Dolorosa tortura & ejecución del Gruppenführer Gay de las SA Nazi y prostituto – Karl Ernst

Dolorosa tortura & ejecución del Gruppenführer Gay de las SA Nazi y prostituto - Karl Ernst

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A las seis de la mañana del 30 de junio de 1934, Ernst Röhm despertó con el cañón de una pistola apuntándole al pecho.

Durante años, aquel hombre corpulento, de rostro marcado por cicatrices de guerra, había dirigido un ejército de más de tres millones de camisas pardas. Sus hombres habían golpeado comunistas en las calles, destruido reuniones políticas, aterrorizado barrios judíos y protegido a Adolf Hitler cuando este todavía era considerado un agitador ridículo por buena parte de Alemania.

Ahora Hitler estaba de pie frente a su cama.

No había enviado a un mensajero.

No había delegado la detención.

Había ido personalmente al hotel de Bad Wiessee para mirar a Röhm a los ojos mientras le quitaban el poder.

—Estás arrestado —dijo.

Röhm tardó varios segundos en reaccionar. Conocía a Hitler desde antes de que hubiera desfiles, ministerios y multitudes levantando el brazo. Lo había ayudado cuando el movimiento nazi cabía en cervecerías llenas de humo. Lo había defendido cuando los poderosos se reían de él.

Quizá pensó que todo era un malentendido.

Quizá esperó una explicación.

Pero detrás de Hitler había hombres armados de las SS. No llevaban expresiones de duda. Habían recibido listas, órdenes y direcciones. En Berlín, Múnich y otras ciudades, los teléfonos ya estaban sonando. Los automóviles negros se detenían frente a apartamentos, estaciones y oficinas.

La maquinaria que Röhm había ayudado a construir se había puesto en marcha.

Solo que esta vez venía por él.

Y mientras los dirigentes de la SA eran sacados de sus camas, uno de ellos todavía viajaba sin comprender que su nombre ya estaba escrito en una lista de ejecución.

Se llamaba Karl Ernst.

Tenía treinta años.

Horas antes había creído que se dirigía hacia una nueva etapa de su vida.

En realidad, viajaba hacia el lugar donde sería asesinado por sus propios camaradas.

Todo había comenzado mucho antes, cuando Alemania perdió una guerra y millones de hombres regresaron a casa sin encontrar un país que los reconociera.

Fetched image 4LOS HOMBRES QUE VOLVIERON DE LA GUERRA

En noviembre de 1918, el Imperio alemán se derrumbó.

El káiser abdicó. Los soldados regresaron del frente. Las ciudades estaban llenas de mutilados, viudas, desempleados y veteranos que no podían aceptar que cuatro años de trincheras hubieran terminado en derrota.

En las estaciones, algunos hombres bajaban de los trenes todavía con el uniforme puesto. Habían aprendido a obedecer órdenes, avanzar bajo fuego y matar antes de preguntar. Ahora les decían que entregaran las armas y regresaran a una vida normal.

Pero para muchos de ellos ya no existía ninguna vida normal.

Alemania se convirtió en una república democrática, la República de Weimar, mientras la inflación devoraba salarios y ahorros. Los partidos se enfrentaban en las calles. Comunistas y nacionalistas organizaban milicias. Los rumores sobre traiciones, conspiraciones y revoluciones circulaban con más rapidez que los hechos.

De ese caos surgieron los Freikorps, unidades paramilitares formadas en gran parte por veteranos. Oficialmente, ayudaban a contener levantamientos. En la práctica, acostumbraron al país a una idea peligrosa: cuando la política no daba el resultado deseado, siempre quedaban los puños, las porras y las balas.

Ernst Röhm encajaba perfectamente en aquel mundo.

Había nacido en 1887 y era oficial de carrera. La Primera Guerra Mundial le había dejado heridas visibles en el rostro y una convicción todavía más profunda: la violencia no era un fracaso de la política.

Era una forma de hacer política.

Röhm despreciaba a los parlamentarios que discutían mientras Alemania se desintegraba. También desconfiaba de los viejos aristócratas que dominaban el ejército. Soñaba con una nueva élite formada por combatientes leales a una revolución nacionalista.

En 1919 conoció a un agitador austríaco llamado Adolf Hitler.

Hitler todavía no era el hombre de los estadios llenos. Vestía de manera modesta, vivía con dificultades y hablaba en pequeñas reuniones políticas. Pero cuando subía a una tarima, sabía convertir la frustración en rabia y la rabia en obediencia.

Röhm vio algo en él.

