
Relato narrativo basado en testimonios, documentación histórica y archivos judiciales. Algunos diálogos y detalles de transición han sido reconstruidos para dar continuidad a la narración sin alterar los hechos esenciales.
En 1972, una mujer procedente de Israel entró en una sala judicial de Viena para declarar en el proceso contra un antiguo miembro de las SS.
Se llamaba Helena Citrónová. Había sobrevivido a Auschwitz.
El hombre sentado en el banquillo era Franz Wunsch, uno de los oficiales que habían vigilado los almacenes donde se clasificaban las pertenencias robadas a quienes llegaban al campo.
Durante la guerra, Wunsch había llevado uniforme negro, había participado en selecciones y había sido descrito por varios supervivientes como un hombre brutal. Tres décadas después, su cabello comenzaba a encanecer y sus hombros ya no tenían la rigidez del joven que había caminado armado entre prisioneros hambrientos.
Cuando Helena entró, él levantó la cabeza.
La reconoció inmediatamente.
Durante años había intentado encontrarla. Había escrito cartas, solicitado ayuda a la Cruz Roja y esperado una respuesta que nunca llegó.
Ahora ella estaba allí.
Pero no caminaba hacia él.
Helena avanzó hasta el estrado sin mirarlo. Se sentó, colocó las manos sobre su regazo y esperó las preguntas con el rostro inmóvil.
Los presentes conocían la acusación contra Wunsch.
Lo que casi nadie comprendía era por qué una superviviente judía de Auschwitz había viajado hasta Austria para hablar en el juicio de un hombre de las SS.
Entonces el fiscal pronunció una pregunta sencilla:
—¿Conoció usted al acusado en Auschwitz?
Helena mantuvo la vista al frente.
—Sí.
Hubo un movimiento entre el público.
—¿La ayudó?
Esta vez, el silencio de Helena duró varios segundos.
—Sí.
Wunsch cerró los ojos.
Parecía el principio de una absolución.
Pero para entender lo que ocurrió después, había que regresar treinta y dos años, hasta una Europa en la que las decisiones tomadas en despachos elegantes estaban preparando trenes llenos de seres humanos.
En el verano de 1940, Francia había caído. Gran Bretaña permanecía prácticamente sola frente a una Alemania nazi que parecía avanzar sin encontrar límites.
En Salzburgo, lejos del frente, los dirigentes alemanes recibieron a representantes del Estado eslovaco. No los habían invitado para negociar entre iguales.
Alemania quería una Eslovaquia más obediente.
Dentro del gobierno eslovaco existía una lucha entre políticos que intentaban conservar cierto margen de autonomía y radicales que deseaban aproximar el país al modelo nazi. Adolf Hitler y Joachim von Ribbentrop presionaron para apartar a Ferdinand Ďurčanský y fortalecer a hombres mucho más favorables a Berlín, como Vojtech Tuka y Alexander Mach.
La amenaza no necesitaba formularse con demasiada claridad.
Si Eslovaquia no obedecía, Alemania podía dejar de garantizar su protección. Y, sin aquella protección, el país quedaría expuesto a las ambiciones territoriales de Hungría.
El mensaje era brutalmente eficaz: aceptar la intervención alemana o arriesgarse a desaparecer.
El gobierno eslovaco cedió.
Después de las reuniones de Salzburgo y Berchtesgaden del 28 de julio de 1940, Tuka y Mach aumentaron su poder, asesores alemanes comenzaron a intervenir en las instituciones eslovacas y la persecución de la población judía se aceleró.
Mientras los políticos regresaban de Salzburgo satisfechos de haber conservado sus cargos, una joven de dieciocho años llamada Helena Citrónová continuaba cantando en Humenné, al este de Eslovaquia.
Helena había nacido en 1922 en una familia judía de clase media. Su padre era cantor religioso, y la música formaba parte de la vida familiar mucho antes de que se convirtiera, de una manera imposible de prever, en una cuestión de vida o muerte.
A Helena le gustaba cantar, bailar y reír. Tenía hermanos y una hermana mayor, Róza, a la que la familia llamaba también Rózinka.
Róza se había casado y había emigrado con su esposo a la Palestina bajo mandato británico. El viaje debía ser el comienzo de una vida nueva, pero encontraron dificultades económicas y regresaron a Europa poco antes de que la guerra cerrara las puertas de salida.
