Quiso escapar del jefe de la mafia… y él compró su edificio para impedirlo
A las tres y siete de la madrugada, el teléfono de Olivia Jenkins vibró sobre la mesita de noche.
No era la primera llamada nocturna que recibía desde que trabajaba para Darius Ruso, pero aquella vez algo resultaba diferente. Tal vez era el silencio del apartamento. Tal vez era el cansancio acumulado después de tres años resolviendo problemas que nunca aparecían en los informes oficiales.
O quizá era la voz desconocida que habló apenas ella contestó.
—Señorita Jenkins, necesitamos que autorice una transferencia de dos millones cuatrocientos mil dólares.
Olivia se incorporó lentamente en la cama.
—¿Quién habla?
—Eso no importa. El cargamento está retenido en Rotterdam. Si el dinero no llega antes de treinta minutos, los hombres del señor Ruso perderán la mercancía.
La pantalla de su ordenador portátil iluminó el dormitorio mientras ella introducía las claves corporativas. Conocía el procedimiento. Sabía qué cuentas utilizar, qué códigos escribir y qué justificante comercial adjuntar para que la operación pareciera legítima.
También sabía que ningún cargamento normal exigía una transferencia a una sociedad fantasma de las Islas Caimán en plena madrugada.
Sus dedos se detuvieron sobre el teclado.
—¿Qué transporta ese cargamento?
Al otro lado de la línea hubo un silencio incómodo.
—No haga preguntas que no le corresponden.
La respuesta la golpeó con más fuerza que un insulto.
Durante tres años, Olivia había organizado la vida de Darius Ruso con una precisión impecable. Había coordinado reuniones, apagado crisis, corregido documentos y mantenido en funcionamiento Ruso Logistics, una empresa que ocupaba treinta y siete plantas de cristal y acero en el centro de Chicago.
En apariencia, era una de las compañías de transporte más exitosas del Medio Oeste.
En realidad, era el rostro limpio de un imperio mucho más oscuro.
Olivia había aprendido a no mirar demasiado tiempo a los hombres que utilizaban el ascensor privado. Había dejado de preguntar por qué ciertos manifiestos de carga desaparecían después de ser firmados. Y jamás comentaba las manchas de sangre que una noche encontró en el puño de la camisa de Darius.
Pero aquella llamada significaba que ya no estaba observando el peligro desde lejos.
La estaban utilizando.
—No autorizaré nada hasta hablar con el señor Ruso.
—Él ya dio la orden.
—Entonces puede llamarme él mismo.
Olivia colgó.
Dos minutos después, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez, el nombre de Darius apareció en la pantalla.
—Haz la transferencia —dijo él sin saludar.
Su voz era grave, serena y terriblemente despierta.
Olivia cerró los ojos.
—¿Es legal?
—No necesitas saberlo.
—Eso significa que no.
—Olivia.
Él pronunció su nombre como una advertencia. Durante años, ese tono había bastado para hacer retroceder a directivos, abogados e incluso hombres armados.
Esa madrugada no funcionó.
—Ya no quiero recibir llamadas como esta.
—Hablaremos por la mañana.
—No hay nada que hablar.
Autorizó la transferencia porque sabía que negarse podía provocar consecuencias que no alcanzaba a comprender. Después cerró el ordenador, pero no volvió a dormir.
A las seis, había redactado su carta de renuncia.
A las ocho y veinte, atravesó el vestíbulo de Ruso Logistics con un traje color marfil, tacones negros y la espalda tan recta que nadie habría imaginado que llevaba horas luchando contra el miedo.
Los empleados la saludaron con respeto. Olivia era más que la secretaria del director ejecutivo. Era la persona que conocía cada reunión, cada crisis y cada secreto empresarial que merecía ser conocido.
Los hombres de seguridad se apartaron para dejarla pasar.
El ascensor privado la condujo hasta la última planta.
La oficina de Darius ocupaba una esquina completa del edificio. Sus paredes de cristal ofrecían una vista perfecta del río Chicago, aunque el hombre sentado detrás del escritorio parecía más interesado en el documento que Olivia sostenía.
Darius Ruso tenía treinta y nueve años y una reputación que hacía bajar la voz incluso a quienes nunca lo habían visto. Llevaba un traje oscuro hecho a medida. Su cabello negro estaba cuidadosamente peinado hacia atrás y una cicatriz fina cruzaba su ceja izquierda, recuerdo de una guerra que nadie se atrevía a mencionar.