También tenía algo que Hitler necesitaba desesperadamente: contactos militares, acceso a armas y experiencia organizando hombres violentos.

El partido nazi comenzó a formar un cuerpo de seguridad para proteger sus reuniones. Al principio eran grupos improvisados. Sacaban a golpes a quienes interrumpían los discursos, ocupaban las entradas de las cervecerías y se enfrentaban a militantes de izquierda.

Con el tiempo recibieron un nombre: Sturmabteilung.

Secciones de Asalto.

SA.

Sus uniformes pardos se hicieron reconocibles en toda Alemania. Marchaban por barrios obreros, provocaban a adversarios políticos y convertían cualquier reunión en una demostración de fuerza.

No solo protegían a Hitler.

Producían el caos del que Hitler prometía salvar al país.

Fetched image 3EL JOVEN QUE APRENDIÓ A SOBREVIVIR EN LAS CALLES

Karl Ernst nació en Berlín en 1904.

No provenía de una familia aristocrática. No tenía una brillante carrera militar ni un apellido que le abriera puertas. Creció en una Alemania sacudida por la guerra, la derrota y la crisis económica.

Cuando llegó a la edad adulta, el país parecía haber dejado de ofrecer caminos seguros.

Ernst pasó por diferentes empleos y conoció la precariedad de quienes vivían de trabajos temporales. También estuvo cerca del ambiente nocturno berlinés, un mundo de hoteles, bares, clubes, actores, camareros, desempleados y oportunistas que sobrevivían gracias a contactos más que a títulos.

Para los conservadores respetables, hombres como él eran vulgares.

Para la SA, eran material perfecto.

La organización no preguntaba demasiado por el pasado. Ofrecía uniforme, camaradería, comida en ocasiones, protección y una causa capaz de transformar la frustración personal en una supuesta misión histórica.

Karl Ernst se unió al movimiento nazi en 1923.

Tenía diecinueve años.

Aquel mismo año, Hitler decidió que ya no quería esperar unas elecciones.

El 8 de noviembre, él y sus seguidores irrumpieron en una cervecería de Múnich donde se celebraba una reunión política. Hitler disparó al techo y anunció que había comenzado una revolución nacional.

Durante varias horas pareció que el golpe podía funcionar.

Los conspiradores tomaron posiciones. Los dirigentes fueron presionados para apoyar el levantamiento. Röhm movilizó hombres. Hitler creyó que podía repetir la marcha de Mussolini sobre Roma y apoderarse del gobierno mediante una demostración de audacia.

A la mañana siguiente, los nazis marcharon por Múnich.

La policía bloqueó su avance.

Hubo disparos.

Dieciséis nazis y cuatro policías murieron.

Hitler cayó al suelo, escapó de la escena y fue arrestado poco después. Röhm también terminó detenido. El partido nazi fue prohibido y la SA quedó desorganizada.

Para cualquier movimiento normal, aquello habría sido el final.

Pero Hitler convirtió el juicio en un escenario. Utilizó la sala para presentarse como un patriota dispuesto a salvar Alemania. Fue condenado a cinco años de prisión, pero cumplió menos de uno en condiciones relativamente cómodas.

En la cárcel llegó a una conclusión que cambiaría el destino del país.

El poder no debía tomarse atacando el Estado desde fuera.

Debía conquistarse utilizando las propias instituciones del Estado.

Después, cuando nadie pudiera detenerlo, esas instituciones serían vaciadas desde dentro.

Fetched image 2EL REGRESO DE LAS CAMISAS PARDAS

En 1925, tras la reconstrucción del Partido Nazi, la SA reapareció.

La organización creció con rapidez, especialmente cuando la Gran Depresión golpeó Alemania a partir de 1929. Las empresas cerraron. El desempleo se disparó. Familias enteras perdieron sus ingresos. Cada elección parecía más desesperada que la anterior.

Los nazis ofrecían respuestas simples para problemas complejos.

Culpaban a los comunistas, a los demócratas, al Tratado de Versalles, a los judíos y a cualquier grupo que pudiera convertirse en enemigo visible.

La SA convertía ese discurso en escenas concretas.

Sus hombres irrumpían en reuniones de partidos rivales. Formaban pasillos intimidatorios frente a colegios electorales. Golpeaban vendedores de periódicos. Destruían locales. Marchaban por barrios donde sabían que serían rechazados para provocar enfrentamientos que luego presentaban como ataques contra ellos.

Cada pelea alimentaba la propaganda.

