El jefe de la mafia siguió a su secretaria por celos… y descubrió que planeaban venderla para destruirlo
A las cinco y cuarenta y cinco de la tarde, la lluvia golpeaba los ventanales del ático de Luciano Holdings con la fuerza de pequeñas piedras.
Desde la planta cuarenta y ocho, Boston parecía una ciudad sumergida bajo una cortina gris. Los coches avanzaban lentamente por las avenidas inundadas, el puerto apenas se distinguía entre la niebla y las luces de los edificios comenzaban a encenderse como señales lejanas.
Dentro de la sede corporativa, todo estaba en silencio.
Luciano Holdings figuraba en los registros públicos como una empresa inmobiliaria y logística con contratos en media costa este. Controlaba almacenes, edificios residenciales, rutas marítimas y terminales privadas.
Eso era lo que aparecía en los informes para inversores.
Lo que no aparecía era que las mismas oficinas servían como centro de operaciones de uno de los sindicatos criminales más poderosos de Nueva Inglaterra.
Nathaniel Luciano dirigía ambos mundos.
A los treinta y cuatro años, podía cerrar una adquisición multimillonaria por la mañana y ordenar la desaparición de un traidor antes de la cena. No levantaba la voz. No necesitaba hacerlo.
Su poder se encontraba en los detalles.
Recordaba rostros, horarios, deudas, cambios mínimos en el comportamiento de sus hombres. Sabía cuándo alguien mentía por la forma en que respiraba. Podía detectar una amenaza en una sala llena antes de que el enemigo tocara su arma.
Por eso, cuando salió de su oficina aquella tarde y vio a Camila Ford junto a su escritorio, comprendió inmediatamente que algo era diferente.
Durante tres años, Camila había sido su secretaria ejecutiva.
Siempre vestía colores discretos, llevaba el cabello recogido y utilizaba gafas de montura oscura aunque Nathaniel sospechaba que no las necesitaba. Hablaba poco, organizaba todo y jamás formulaba preguntas sobre reuniones que no figuraban en la agenda oficial.
Nunca llegaba tarde.
Nunca cometía errores.
Nunca permitía que nadie viera más de lo estrictamente necesario.
Pero aquella tarde no llevaba su habitual traje gris.
Vestía seda verde esmeralda.
La tela se ajustaba a su cintura y descendía sobre su cuerpo con una elegancia que hizo que Nathaniel se detuviera en seco. Camila había soltado su cabello oscuro, llevaba los labios rojos y unos pendientes pequeños que brillaban bajo la luz fría de la oficina.
Parecía la misma mujer.
Y, al mismo tiempo, alguien a quien él no había permitido existir en su imaginación.
Camila guardó unos documentos en un cajón y tomó su abrigo.
—Los contratos de Providence están en su correo —dijo sin mirarlo—. Dominic tiene la copia cifrada de las rutas del lunes.
Nathaniel no respondió.
Ella alzó la mirada.
—¿Ocurre algo?
—¿Adónde vas?
Camila parpadeó.
—Mi jornada ha terminado.
—No he preguntado cuándo termina tu jornada.
La lluvia golpeó con más fuerza el cristal.
—Tengo una cena.
Nathaniel descendió la vista por el vestido antes de volver a sus ojos.
—¿Con quién?
—Es personal.
La respuesta fue correcta.
Profesional.
Y completamente equivocada.
Nathaniel se acercó al escritorio.
—¿Vas a besar a alguien?
Camila perdió por un instante su habitual compostura.
—¿Perdón?
—El vestido. El cabello. Los labios.
Él habló con aparente calma, pero algo oscuro se agitaba bajo cada palabra.
—No te has vestido así para comer sola.
Camila colocó el abrigo sobre el brazo.
—No sabía que mi ropa formaba parte de mis obligaciones contractuales.
—Todo lo que ocurre dentro de este edificio me concierne.
—Ya no estamos dentro de su horario laboral.
—Sigues dentro de mi edificio.
La mandíbula de Camila se tensó.
—Señor Luciano, he trabajado para usted durante tres años. Nunca he faltado, nunca he hablado de lo que veo y nunca he llevado mis problemas personales a esta empresa.
—No he dicho que lo hayas hecho.
—Entonces no comprendo este interrogatorio.
Nathaniel dio otro paso.
Ahora solo el borde del escritorio los separaba.