Olivia dejó la carta frente a él.
—Presento mi renuncia. Cumpliré dos semanas de preaviso.
Darius no miró el papel.
La miró a ella.
—No.
Olivia respiró lentamente.
—No es una pregunta.
—Duplicaré tu sueldo.
—No se trata de dinero.
—Triplicaré tu sueldo.
—Darius…
Era la primera vez que utilizaba su nombre en aquella oficina.
Algo cambió en sus ojos.
—¿Alguien te está molestando? —preguntó—. Dame un nombre.
—Nadie me está molestando.
—Puedo hacer que cualquier problema desaparezca.
—Ese es exactamente el problema.
Darius se levantó.
No necesitaba gritar para resultar intimidante. Su silencio era más efectivo. Rodeó el escritorio y se detuvo a pocos pasos de ella, obligándola a levantar el rostro.
—Explícamelo.
—Quiero dormir una noche entera sin recibir órdenes para enviar millones a cuentas extranjeras. Quiero entrar en mi edificio sin preguntarme si el hombre del vestíbulo lleva un arma. Quiero trabajar en un lugar donde los manifiestos de carga no sean quemados después de una reunión.
—Has estado a salvo aquí.
—He estado protegida porque era útil.
—No es lo mismo.
—Para ti, probablemente sí.
Los músculos de la mandíbula de Darius se tensaron.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sé que soy una empleada. Una secretaria. Puedes encontrar otra.
Darius dio un paso más.
—No existe otra tú.
Durante un instante, Olivia olvidó respirar.
Él estaba demasiado cerca. Podía percibir el aroma de su colonia, el calor contenido detrás de su expresión fría y algo más peligroso: una emoción que Darius llevaba años escondiendo.
Pero Olivia había tomado una decisión.
—Quiero una vida normal.
La expresión de Darius se endureció.
—La normalidad es una mentira que la gente se cuenta para dormir tranquila.
—Entonces déjame vivir esa mentira.
Olivia recogió su dignidad, giró sobre sus tacones y salió de la oficina.
Solo cuando las puertas del ascensor se cerraron comprendió que le temblaban las manos.
Durante los días siguientes, Darius no intentó detenerla.
No volvió a mencionar la renuncia. No le ofreció más dinero. No envió flores ni amenazas. Se limitó a mantener una distancia glacial, como si Olivia ya se hubiera convertido en un recuerdo incómodo.
Aquella indiferencia debería haberla tranquilizado.
En cambio, la lastimó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Olivia actualizó su currículum y solicitó empleo en tres prestigiosos bufetes de abogados. Guardó fotografías, libros y objetos personales en una caja. Comenzó a imaginar mañanas sin coches blindados, sin hombres de mirada vacía y sin un jefe capaz de detener una conversación con una sola palabra.
Su apartamento en West Oak se convirtió en el símbolo de esa libertad.
No era lujoso. Las tuberías hacían ruido durante el invierno y el ascensor tardaba una eternidad, pero el alquiler era razonable y Arthur Henderson, el propietario, reparaba cualquier avería personalmente.
Allí, Olivia no era la asistente de Darius Ruso.
Era simplemente Olivia.
El undécimo día de su preaviso, encontró un sobre blanco adherido a la puerta.
El membrete pertenecía a Apex Holdings.
El documento informaba que el edificio había sido vendido. Todos los contratos serían revisados y el alquiler aumentaría un trescientos por ciento. Quienes no aceptaran las nuevas condiciones tendrían catorce días para abandonar la propiedad.
Olivia leyó la carta tres veces.
El nuevo alquiler superaba su salario mensual.
Llamó a Arthur. El número estaba desconectado. Intentó contactar con Apex Holdings, pero una voz automática le proporcionó una dirección en Gold Coast y le indicó que cualquier reclamación debía presentarse personalmente.
Dos horas después, Olivia entraba en un edificio residencial frente al lago.
El portero ya conocía su nombre.
—El señor la espera en el ático.
Aquellas palabras provocaron un escalofrío en su espalda.
El ascensor se abrió directamente a una residencia de mármol oscuro, ventanales inmensos y muebles que parecían elegidos para impresionar a reyes.