Si la SA atacaba y sus adversarios respondían, los nazis denunciaban el desorden.

Si la policía intervenía, Hitler acusaba al gobierno de perseguir a los patriotas.

Si la policía no intervenía, las camisas pardas dominaban la calle.

Era una estrategia en la que casi cualquier resultado beneficiaba al movimiento.

Karl Ernst ascendió dentro de esa estructura. Tenía energía, ambición y conocía Berlín. Sabía quién controlaba cada distrito, qué tabernas servían como puntos de reunión y qué clase de hombres podían movilizarse con poca anticipación.

No era un teórico.

Era un organizador de calle.

En agosto de 1931, grupos de la SA participaron en graves disturbios antisemitas en la avenida Kurfürstendamm de Berlín. Personas identificadas como judías fueron insultadas y agredidas. Cafés y calles se convirtieron en escenarios de persecución.

Los atacantes actuaban con una seguridad que decía más que sus consignas.

Sentían que el futuro les pertenecía.

Sin embargo, dentro de la SA también crecía una guerra silenciosa.

Muchos de sus miembros no querían limitarse a llevar a Hitler al gobierno. Querían una “segunda revolución” que destruyera a las viejas élites, redistribuyera posiciones, castigara a empresarios y sustituyera al ejército profesional por una fuerza popular dominada por las camisas pardas.

Röhm compartía parte de esa visión.

Hitler no.

Todavía no.

EL HOMBRE QUE NO QUERÍA OBEDECER

Röhm era uno de los pocos dirigentes nazis que se dirigía a Hitler con familiaridad. No lo trataba como a una figura casi divina. Se consideraba un viejo compañero de lucha, no un subordinado cualquiera.

Aquella cercanía se transformó gradualmente en un problema.

Hitler necesitaba a la SA para intimidar adversarios y llenar las calles. Pero también necesitaba el apoyo de industriales, terratenientes, burócratas y oficiales del ejército.

Para Röhm, esos grupos eran obstáculos.

Para Hitler, eran escalones.

La tensión estalló de manera visible en Berlín bajo el liderazgo de Walter Stennes, un comandante de la SA que acusaba a la dirección del partido de vivir cómodamente mientras los hombres de las calles seguían sin empleo.

En 1930 y 1931, las unidades de Stennes se rebelaron. Ocuparon oficinas del partido y atacaron a miembros de las SS. Hitler respondió imponiendo disciplina y reafirmando su control.

La lección fue clara.

Las camisas pardas podían aterrorizar al país, pero no podían decidir por sí mismas hacia dónde avanzaba el movimiento.

Röhm fue llamado nuevamente para reorganizar la SA. Bajo su mando, la fuerza creció hasta convertirse en una organización de millones de miembros, muy superior en número al pequeño ejército alemán permitido por el Tratado de Versalles.

Röhm empezó a hablar de integrar al ejército dentro de una nueva fuerza revolucionaria encabezada por él.

Los generales escucharon.

Y no olvidaron.

Al mismo tiempo, la homosexualidad de Röhm, conocida dentro del movimiento, se convirtió en un arma política. El partido nazi perseguía públicamente a los homosexuales y hablaba de pureza moral, pero Hitler había tolerado durante años la vida privada de su viejo aliado mientras este resultara útil.

Los enemigos de Röhm difundieron cartas, rumores y acusaciones. Dentro de la SA de Berlín, los nombramientos y relaciones personales provocaron resentimientos. Algunos consideraban que ciertos hombres ascendían por su cercanía íntima con los jefes.

La hipocresía era evidente.

La homosexualidad de Röhm no era el verdadero motivo por el cual querían destruirlo.

El verdadero motivo era su poder.

Pero su vida privada podía utilizarse para presentar una ejecución política como una campaña de limpieza moral.

Karl Ernst se movía en medio de ese ambiente cargado de sospechas. Había ascendido hasta convertirse en uno de los principales dirigentes de la SA en Berlín. Su nombre aparecía en reuniones, informes policiales y conversaciones de partido.

Cuanto más alto subía, más enemigos acumulaba.

Sin embargo, durante aquellos años parecía que nada podía detener a la organización.

El 30 de enero de 1933, la victoria pareció completa.

EL DÍA EN QUE CREYERON HABER GANADO

Aquella mañana, el presidente Paul von Hindenburg nombró a Adolf Hitler canciller de Alemania.

Los conservadores que negociaron el acuerdo creían que podrían controlarlo. Le entregaron el cargo, pero rodearon su gobierno de ministros tradicionales. Pensaban que Hitler tenía popularidad, mientras ellos poseían experiencia, contactos y acceso al presidente.

