Ejecución de un soldado Japonés que decapitó a 300 personas: Tanaka

Ejecución de un soldado Japonés que decapitó a 300 personas: Tanaka

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El 28 de enero de 1948, tres hombres fueron conducidos hasta un campo de ejecución en Yuhuatai, al sur de Nankín.

El invierno endurecía el suelo. Soldados chinos rodeaban a los prisioneros mientras periodistas, funcionarios y algunos testigos observaban desde cierta distancia. Diez años antes, aquellos tres oficiales japoneses habían aparecido en publicaciones de guerra como símbolos de valor imperial.

Ahora esperaban frente a un pelotón de fusilamiento.

Uno de ellos era el capitán Gunkichi Tanaka.

Tenía cuarenta y dos años y ya no vestía el uniforme con el que había entrado en China. No llevaba insignias, no comandaba hombres y tampoco tenía a su lado la espada que había convertido en parte de su reputación.

Aquella espada tenía un nombre: Sukehiro.

Durante la guerra, el arma había sido presentada con orgullo. Un libro japonés había publicado su fotografía y la había relacionado con la muerte de centenares de personas. El mensaje pretendía fabricar un héroe.

Pero el Imperio había cometido un error.

Había impreso la prueba que, años después, sería utilizada contra él.

El tribunal de Nankín condenó a Tanaka junto con Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda el 18 de diciembre de 1947. El fallo sostuvo que los tres habían participado en asesinatos continuados de prisioneros y no combatientes. Cuarenta y un días después, el 28 de enero de 1948, fueron fusilados en Yuhuatai.

Para comprender cómo una espada terminó declarando contra su propio dueño, hay que regresar dieciséis años.

A una noche en la que una pequeña explosión junto a una vía férrea abrió la puerta a una invasión.


La noche del 18 de septiembre de 1931, una sección del ferrocarril del Sur de Manchuria explotó cerca de Mukden, la actual Shenyang.

El daño fue limitado. Tan limitado que un tren pudo pasar poco después por la vía. Sin embargo, el Ejército de Kwantung acusó inmediatamente a saboteadores chinos y movilizó sus unidades.

La respuesta militar estaba preparada con una rapidez que resultaba difícil de explicar como simple improvisación.

Antes de que diplomáticos, ministros o gobiernos pudieran establecer qué había ocurrido, soldados japoneses ya estaban ocupando posiciones estratégicas.

El llamado Incidente de Mukden se convirtió en el pretexto para tomar Manchuria. Fuentes diplomáticas de la época y estudios posteriores señalaron que la explosión probablemente había sido preparada por oficiales japoneses que buscaban justificar una operación más amplia. El 18 de septiembre de 1931 no fue 1930, como algunas narraciones repiten por error: fue la fecha exacta en que comenzó la ocupación acelerada del nordeste chino.

Manchuria no era únicamente una extensión de tierra en un mapa.

Sus minas producían carbón. Había hierro, madera, tierras agrícolas y rutas ferroviarias. Para un Japón industrializado, militarizado y dependiente de materias primas exteriores, la región representaba combustible para fábricas, trenes, barcos y armamento.

Fetched image 2También ofrecía profundidad estratégica frente a la Unión Soviética y una conexión terrestre con Corea, que Japón ya había anexionado.

En cuestión de meses, la ocupación se extendió.

En 1932, Japón instaló el Estado de Manchukuo y colocó al último emperador Qing, Puyi, como figura nominal. La imagen oficial era la de una nación independiente. La realidad era la de un régimen controlado por el Ejército de Kwantung.

La Sociedad de Naciones investigó la crisis y se negó a aceptar plenamente la versión japonesa. Pero no pudo obligar a Japón a retirarse. Tokio abandonó la organización en 1933 y Manchuria permaneció bajo su dominio.

El mensaje fue comprendido mucho más allá de China.