Cuando volvieron, todavía era posible imaginar que la situación mejoraría.
Primero llegaron las restricciones.
Después, las listas.
Luego aparecieron funcionarios que preguntaban quién era dueño de cada negocio, quién tenía una cuenta bancaria, quién podía ejercer una profesión y quién debía abandonar su puesto.
La palabra utilizada era “arianización”.
Sonaba administrativa, incluso limpia. En la práctica, significaba que una familia judía podía perder una tienda construida durante décadas y verla entregada a otra persona mediante un documento sellado.
En 1940, las autoridades ampliaron la confiscación de propiedades judías. Tierras, empresas, viviendas, depósitos bancarios y objetos personales comenzaron a pasar a manos del Estado o de nuevos propietarios “arios”.
El vecino que antes saludaba podía aparecer de pronto interesado en un local.
El cliente habitual podía convertirse en beneficiario del despojo.
La violencia no siempre empezaba con un golpe. A veces comenzaba con una firma.
El 9 de septiembre de 1941, el gobierno promulgó el llamado Código Judío. Contenía 270 disposiciones destinadas a excluir a los judíos de la vida económica, educativa, social y pública. La propaganda del régimen presumía de haber creado una de las legislaciones antijudías más severas de Europa.
Cada nueva norma reducía un poco más el mundo de Helena.
No podía entrar en determinados lugares.
No podía confiar en que la educación, el trabajo o la propiedad siguieran siendo derechos.
La estrella amarilla convirtió el origen de una persona en una acusación visible.
La familia Citrón dejó de preguntarse cuándo terminarían las medidas. Empezó a preguntarse qué vendría después.
La respuesta llegó en marzo de 1942.
Eslovaquia firmó un acuerdo que permitía entregar a su población judía a la Alemania nazi. Las autoridades eslovacas colaborarían en la concentración, vigilancia y deportación de sus propios ciudadanos.
Durante los meses siguientes, decenas de miles de personas pasaron por centros y campos como Sereď, Nováky y Vyhne antes de ser enviadas hacia la Polonia ocupada. Entre marzo y octubre de 1942, casi 58.000 judíos eslovacos fueron deportados bajo custodia alemana.
En algunas localidades se difundió el rumor de que las jóvenes solteras serían enviadas a trabajar.
Trabajo en el extranjero.
Un salario.
Quizá alojamiento.
Las palabras estaban escogidas para reducir el miedo y evitar la resistencia.
Helena fue detenida y colocada en uno de los primeros grandes transportes de mujeres judías eslovacas enviados a Auschwitz.
En la estación no había explicaciones.
Había gritos, equipajes demasiado pequeños y familias intentando despedirse sin saber si aquello era realmente una despedida.
Las jóvenes subieron a vagones cerrados.
Al principio algunas intentaron hablar. Otras rezaron. Varias conservaron la esperanza de que, después de unos días de viaje, llegarían a una fábrica.
El aire se volvió espeso.
No había espacio suficiente para sentarse. El agua se terminó. El tren avanzaba durante horas y se detenía sin que nadie dijera dónde estaban.
Helena escuchaba el traqueteo de las ruedas y trataba de retener los rostros de su familia.
Aún no sabía que el gobierno eslovaco había aceptado pagar a Alemania una suma por cada judío deportado. La confiscación de sus bienes ayudaba a financiar el mecanismo que los expulsaba.
No eran pasajeros.
Habían sido convertidos en mercancía política.
La cooperación eslovaca en las deportaciones de 1942 fue tan profunda que el Estado pagó 500 marcos del Reich por cada persona entregada, mientras se apropiaba de las posesiones que dejaba atrás.
Cuando las puertas del vagón se abrieron, Helena vio hombres uniformados, perros, focos y humo.
Las órdenes llegaban en alemán.
Quien no comprendía recibía un golpe.
Quien caía retrasaba la fila.
Auschwitz no necesitaba explicar sus reglas. Las enseñaba en los primeros minutos.
A Helena le quitaron su ropa, sus objetos personales y su nombre.
En adelante, para los guardias, sería un número.
La cabeza rapada, el uniforme áspero y el hambre no eran incidentes aislados. Formaban parte de un sistema creado para destruir la identidad antes de destruir el cuerpo.
Durante sus primeras semanas fue asignada a trabajos físicos al aire libre.
Movía piedras, cargaba materiales y permanecía de pie durante recuentos interminables. El frío atravesaba la tela. Las raciones apenas permitían continuar caminando.