Uno de ellos resumió el plan con arrogancia: habían contratado a Hitler.

No comprendían que era Hitler quien los estaba utilizando.

Esa noche, miles de miembros de la SA marcharon con antorchas por Berlín. Las llamas iluminaron uniformes pardos, banderas rojas y rostros exultantes. Desde las ventanas, algunos observaban con entusiasmo.

Otros cerraban las cortinas.

Karl Ernst estaba entre los vencedores.

Después de años de peleas callejeras, arrestos y humillaciones, el líder al que habían protegido ocupaba la cancillería. Los hombres despreciados por las élites desfilaban ahora frente a los edificios del poder.

Para las camisas pardas, aquello no era el final de la revolución.

Era el comienzo.

Pero Hitler tenía otros planes.

El 27 de febrero de 1933, el edificio del Reichstag ardió durante la noche. Las llamas salían del parlamento mientras policías, bomberos y dirigentes nazis llegaban al lugar.

Un joven comunista neerlandés, Marinus van der Lubbe, fue arrestado dentro del edificio.

Los nazis no esperaron a que terminara ninguna investigación.

Hitler declaró que el incendio era la señal de una insurrección comunista. Al día siguiente, el presidente Hindenburg firmó el Decreto para la Protección del Pueblo y del Estado.

Las libertades fundamentales quedaron suspendidas.

La policía podía detener personas sin las garantías legales anteriores. La correspondencia podía ser intervenida. Las reuniones podían prohibirse. Las publicaciones podían cerrarse.

Las camisas pardas y las SS participaron en detenciones masivas. Comunistas, socialdemócratas, sindicalistas y otros adversarios desaparecieron en cárceles improvisadas y campos de concentración.

En marzo, el Parlamento aprobó la Ley Habilitante, que permitió al gobierno de Hitler dictar leyes sin control parlamentario efectivo.

La democracia no cayó en un único instante.

Fue desmantelada mediante decretos, amenazas, detenciones y votaciones celebradas bajo terror.

La SA había ayudado a abrir la puerta.

Pero después de cruzarla, Hitler comenzó a preguntarse qué hacer con millones de hombres armados, impacientes y convencidos de que merecían una recompensa.

LA REVOLUCIÓN QUE HITLER YA NO NECESITABA

Durante 1933, la violencia de la SA se volvió difícil de contener.

Sus miembros ocuparon oficinas, humillaron funcionarios y exigieron puestos. Algunos arrestaban personas por iniciativa propia. Otros resolvían disputas personales acusando a sus enemigos de ser comunistas.

Empresarios que habían apoyado a Hitler comenzaron a inquietarse.

Los generales estaban furiosos.

La Reichswehr, el ejército profesional, contaba con unos cien mil hombres debido a las restricciones impuestas después de la guerra. La SA tenía millones.

Röhm quería convertir esa superioridad numérica en poder institucional.

Pretendía crear un ejército nacional masivo en el que la SA desempeñara el papel central. Para los oficiales profesionales, aquello significaba quedar subordinados a hombres que consideraban indisciplinados, políticamente fanáticos y militarmente poco preparados.

Los generales enviaron advertencias.

Hindenburg, anciano y enfermo, seguía siendo presidente y comandante supremo. Hitler sabía que, cuando muriera, necesitaría que el ejército aceptara su intento de asumir el poder completo.

No podía tener al mismo tiempo a Röhm y a los generales.

Debía elegir.

Mientras tanto, Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich observaban la disputa.

Himmler dirigía las SS, que originalmente habían sido una pequeña formación subordinada a la SA. Sus hombres vestían de negro, cultivaban una imagen de disciplina y obediencia, y aspiraban a sustituir a las camisas pardas como fuerza de confianza personal de Hitler.

Heydrich, jefe del servicio de inteligencia de las SS, poseía una habilidad particular para reunir expedientes, rumores y acusaciones.

Ambos comprendieron que la crisis era una oportunidad.

Hermann Göring también tenía razones para querer la caída de Röhm. Controlaba fuerzas policiales en Prusia y no deseaba compartir autoridad con una organización impredecible de millones de hombres.

Los rivales de Röhm comenzaron a alimentar a Hitler con informes.

La SA preparaba un golpe.

Röhm estaba negociando con potencias extranjeras.

Sus hombres planeaban ocupar edificios públicos.

Los dirigentes se reunirían para lanzar una rebelión.

Las pruebas eran débiles, manipuladas o inexistentes.