Darius estaba junto a la ventana, sosteniendo un vaso de whisky.
—Llegas antes de lo que esperaba.
Olivia apretó el aviso entre los dedos.
—Dime que no fuiste tú.
Él bebió un sorbo.
—Compré el edificio hace cuatro días.
—¿Apex Holdings es tuya?
—Es una de mis empresas.
La rabia desplazó al miedo.
—Compraste mi casa porque renuncié.
—Compré tu edificio porque no era seguro.
—Aumentaste el alquiler un trescientos por ciento.
—Tú no pagarás ese aumento.
—Los demás sí.
—Los demás se marcharán.
Olivia avanzó hasta quedar frente a él.
—¿Has perdido la cabeza?
Darius dejó el vaso sobre una mesa.
—Víctor Castelo lleva un mes observándote.
El nombre borró parte de la furia de Olivia.
Incluso quienes no pertenecían al crimen organizado conocían a Castelo. Controlaba rutas de contrabando desde Miami hasta Montreal y llevaba años intentando arrebatarle territorio a la familia Ruso.
—No sé quién es para ti —continuó Darius—, pero sus hombres sí saben quién eres para mí.
—Soy tu secretaria.
—Eso es lo que tú crees.
Darius tomó una tableta y le mostró varias fotografías. En una, Olivia salía de un supermercado. En otra, esperaba el tren. En una tercera, un hombre con gorra la observaba desde el otro lado de la calle.
—Hace seis noches intentaron entrar en tu apartamento —dijo Darius—. Mis hombres los detuvieron en el callejón.
Olivia sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
—¿Tus hombres?
—Te vigilan desde hace semanas.
—Sin mi permiso.
—Tu permiso no detiene una bala.
Darius señaló los ventanales.
—Ya se está instalando cristal blindado en tu edificio. Dos de los nuevos empleados de mantenimiento trabajan para mí. Habrá cámaras en cada entrada y vehículos vigilando la calle.
—¿Y vas a expulsar a todos mis vecinos?
—Necesito controlar quién entra y quién sale.
—Eso no es protección. Es una prisión.
—Una prisión te mantiene dentro. Yo intento mantener a los demás fuera.
—Has eliminado todas mis opciones.
Darius la observó durante un largo momento.
—Sí.
La honestidad de la respuesta resultó más inquietante que cualquier mentira.
—No puedes comprar mi vida.
—No estoy comprando tu vida. Estoy evitando que Castelo la quite.
—También podrías dejarme marchar de Chicago.
—Te seguiría.
—¿Y si desaparezco?
Darius se acercó.
—Yo te encontraría primero.
Olivia retrocedió hasta chocar con el borde de una mesa.
—Estás enfermo.
—Posiblemente.
No había humor en su voz.
—Pero sigues respirando.
—No gracias a ti. A pesar de ti.
Darius apoyó una mano sobre la mesa, a centímetros de la cintura de Olivia.
—Puedes odiarme cuanto quieras. Puedes gritarme, insultarme o volver a presentar tu renuncia cada mañana. Pero mientras Castelo crea que eres importante para mí, no caminarás sola por esta ciudad.
—¿Y qué se supone que haga?
—Volver al trabajo el lunes.
Olivia soltó una risa incrédula.
—No volveré.
—Entonces permanecerás en tu apartamento con seis hombres vigilando la puerta.
—Eso es chantaje.
—Es una elección entre dos formas de protección.
—No me estás dando ninguna elección.
Los ojos de Darius descendieron brevemente hasta sus labios.
—Finalmente empiezas a entenderme.
El lunes por la mañana, un todoterreno negro esperaba frente al edificio.
Un hombre llamado Marcus abrió la puerta para Olivia. Medía casi dos metros y llevaba una pistola bajo la chaqueta.
—El señor Ruso pidió que no la perdiera de vista.
—El señor Ruso pide demasiadas cosas.
Marcus ocultó una sonrisa.
Al llegar a Ruso Logistics, las conversaciones se detuvieron a su paso. Los empleados habían visto el vehículo, al guardaespaldas y la forma en que los hombres de seguridad se apresuraban a abrirle las puertas.
Olivia ya no era una secretaria que abandonaba la empresa.
Era alguien marcada por el jefe.