A su alrededor, mujeres que habían llegado con ella comenzaron a desaparecer.
Una enfermaba y no regresaba de la enfermería.
Otra se desplomaba durante el trabajo.
Otra era seleccionada después de que un guardia decidiera que ya no parecía útil.
En el campo, preguntar por alguien era una forma de recibir una respuesta sin palabras.
La cama vacía era la respuesta.
La cuchara abandonada era la respuesta.
El humo también lo era.
Helena aprendió que sobrevivir exigía observarlo todo: quién repartía la comida, qué guardia estaba de servicio, dónde colocarse durante un recuento y cuándo era peligroso llamar la atención.
No era cobardía.
Era inteligencia aplicada a un lugar diseñado para que la inteligencia no bastara.
En algún momento fue trasladada a un comando diferente.
El nuevo destino era conocido entre los prisioneros como “Kanada”.
No tenía relación con el país real, salvo por una asociación amarga. Para quienes vivían sin alimento, ropa ni medicinas, Canadá representaba una tierra lejana de abundancia. Los almacenes de Auschwitz recibieron ese apodo porque parecían contener todo lo que a los prisioneros les faltaba.
Allí llegaban las maletas de los deportados.
Ropa de niños.
Zapatos.
Fotografías.
Medicamentos.
Joyas ocultas en costuras.
Cartas que nunca serían contestadas.
Los prisioneros asignados a “Kanada” debían clasificar las propiedades de las personas que habían sido enviadas a las cámaras de gas. Los objetos valiosos eran separados y enviados al Reich; otros se almacenaban o redistribuían.
Era un trabajo menos mortal que cargar piedras bajo la nieve, pero tenía una crueldad distinta.
Cada abrigo conservaba la forma de un cuerpo ausente.
Cada maleta llevaba un nombre escrito por alguien que creyó que volvería a recogerla.
Helena podía encontrar un vestido doblado por una madre, un juguete escondido para tranquilizar a un niño o pan guardado para un viaje que terminaba a pocos metros de los crematorios.
No debía detenerse.
No debía llorar.
Tenía que clasificar.
El sistema de “Kanada” convirtió el robo en una cadena industrial: mientras las personas eran asesinadas, sus pertenencias eran ordenadas, valoradas y distribuidas.
Sin embargo, el traslado también aumentó las posibilidades de Helena.
En los bolsillos aparecían a veces alimentos o medicinas. Había prendas mejores. El trabajo se realizaba parcialmente bajo techo.
En Auschwitz, una diferencia mínima podía separar a quien sobrevivía una semana más de quien no llegaba al día siguiente.
Fue en ese lugar donde su voz llamó la atención de Franz Wunsch.
Ocurrió durante una pequeña actuación organizada para los guardias en el otoño de 1942.
Una prisionera debía recitar algo. Otra tenía que cantar.
Helena fue empujada hacia delante.
Alguien dijo que era el cumpleaños de un miembro de las SS.
Ella miró los uniformes.
Cantar para aquellos hombres le parecía una humillación añadida. Habían destruido su vida y ahora esperaban entretenimiento.
Pero negarse podía significar una paliza o algo peor.
Helena comenzó a interpretar una de las pocas canciones alemanas que conocía.
Su voz no era la de la muchacha despreocupada de Humenné. Era más débil, contenida por el hambre y el miedo.
Aun así, Wunsch dejó de conversar.
Tenía alrededor de veinte años, había servido en el frente y ahora trabajaba en Auschwitz. Como responsable en distintos comandos, incluido el depósito de efectos personales, poseía una autoridad enorme sobre los prisioneros.
Cuando Helena terminó, evitó mirar a los hombres.
Esperaba una orden para marcharse.
En cambio, Wunsch preguntó su nombre.
A partir de aquel día comenzaron a aparecer pequeños paquetes.
Un trozo de comida.
Un objeto útil.
Una nota.
Helena los rechazaba cuando podía. Al principio pensó que se trataba de una trampa.
Para ella, Wunsch no era un joven enamorado.
Era un uniforme.
Era un arma.
Era parte del grupo que decidía quién trabajaba y quién moría.
Las notas continuaron.
Wunsch encontraba excusas para acercarse a la zona donde Helena trabajaba. Preguntaba por su salud. Intentaba protegerla de los castigos más duros.
