Ejecución del psicópata cura católico nazi que torturó y mató a cientos de personas, incluidos niños

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EL SACERDOTE DE LA CRUZ FLECHADA: LA HISTORIA DE ANDRÁS KUN Y EL INVIERNO EN QUE BUDAPEST APRENDIÓ A TEMER A UN HOMBRE CON SOTANA

Budapest, enero de 1945.

La ciudad ya no sonaba como una capital.

Sonaba como una demolición interminable.

La artillería soviética golpeaba los barrios exteriores, los edificios temblaban durante la noche y las familias que todavía conservaban una casa dormían vestidas, preparadas para correr al sótano cuando comenzaran las explosiones.

En algunas calles faltaba electricidad.

En otras faltaba agua.

Y en demasiadas casas faltaban personas.

Para los judíos que continuaban atrapados en Budapest, sin embargo, había un sonido que podía resultar incluso más aterrador que los cañones.

Un golpe en la puerta.

Porque detrás podía encontrarse un grupo de hombres con el brazalete de la Cruz Flechada, el movimiento fascista húngaro que había tomado el poder en octubre de 1944 y que, durante los últimos meses de la guerra, convirtió partes de Budapest en territorio de caza.

Pero entre aquellos hombres había uno imposible de confundir.

No parecía un soldado.

No parecía un policía.

Vestía como un sacerdote.

Su nombre era András Kun.

Había pertenecido a la orden franciscana. Había estudiado para convertirse en hombre de Iglesia. Sin embargo, durante el Holocausto en Hungría terminó vinculado a la Cruz Flechada y alcanzó una posición de liderazgo dentro de la organización del XII distrito de Budapest.

La combinación era tan absurda que, de no existir documentos, testimonios y un proceso judicial posterior, podría parecer una invención diseñada para provocar indignación.

Sotana.

Cuello clerical.

Brazalete fascista.

Y un arma.

Según testimonios y reconstrucciones históricas posteriores, Kun llegó a dirigir operaciones de una de las unidades más temidas del distrito. El grupo participó en redadas, torturas, robos y asesinatos de judíos, así como de personas acusadas de esconderlos o protegerlos.

Y lo verdaderamente perturbador de su historia no es solamente que un sacerdote pudiera terminar junto a hombres que asesinaban civiles.

Es lo que ocurrió después.

Porque antes de que terminara aquel invierno, Kun conseguiría algo extraordinario:

ser considerado demasiado brutal incluso por algunos miembros del propio régimen fascista al que servía.

Pero para entender cómo se llegó hasta allí hay que regresar unos meses.

A una Hungría que se estaba derrumbando.

Y a una ciudad en la que las leyes habían dejado de proteger precisamente a quienes más las necesitaban.


András Kun había nacido en 1911 en Nyírbátor, en el entonces Reino de Hungría.

Su camino inicial no parecía conducir hacia una celda de condenado a muerte.

Ingresó en la vida religiosa, estudió en Roma y estuvo relacionado con la orden franciscana. Las fuentes sobre determinados detalles de su situación eclesiástica posterior no siempre coinciden, pero para 1944 su identidad pública como sacerdote seguía siendo una parte visible de quién era.

Y eso hizo que su transformación resultara todavía más inquietante.

Porque Kun no abandonó simplemente una vida religiosa y desapareció en el anonimato.

Entró en política extremista.

A comienzos de 1944 se incorporó al Partido de la Cruz Flechada, el movimiento fascista y ferozmente antisemita liderado por Ferenc Szálasi. Meses después, cuando el movimiento tomó el poder, Kun pasó a participar activamente en su estructura.

La fecha decisiva fue el 15 de octubre de 1944.

Aquel día se precipitó la toma del poder por la Cruz Flechada.

Hungría llevaba años aliada con la Alemania nazi, pero la situación militar era ya desesperada. El Ejército Rojo avanzaba. El régimen anterior buscaba una salida de la guerra. Alemania intervino y terminó instalándose un gobierno dominado por los fascistas de Szálasi.