Entró en la oficina de Darius sin llamar.
—Necesitamos reglas.
Él levantó la mirada desde unos informes.
—Buenos días para ti también.
—Soy una empleada, no una prisionera. No entrarás en mi apartamento. Tus hombres no revisarán mis llamadas. Y nadie volverá a tomar una decisión sobre mi vida sin informarme.
Darius se reclinó en el asiento.
—¿Algo más?
—Sí. Si Castelo me está utilizando para llegar a ti, quiero saber todo lo que pueda ponerme en peligro.
—No.
—Entonces me marcho ahora mismo.
Darius sostuvo su mirada.
—Castelo ha estado atacando nuestras rutas del aeropuerto. Tres cargamentos desaparecieron en seis semanas. Alguien dentro de esta empresa le proporciona horarios.
Olivia extendió la mano.
—Dame los registros.
—¿Por qué?
—Porque llevo tres años organizando tus operaciones. Conozco tus rutas mejor que algunos de tus directores.
Darius le entregó una carpeta.
Olivia pasó las siguientes cuatro horas comparando calendarios, retrasos y cambios de última hora. Detectó un patrón que los responsables de seguridad habían pasado por alto.
Los cargamentos robados no se habían desviado.
Habían sufrido retrasos de entre ocho y doce minutos antes de abandonar los almacenes. Tiempo suficiente para que alguien comunicara la información correcta a los hombres de Castelo.
Solo cinco empleados podían modificar aquellas salidas.
Cuatro habían trabajado para la familia Ruso durante más de una década.
El quinto era Gregory Torne, director de operaciones.
—Gregory compró una casa en Aspen hace dos meses —dijo Olivia—. Según Recursos Humanos, su salario no podría cubrir ni la entrada.
Darius tomó el teléfono.
—Haré que lo traigan.
—No.
Él alzó una ceja.
—Si lo interrogas, sabrá que lo descubrimos. Castelo cambiará de estrategia.
—¿Qué propones?
Olivia dejó las fotografías sobre la mesa.
—Que le demos información falsa y observemos qué hace.
Por primera vez desde que la conocía, Darius la miró no como a una asistente, sino como a alguien capaz de sentarse frente a él en el tablero.
—Eres más peligrosa de lo que aparentas.
—Llevo tres años sobreviviendo a tu lado.
Una sombra de satisfacción apareció en el rostro de Darius.
—Mi reina ha decidido empezar a jugar.
—No soy tu reina.
—Todavía.
El plan se organizó para el viernes.
Gregory recibiría información sobre una cena privada en Alinea. Creería que Darius iba a reunirse con un inversor acompañado únicamente por Olivia y un equipo de seguridad reducido.
En realidad, cada salida estaría vigilada.
Olivia llegó al restaurante con un vestido de terciopelo negro que marcaba sus curvas y un abrigo largo sobre los hombros. Darius la esperaba junto a la entrada, vestido de negro, observándola con una intensidad que la hizo detenerse.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Llevo tres años intentando no hacerlo.
Aquella confesión resultaba peligrosa en labios de cualquier hombre.
En los de Darius Ruso era devastadora.
—Esta noche no es una cita —recordó Olivia.
—Claro que no.
—Soy un señuelo.
—Eres la razón por la que Gregory cometerá un error.
Darius colocó una mano en la parte baja de su espalda y la condujo hasta la mesa privada.
—Mis hombres controlan todas las entradas —dijo—. Hay dos tiradores en el edificio de enfrente y cuatro agentes en la cocina.
—Eso no suena tranquilizador.
—No permitiré que nada te ocurra.
—Dijiste lo mismo sobre mi apartamento.
—Y sigues viva.
La cena comenzó con una aparente normalidad. Darius hablaba poco. Olivia fingía revisar contratos mientras observaba los reflejos en los espejos y el movimiento del personal.
A las nueve y catorce, un camarero entró con una bandeja.
Olivia notó tres detalles.
No llevaba los zapatos reglamentarios del restaurante.
Tenía una cicatriz en la mano.
Y sostenía la bandeja con demasiada rigidez.
—Darius…
El camarero dejó caer la bandeja y sacó una pistola con silenciador.
Olivia reaccionó antes de pensar.
Clavó el tacón contra la pata de la mesa y la volcó justo cuando el primer disparo atravesaba la botella de vino. El cristal explotó sobre ellos.
