corriendo por el brazo.
—No puedes matarme.
Anna sostuvo el arma con ambas manos.
—He matado a seis hombres para llegar hasta aquí.
—Pero soy tu hermano.
—Mi hermano murió la noche en que incendiaste nuestra casa.
—Anna.
—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras algún derecho sobre mí.
Liam miró a Luciano y volvió a mirar a su hermana.
—Moretti te está utilizando. Te ha convertido en un arma.
Luciano intentó incorporarse.
—Ella se convirtió en un arma mucho antes de conocerme.
Liam rio con desprecio.
—¿Una criada muda?
Luciano miró a Anna.
—No.
Su voz era tranquila y firme.
—Anna Moretti. La dueña de esta casa.
Liam intentó alcanzar una pistola situada junto a su mano.
Anna apretó el gatillo.
Un disparo.
La bala le alcanzó el pecho.
Liam se estremeció.
Todavía intentó levantar el arma.
Anna disparó de nuevo.
La pistola cayó de su mano.
Liam contempló a su hermana como si no pudiera creer que ella hubiese hecho lo que siempre consideró imposible.
—Tú… no comprendes…
Anna se acercó.
—Lo comprendo todo.
Liam respiró con dificultad.
—La familia…
—Tú no tienes familia.
Su mirada comenzó a perderse.
Anna se arrodilló junto a él.
No lloró.
—Solo tienes personas a las que todavía no habías tenido tiempo de traicionar.
Liam Fitzpatrick murió sobre el suelo del salón de baile de los Moretti.
Diez años atrás, Anna había escapado de una casa en llamas con las manos vacías.
Aquella noche se puso de pie con un arma y el nombre del asesino de su familia finalmente había sido eliminado del mundo.
Pero la victoria no se sintió como había imaginado.
No hubo luz.
No escuchó la voz de su madre.
El pasado no regresó.
Solo quedó el silencio.
Un silencio diferente.
Ya no era una armadura.
Era el vacío que aparece cuando termina una cacería.
Luciano dejó escapar un gemido.
Anna se volvió de inmediato.
Se arrodilló junto a él y presionó la herida del hombro.
—La bala atravesó. No alcanzó ninguna arteria.
Luciano la observó.
—Hablas como una médica.
—He limpiado suficiente sangre para saber cuándo alguien está a punto de morir.
—¿Voy a morir?
—No.
—Pareces decepcionada.
Anna presionó con más fuerza.
Luciano apretó los dientes.
—Todavía puedo cambiar mi respuesta.
El sonido de varios automóviles llegó desde el exterior.
Los hombres leales a Moretti estaban regresando. Los capos del consejo también se dirigían a la mansión para contemplar personalmente el resultado de la traición.
Anna observó la habitación.
Los cristales cubrían el suelo.
La sangre formaba rastros oscuros bajo las luces de emergencia.
Su vestido de novia seguía en la planta superior, blanco e intacto, como si perteneciera a otra mujer.
—La pesadilla ha terminado —dijo Luciano.
Anna miró el cadáver de Liam.
—No.
Luciano guardó silencio.
—Las pesadillas nunca terminan —dijo ella—. Yo simplemente ya no duermo dentro de esta.
Él la observó durante un largo momento.
Después levantó la mano que no estaba herida y tocó su mejilla.
Anna se estremeció.
Pero no retrocedió.
—Puedes marcharte —dijo Luciano—. El consejo escuchó la confesión. Fitzpatrick está muerto. Mateo está muerto. Nadie tiene derecho a retenerte.
Anna contempló el anillo en su dedo.
—¿Y el matrimonio?
—Puede ser anulado.
—¿Quieres anularlo?
Luciano no respondió de inmediato.
Se escucharon pasos acercándose por el corredor.
—Me casé contigo para protegerte y destruir la trampa de Mateo —explicó—. Pero un matrimonio verdadero no puede construirse sobre una amenaza.