Cuando enfermó, intervino para evitar que fuera considerada inútil.
En otro lugar, un hombre que enviaba comida a una mujer podía parecer atento.
En Auschwitz, aquella comida estaba acompañada por el poder de matarla.
Por eso nada podía ser sencillo.
Helena podía odiarlo por la mañana, aceptar su ayuda por la tarde y sentir vergüenza al comprobar que seguía viva gracias a él por la noche.
Wunsch se enamoró de ella. Helena tardó mucho más en reconocer cualquier sentimiento y nunca dejó de comprender la desigualdad absoluta entre ambos. Las fuentes sobre el caso coinciden en que él la protegió y le envió regalos y mensajes, aunque la naturaleza íntima exacta de la relación sigue siendo objeto de interpretaciones diferentes.
Las otras mujeres de “Kanada” lo notaron.
Cuando Wunsch entraba, algunas bajaban la cabeza. Otras observaban a Helena.
La relación podía protegerlas si ella lograba influir en él.
También podía condenarlas si algún superior descubría que un miembro de las SS mostraba afecto por una prisionera judía.
El vínculo estaba prohibido por las mismas leyes raciales que sostenían el régimen. Si era descubierto, Helena podía ser asesinada y Wunsch podía ser juzgado por la propia SS.
Los encuentros debían ocultarse.
Las notas pasaban de mano en mano.
Un gesto demasiado visible podía levantar sospechas.
Helena intentó utilizar aquella influencia para ayudar a otras personas.
Pedía que una mujer enferma no fuera castigada.
Intentaba desviar la atención de alguien durante una selección.
Le recordaba a Wunsch que los prisioneros tenían nombres.
A veces él escuchaba.
Entonces ocurría algo que destruía cualquier ilusión.
Un superviviente hablaba de Wunsch golpeando a un hombre.
Otro lo veía participar en el funcionamiento de las selecciones.
Aquel joven capaz de llevar medicina a Helena podía convertirse, frente a otros prisioneros, en un miembro brutal de las SS.
Era como si existieran dos hombres dentro del mismo uniforme.
Uno pronunciaba el nombre de Helena con cuidado.
El otro acompañaba a seres humanos hacia camiones que los llevarían a la muerte.
Pero no eran dos hombres.
Era el mismo.
Ese era el hecho que Helena nunca pudo borrar.
A finales de 1944, cuando la maquinaria de exterminio todavía funcionaba, llegó a Auschwitz otro transporte.
Helena se enteró de que entre los deportados había personas procedentes de su región.
Se acercó cuanto pudo.
Preguntó nombres.
Entonces escuchó uno que paralizó todo a su alrededor.
Róza.
Su hermana mayor estaba allí.
No había llegado sola.
La acompañaban su esposo y sus dos hijos pequeños.
Helena buscó información con desesperación. Cada minuto importaba porque los recién llegados eran separados rápidamente entre quienes serían explotados como trabajadores y quienes serían enviados directamente a las cámaras de gas.
Róza y los niños habían sido colocados en el grupo condenado.
Helena rompió las reglas del campo.
Abandonó su zona y corrió.
Las prisioneras que la vieron sabían que podía morir antes de llegar a ninguna parte. Durante el toque de queda, moverse sin autorización era suficiente para recibir un disparo.
Helena siguió corriendo.
Un guardia le gritó.
Ella no se detuvo.
Wunsch la alcanzó y exigió una explicación.
Helena apenas podía hablar.
—Mi hermana —consiguió decir—. Está con sus hijos.
Wunsch preguntó el nombre.
Después corrió hacia la zona de los crematorios.
No había tiempo para cartas, promesas o conversaciones.
Por una vez, su uniforme abría una puerta en lugar de cerrarla.
Wunsch entró y afirmó que Róza era una trabajadora que necesitaba en su comando. Dio órdenes, discutió y utilizó su rango.
Encontraron a la hermana de Helena cuando ya estaba dentro del proceso que conducía a la cámara de gas.
La sacaron.
Róza vivió.
Pero sus hijos no.
Wunsch no pudo o no quiso salvarlos. En aquel sistema, una madre joven podía ser explotada como trabajadora; los niños eran considerados inútiles.
Róza fue arrancada de ellos.
No hubo una despedida verdadera.
No hubo una tumba.
No hubo un lugar al que regresar después de la guerra.
Solo quedó el conocimiento de que sus hijos habían continuado por el pasillo del que ella había sido extraída.