—Quiero saber quién es.
—No hay nada que deba saber.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que va a recibir.
Durante tres años, Camila había obedecido cada instrucción razonable. Había reorganizado vuelos en mitad de la noche, calmado inversores furiosos y mantenido la oficina funcionando incluso durante crisis que terminaban con hombres ensangrentados utilizando el ascensor privado.
Pero ahora lo desafiaba.
Y lo hacía vestida para ser observada por otro hombre.
—Cancela la cena —ordenó Nathaniel.
Camila soltó una risa breve e incrédula.
—No.
La palabra cayó entre ambos como una bala.
Nathaniel no recordaba la última vez que alguien le había respondido así y había seguido respirando con tranquilidad.
Camila se puso el abrigo.
—Buenas noches, señor Luciano.
Pasó junto a él sin esperar permiso.
Nathaniel percibió un perfume suave, diferente al que utilizaba en la oficina. Escuchó sus tacones alejarse por el pasillo y las puertas del ascensor cerrarse.
Permaneció inmóvil durante varios segundos.
Después entró en su despacho y tomó el teléfono.
—Dominic.
—Aquí estoy.
—Quiero un coche siguiendo a Camila.
Hubo una pausa.
—¿Sospecha que está comprometida?
Nathaniel observó las gotas de lluvia deslizarse por el cristal.
—Sospecho que alguien cree que puede tocar algo que está bajo mi protección.
—¿Quiere que intervengamos?
—Todavía no.
Colgó y tomó su abrigo.
Los celos le resultaban una emoción vulgar. Desordenada. Propia de hombres incapaces de controlar sus impulsos.
Nathaniel había construido su vida sobre el control.
Sin embargo, mientras descendía en el ascensor privado, solo podía imaginar a Camila sentada frente a otro hombre, ofreciéndole aquella versión de sí misma que había escondido de él durante tres años.
Y descubrió que la idea le resultaba intolerable.
Camila tomó un taxi hasta el distrito financiero y descendió frente a un hotel boutique sin letrero visible.
Nathaniel la observó desde un vehículo negro estacionado al otro lado de la calle.
—No parece una cita normal —dijo Dominic desde el asiento del conductor.
Nathaniel ya lo sabía.
El hotel albergaba en el sótano un lounge privado llamado The Gilded Room. Oficialmente, era un club reservado para miembros. En realidad, funcionaba como punto de encuentro para prestamistas, intermediarios políticos, traficantes y hombres que preferían realizar sus negocios lejos de cámaras oficiales.
Camila no pertenecía a aquel lugar.
Nathaniel bajó del coche.
—Que dos hombres cubran la salida trasera.
—¿Entramos con usted?
—Esperad mi señal.
The Gilded Room estaba iluminado por lámparas doradas y lleno de música suave. El olor a whisky, cuero y humo caro cubría el aire.
Nathaniel entró por un corredor lateral utilizado por el personal. El dueño del local lo reconoció y apartó la mirada de inmediato.
Nadie intentó detenerlo.
Encontró a Camila en un reservado del fondo.
Estaba sentada frente a Harrison Brox.
Nathaniel conocía bien a Brox. Era un prestamista sin territorio propio, un parásito que sobrevivía conectando a hombres desesperados con organizaciones más peligrosas. Había trabajado para irlandeses, albaneses y, durante los últimos dos años, para Víctor Volkov, jefe de una red rusa que intentaba expandirse por el puerto de Boston.
Brox sonreía.
Camila no.
Nathaniel permaneció detrás de una columna, oculto por la penumbra.
—Te dije que no podía conseguir esa cantidad —decía Camila.
—No tienes que conseguirla toda.
Brox deslizó una copa hacia ella.
Camila no la tocó.
—Mi hermano pidió doscientos mil. Puedo pagar una parte cada mes.
—Tu hermano no pidió doscientos mil. Los tomó.
—Tommy pensó que era dinero de una mesa privada.
—Tommy piensa muchas cosas. Ese es su problema.
Brox se inclinó hacia ella.
—Mi problema eres tú.
Camila mantuvo la espalda recta.
—No voy a robar a Luciano.
Nathaniel sintió que toda la sala se volvía más fría.
Brox sonrió con desprecio.
—Trabajas junto a él. Sabes dónde guarda efectivo, claves y documentos.