Una potencia podía utilizar un incidente localizado, ocupar una región enorme y soportar poco más que condenas diplomáticas.

Los documentos se archivarían.

Las reuniones terminarían.

Los soldados permanecerían.

Mientras los diplomáticos discutían palabras como “soberanía”, “autodefensa” y “estabilidad regional”, una generación de jóvenes oficiales japoneses aprendía otra lección: la expansión producía ascensos, medallas y reconocimiento.

Entre ellos estaba Gunkichi Tanaka.

Había nacido en Tokio el 19 de marzo de 1905. Se formó en el ambiente disciplinario del Ejército Imperial y avanzó hasta convertirse en capitán y jefe de compañía. En 1937 estaba vinculado al 45.º Regimiento de Infantería de la 6.ª División, bajo la estructura del general Hisao Tani.

No era comandante de batallón, como se afirma en algunas versiones posteriores. Era un oficial de compañía, una posición suficientemente cercana al mando para dar órdenes y suficientemente próxima al terreno para participar directamente en las operaciones.

Tanaka pertenecía a una institución que enseñaba obediencia absoluta al emperador, resistencia física y desprecio por la rendición.

En aquella cultura militar, caer prisionero era considerado una vergüenza. Esa idea tendría consecuencias terribles cuando los soldados japoneses comenzaron a encontrarse con grandes cantidades de combatientes chinos desarmados.

Todavía faltaban seis años para Nankín.

Pero la maquinaria ya estaba en movimiento.

Entre 1932 y 1937 se produjeron choques, ocupaciones parciales, presiones políticas y enfrentamientos alrededor de las rutas ferroviarias y de las zonas controladas por Japón. Las hostilidades no habían alcanzado todavía la escala de una guerra total, pero cada acuerdo dejaba a las fuerzas japonesas en una posición más avanzada que antes.

La frontera real se movía sin que ningún tratado reconociera que se había movido.

La guerra crecía mientras todos seguían llamándola “incidente”.

Hasta que, la noche del 7 de julio de 1937, un soldado desapareció durante unas maniobras cerca de un antiguo puente de piedra.


El puente de Lugou, conocido en Occidente como puente Marco Polo, se encontraba al suroeste de Pekín.

Cerca de allí estaba la ciudad amurallada de Wanping. Tropas japonesas realizaban ejercicios nocturnos en una zona donde también había unidades del 29.º Ejército chino.

Durante las maniobras se escucharon disparos.

Después del recuento, un soldado japonés parecía estar desaparecido. Los oficiales exigieron entrar en Wanping para buscarlo. Los mandos chinos se negaron a permitir que tropas extranjeras registraran la ciudad.

Mientras las negociaciones continuaban, comenzaron nuevos disparos.

La ironía fue brutal: el soldado desaparecido regresó a su unidad.

Pero la crisis no regresó con él.

El enfrentamiento del 7 y 8 de julio se convirtió en el punto de partida de la guerra abierta entre China y Japón. Informes diplomáticos estadounidenses de 1937 consideraron que el choque inicial quizá no había sido planificado de antemano como Mukden, pero también observaron que las fuerzas japonesas lo aprovecharon rápidamente para extender su influencia y sus operaciones en el norte de China.

Aquella fue la primera gran inversión de la historia.

Un soldado perdido había vuelto.

La paz no.

Llegaron refuerzos. Las escaramuzas se transformaron en combates. Pekín y Tianjin cayeron bajo control japonés y las operaciones avanzaron hacia el interior.

En Tokio, algunos dirigentes creían que China cedería ante una demostración contundente de fuerza. Calculaban que unas cuantas derrotas, la pérdida de varias ciudades y la presión sobre el gobierno de Chiang Kai-shek obligarían a negociar.

Pero China decidió resistir.

Y en agosto, la guerra llegó a Shanghái.


El 13 de agosto de 1937, una de las ciudades más grandes y cosmopolitas de Asia se convirtió en campo de batalla.