Anna recordó la noche de lluvia, el paño cayendo al suelo y la amenaza de entregarla a Mateo si rechazaba la propuesta.
—No —dijo—. No puede.
La mirada de Luciano se oscureció, pero asintió.
Anna continuó:
—Debe construirse sobre una pregunta.
Luciano la miró.
Por primera vez, el hombre que había aterrorizado a toda Chicago parecía no saber qué sucedería a continuación.
Anna estuvo a punto de sonreír.
—Mañana volverás a preguntármelo.
—¿Qué debo preguntarte?
—Si quiero convertirme en tu esposa.
—¿Y responderás?
—Tal vez.
—¿Tal vez?
—Si lo preguntas con educación.
Luciano exhaló, mitad risa, mitad dolor.
—Nunca he tenido que pedir nada con educación.
—Entonces ya es hora de que aprendas.
Las puertas del salón de baile se abrieron.
Varios hombres armados entraron y se detuvieron al contemplar la escena.
Luciano Moretti estaba herido.
Liam Fitzpatrick yacía muerto.
Mateo Rossi estaba en el corredor.
Y en medio de todo se encontraba Anna, la mujer a la que todos habían llamado la criada muda, sosteniendo un arma en una mano y deteniendo la sangre de su jefe con la otra.
Un capo anciano procedente de Chicago se acercó.
Observó a Anna con cautela.
—¿Qué ha sucedido aquí?
Anna se puso de pie.
Cinco años atrás habría bajado la cabeza.
Tres días atrás habría guardado silencio.
Aquella noche miró directamente a los ojos del hombre más poderoso del consejo.
—Hubo una traición.
La habitación entera quedó inmóvil al escuchar su voz.
—Y yo me encargué de resolverla.
El hombre miró a Luciano.
Luciano apoyó una mano en la mesa e intentó levantarse.
—Ya han oído a mi esposa.
Nadie se rio.
Nadie la llamó criada.
Nadie la observó como si fuera un objeto comprado por Luciano.
La miraban como a una nueva fuerza que acababa de emerger desde un lugar que ninguno había considerado peligroso.
Anna Moretti caminó sobre los cristales rotos.
Cada uno de sus pasos la alejaba de la muchacha que había permanecido oculta en las sombras de Boston.
La alejaba de la criada que limpiaba sangre y cuyo nombre nadie se molestaba en recordar.
La alejaba del silencio que había salvado su vida, pero que también la había mantenido prisionera de su pasado.
El amanecer comenzó a atravesar las ventanas destruidas.
Una luz gris cubrió la mansión, las paredes marcadas por las balas y los hombres que esperaban nuevas órdenes.
Anna se colocó junto a Luciano.
No detrás de él.
No por debajo de él.
A su lado.
Luciano la miró.
—Señora Moretti.
Anna contempló el patio mientras la mañana comenzaba a iluminarlo.
—Pregúntamelo mañana.
—Lo haré.
—Y, Luciano…
—¿Sí?
—Si alguna vez vuelves a amenazar con entregarme a otro hombre…
Anna se volvió hacia él, con una calma absoluta.
—Añadiré tu nombre a mi lista.
Luciano sonrió.
—Te creo.
En el exterior, la lluvia había cesado.
Dentro de la mansión Moretti, un antiguo orden acababa de morir entre sangre y cristales rotos.
Y de aquellas ruinas surgió una mujer que había vivido como un fantasma, pero que finalmente había recuperado su nombre, su voz y el derecho a decidir quién podría acompañarla hacia el futuro.
La boda había comenzado como una cadena.
Cuando salió el sol, se había convertido en la declaración de guerra de dos supervivientes.
Luciano Moretti controlaba la violencia.
Anna Moretti controlaba los secretos capaces de obligar a la violencia a inclinar la cabeza.
Desde aquella mañana, nadie en el mundo criminal volvió a atreverse a llamarla la criada muda.
Todos aprendieron a llamarla por el nombre que pronto sería temido en cada rincón de Chicago.
La Reina Silenciosa.