Para los judíos de Budapest, aquella maniobra política tuvo consecuencias inmediatas.

En cuestión de semanas comenzaron nuevas redadas, trabajos forzados, marchas, robos y asesinatos.

La Cruz Flechada instauró lo que el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos describe como un verdadero reinado de terror en Budapest. Sus milicianos sacaban a judíos de edificios, los golpeaban, los trasladaban a centros de detención y, en numerosos casos, los llevaban hasta las orillas del Danubio para fusilarlos.

Las cifras muestran la escala de lo que estaba ocurriendo.

Decenas de miles de judíos fueron obligados a realizar trabajos forzados. Más de 70.000 fueron concentrados en noviembre antes de marchas hacia Austria; miles murieron por disparos, hambre, agotamiento o exposición al frío. Dentro de Budapest, la violencia de la Cruz Flechada continuó durante el asedio.

Kun entró en ese mundo.

Y no como espectador.

En el XII distrito comenzó a adquirir influencia entre los militantes de la Cruz Flechada.

El cuartel de aquella organización estaba situado en Városmajor utca.

A sus puertas podían llegar vecinos denunciados por alguien.

Un rumor podía bastar.

Un apellido podía bastar.

La sospecha de tener origen judío podía bastar.

También podía bastar haber ayudado a otra persona.

Las patrullas registraban viviendas y confiscaban objetos de valor. Las personas identificadas como judías o políticamente sospechosas eran trasladadas a la sede del partido, donde numerosas víctimas fueron sometidas a palizas y torturas. Testigos declararían después que algunas personas fueron ejecutadas directamente en el patio.

La guerra había producido una inversión moral casi completa.

Quienes perseguían a familias desarmadas llevaban uniformes y documentos.

Quienes escondían a esas familias podían ser tratados como delincuentes.

Y en medio de aquella estructura apareció el sacerdote.

Según relatos posteriores recogidos sobre Kun, había asimilado profundamente la propaganda antisemita. Después de la guerra reconocería haber golpeado judíos mientras intentaba justificar su conducta mediante las ideas políticas que había aceptado.

No necesitaba inventarse un enemigo.

El régimen ya se lo había proporcionado.

Esa es una de las claves de su historia.

Kun no nació en una ciudad sin reglas.

Vivió en una sociedad en la que las reglas fueron modificadas paso a paso hasta permitir que determinados seres humanos fueran tratados como si su vida valiera menos.

Después llegaron personas dispuestas a llevar esa lógica mucho más lejos.

Y entonces ocurrió algo que los habitantes del XII distrito no olvidarían fácilmente.

El sacerdote comenzó a aparecer armado.

La imagen se convirtió en parte de su reputación.

Un hombre relacionado con la Iglesia, vestido de modo que recordaba su condición religiosa, marchando junto a militantes fascistas.

Y en algunos relatos quedó asociada a él una orden especialmente siniestra:

“¡En nombre de Cristo, fuego!”

La frase aparece en reconstrucciones históricas sobre sus acciones y resume la contradicción que hizo que Kun quedara grabado en la memoria de aquel periodo: la utilización del lenguaje religioso junto a la violencia política.

Pero todavía no había ocurrido lo peor.


Para finales de 1944, Budapest estaba siendo cercada.

El gobierno de Szálasi comenzó a abandonar la capital.

Los alemanes y sus aliados húngaros preparaban la defensa mientras el Ejército Rojo cerraba el anillo alrededor de la ciudad.

Eso significaba que el régimen estaba perdiendo territorio.

Perdía suministros.

Perdía comunicaciones.

Perdía capacidad de controlar a sus propios hombres.

Y precisamente cuando el sistema comenzaba a desmoronarse, algunos de sus elementos más violentos adquirieron una libertad todavía mayor.

Kun se convirtió en una figura destacada de la organización del XII distrito.

En aquellas semanas, hombres vinculados a ese grupo siguieron buscando judíos incluso en lugares que, en cualquier sociedad mínimamente funcional, deberían haber sido intocables.