Shanghái tenía bancos, fábricas, tranvías, almacenes, hoteles y concesiones extranjeras. Millones de personas vivían junto a un puerto conectado con medio mundo.

De pronto, sus avenidas se llenaron de barricadas.

Los combates se desarrollaron por tierra, mar y aire. Las tropas chinas intentaron contener a unidades japonesas apoyadas por buques de guerra, artillería naval y aviación. Edificios enteros cambiaron de manos varias veces. Los soldados lucharon dentro de almacenes, estaciones, barrios residenciales y fábricas destruidas.

Lo que debía ser una campaña rápida se prolongó durante más de tres meses.

Cientos de miles de militares participaron, y algunas estimaciones sitúan el total acumulado cerca del millón. Las bajas fueron enormes, especialmente para el ejército chino, que lanzó repetidos ataques contra posiciones mejor armadas. La campaña se extendió desde el 13 de agosto hasta finales de noviembre de 1937 y terminó con la retirada china y la victoria japonesa.

Pero la victoria no produjo el efecto psicológico que Tokio esperaba.

China no capituló.

El gobierno no desapareció.

La resistencia continuó.

Para muchos mandos japoneses, aquello convirtió la siguiente operación en algo más que una maniobra militar. Había que castigar a una nación que se negaba a aceptar su derrota.

El general Iwane Matsui, comandante del Ejército Expedicionario de China Central, dirigió la ofensiva hacia Nankín, capital de la República de China. Entre los oficiales y unidades que avanzaban hacia la ciudad estaba la 6.ª División, a la que pertenecía Tanaka.

La marcha desde Shanghái dejó pueblos incendiados, viviendas saqueadas y civiles muertos. El Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente registraría después que, durante el avance, las fuerzas japonesas aterrorizaron a las poblaciones rurales, asesinaron habitantes y destruyeron propiedades.

Los soldados llevaban meses combatiendo.

Estaban agotados, mal abastecidos y endurecidos por una disciplina feroz. Sin embargo, el cansancio no explica por sí solo lo que sucedió.

La violencia fue tolerada, celebrada y, en muchos casos, organizada.

Los prisioneros eran vistos como una carga. Alimentarlos requería recursos. Vigilarlos exigía hombres. Además, en la mentalidad de numerosos oficiales, un soldado que se rendía había renunciado a ser tratado con dignidad.

La idea no apareció espontáneamente en las calles de Nankín.

Había sido cultivada durante años.

Tanaka avanzaba con su compañía y con su espada Sukehiro.

Aquel nombre todavía no significaba nada para los habitantes que huían hacia la capital.

Pronto significaría demasiado.


En diciembre de 1937, Nankín se llenó de rumores.

Unos decían que el ejército chino defendería cada calle. Otros aseguraban que el gobierno ya estaba preparando la evacuación. Familias enteras cargaban mantas, arroz, documentos y niños pequeños, buscando un tren, un barco o cualquier camino hacia el interior.

Quienes tenían dinero o contactos escaparon primero.

Quienes no podían viajar se quedaron esperando.

El gobierno nacionalista trasladó sus principales instituciones. Chiang Kai-shek abandonó la ciudad. El general Tang Shengzhi quedó encargado de la defensa y prometió resistir, aunque las rutas de retirada eran cada vez más precarias.

En el oeste de Nankín, un grupo de empresarios, profesores, médicos y misioneros extranjeros creó una Zona Internacional de Seguridad.

El presidente del comité era John Rabe, un empresario alemán de Siemens. Rabe y otros extranjeros delimitaron un área donde esperaban concentrar a la población civil y protegerla de los bombardeos y de las tropas.

Alrededor de 250.000 personas buscaron refugio allí.

Se instalaron en escuelas, edificios universitarios, patios, almacenes y viviendas. Dormían tan juntas que apenas había espacio para caminar entre ellas.