Darius la empujó al suelo y cubrió su cuerpo con el suyo.
Dos disparos más golpearon la mesa.
Darius sacó una pistola de la espalda y respondió desde el suelo. El atacante retrocedió, pero otro hombre apareció en la puerta de servicio.
La habitación se llenó de gritos.
Los hombres de Darius irrumpieron desde el pasillo. Hubo disparos, muebles rotos y órdenes secas. Olivia permaneció agachada, con el corazón golpeando sus costillas, hasta que vio al segundo atacante apuntar a la espalda de Darius.
Sin pensarlo, tomó una botella rota y la lanzó.
El cristal impactó contra el rostro del hombre. Su disparo se desvió hacia el techo.
Darius giró y lo derribó de un tiro en el hombro.
Todo terminó en menos de treinta segundos.
Darius cayó de rodillas frente a Olivia.
—¿Estás herida?
Sus manos recorrieron sus brazos, su rostro y su cintura con una desesperación que ella nunca había visto.
—Estoy bien.
—¿Te alcanzaron?
—No.
—Olivia, mírame.
Ella sostuvo su rostro entre las manos.
—Estoy bien.
La respiración de Darius tardó varios segundos en estabilizarse.
El primer atacante había muerto. El segundo fue capturado con vida. Bajo interrogatorio, confesó que Gregory había entregado la ubicación a los hombres de Castelo.
Darius se levantó y caminó hacia él.
—Dile a Víctor que esta noche ha cometido su último error.
El hombre escupió sangre.
—Castelo no te teme.
Darius miró a Olivia, todavía arrodillada detrás de la mesa volcada.
Cuando volvió a hablar, su voz era tan fría que incluso sus propios hombres guardaron silencio.
—No necesita temerme a mí. Necesita temer lo que haré porque la tocó a ella.
Horas después, en el ático de Gold Coast, Olivia permanecía frente al ventanal con una manta sobre los hombros.
Había sangre seca en el borde de su vestido, aunque no era suya.
Darius entró después de hablar con sus hombres.
—Gregory está bajo custodia. Castelo perderá tres almacenes antes del amanecer.
—¿Vas a matarlo?
—¿Quieres que te mienta?
—No.
—Entonces no preguntes.
Olivia volvió la mirada hacia las luces de Chicago.
Dos semanas atrás solo quería escapar. Quería un escritorio tranquilo, un apartamento modesto y una vida donde el peligro existiera únicamente en las noticias.
Pero aquella noche había observado la muerte acercarse.
Y no se había paralizado.
Había visto un arma, reconocido la amenaza y salvado la vida de Darius.
—Lo siento —dijo él.
Olivia se giró.
Nunca había escuchado aquellas palabras en su boca.
—Te prometí que estarías segura y permití que se acercaran demasiado.
—No puedes controlar todo.
—Puedo intentarlo.
—Ese es tu problema.
Darius se detuvo frente a ella.
—Puedo darte documentos nuevos. Una casa fuera del país. Dinero suficiente para no volver. Castelo jamás te encontrará.
Era la libertad que ella había pedido.
Sin embargo, ya no la deseaba de la misma manera.
—¿Y tú?
—Yo terminaré esta guerra.
—¿Solo?
—Es lo que hago.
Olivia dejó caer la manta sobre el sofá.
—No quiero volver a ser tu secretaria.
La expresión de Darius se volvió impenetrable.
—Entiendo.
—No, no entiendes. No quiero organizar reuniones mientras los hombres deciden el futuro de la empresa a puerta cerrada. Descubrí a Gregory. Vi el patrón que nadie más encontró. Esta noche impedí que te dispararan.
—Lo sé.
—Entonces quiero un lugar en la mesa. Acceso a la información. Autoridad real. Si voy a permanecer en este mundo, no será detrás de ti.
Darius la observó como si esperara aquellas palabras desde hacía años.
—¿A mi lado?
—Como socia.
—Hecho.
Olivia frunció el ceño.
—¿No vas a negociarlo?
—Compré un edificio entero para mantenerte cerca. ¿Realmente crees que discutiré el precio de tenerte a mi lado?
—Eso sigue siendo perturbador.
—Nunca afirmé ser un hombre bueno.