Pero una conspiración no necesita ser real cuando quien recibe el informe ya desea creer en ella.

En la primavera de 1934, Hitler todavía vacilaba.

Röhm no era un adversario cualquiera. Había sido uno de sus primeros aliados. Había arriesgado la vida por el movimiento. Había ayudado a convertir un pequeño grupo de agitadores en una fuerza nacional.

Además, la SA seguía siendo leal a Hitler en su mayoría.

No existía un plan claro y coordinado para derrocarlo.

Ese era el primer giro de la historia.

La purga no fue una respuesta desesperada a un golpe que estaba comenzando.

Fue una decisión preventiva para eliminar a hombres que, aunque habían servido a Hitler, ya podían limitar su libertad de acción.

EL DISCURSO QUE SELLÓ UNA CONDENA

El 17 de junio de 1934, el vicecanciller Franz von Papen pronunció un discurso en la Universidad de Marburgo.

Papen era un conservador que había ayudado a llevar a Hitler al poder. Ahora criticaba indirectamente la violencia, la censura y la idea de una revolución permanente. Sus palabras reflejaban el miedo de sectores tradicionales que comenzaban a preguntarse si habían cometido un error fatal.

El discurso fue censurado.

Algunos colaboradores de Papen fueron vigilados.

El mensaje, sin embargo, llegó hasta Hitler.

Los conservadores estaban perdiendo la paciencia.

Los militares también.

Röhm, por su parte, recibió la orden de enviar a la SA de permiso durante julio. Hitler le pidió que reuniera a los principales mandos en Bad Wiessee, una localidad junto al lago Tegernsee, para una conferencia.

Röhm aceptó.

Creía que allí resolverían sus diferencias.

Era una trampa.

En Berlín, Göring y Himmler prepararon unidades policiales y de las SS. Heydrich distribuyó listas con nombres. Algunos pertenecían a la SA.

Otros no tenían ninguna relación directa con Röhm.

La purga iba a servir para algo más que eliminar a un rival.

Sería una oportunidad para ajustar cuentas acumuladas durante años.

Gregor Strasser, antiguo dirigente nazi enfrentado con Hitler, estaba en la lista.

El ex canciller Kurt von Schleicher también.

Gustav von Kahr, uno de los hombres que había frustrado el golpe de Múnich en 1923, tampoco sería olvidado.

Los asesinos no iban a buscar únicamente a conspiradores imaginarios.

Iban a buscar recuerdos incómodos.

LA ÚLTIMA NOCHE EN BAD WIESSEE

El 29 de junio, los dirigentes de la SA llegaron al hotel Hanselbauer.

El lugar parecía alejado de una crisis nacional. Había montañas, aire limpio y la superficie tranquila del lago. Algunos jefes bebieron. Otros conversaron hasta tarde. Esperaban la llegada de Hitler para discutir el futuro de la organización.

Röhm no se comportaba como un hombre a punto de iniciar un golpe.

No movilizó a millones de seguidores.

No ocupó estaciones de radio.

No detuvo ministros.

Se fue a dormir.

A cientos de kilómetros, Karl Ernst también se preparaba para viajar. No parecía saber que una operación nacional estaba a punto de comenzar. Le esperaban planes personales, compromisos y una vida que, al menos para él, aún tenía futuro.

Pero esa noche Hitler recibió nuevos informes sobre supuestos disturbios de la SA.

La palabra clave para activar la operación fue transmitida.

Kolibri.

Colibrí.

Un nombre casi delicado para una orden de asesinato.

En la madrugada del 30 de junio, Hitler voló hacia Múnich. Al llegar, se dirigió primero al Ministerio del Interior bávaro. Allí arrestó a dirigentes locales de la SA y acusó a algunos de traición.

Después formó una columna de vehículos.

El convoy salió hacia Bad Wiessee.

Dentro del hotel, nadie había organizado una defensa.

Cuando los automóviles se detuvieron, los hombres de Hitler entraron por los pasillos y golpearon las puertas. Los jefes de la SA fueron sorprendidos en habitaciones, todavía medio dormidos.

Hitler llegó hasta Röhm.

Durante un instante quedaron frente a frente dos hombres que se conocían desde los días en que ambos luchaban por ser escuchados.

Röhm vio los uniformes de las SS.

Vio las armas.

Vio el rostro de Hitler.

Y entonces comprendió.

No había una negociación.

No había una última oportunidad.

El hombre al que había llevado hasta las puertas del poder había decidido que su existencia era demasiado peligrosa.