La zona no tenía un ejército.

Su defensa consistía en banderas, documentos, brazaletes y la esperanza de que los soldados respetaran la presencia de testigos extranjeros.

Fuera de ella, las murallas de Nankín recibían el impacto de la artillería.

El 9 de diciembre, los japoneses enviaron una exigencia de rendición. Al no obtener la respuesta esperada, comenzaron el asalto final.

Durante la noche del 12 de diciembre, las defensas chinas se derrumbaron.

Miles de soldados intentaron escapar hacia el río Yangtsé. Otros se quitaron el uniforme, abandonaron sus armas y buscaron ocultarse entre la población. La retirada se convirtió en caos cuando unidades enteras llegaron a puertas cerradas o rutas bloqueadas.

Algunos hombres murieron aplastados.

Otros se ahogaron intentando alcanzar embarcaciones.

Muchos fueron capturados.

En la mañana del 13 de diciembre, las fuerzas japonesas entraron en Nankín.

La resistencia organizada había terminado.

La matanza apenas comenzaba.


Los primeros soldados aparecieron en las calles entre humo, escombros y puertas cerradas.

Los habitantes que observaban desde las ventanas retrocedían cuando escuchaban botas. Las familias escondían a sus hijas. Los hombres jóvenes se cubrían el rostro con polvo y trataban de parecer ancianos.

En muchos barrios, los soldados japoneses registraron viviendas bajo el pretexto de buscar combatientes chinos.

La distinción entre soldado y civil dejó de depender de pruebas.

Bastaba una sospecha.

Un callo en el hombro podía interpretarse como marca de haber llevado un fusil. Un corte de cabello podía ser considerado militar. Una persona joven encontrada sin familia podía ser arrastrada fuera de la zona.

Grupos de hombres fueron atados y conducidos hacia las afueras, a orillas del río, fosas, zanjas o campos abiertos.

No hubo procesos judiciales.

No hubo listas verificadas.

No hubo posibilidad de defensa.

El fallo del Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente concluyó que más de 30.000 prisioneros chinos que se habían rendido fueron asesinados en grupos cerca del Yangtsé. También documentó matanzas de civiles, saqueos, incendios y aproximadamente 20.000 casos de violación durante el primer mes de ocupación.

Las cifras nunca podrán expresar lo que significó cada puerta golpeada durante la noche.

Una cifra no muestra a una madre cubriendo con su cuerpo a una hija.

No deja escuchar a un anciano suplicando que no se llevaran a sus hijos.

No conserva la respiración de cientos de refugiados cuando una patrulla entraba en un patio.

Los miembros del comité de la Zona de Seguridad escribieron protestas, acompañaron a víctimas y trataron de expulsar a soldados de los refugios. John Rabe utilizó su posición alemana y sus contactos siempre que pudo.

A veces funcionaba.

Una patrulla se retiraba.

Una mujer lograba escapar.

Un grupo de hombres evitaba ser detenido.

Pero la zona era segura solamente en términos relativos.

Los soldados atravesaban sus límites, registraban edificios y se llevaban personas. Los extranjeros protestaban ante oficiales japoneses y recibían promesas que raramente modificaban la conducta de las tropas.

Las protestas se acumulaban mientras la violencia continuaba.

El tribunal de Tokio registró que el terror alcanzó su intensidad máxima durante las primeras semanas y que los asesinatos, violaciones, saqueos e incendios a gran escala se prolongaron durante al menos seis semanas. Más de una tercera parte de la ciudad fue destruida por el fuego, según el fallo.

En aquella ciudad entró la compañía de Gunkichi Tanaka.

El capitán llevaba la espada Sukehiro.

Décadas después, sería imposible reconstruir cada minuto de sus movimientos. Gran parte de los archivos militares japoneses fue destruida al final de la guerra. Muchas víctimas no sobrevivieron para declarar y otras nunca conocieron los nombres de quienes las atacaron.