Darius levantó una mano y rozó lentamente su mejilla.
—Pero contigo puedo intentar ser un hombre mejor.
—No necesito que seas mejor.
—¿Qué necesitas?
Olivia sostuvo su mirada.
—Que nunca vuelvas a confundirme con algo que te pertenece.
Darius inclinó la cabeza.
—Tú no me perteneces.
Ella relajó ligeramente los hombros.
Entonces él añadió:
—Pero yo sí te pertenezco a ti.
El silencio entre ambos se volvió insoportablemente íntimo.
Olivia podría haber retrocedido.
No lo hizo.
Darius la besó con la misma intensidad con la que gobernaba su imperio: sin dudas, sin medias verdades y con una promesa peligrosa escondida en cada movimiento.
Esta vez, Olivia no estaba siendo retenida.
Estaba eligiendo quedarse.
A la mañana siguiente regresó a Ruso Logistics en el mismo vehículo blindado, pero no ocupó su antiguo escritorio.
Darius había ordenado preparar una oficina junto a la suya.
En la puerta, una placa nueva decía:
OLIVIA JENKINS
DIRECTORA DE ESTRATEGIA Y OPERACIONES
Los rumores se extendieron por el edificio antes del mediodía.
Algunos decían que había seducido al jefe.
Otros afirmaban que había chantajeado a la familia.
Solo quienes habían visto a Darius escuchar en silencio mientras Olivia explicaba cómo destruir las rutas financieras de Castelo comprendían la verdad.
Ella no había conquistado al hombre más peligroso de Chicago.
Había demostrado ser tan peligrosa como él.
Durante los meses siguientes, la guerra transformó la ciudad silenciosamente. Almacenes cambiaron de propietario. Sociedades fantasma fueron expuestas. Hombres leales a Castelo comenzaron a desaparecer de sus puestos antes de comprender quién había descubierto sus movimientos.
Olivia diseñaba las estrategias.
Darius ejecutaba las decisiones.
Él era la fuerza.
Ella, la mente capaz de dirigirla.
El apartamento de West Oak fue renovado, pero ningún inquilino fue expulsado. Olivia obligó a Darius a cancelar los aumentos de alquiler y ofrecer contratos de cinco años a cada residente.
Arthur Henderson reapareció semanas después, retirado en Florida con una suma suficiente para vivir cómodamente. Había vendido el edificio de forma voluntaria, aunque Darius le había pedido que permaneciera incomunicado hasta que la seguridad estuviera instalada.
—Manipulador —dijo Olivia al descubrirlo.
—Eficiente —corrigió Darius.
Ella conservó el apartamento, aunque cada vez pasaba más noches en el ático.
No porque Darius hubiera eliminado sus salidas.
Sino porque Olivia ya no buscaba ninguna.
Una noche, mientras observaban Chicago desde la última planta de Ruso Logistics, Darius colocó una carpeta frente a ella.
Dentro se encontraban los documentos que le concedían el cuarenta por ciento legal de la empresa.
—¿Qué es esto? —preguntó Olivia.
—Tu lugar en la mesa.
—Pedí autoridad. No una fortuna.
—Conmigo son lo mismo.
Olivia cerró la carpeta.
—¿Y si algún día decido marcharme?
Darius miró las luces extendidas bajo ellos.
—Compraría la ciudad.
Ella arqueó una ceja.
—¿Para impedirlo?
Él se acercó hasta quedar frente a ella.
—Para que pudieras llevártela contigo.
Olivia sonrió antes de besarlo.
Había entrado en Ruso Logistics tres años atrás pensando que su trabajo consistía en organizar el caos de un hombre peligroso.
Ahora comprendía que Darius jamás había necesitado una secretaria.
Necesitaba a alguien capaz de enfrentarlo.
Alguien que pudiera mirar su oscuridad sin apartar los ojos.
Alguien que no aceptara caminar detrás de él.
Y mientras una nueva guerra comenzaba a formarse en las sombras de Chicago, Olivia Jenkins ocupó su asiento junto al jefe de la familia Ruso.
No como rehén.
No como empleada.
Ni siquiera como reina.
Sino como la única mujer a la que Darius Ruso entregaría voluntariamente su imperio… y la única capaz de destruirlo si alguna vez olvidaba que ella había elegido quedarse.