Hospitales.

Residencias.

Edificios protegidos.

Casas donde enfermos y ancianos esperaban simplemente sobrevivir unos días más.

Los hospitales judíos fueron objetivos especialmente importantes para los hombres de la Cruz Flechada del XII distrito.

Imaginen por un momento lo que eso significaba.

En un hospital no había una unidad militar esperando un ataque.

Había médicos.

Enfermeras.

Personas incapaces de caminar.

Ancianos.

Heridos.

Enfermos.

Algunos llevaban semanas escuchando los combates y pensando que, si conseguían mantenerse vivos un poco más, el frente terminaría pasando sobre Budapest y todo aquello acabaría.

El Ejército Rojo estaba acercándose.

La derrota alemana parecía cada vez más evidente.

La supervivencia podía medirse en días.

Tal vez incluso en horas.

Y entonces llegaba una patrulla de la Cruz Flechada.


El 12 de enero de 1945, hombres de la organización del XII distrito atacaron el hospital judío situado en Maros utca.

El establecimiento estaba relacionado con la comunidad judía de Buda y se encontraba bajo protección de la Cruz Roja.

Aquello no los detuvo.

Los atacantes bloquearon las salidas.

Después reunieron a pacientes, médicos y miembros del personal en el vestíbulo de la planta baja.

Las reconstrucciones disponibles sitúan el número de víctimas alrededor de un centenar, aunque algunas fuentes posteriores manejan cifras distintas. Lo importante, y documentado, es el patrón: personas indefensas fueron concentradas, despojadas de sus pertenencias y conducidas hacia el patio para ser asesinadas.

La investigación histórica húngara atribuye a Kun un papel de dirección en la operación.

Hubo una anciana que apenas podía comprender las órdenes.

Según un testimonio citado por el Budapest Holocaust Memorial Center, tenía alrededor de noventa años.

No reaccionó con la rapidez que querían los hombres armados.

La arrastraron.

Era una escena que resumía aquella maquinaria mejor que cualquier discurso político.

Una mujer anciana.

Un hospital.

Hombres armados.

Y ninguna amenaza militar que pudiera justificar lo que estaba pasando.

Las víctimas fueron sacadas de dos en dos.

En el patio esperaba la muerte.

Cuando terminó, el hospital había dejado de ser refugio.

Se había convertido en una escena de ejecución.

Pero la lógica del grupo no terminó allí.

Dos días después, el 14 de enero, la organización del XII distrito atacó otro hospital judío, esta vez en Városmajor.

El Budapest Holocaust Memorial Center cifra en aproximadamente 160 las personas asesinadas allí entre pacientes, médicos y enfermeras.

La distancia entre ambos ataques fue de apenas cuarenta y ocho horas.

Y mientras Budapest era destruida por una de las batallas urbanas más brutales de la guerra, hombres de la Cruz Flechada utilizaban energía, municiones y tiempo para buscar a enfermos judíos.

Eso es lo que convierte esta historia en algo todavía más difícil de comprender.

No era violencia producida accidentalmente por el combate.

Era selección.

Era búsqueda.

Era decisión.


Sin embargo, los hospitales constituían solamente una parte de las acusaciones relacionadas con el grupo.

Los edificios que contaban con protección internacional tampoco estuvieron siempre a salvo.

Diplomáticos extranjeros como Raoul Wallenberg y Carl Lutz habían ayudado a crear redes de casas protegidas y documentos destinados a salvar judíos. Decenas de miles intentaron refugiarse en edificios vinculados a países neutrales o conseguir algún tipo de protección diplomática.

Sobre el papel, aquello debía ofrecer seguridad.

En la práctica, una protección diplomática solo servía si los hombres con armas decidían respetarla.

Y algunos no lo hicieron.

Una investigación archivística húngara señala que, los días 2 y 3 de enero de 1945, Kun y otros miembros de la Cruz Flechada participaron en el traslado de alrededor de 700 personas desde una casa protegida de Paulay Ede utca hasta Andrássy út 47.