El acto que salvó a Róza destruyó la última barrera emocional de Helena hacia Wunsch.
Había hecho algo que nadie más había podido hacer.
Había entrado en la antesala de la muerte y había devuelto a su hermana.
Pero la salvación llegó mutilada.
Cada vez que Helena miraba a Róza, veía una vida rescatada.
Cada vez que Róza cerraba los ojos, veía a los hijos que no habían salido con ella.
El rescate de Róza se convirtió en el momento decisivo de la relación entre Helena y Wunsch. También mostró el límite monstruoso de su poder: podía salvar a una mujer mediante una orden, mientras el sistema al que servía asesinaba a sus dos hijos.
Después de aquello, Helena dejó de fingir que Wunsch no significaba nada para ella.
No fue una rendición romántica.
Fue el reconocimiento de una deuda imposible.
Él había salvado a la única persona de su familia que Helena todavía podía abrazar.
Sin embargo, en el campo continuaban llegando transportes.
Las chimeneas seguían funcionando.
Y Wunsch seguía vistiendo el uniforme de las SS.
El 7 de octubre de 1944, miembros del Sonderkommando se rebelaron en Auschwitz-Birkenau. Prisioneros obligados a trabajar en torno a las cámaras de gas y crematorios atacaron a guardias y dañaron uno de los crematorios.
La represión fue inmediata.
En testimonios posteriores, Wunsch sería acusado de haber disparado contra un prisionero griego durante aquellos acontecimientos.
No era la única acusación contra él.
Supervivientes lo recordaban acompañando selecciones, obligando a personas a subir a vehículos y actuando con extrema violencia.
Helena conocía esa otra cara.
No podía decir que el hombre que la protegía fuera inocente.
Tampoco podía negar que, sin él, ella y Róza probablemente no habrían sobrevivido.
La contradicción no se resolvió dentro del campo.
Se instaló en su vida.
En enero de 1945, el sonido de la artillería comenzó a acercarse.
La Unión Soviética avanzaba y los alemanes preparaban la evacuación de Auschwitz.
Los miembros de las SS quemaban documentos, destruían instalaciones y trataban de eliminar pruebas. Decenas de miles de prisioneros fueron obligados a caminar hacia el oeste en pleno invierno.
Quien no pudiera mantener el ritmo podía ser asesinado en el camino.
Wunsch buscó a Helena por última vez.
Le entregó ropa de abrigo, calcetines y calzado que podían ayudarla a soportar la marcha. También hizo llegar ayuda a Róza.
En la nota de despedida escribió que la había amado mucho.
Helena leyó aquellas palabras en un lugar donde la palabra “amor” parecía haber perdido cualquier significado normal.
No había futuro posible para ellos.
No podía imaginar una casa compartida con un hombre que había servido en Auschwitz.
Tampoco podía fingir que él había sido simplemente uno más entre los guardias.
Había mantenido con vida a las dos hermanas.
Las filas comenzaron a salir del campo.
Helena y Róza caminaron entre cuerpos agotados, disparos y nieve. Sobrevivieron a la evacuación y al derrumbe del régimen nazi.
El 27 de enero de 1945, soldados soviéticos entraron en Auschwitz y liberaron a unos 7.000 prisioneros que habían quedado atrás, la mayoría enfermos o demasiado débiles para participar en las marchas. Cerca de 60.000 personas habían sido evacuadas previamente por la SS.
Cuando Helena recuperó la libertad, no encontró el mundo que había dejado.
Sus padres habían muerto.
Uno de sus hermanos se había quitado la vida en el campo lanzándose contra la valla electrificada después de un intento de fuga.
Los hijos de Róza habían sido asesinados.
Las calles podían seguir en el mismo lugar, pero las personas que les daban sentido ya no estaban.
Las hermanas regresaron a su región.
Preguntaron.
Esperaron noticias.
Buscaron nombres en listas.
La mayoría de las respuestas fueron negativas.
Habían sobrevivido, pero sobrevivir no significaba regresar a la vida anterior. Esa vida había sido destruida junto con las personas que la habitaban.
En 1945 emigraron a la Palestina bajo mandato británico.
Helena intentó construir algo que no dependiera de Auschwitz.
Adoptó el nombre de Zippora Tahori, se casó con David Tahori y tuvo hijos.