El cuerpo de Röhm se tensó. Su expresión pasó de la confusión a una incredulidad helada. Esperó que Hitler lo llamara por su nombre, que explicara el error, que recordara los años compartidos.

Hitler no lo hizo.

Ordenó que se vistiera.

Aquel silencio fue el momento de reconocimiento.

Röhm no había perdido una discusión política.

Había confiado en un hombre para quien la lealtad solo duraba mientras resultaba útil.

LAS LISTAS COMENZARON A MOVERSE

Los detenidos fueron trasladados a la prisión de Stadelheim, en Múnich.

Mientras tanto, trenes con otros dirigentes de la SA seguían llegando a la ciudad. Algunos bajaban al andén esperando automóviles oficiales.

Encontraban policías.

Eran arrestados antes de poder preguntar qué ocurría.

En Berlín, Göring dirigía la operación desde el centro del poder prusiano. Los teléfonos comunicaban nuevas órdenes. Nombres eran tachados. Otros se añadían.

Escuadrones armados entraban en viviendas y oficinas.

Gregor Strasser fue detenido y llevado a la sede de la Gestapo. Había abandonado gran parte de la actividad política y no dirigía ninguna rebelión. Eso no importó. Fue asesinado.

El ex canciller Kurt von Schleicher estaba en su casa con su esposa. Cuando abrió la puerta, hombres armados preguntaron por él.

Poco después se escucharon disparos.

Schleicher cayó muerto.

Su esposa también fue alcanzada y murió.

Gustav von Kahr, que había desafiado a Hitler durante el golpe fallido de 1923, fue secuestrado. Su cadáver apareció después con señales de una muerte brutal.

Edgar Jung, colaborador de Papen y autor del discurso de Marburgo, fue asesinado. Otros miembros del entorno del vicecanciller fueron arrestados. El propio Papen quedó aislado, incapaz de proteger a quienes trabajaban para él.

La purga revelaba su verdadera naturaleza.

No se trataba de detener un golpe.

Era una reorganización del poder mediante homicidios.

Karl Ernst fue interceptado antes de poder escapar de la red que se cerraba sobre él.

Los agentes lo arrestaron y lo trasladaron bajo custodia. El dirigente berlinés que había marchado entre antorchas, ordenado ataques y contemplado cómo sus enemigos eran arrastrados por la policía, experimentó ahora el mismo procedimiento.

Puertas cerradas.

Hombres que no respondían preguntas.

Órdenes sin firma visible.

Un vehículo que avanzaba hacia un destino desconocido.

En algún momento comprendió que su rango ya no significaba nada.

Durante años, el uniforme pardo había abierto edificios y silenciado policías. Ahora los hombres que lo custodiaban obedecían a una fuerza nueva.

Las SS.

La organización que había crecido bajo la sombra de la SA estaba a punto de ocupar su lugar.

Karl Ernst fue llevado ante un pelotón de ejecución el 30 de junio.

No hubo un juicio público.

No hubo presentación de pruebas.

No se le permitió desmontar las acusaciones.

Frente a él había hombres con fusiles, algunos pertenecientes al mismo movimiento por el que había golpeado, intimidado y perseguido a otros.

El oficial levantó la mano.

En los últimos segundos, Karl Ernst miró los cañones y vio el resultado final de la política que había ayudado a normalizar.

Un Estado en el que una acusación era suficiente.

Un Estado en el que una orden reemplazaba a la ley.

Un Estado en el que nadie podía apelar porque quienes disparaban también decidían quién era culpable.

La mano descendió.

Los fusiles sonaron.

Karl Ernst cayó muerto a los treinta años.

EL HOMBRE DE LA CELDA NÚMERO 474

Röhm permaneció detenido en Stadelheim.

Algunos dirigentes de la SA habían sido ejecutados casi inmediatamente. Pero Hitler vaciló con él.

Quizá le pesaban los años de camaradería.

Quizá temía la reacción de las bases.

Quizá quería ofrecerle una salida que redujera el impacto político de una ejecución directa.

El 1 de julio, Theodor Eicke, comandante del campo de concentración de Dachau, y el oficial de las SS Michael Lippert entraron en la prisión.

Llevaban una pistola.

La colocaron dentro de la celda de Röhm junto con un único cartucho.

El mensaje era claro.

Tenía diez minutos para suicidarse.

Así, el régimen podría decir que el jefe de la SA había elegido la muerte después de descubrirse su traición.

La puerta se cerró.

Röhm miró el arma.