Muchas de aquellas personas serían posteriormente ejecutadas en el Danubio.

La misma investigación distingue cuidadosamente el papel de Kun: en ese episodio concreto participó en la detención y traslado, mientras que las ejecuciones posteriores no deben atribuirse de manera simplista a una acción individual suya.

Es una distinción importante.

Porque no hace falta exagerar esta historia.

Los hechos documentados ya son terribles.

En otras operaciones de diciembre de 1944 y enero de 1945, el mismo archivo calcula que alrededor de 280 personas fueron conducidas al Danubio y asesinadas bajo la dirección del grupo relacionado con Kun.

El río se había convertido en uno de los símbolos más siniestros del terror de la Cruz Flechada.

Las víctimas eran llevadas hasta la orilla.

A menudo las obligaban a despojarse de objetos de valor.

Después llegaban los disparos.

Los cadáveres caían al agua.

Hoy, el memorial de los zapatos junto al Danubio recuerda precisamente a quienes fueron asesinados allí por milicianos de la Cruz Flechada.

En aquel invierno, sin embargo, no era un memorial.

Era un lugar al que nadie quería ser llevado.


Para cualquier observador, la historia parecía avanzar hacia un final previsible.

Kun tenía armas.

Tenía hombres.

Tenía una organización política detrás.

Y sus víctimas no tenían capacidad de defenderse.

El poder estaba completamente desequilibrado.

Entonces llegó el primer giro.

Porque Kun comenzó a comportarse como si ni siquiera las autoridades de su propio bando pudieran darle órdenes.

El extremista había cruzado una frontera que pocos regímenes autoritarios toleran durante mucho tiempo:

ya no era solamente brutal contra los enemigos designados por el sistema.

También se estaba volviendo incontrolable.

En enero de 1945, Kun agredió gravemente al teniente coronel Rezső Mindák.

Después tuvo problemas con agentes de policía enviados para intervenir.

De acuerdo con las reconstrucciones disponibles, un primer grupo policial fue capturado y golpeado.

Luego enviaron más hombres.

También fueron detenidos.

Finalmente, una fuerza mucho mayor rodeó la sede.

La amenaza era clara.

Si Kun y sus compañeros no eran entregados, la policía atacaría el edificio.

Y ocurrió algo que meses antes habría parecido imposible.

El sacerdote de la Cruz Flechada fue arrestado…

por autoridades vinculadas al mismo régimen fascista al que servía.

Ese fue el momento en que la relación de fuerzas empezó a cambiar.

Durante semanas, Kun había entrado en casas y hospitales sabiendo que los civiles no podían resistirse.

Ahora era él quien se encontraba rodeado.

Él quien debía entregar las armas.

Él quien escuchaba órdenes.

Él quien descubría que el brazalete ya no lo hacía intocable.

El régimen de la Cruz Flechada llegó a juzgarlo por sus acciones contra policías y funcionarios.

Fue condenado a muerte.

Parecía el final.

Pero no lo fue.

Llegó un segundo giro.

Ferenc Szálasi, el propio líder de la Hungría fascista, intervino.

La condena a muerte fue conmutada por una pena de quince años de prisión.

Kun había sobrevivido a su primera sentencia.

Y por un breve instante debió de parecer que incluso aquel invierno podría terminar sin que él respondiera realmente por lo ocurrido en los hospitales, las casas y las calles de Budapest.

Entonces el frente llegó hasta él.


En enero y febrero de 1945, la batalla por Budapest alcanzó su fase final.

El Ejército Rojo tomó el gueto internacional el 16 de enero y el gran gueto de Budapest entre el 17 y el 18.

La lucha por el resto de la ciudad continuó hasta febrero.

Cuando terminó, aproximadamente 119.000 judíos habían sobrevivido en Budapest, según el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos.

Para ellos, la llegada soviética significó el final de la persecución de la Cruz Flechada.

Para Kun produjo otra consecuencia inesperada.