Pero el tribunal de Nankín sostuvo que Tanaka utilizó su espada para matar a más de trescientos prisioneros y no combatientes en el área suroeste de la ciudad.

El dato no procedía únicamente de una acusación china posterior.

Procedía también de material japonés creado durante la guerra.

Ese detalle sería decisivo.

Por el momento, sin embargo, la espada funcionaba como símbolo de autoridad.

Cuando Tanaka caminaba, sus subordinados veían al capitán.

Cuando sacaba el arma, nadie necesitaba preguntar quién tenía poder.

Las órdenes militares pueden escribirse con lenguaje burocrático.

“Limpiar la zona.”

“Procesar prisioneros.”

“Eliminar elementos hostiles.”

Pero en el terreno, las palabras terminaban convertidas en cuerpos.

Y la responsabilidad no desaparecía porque la orden utilizara un eufemismo.


En aquellos mismos días, dos oficiales de otra unidad japonesa comenzaron a aparecer en la prensa de su país.

Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda fueron presentados por el Tokyo Nichi Nichi Shimbun como participantes en una competición para ver quién podía matar primero a cien personas con una espada.

Los artículos describían el avance como si fuera un acontecimiento deportivo. Publicaban cifras, hablaban de un supuesto empate y mostraban a los oficiales junto a sus armas.

La muerte se transformaba en marcador.

El asesinato se convertía en entretenimiento patriótico.

La naturaleza literal de cada elemento de aquella “competición” ha sido objeto de debate histórico posterior. Los propios acusados afirmarían que los periodistas habían exagerado o inventado partes del relato. Sin embargo, el tribunal de Nankín no los condenó por una simple fanfarronada aislada, sino dentro del contexto documentado de asesinatos de prisioneros y civiles durante la campaña.

Lo revelador era que, en 1937, nadie en el sistema de censura militar japonés pareció temer que esos artículos dañaran la reputación de los oficiales.

Al contrario.

Se suponía que debían engrandecerlos.

La propaganda no intentaba ocultar la crueldad.

Intentaba cambiarle el nombre.

Mientras Mukai y Noda aparecían en periódicos, la reputación de Tanaka quedaba asociada a otra publicación japonesa. Un libro sobre soldados imperiales incluyó una fotografía de la Sukehiro y la presentó como la espada de un capitán que había matado a trescientas personas.

Era una frase destinada a sobrevivir en bibliotecas y colecciones.

Una frase que nadie imaginó que sería leída por un fiscal chino.

El Imperio estaba escribiendo su propia acusación.


La violencia sexual se extendió por Nankín a una escala que horrorizó incluso a observadores acostumbrados a la guerra.

Mujeres y niñas fueron atacadas en viviendas, escuelas, calles y refugios. Los familiares que intentaban intervenir podían ser golpeados o asesinados.

Los mandos japoneses conocieron las denuncias.

La embajada recibió informes. Los extranjeros presentaron protestas. Las noticias llegaron a Shanghái, Tokio y otras capitales.

No fue un secreto enterrado durante años.

Se estaba informando mientras ocurría.

En lugar de abordar el desprecio por los civiles y la falta de control sobre las tropas, las autoridades militares ampliaron el sistema de las llamadas “estaciones de consuelo”. En la práctica, aquel sistema implicó coerción y esclavitud sexual para mujeres de distintos territorios asiáticos.

Edificios de Nankín, incluidos los de Liji Lane, fueron convertidos en centros de ese sistema después de la ocupación. No fue una solución humanitaria a la violencia. Fue otra forma de organizarla.

Durante semanas, camiones transportaron objetos saqueados.

Muebles, alimentos, telas y mercancías desaparecieron de viviendas y comercios. Después del saqueo, numerosos edificios fueron incendiados.

La ciudad ardía de noche.

A la luz de los incendios, la bandera japonesa ondeaba sobre una capital que sus mandos creían haber quebrado.