Durante años había exigido obediencia, aceptado la violencia y ayudado a construir un movimiento basado en la eliminación del adversario. Ahora le ofrecían una última orden.

Debía matar al hombre que Hitler ya no quería matar personalmente.

Pasaron los minutos.

Röhm no disparó.

Cuando Eicke y Lippert regresaron, lo encontraron con el pecho descubierto, desafiándolos.

—Si van a matarme, que Adolf lo haga él mismo.

Hitler no apareció.

Los oficiales levantaron sus armas.

Dispararon a corta distancia.

El hombre que había comandado millones murió dentro de una celda, asesinado por miembros de una organización que, pocos años antes, había estado subordinada a la suya.

Ese fue el segundo gran giro.

La SA había creído que su tamaño la hacía indispensable.

En realidad, su tamaño la había convertido en una amenaza.

EL SILENCIO DE LOS MILLONES

Durante varias horas, los miembros ordinarios de la SA no supieron qué estaba ocurriendo.

Recibían rumores contradictorios. Algunos escuchaban que Röhm había intentado traicionar a Hitler. Otros sabían que sus comandantes habían sido detenidos. Muchos permanecieron en sus casas o cuarteles esperando órdenes.

Las órdenes no llegaron.

La organización más grande del movimiento nazi quedó paralizada porque su lealtad final no pertenecía a Röhm.

Pertenecía a Hitler.

Esa fue la apuesta central de la purga.

Hitler estaba asesinando a los jefes de la SA mientras confiaba en que los millones de subordinados aceptarían su versión antes que rebelarse contra él.

La apuesta funcionó.

La propaganda se activó de inmediato. Los periódicos hablaron de una conspiración. Röhm y sus colaboradores fueron acusados de traición, corrupción y de preparar un golpe inminente.

También se explotó su homosexualidad para presentar la matanza como una defensa de la moral pública.

No se mostraron pruebas convincentes de una rebelión coordinada.

No hacían falta.

La radio repetía el relato oficial. Los supervivientes comprendieron que cuestionarlo podía convertirlos en los próximos nombres de la lista.

En los cuarteles, los hombres que días antes gritaban consignas revolucionarias bajaron la voz.

Algunos retiraron fotografías de Röhm.

Otros juraron que siempre habían sospechado de él.

Los más prudentes guardaron silencio.

El poder no solo había cambiado de manos.

Había cambiado la memoria.

EL ASESINATO SE CONVIRTIÓ EN LEY

Cuando la matanza terminó, el número exacto de víctimas seguía siendo incierto.

El gobierno reconoció decenas de muertes. Las estimaciones posteriores fueron mayores. Algunas víctimas pertenecían a la SA. Otras eran conservadores, antiguos rivales, críticos o personas atrapadas en ajustes de cuentas.

El 3 de julio de 1934, el régimen aprobó una ley de una sola frase esencial.

Las medidas tomadas entre el 30 de junio y el 2 de julio quedaban legalizadas como actos de legítima defensa del Estado.

No investigaron si los asesinatos habían sido legales.

Cambiaron la ley para que lo fueran después de cometerlos.

Ese fue el tercer giro, y quizá el más peligroso.

Hitler no escondió completamente la matanza.

La convirtió en una demostración pública de autoridad.

El 13 de julio habló ante el Reichstag. Se presentó como el juez supremo del pueblo alemán. Afirmó que, en aquella hora de peligro, él había sido responsable del destino de la nación.

El mensaje era inequívoco.

El canciller no necesitaba tribunales para decidir quién debía morir.

Su voluntad podía sustituir el proceso judicial.

Los generales aceptaron el resultado porque Röhm había desaparecido y la amenaza de que la SA absorbiera al ejército se había evaporado.

Los conservadores respiraron con alivio porque la “segunda revolución” parecía terminada.

Muchos ciudadanos comunes creyeron que Hitler había restaurado el orden eliminando a extremistas fuera de control.

Pocos comprendieron el precio real de aquel supuesto orden.

Al permitir que el gobierno asesinara sin juicio y legalizara los crímenes después, habían aceptado que ya no existía ninguna protección estable.

Hoy podía morir Röhm.

Mañana podía morir cualquiera.

EL ÚLTIMO OBSTÁCULO

Paul von Hindenburg seguía vivo, pero estaba gravemente enfermo.

El anciano presidente representaba el último cargo constitucional por encima de Hitler. Su autoridad se debilitaba cada día, y todos en Berlín sabían que su muerte era inminente.