Aprendió a vivir en un país nuevo, hablar de asuntos cotidianos y participar en celebraciones familiares.
A veces sonreía en fotografías.
El número del campo continuaba en su brazo.
Róza también formó una nueva vida, pero ninguna nueva fotografía podía reemplazar las de los hijos perdidos.
Mientras tanto, Franz Wunsch regresó a Austria.
Se quitó el uniforme.
Trabajó como civil.
Se casó y tuvo una familia.
A quienes lo conocieron después de la guerra podía parecerles un hombre corriente.
Pero Wunsch no olvidó a Helena.
Utilizó servicios de búsqueda y la Cruz Roja para localizarla. Cuando supo que estaba en Israel, comenzó a escribir.
Helena recibía las cartas.
No contestaba.
La ausencia de respuesta era deliberada.
En Auschwitz, Wunsch había decidido cuándo podía verla, cuándo podía acercarse y cuándo podía intervenir en su vida.
Ahora la decisión pertenecía a ella.
Wunsch insistió durante años.
Helena continuó en silencio.
No quería convertir el vínculo del campo en una historia que pudiera seguir desarrollándose en libertad. Fuera de Auschwitz ya no necesitaba sus paquetes, su protección ni sus órdenes.
Él había sido importante para su supervivencia.
No tendría poder sobre su futuro.
Pasaron casi tres décadas.
Entonces llegó una carta diferente.
No la había escrito Franz.
La había enviado su esposa.
Wunsch había sido detenido en agosto de 1971. En abril de 1972 comenzó en Viena un proceso en el que se lo acusaba, junto con otro antiguo miembro de las SS, de participación en asesinatos cometidos en Auschwitz.
Su esposa sabía que Helena podía contar algo que ningún otro testigo podía decir.
Podía explicar que Wunsch había salvado vidas.
La carta le pedía que viajara a Austria.
Que declarara.
Que devolviera el favor.
Helena sostuvo aquellas páginas sabiendo que cualquier elección sería insoportable.
Si se negaba, permitiría que el hombre que había salvado a Róza fuera juzgado sin que el tribunal conociera esa parte de la historia.
Si aceptaba, su testimonio podía ayudar a un antiguo miembro de las SS a evitar una condena.
Róza estaba viva gracias a él.
Los hijos de Róza estaban muertos bajo el sistema que él había servido.
No existía una respuesta limpia.
Helena decidió ir.
El 25 de abril de 1972 comenzó el segundo proceso de Auschwitz celebrado aquel año en Viena contra Franz Wunsch y Otto Graf. Wunsch se enfrentaba a acusaciones relacionadas con su actuación como miembro de la guardia de Auschwitz-Birkenau.
Cuando Helena entró en la sala, Wunsch volvió a verla por primera vez desde la guerra.
El hombre que en Auschwitz podía ordenar que alguien viviera o muriera estaba sentado esperando que una antigua prisionera decidiera qué parte de él conocería el jurado.
Por un instante, sus ojos buscaron los de Helena.
Ella no respondió.
Se sentó de perfil.
El interrogatorio comenzó con preguntas sobre “Kanada”, la comida, las notas y la protección.
Helena contestó con voz uniforme.
Sí, Wunsch la había ayudado.
Sí, le había dado alimentos.
Sí, había intervenido cuando enfermó.
Sí, había salvado a su hermana.
Cada respuesta parecía aliviar la tensión en el rostro del acusado.
Entonces las preguntas cambiaron.
—¿Cómo trataba a los demás prisioneros?
La mandíbula de Helena se tensó.
No podía mentir.
Contó que lo había visto golpear y maltratar a otros. Habló de su violencia contra prisioneros varones y de la diferencia entre el hombre que se acercaba a ella y el miembro de las SS que los demás conocían.
Wunsch bajó lentamente la mirada.
Aquello no era la declaración de amor que había imaginado durante años.
Helena no había viajado para destruirlo.
Pero tampoco había regresado para limpiar su pasado.
El tribunal llegó después al episodio de Róza.
Helena explicó cómo su hermana había llegado con su esposo y sus dos hijos.
Describió la selección.
Contó que Wunsch había corrido para salvarla.
El fiscal preguntó por los niños.
Por primera vez, la voz firme de Helena se quebró.
Intentó responder.
No pudo.
En la sala se escuchó su respiración, pero ninguna palabra.
Róza había salido.
Los niños no.