Pero China no se rindió.

El gobierno se desplazó hacia el interior y continuó la guerra. La caída de Nankín, en lugar de destruir la voluntad nacional, se convirtió en una herida alrededor de la cual se concentró la resistencia.

Aquella fue otra inversión que los estrategas japoneses no habían previsto.

Habían tomado la capital.

No habían tomado la voluntad de un país.

A comienzos de febrero de 1938, la violencia indiscriminada disminuyó a medida que las autoridades de ocupación consolidaban una administración colaboracionista y restauraban cierta rutina.

Los mercados comenzaron a abrir parcialmente.

Aparecieron puestos de control.

Se emitieron nuevas órdenes.

Desde fuera, podía parecer que la ciudad regresaba a la normalidad.

Pero debajo de esa apariencia había fosas, familias destruidas y miles de personas desaparecidas.

Las organizaciones de entierro recogían cadáveres.

Los supervivientes buscaban nombres.

Los testigos extranjeros guardaban diarios, fotografías, películas, cartas y copias de protestas.

La ciudad estaba devastada, pero el crimen había cometido otro error.

Había dejado testigos.


La guerra continuó ocho años más.

Millones de personas murieron en China. Las operaciones militares se extendieron por una enorme parte del país. Japón ocupó ciudades y ferrocarriles, pero nunca consiguió destruir por completo la resistencia.

Después llegaron Pearl Harbor, la guerra del Pacífico, las derrotas navales, los bombardeos y el avance aliado.

En agosto de 1945, el Imperio japonés se rindió.

Oficiales que durante años habían hablado en nombre del emperador entregaron sus espadas.

Se quemaron archivos.

Se destruyeron documentos.

Muchos soldados regresaron a Japón y trataron de confundirse entre millones de desmovilizados.

Gunkichi Tanaka no apareció de inmediato entre los principales acusados por los crímenes de Nankín.

Por un tiempo, debió parecer que había escapado.

No era un general famoso.

No había dirigido toda una campaña.

Era uno de los miles de oficiales que podían afirmar haber obedecido órdenes, haber participado únicamente en combates regulares o no recordar nombres y lugares.

El paso de los años trabajaba a su favor.

Los testigos morían.

Los recuerdos se volvían imprecisos.

Los uniformes desaparecían.

Era difícil identificar al capitán de una compañía entre los hombres que habían cruzado una ciudad en ruinas.

Entonces apareció el libro.

Después, la fotografía.

Y por último, la espada impresa en una página junto a la frase que debía glorificar a su dueño.

Ese fue el giro que Tanaka no pudo prever.

Las víctimas podían haber sido silenciadas.

Pero la propaganda japonesa había hablado por ellas.


En abril de 1947, las autoridades chinas incorporaron a Tanaka a la lista de sospechosos después de recibir nuevas pruebas reunidas en Japón.

Fue detenido y extraditado.

En mayo llegó a Shanghái bajo custodia. Luego fue trasladado a Nankín, la misma ciudad donde, diez años antes, había entrado como oficial vencedor.

Esta vez no había tropas marchando detrás de él.

Había guardias a ambos lados.

Las cámaras registraron su llegada. El hombre que había pertenecido al ejército conquistador aparecía ahora con ropa civil, rodeado de funcionarios y sin control sobre su destino.

Nankín ya no era una capital derrotada.

Era la sede del tribunal que iba a juzgarlo.

El proceso público se desarrolló en diciembre de 1947. Tanaka compareció junto con Mukai y Noda, aunque pertenecían a unidades distintas y las acusaciones concretas contra cada uno se basaban en pruebas diferentes.

Tanaka negó haber cometido las matanzas descritas.

Aceptó que había utilizado su espada durante la campaña, pero rechazó la cifra de trescientas víctimas y cuestionó el significado de las fotografías.