—Soy secretaria. No tengo acceso a nada importante.
—No me mientas. Durante tres años has estado sentada frente a la puerta de su despacho. Ves quién entra. Lees su calendario. Preparas sus reuniones.
—Eso no significa que pueda sacar dinero sin que lo descubra.
—Entonces no saques dinero.
Brox bajó la voz.
—Saca el libro.
Camila palideció.
—No sé de qué habla.
—Un cuaderno negro. Tamaño pequeño. Códigos escritos a mano.
Nathaniel comprendió inmediatamente.
El libro físico de rutas.
No contenía nombres ni cuentas bancarias, pero sí secuencias cifradas relacionadas con contenedores, horarios y puntos de transferencia. En manos correctas, podía revelar el recorrido de trescientos millones de dólares en bonos europeos al portador.
El libro había desaparecido dos noches atrás de una oficina secundaria del puerto.
—No existe ningún libro —dijo Camila.
—Tu hermano ya vio suficiente para saber que existe.
Brox estiró la mano y atrapó la muñeca de Camila.
Ella intentó liberarse, pero él apretó más.
—Escúchame con atención. El lunes entrarás en Luciano Holdings como cada mañana. Sonreirás, organizarás café y, cuando Luciano no esté mirando, conseguirás lo que necesitamos.
—No.
Brox tiró de ella hasta obligarla a inclinarse sobre la mesa.
—Si no lo haces, Tommy perderá las rodillas primero.
Camila dejó escapar un gemido contenido.
—Después perderá algo más importante.
—Suéltame.
—Y cuando terminen con él, Volkov decidirá qué hacer contigo. Una mujer con tu cara puede pagar muchas deudas.
El rostro de Camila se contrajo, pero no lloró.
—Prefiero morir antes que entregarle algo de Nathaniel.
Brox rio.
—¿Nathaniel?
Apretó todavía más su muñeca.
—Qué íntimo.
La mano de Nathaniel apareció desde la oscuridad y se cerró alrededor de la garganta de Brox.
Lo levantó parcialmente del asiento.
—Te ha pedido que la sueltes.
Brox abrió los ojos con terror.
—Señor Luciano…
Nathaniel empujó su cabeza contra la pared del reservado.
La copa cayó al suelo.
—Retira la mano.
Brox soltó a Camila.
Nathaniel lo mantuvo sujeto por el cuello mientras observaba las marcas rojas que quedaban sobre la piel de ella.
—¿Cuánto?
—No comprendo.
Nathaniel golpeó su cabeza otra vez.
—La deuda.
—Doscientos mil.
—Mientes.
—Hay intereses.
—¿Cuánto quiere Volkov?
Brox tragó saliva.
—Quinientos mil cerraría todo.
Nathaniel sacó una tarjeta negra y la dejó sobre la mesa.
—Cóbrelos.
Camila se puso de pie.
—Nathaniel, no.
Él no la miró.
—Transfiere el dinero a Volkov y registra que la deuda de Thomas Ford está liquidada.
Brox miró la tarjeta.
—No funciona de esa manera.
Nathaniel acercó su rostro.
—A partir de esta noche, funciona exactamente como yo diga.
—Volkov quiere el libro.
—Volkov quiere muchas cosas.
La voz de Nathaniel bajó hasta convertirse en un murmullo mortal.
—Pero si vuelve a pronunciar el nombre de Camila o de su hermano, perderá la capacidad de quererlas.
Brox respiraba con dificultad.
—Solo soy intermediario.
—Entonces transmite el mensaje.
Nathaniel lo soltó.
Brox cayó sobre el asiento, tosiendo.
—Tienes una hora para abandonar Boston —continuó Nathaniel—. Si al terminar ese tiempo sigues dentro de Massachusetts, mis hombres te encontrarán.
—Volkov no permitirá esto.
—Volkov todavía no sabe que está en guerra.
Nathaniel tomó el abrigo de Camila.
—Nos vamos.
Ella no se movió.
—¿Me siguió?
Él la miró.
—Sí.
—¿Porque pensaba que estaba con otro hombre?
Nathaniel no respondió.
Camila soltó una risa amarga, casi histérica.
—Perfecto. Mi hermano puede morir, un prestamista acaba de amenazar con venderme y usted está aquí porque estaba celoso.
—Estoy aquí.
La frase fue tan simple como definitiva.