Treinta años después, aquella separación seguía ocurriendo dentro de Helena cada vez que alguien la obligaba a contarla.
Wunsch comenzó a llorar.
Su rostro perdió la expresión controlada que había mantenido durante el proceso. Se cubrió parcialmente la boca y agachó la cabeza.
Tal vez esperaba que el rescate de Róza fuera recordado como su gran acto de humanidad.
En cambio, frente al tribunal, el rescate revelaba también la magnitud del crimen.
Un hombre podía entrar en una instalación de exterminio, pronunciar un nombre y sacar a una madre.
Eso significaba que sabía perfectamente qué ocurriría con quienes quedaban dentro.
Ese fue el momento en que la posición de poder cambió por completo.
En Auschwitz, Helena había tenido que cantar porque un guardia podía castigarla.
En Viena, Wunsch tenía que escuchar porque la mujer a la que había dominado poseía ahora la palabra.
Él había controlado su cuerpo.
Ella controlaba la verdad.
Wunsch declaró que lamentaba los malos tratos. Negó las acusaciones de asesinato y lloró al hablar de Helena.
Pero las lágrimas no podían decidir el veredicto.
El jurado debía analizar hechos ocurridos tres décadas antes, declaraciones contradictorias, dificultades para identificar víctimas concretas y un sistema judicial que había tardado demasiado en llevar a muchos responsables ante los tribunales.
El 27 de junio de 1972, Franz Wunsch fue absuelto de la acusación de participación en asesinato.
La declaración de Helena contribuyó a la defensa al confirmar que había salvado su vida y la de Róza. Pero su testimonio también dejó registrado públicamente que el mismo hombre había sido violento con otros prisioneros y había formado parte del funcionamiento de Auschwitz.
Cuando terminó el juicio, Wunsch pudo marcharse.
Helena también.
No corrió hacia él.
No hubo abrazo.
No comenzó una relación retrasada por la guerra.
No se convirtieron en dos amantes separados por las circunstancias.
Salieron de la sala como lo que realmente eran: una superviviente y un antiguo miembro de las SS unidos por una historia que ninguno podía transformar en algo sencillo.
Wunsch había esperado durante años recuperar el contacto.
La presencia de Helena en el tribunal fue la última respuesta que recibió.
Ella había vuelto para decir la verdad completa.
Ni la versión que lo convertía únicamente en un monstruo incapaz de un gesto humano.
Ni la versión que lo convertía en un hombre bueno atrapado en un uniforme.
Había salvado a Helena.
Había salvado a Róza.
También había servido en un centro de exterminio, participado en su maquinaria y maltratado a otros seres humanos.
Las dos realidades coexistían.
Una no anulaba la otra.
Después del proceso, Helena regresó a Israel.
Ella y Wunsch no volvieron a encontrarse.
Helena murió en Tel Aviv en 2007.
Franz Wunsch murió en Viena en 2009.
Durante décadas, la historia fue presentada a veces como un romance prohibido en Auschwitz.
Pero llamarla simplemente “historia de amor” reduce algo mucho más doloroso.
El amor presupone libertad.
Helena no podía marcharse.
No podía rechazarlo sin peligro.
No podía decidir en igualdad de condiciones.
Cada gesto de afecto existía dentro de una estructura en la que Wunsch tenía comida, armas y autoridad, mientras ella tenía hambre, un número tatuado y la amenaza diaria de la muerte.
Aun así, Helena nunca negó que llegó a sentir algo por él.
Negarlo habría sido otra falsificación.
Los seres humanos no dejan de ser complejos cuando entran en una catástrofe. El miedo puede mezclarse con gratitud. La dependencia puede confundirse con ternura. Una víctima puede deber la vida a alguien que ha causado sufrimiento a otras víctimas.
Esa contradicción acompañó a Helena mucho después de que se abrieran las puertas del campo.
Pero en el tribunal tomó una decisión que le devolvió algo que Auschwitz había intentado quitarle.
No permitió que nadie utilizara su gratitud para obligarla a mentir.
Reconoció el bien que Wunsch había hecho por ella sin convertirlo en una absolución de todo lo demás.
Y cuando él levantó los ojos esperando encontrar a la joven que dependía de su protección, vio a una mujer libre que ya no le debía silencio.
Porque un acto de misericordia no borra una vida de crueldad, y salvar a una persona jamás devuelve a quienes uno ayudó a conducir hacia la muerte.