Su defensa sostuvo que una imagen lo mostraba en camisa, lo que indicaría que se había tomado en una estación cálida y no durante el invierno de Nankín.

Era una objeción calculada.

Si conseguía separar la fotografía de Nankín, podía intentar separar también la espada de la acusación principal.

Entonces el fiscal presentó el material japonés.

La publicación no había sido escrita por supervivientes chinos.

No procedía de un panfleto enemigo lanzado desde un avión.

Había sido creada dentro del Japón imperial.

Mostraba el arma y la vinculaba explícitamente con un capitán que había matado a trescientas personas.

En la reconstrucción de aquella audiencia, puede imaginarse el instante en que Tanaka dejó de mirar al juez y fijó los ojos en la página.

La mandíbula se endureció.

Las manos permanecieron inmóviles.

Por primera vez, su problema no era lo que China decía sobre él.

Era lo que Japón había decidido presumir sobre él.

El fallo del 18 de diciembre citó el libro, la fotografía de la espada y una imagen que, según el tribunal, mostraba a Tanaka participando en una ejecución. También rechazó su explicación sobre la ropa y concluyó que había intervenido en el asesinato de más de trescientos prisioneros y no combatientes.

A pocos metros estaban Mukai y Noda.

Ellos también intentaron desmontar la evidencia creada por la prensa japonesa. Sostuvieron que las historias de la competición habían sido exageradas para convertirlos en héroes y hacerlos más admirados en su país.

Pero aquel argumento contenía una confesión moral devastadora.

Incluso si algunos detalles periodísticos hubieran sido adornados, los acusados reconocían que una historia sobre matar seres humanos podía ser utilizada para aumentar el prestigio de un oficial.

Eso era precisamente lo que el tribunal estaba viendo.

No solamente tres hombres.

Sino un sistema que había convertido la crueldad en mérito.

Los estándares probatorios y algunos aspectos específicos de estos procesos han sido discutidos posteriormente por historiadores, especialmente las cifras individuales y la literalidad de la competición periodística. Sin embargo, la existencia de asesinatos masivos, violencia sexual, saqueos y ejecuciones de prisioneros en Nankín está respaldada por documentos judiciales, diarios, fotografías, películas y testimonios de múltiples procedencias. Los expedientes relacionados fueron incluidos posteriormente en el registro Memoria del Mundo de la UNESCO.

El tribunal declaró culpables a los tres acusados.

La sentencia fue la pena de muerte.

En ese momento se produjo el reconocimiento definitivo.

No fue necesario que Tanaka pronunciara una confesión.

El cambio se veía en la distribución del poder dentro de la sala.

Diez años antes, civiles chinos habían esperado de pie mientras un oficial decidía quién podía vivir.

Ahora era el oficial quien permanecía de pie mientras jueces chinos pronunciaban su destino.

Detrás de él, el público guardaba silencio.

Delante, los documentos permanecían abiertos.

A un lado, los guardias esperaban.

El hombre que había confiado en el uniforme comprendió que el uniforme ya no podía protegerlo.


La cifra total de víctimas de la Masacre de Nankín continúa siendo objeto de debate por diferencias en el territorio incluido, el periodo analizado y las fuentes disponibles.

El tribunal de Nankín adoptó una cifra superior a 300.000 muertos. El Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente concluyó que más de 200.000 civiles y prisioneros fueron asesinados en Nankín y sus alrededores durante las primeras seis semanas, sin incluir numerosos cuerpos quemados, arrojados al río o destruidos de otras maneras.

Los estudios académicos posteriores han ofrecido estimaciones diferentes.

Pero ninguna discusión seria sobre la cifra exacta convierte el crimen en pequeño.

No existe un número bajo que pueda hacer aceptable el asesinato sistemático de prisioneros desarmados, la persecución de civiles o la violencia sexual masiva.

La justicia de posguerra tampoco alcanzó a todos.