—Eso es lo único que importa esta noche.
El vehículo blindado avanzó por las calles mojadas de Boston.
Camila estaba sentada frente a Nathaniel, con los brazos cruzados sobre el cuerpo. Había colocado una bolsa de hielo sobre la muñeca, pero sus manos seguían temblando.
Dominic conducía separado por un panel oscuro.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Nathaniel.
Camila miró por la ventana.
—Porque usted es mi jefe.
—No es una respuesta suficiente.
—Trabajo para una empresa que despide a personas por hablar demasiado. Veo hombres entrar en su oficina y salir con miedo. Sé que Luciano Holdings no es solo una compañía de logística.
Nathaniel guardó silencio.
—No podía llegar una mañana y decirle que mi hermano debía dinero a personas conectadas con otra organización criminal.
—Podías.
—No quería convertir mi problema en uno suyo.
—Brox te convirtió en un problema mío en cuanto puso una mano sobre ti.
Camila apretó la bolsa de hielo.
—Pensé que podía negociar.
—Te vestiste para él.
Ella levantó la cabeza.
—No me vestí para él.
Nathaniel esperaba una explicación.
—Brox me había visto con ropa de oficina —continuó Camila—. Siempre hablaba conmigo como si fuera una empleada sin valor. Pensé que si parecía una mujer con dinero, con contactos, alguien importante, podría convencerlo de que tenía otras opciones.
Nathaniel observó el vestido verde.
La prenda que había despertado sus celos no era una invitación.
Era una armadura.
Camila había intentado parecer poderosa porque se sentía completamente indefensa.
—No vuelvas a hacer algo así —dijo.
—¿Vestirme bien?
—Entrar sola en una habitación con un hombre que planea venderte.
—La próxima vez consultaré su agenda.
La ironía no ocultó el miedo.
Nathaniel se inclinó hacia ella.
—No habrá próxima vez.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Porque Brox ya no controla la deuda.
—Volkov sí.
—Volkov tiene problemas mayores.
Camila lo observó.
—¿Qué problemas?
Nathaniel dejó una carpeta sobre el asiento.
Dentro había fotografías de cámaras de seguridad, registros del puerto y capturas de mensajes.
—Hace dos noches, alguien entró en nuestra terminal del sur. No robó dinero ni droga. Robó un libro físico con rutas cifradas.
Camila hojeó las imágenes.
—Tommy.
—Creemos que lo utilizaron.
—No puede ser.
—Tu hermano perdió dinero en una mesa controlada por Brox. Después alguien le ofreció reducir la deuda a cambio de entrar en una oficina.
Camila cerró los ojos.
—Él estuvo en la fiesta corporativa del puerto el martes. Yo conseguí su invitación.
—Por eso pudo pasar el primer control.
—Dios mío.
—No sabía lo que estaba robando —dijo Nathaniel—. Pero Volkov sí.
Camila miró las fotografías.
—¿Qué contiene ese libro?
—Rutas de contenedores y claves de transferencia. Suficiente para encontrar un cargamento de bonos al portador valorado en trescientos millones.
El rostro de Camila perdió el color.
—Entonces Brox nunca quiso solo el dinero.
—No.
—Querían utilizar a Tommy para llegar a mí.
—Y utilizarte a ti para entrar en mi casa.
Nathaniel sostuvo su mirada.
—No eras una víctima secundaria. Eras el objetivo.
Camila se llevó una mano a la boca.
—Tommy está muerto.
—No.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque mis hombres lo encontraron antes de que Brox pudiera moverlo.
El panel del conductor descendió parcialmente.
—El chico está en el refugio del puerto —informó Dominic—. Asustado, pero sin heridas graves.
Camila dejó escapar un sollozo.
La bolsa de hielo cayó al suelo.
—Está vivo.
—Sí —dijo Nathaniel.
—¿Puedo verlo?
—Cuando sea seguro.
—Quiero verlo ahora.
—Volkov todavía tiene hombres buscando tanto a tu hermano como a ti.
Camila se secó las lágrimas con rabia.
—No necesito que decida todo por mí.
—Esta noche sí.
—No soy una de sus posesiones.
Los ojos de Nathaniel se oscurecieron.
—Eso está por verse.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Qué significa?
—Significa que durante tres años te has sentado frente a mi puerta, has organizado mi vida y has creído que nadie te veía.