El 1 de agosto de 1934, el gobierno preparó una ley que fusionaría las funciones presidenciales con las de canciller.

Al día siguiente, 2 de agosto, Hindenburg murió en su propiedad de Neudeck.

No fue víctima de la Noche de los Cuchillos Largos.

Su muerte fue natural.

Pero Hitler estaba preparado para utilizarla.

La presidencia dejó de existir como cargo independiente. Hitler adoptó el título de Führer y canciller del Reich.

Después, los miembros de las fuerzas armadas prestaron un nuevo juramento.

No juraron lealtad a la Constitución.

No juraron lealtad a Alemania como entidad abstracta.

Juraron obediencia personal a Adolf Hitler.

El hombre que un año y medio antes había sido nombrado canciller dentro de un gabinete conservador ahora controlaba el gobierno, el partido, la policía y, mediante un juramento personal, la lealtad del ejército.

Los conservadores que creían haberlo contratado ya no podían destituirlo.

Los generales que celebraron la caída de Röhm habían ayudado a eliminar a un rival, pero también habían fortalecido al dictador que pronto los conduciría a una guerra devastadora.

La SA sobrevivió formalmente.

Continuó existiendo hasta el final del régimen nazi.

Pero nunca recuperó su autonomía ni su poder anterior. Viktor Lutze asumió su dirección y se aseguró de que la organización obedeciera. Las SS, bajo Himmler, emergieron como la fuerza dominante del terror nazi.

Las camisas pardas habían preparado el terreno.

Las camisas negras heredaron el Estado.

LOS HOMBRES QUE CREYERON ESTAR A SALVO

Años antes, Karl Ernst había entrado en la SA porque aquella organización ofrecía pertenencia, ascenso y poder a hombres que se sentían olvidados.

Röhm la había convertido en un ejército político de millones.

Juntos, ellos y otros dirigentes ayudaron a destruir reuniones, intimidar votantes, perseguir minorías y normalizar la idea de que la fuerza daba derecho a gobernar.

Creyeron que la violencia sería siempre una herramienta dirigida hacia otros.

Creyeron que su lealtad pasada les otorgaba protección.

Creyeron que Hitler recordaría quién lo había defendido cuando todavía no tenía ministros, palacios ni escoltas oficiales.

Se equivocaron en todo.

Hitler no veía la lealtad como una deuda.

La veía como un recurso consumible.

Mientras la SA fue necesaria para conquistar las calles, la alimentó.

Cuando necesitó a los generales y a las élites, sacrificó a sus viejos camaradas.

Cuando necesitó justificar los asesinatos, los llamó traidores.

Cuando necesitó borrar la ilegalidad, convirtió sus órdenes en ley.

Y cuando Hindenburg murió, tomó el último poder que aún no poseía.

La Noche de los Cuchillos Largos no fue solamente una purga dentro del Partido Nazi. Fue la prueba definitiva de que Hitler podía matar a sus propios aliados, mentir sobre los motivos, obligar al país a aceptar la versión oficial y recibir, después, el respaldo de las instituciones que acababan de presenciar los asesinatos.

Röhm descubrió la verdad en una habitación de hotel, cuando vio a su viejo amigo rodeado de hombres armados.

Karl Ernst la descubrió frente a un pelotón, cuando comprendió que su uniforme ya no imponía miedo.

Los conservadores la descubrieron cuando sus colaboradores aparecieron muertos.

El ejército la descubriría más tarde, cuando el juramento personal a Hitler lo encadenara a decisiones cada vez más criminales.

Alemania entera la descubriría demasiado tarde.

Durante años, las camisas pardas habían enseñado al país a mirar hacia otro lado cuando alguien era golpeado, detenido o silenciado. Habían creado una sociedad en la que la víctima debía demostrar su inocencia mientras el agresor afirmaba actuar en nombre de la nación.

El 30 de junio de 1934, ese mismo sistema volvió la cabeza hacia sus creadores.

No hubo tribunal que los protegiera.

No hubo ley a la que pudieran apelar.

No hubo camaradería que sobreviviera a la ambición del dictador.

Solo quedaron puertas derribadas antes del amanecer, motores encendidos en calles vacías, órdenes transmitidas por teléfono y hombres sorprendidos al descubrir que el terror no reconoce antiguos servicios.

La justicia no llegó aquella noche.

Lo que llegó fue una advertencia que el mundo tardaría años en comprender:

Cuando ayudas a un tirano a destruir la ley para perseguir a tus enemigos, no estás construyendo tu propia seguridad; estás preparando el arma que un día utilizará contra ti.