Algunos responsables murieron antes de ser juzgados. Otros recibieron inmunidad, no fueron identificados o escaparon de una condena. La Guerra Fría modificó prioridades y convirtió a antiguos enemigos en aliados útiles.

No hubo un cierre perfecto.

La historia rara vez ofrece uno.

Pero para Tanaka, Mukai y Noda, la consecuencia llegó.

El 28 de enero de 1948 fueron sacados de su lugar de detención y llevados a Yuhuatai.

El vehículo avanzó por una ciudad que había reconstruido calles sobre sus ruinas. Los habitantes seguían viviendo entre recuerdos que los visitantes no podían ver: una casa donde alguien desapareció, un patio donde una familia se escondió, un camino que conducía al río.

Los tres prisioneros descendieron.

Ya no había titulares que los llamaran héroes.

No había fotógrafos militares pidiéndoles posar con sus espadas.

No había subordinados obligados a responder a sus órdenes.

Solamente una sentencia, guardias armados y el sonido del viento de invierno.

Tanaka había construido parte de su identidad alrededor de una espada.

Pero la Sukehiro no estaba allí para salvarlo.

El arma había cumplido su última función años antes, cuando fue fotografiada para alimentar una leyenda.

La leyenda se convirtió en documento.

El documento se convirtió en prueba.

La prueba se convirtió en condena.

Poco antes del mediodía, los tres hombres fueron colocados ante el pelotón.

El oficial encargado leyó la orden.

Los guardias retrocedieron.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Quizá en ese silencio Tanaka recordó la sala del tribunal. Quizá recordó la cubierta del libro, la fotografía de la espada o la certeza con la que alguna vez creyó que Japón jamás sería derrotado.

No sabemos qué pensó.

Lo que sí sabemos es que, cuando se dio la orden, el capitán ya no tenía ninguna orden que pudiera dar.

Sonaron los disparos.

Gunkichi Tanaka, Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda murieron en Yuhuatai el 28 de enero de 1948.


La historia de Nankín no terminó con aquellas ejecuciones.

Continuó en los supervivientes que regresaron a viviendas vacías.

En los niños que crecieron sin saber dónde habían sido enterrados sus padres.

En los diarios de John Rabe y de otros miembros de la Zona de Seguridad.

En las películas tomadas por el misionero John Magee.

En los registros de entierro.

En los documentos judiciales.

En las fotografías japonesas que sobrevivieron a la destrucción de archivos.

Y también continuó en el silencio de quienes sabían lo ocurrido, pero tardaron décadas en hablar.

La lección más incómoda no consiste únicamente en que una guerra pueda volver crueles a ciertos hombres.

Consiste en que una institución puede recompensar esa crueldad, protegerla con palabras honorables y presentarla ante una sociedad como patriotismo.

Nadie comienza llamando crimen al crimen.

Primero lo llama deber.

Después, disciplina.

Más tarde, victoria.

Finalmente, cuando las víctimas ya no pueden responder, lo llama historia antigua.

Por eso los documentos importan.

Por eso los nombres importan.

Por eso las fechas deben corregirse cuando son incorrectas y las pruebas deben distinguirse de los rumores.

Recordar con precisión no debilita la memoria.

La protege.

Gracias por acompañar a World History Channel en este recorrido desde el Incidente de Mukden hasta el tribunal de Nankín, desde la expansión territorial hasta el instante en que un oficial se encontró frente a las pruebas creadas por su propio imperio.

Gunkichi Tanaka creyó que la espada Sukehiro lo convertiría en leyenda.

Y tuvo razón.

Pero no de la manera que esperaba.

Porque el poder puede quemar archivos, intimidar testigos y cambiar el nombre de una atrocidad, pero nunca puede estar seguro de que su propia propaganda no termine declarando contra él.

Una sociedad que olvida cómo el asesinato fue convertido en orgullo corre el riesgo de volver a aplaudirlo.