Nathaniel se inclinó hacia ella.
—Yo te veía.
Camila dejó de respirar.
—Veía cuándo llegabas cansada. Cuándo escondías llamadas de tu hermano. Cuándo fingías que no entendías las conversaciones que ocurrían a tu alrededor. Veía cómo todos te trataban como si fueras invisible porque tú querías que lo hicieran.
—Entonces también vio que puedo cuidar de mí misma.
—No cuando estás sola contra Volkov.
—He estado sola durante años.
—Ya no.
La respuesta no sonó como una promesa.
Sonó como una sentencia.
El coche se detuvo frente a una residencia de ladrillo oscuro en Beacon Hill.
Desde la calle parecía una mansión histórica restaurada. Sin embargo, los cristales eran blindados, había cámaras ocultas en cada cornisa y seis hombres armados vigilaban las entradas.
Nathaniel condujo a Camila al interior.
Dominic los siguió mientras hablaba por teléfono.
—El perímetro está cerrado. Los equipos de Charlestown y South End están preparados.
Nathaniel se quitó el abrigo.
—Quiero bloqueados los almacenes rusos antes de medianoche.
—¿Solo bloqueados?
—Primero.
Dominic entendió la corrección.
—¿Y las rutas marítimas?
—Corten combustible, conductores y comunicaciones. Ningún contenedor de Volkov sale del puerto este fin de semana.
Camila se volvió hacia Nathaniel.
—¿Va a iniciar una guerra?
—Volkov ya la inició.
—Por mí.
—Por intentar entrar en mi organización.
—No es lo mismo.
Nathaniel la miró.
—Para mí sí.
Dominic recibió otro mensaje.
—Tommy ha explicado dónde entregó el libro. Un casillero en South Boston. Estaba vacío cuando llegamos.
—Volkov ya lo tiene —dijo Camila.
—Tiene un libro cifrado —respondió Nathaniel—. Sin la clave solo posee papel.
—¿Y dónde está la clave?
Nathaniel no contestó.
Camila comprendió.
—Usted.
—Parte de ella.
Dominic guardó el teléfono.
—Prepararé el equipo.
Antes de salir, miró a Camila.
—Su hermano está seguro. Uno de nuestros médicos lo está revisando.
—Gracias.
Dominic asintió y desapareció por el pasillo.
Camila observó la casa.
No había fotografías familiares ni objetos innecesarios. Todo parecía caro, limpio y diseñado para resistir un ataque.
—¿Vive aquí solo?
—Sí.
—Parece un búnker.
—Lo es.
Nathaniel abrió la puerta de la biblioteca.
Un fuego ardía en la chimenea. Las paredes estaban cubiertas de libros y una botella de whisky esperaba sobre una mesa baja.
—Siéntate.
—No quiero whisky.
—No te lo he preguntado.
Sirvió dos vasos.
Camila tomó uno, más para tener algo entre las manos que por deseo de beber.
Nathaniel se quedó de pie frente al fuego.
—Su hermano robó algo que vale trescientos millones. Brox me amenazó. Volkov quiere entrar en su empresa. ¿Y usted me trae a casa a beber whisky?
—No es una casa. Es el lugar más seguro de Boston.
—No ha respondido a mi pregunta.
—No has formulado la verdadera.
Camila dejó el vaso.
—¿Por qué está haciendo todo esto?
Nathaniel la observó.
—Porque Volkov cruzó una línea.
—Podía proteger el libro sin pagar la deuda de Tommy. Podía dejar que Brox me utilizara como cebo. Podía entregarnos a ambos para evitar una guerra.
—Nunca.
La velocidad de la respuesta la hizo callar.
—¿Por qué? —insistió.
Nathaniel tomó un sorbo.
Había sobrevivido a emboscadas, traiciones y funerales sin permitir que nadie viera una grieta en su control.
Pero Camila llevaba tres años convirtiéndose lentamente en la única grieta que no podía cerrar.
—Cuando te contraté, pensé que durarías seis meses —dijo.
—Qué alentador.
—Eras demasiado correcta. Demasiado silenciosa. La gente silenciosa suele esconder ambición o miedo.
—¿Y qué escondía yo?
—Inteligencia.
Camila bajó la mirada.
—Aprendiste los nombres de mis socios, las rutas de mis barcos y los códigos internos sin que nadie tuviera que explicártelos. Sabías qué reuniones eran legales y cuáles no. Sabías cuándo abandonar una sala antes de que algo violento ocurriera.
—Era mi trabajo.
—No.
Nathaniel dejó el vaso.
—Tu trabajo era responder llamadas. Lo que hiciste fue aprender a sobrevivir dentro de mi mundo.
Se acercó.
—Y mientras lo hacías, te ocultabas bajo trajes sin forma, gafas innecesarias y una expresión que decía a todos que no debían mirar demasiado.
Camila respiró lentamente.
—Quizá no quería que miraran.
—Yo miré.
Nathaniel se detuvo frente a ella.
—Cada día.
El fuego crepitó a su espalda.
—¿Por qué nunca dijo nada?
—Porque los hombres cercanos a mí terminan muertos. Las mujeres cercanas a mí se convierten en objetivos.
—Esta noche me convertí en uno de todos modos.
—Sí.
Nathaniel levantó una mano y rozó la marca roja de su muñeca.
—Y cuando te vi con ese vestido, pensé que habías elegido a otro hombre.
Camila no apartó el brazo.
—Estaba celoso.
—Quería averiguar quién era.
—Me siguió.
—Sí.
—Eso no es normal.
—Nunca he afirmado ser normal.
La mano de Nathaniel ascendió desde su muñeca hasta su mejilla.
—Después vi a Brox tocarte.
Su voz se volvió más baja.
—Y comprendí que había cometido un error durante tres años.
—¿Qué error?
—Creer que mantener distancia te protegía.
Camila sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.
—Nathaniel…
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin miedo ni urgencia.
Él cerró los ojos durante un instante, como si escucharla fuera una forma de rendición.
—Preguntaste por qué pagué medio millón, salvé a tu hermano y estoy preparando una guerra.
—Sí.
—Porque no puedo permitir que nadie te quite de mi lado.
Camila se levantó.
Ahora estaban separados por apenas unos centímetros.
—Ya no puedo volver a ser su secretaria después de esto.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué soy?
Nathaniel sostuvo su rostro entre las manos.
—Mía.
Camila debería haberse apartado.
Debería haberle dicho que no podía poseerla, que salvarla no le daba derechos y que su mundo era demasiado peligroso para confundir protección con amor.
Pero había pasado tres años sintiéndose invisible.
Nathaniel acababa de confesar que nunca había dejado de verla.
—No soy una cosa —susurró.
—No.
—No puede ordenarme que sienta algo por usted.
—No necesito ordenarlo.
Nathaniel inclinó la cabeza.
—Solo necesito saber si vas a detenerme.
Camila miró sus labios.
Después lo agarró por la corbata y lo acercó.
El beso no fue delicado.
Contenía tres años de silencios, llamadas nocturnas, miradas evitadas y emociones escondidas detrás de agendas corporativas. Nathaniel la sostuvo por la cintura, atrayéndola contra él con una fuerza controlada que amenazaba con desaparecer.
Camila no retrocedió.
Le devolvió el beso con la rabia de alguien que había estado aterrorizada durante demasiado tiempo y que, por primera vez aquella noche, se negaba a sentirse débil.
Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad.
Nathaniel apoyó la frente contra la suya.
—Volkov va a arrepentirse de haber pronunciado tu nombre.
Camila abrió los ojos.
El miedo seguía allí.
Pero ya no estaba sola dentro de él.
—Entonces necesito ver todo.
Nathaniel frunció ligeramente el ceño.
—¿Todo qué?
—Las rutas, los almacenes, las empresas pantalla, los hombres de Volkov y nuestras vulnerabilidades.
—No.
Camila soltó su corbata.
—Acaba de decir que ya no soy su secretaria.
—Eso no significa que debas entrar en una guerra.
—Ya estoy dentro.
Señaló su muñeca lastimada.
—Brox me amenazó porque trabajo junto a usted. Tommy fue utilizado porque es mi hermano. Volkov me considera una puerta hacia su organización.
Camila dio un paso atrás.
—Si voy a seguir siendo un objetivo, no me mantendrá sentada en esta biblioteca esperando a que los hombres decidan mi futuro.
Nathaniel la observó en silencio.
—¿Qué propones?
—Conozco cada filial de Luciano Holdings. He preparado agendas para todos sus directores. Sé qué rutas aparecen en los documentos oficiales y cuáles se ocultan en reuniones privadas.
—Eso no te convierte en estratega.
—No. Pero significa que probablemente puedo ver relaciones que sus hombres no ven porque están demasiado acostumbrados al sistema.
Nathaniel recordó cuántas veces Camila había detectado errores antes que sus propios ejecutivos.
—Quiero el mapa completo —continuó ella—. Quiero saber dónde piensa atacar Volkov y qué espera obtener.
—Es peligroso.
—También lo era cenar con Brox.
—Eso casi te mata.
—Por eso no volveré a entrar sin saber dónde están las salidas.
Nathaniel la estudió durante varios segundos.
Después caminó hasta una estantería y presionó un mecanismo oculto.
Parte de la pared se abrió.
Detrás había una sala iluminada por pantallas, mapas del puerto, fotografías y archivos cifrados.
Camila se acercó lentamente.
Rutas rojas y azules cruzaban la costa este. Nombres de empresas estaban conectados mediante líneas. Fotografías de hombres vinculados a Volkov aparecían junto a horarios y ubicaciones.
—Este es el verdadero Luciano Holdings —dijo ella.
—Es una parte.
Camila entró.
Nathaniel la siguió.
—A partir de ahora —dijo él—, no harás nada sin seguridad.
—A partir de ahora, usted no me ocultará información que pueda matarme.
—No acepto órdenes.
—Tendrá que aprender.
Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Nathaniel.
—Camila Ford, hace una hora estabas negociando por la vida de tu hermano.
—Y ahora sé quién inició el juego.
Ella tomó una carpeta con el nombre de Víctor Volkov.
—Enséñeme cómo piensa terminarlo.
Nathaniel se colocó detrás de ella y apoyó una mano sobre la mesa.
En las pantallas, los puntos de control del puerto comenzaron a parpadear. Los hombres de Dominic estaban ocupando posiciones. Camiones rusos eran detenidos, almacenes perdían electricidad y cuentas clandestinas empezaban a congelarse.
La guerra ya había comenzado.
Pero algo más había cambiado aquella noche.
Nathaniel había seguido a Camila creyendo que encontraría a un rival.
En lugar de eso, descubrió una conspiración diseñada para convertir a la única mujer que deseaba en un arma contra él.
Había entrado en The Gilded Room para rescatar a su secretaria.
Había regresado a casa con una aliada.
Camila dejó la carpeta abierta sobre la mesa.
—Volkov cree que la clave está en el libro —dijo—. Pero si todavía no puede descifrarlo, tendrá que buscar a alguien que conozca sus horarios.
Nathaniel asintió.
—Alguien dentro de mi empresa.
—Exacto.
Ella señaló tres nombres en el mapa corporativo.
—Estos ejecutivos tuvieron acceso al puerto esta semana. Uno modificó su agenda el mismo día en que Tommy entró.
Nathaniel observó el nombre.
—Lleva nueve años conmigo.
—Entonces Volkov no empezó esta operación por Tommy.
Camila levantó la mirada.
—Tommy fue solo la última pieza.
Nathaniel comprendió la magnitud del peligro.
Había un traidor dentro de Luciano Holdings.
Camila acababa de verlo en menos de un minuto.
Él se inclinó y besó lentamente su sien.
—Sabía que escondías algo peligroso.
—¿Qué cosa?
—La mujer capaz de sentarse a mi lado.
Camila cerró la carpeta.
—No quiero sentarme a su lado.
Nathaniel arqueó una ceja.
Ella tomó asiento frente al mapa principal.
—Quiero mi propio lugar en la mesa.
Afuera, la tormenta cubría Boston.
En el puerto, los primeros almacenes de Volkov quedaban aislados.
Y dentro de la fortaleza de Nathaniel Luciano, una secretaria vestida de verde esmeralda comenzaba a diseñar la caída de un imperio.
La misma mujer que pocas horas antes había estado dispuesta a sacrificarse para salvar a su hermano.
La mujer que Nathaniel había intentado proteger manteniéndola lejos de su oscuridad.
Ahora caminaba voluntariamente hacia ella.
No como víctima.
No como empleada.
Sino como la única persona a la que el jefe de la mafia estaba dispuesto a entregar sus secretos, su guerra y el corazón que durante años había fingido no poseer.