El caos del colapso hizo posible su salida de prisión.

La reconstrucción archivística señala que probablemente quedó libre con el avance soviético.

Y así llegó el tercer giro de su historia.

Un hombre condenado incluso por el régimen fascista no terminó inmediatamente ante un tribunal.

Desapareció.

Durante meses consiguió mantenerse fuera del alcance de las nuevas autoridades.

Se movió por los alrededores de Budapest.

Posteriormente permaneció oculto integrado en una unidad rumana y, cuando aquella formación fue desmovilizada en Arad, intentó escapar hacia Italia.

Había visto caer al gobierno al que había servido.

Había visto al Ejército Rojo ocupar Budapest.

Sabía que los tribunales de posguerra estaban empezando a buscar responsables.

Y trató de salir.

No lo consiguió.

El 3 de agosto de 1945, guardias fronterizos húngaros lo arrestaron cerca de Dombegyház.

Esta vez no había una organización de la Cruz Flechada que pudiera protegerlo.

No había un despacho de Szálasi desde el que pudiera llegar una conmutación.

No había patrullas obedeciendo sus órdenes.

Solo quedaban testimonios.

Supervivientes.

Documentos.

Y preguntas.


El juicio de posguerra produjo una imagen muy diferente de András Kun.

Meses antes había sido el hombre armado que decidía quién era llevado a un sótano, a un patio o al Danubio.

Ahora estaba sentado frente a personas que enumeraban lo ocurrido.

Fue procesado por crímenes de guerra ante un Tribunal Popular húngaro.

Las acusaciones relacionadas con su actividad hablaban de centenares de asesinatos; algunas síntesis señalan que fue juzgado por aproximadamente 500 muertes.

Aquí también conviene mantener precisión.

No significa que exista documentación individual que pruebe que Kun apretó personalmente el gatillo contra quinientas personas.

Significa que la responsabilidad penal examinada por el tribunal incluía las acciones cometidas bajo su dirección y dentro de las operaciones de las que formó parte.

La diferencia importa.

La responsabilidad de un comandante no comienza y termina en su propio dedo sobre un arma.

También está en las órdenes.

En las redadas.

En seleccionar objetivos.

En proporcionar autoridad.

En crear las condiciones para que otros maten.

El tribunal lo declaró culpable.

Fue condenado a muerte.

Y fue entonces cuando apareció uno de los detalles más desconcertantes de toda su historia.

No ocurrió en un hospital.

No ocurrió frente al Danubio.

Ocurrió cuando el poder ya había desaparecido de sus manos.

Antes de su ejecución, el periodista Rezső Szirmai lo entrevistó.

Kun admitió haber golpeado judíos, aunque negó ser personalmente un asesino y sostuvo que había sido condenado injustamente.

Incluso llegó a presentarse como víctima.

Pensemos en esa escena.

El hombre que había ocupado una posición de autoridad dentro de una unidad asociada con torturas y ejecuciones estaba ahora ante un periodista.

Ya no llevaba consigo una patrulla.

Ya no podía ordenar que alguien fuera detenido.

No podía convertir una sospecha en una sentencia.

No podía invocar la guerra para intimidar.

Le quedaban únicamente sus palabras.

Szirmai lo enfrentó al elemento que aparecía repetidamente en los relatos sobre su comportamiento:

el sadismo.

Kun respondió con una idea inquietante.

Sostuvo que esa perversión podía existir de manera latente en cualquier alma.

Cuando el periodista le preguntó si también existía en la suya, Kun respondió tratando nuevamente de distanciarse del monstruo que los demás veían.

Ese instante importa porque ahí aparece el verdadero momento de reconocimiento.

No fue necesariamente una confesión moral.

No hay evidencia de una transformación final que permita convertir esta historia en una parábola sencilla de arrepentimiento.

Fue algo más frío.

El hombre que durante meses había clasificado a otras personas como culpables por pertenecer a un grupo descubrió que ahora eran otros quienes examinaban sus actos uno por uno.

Y por primera vez, su explicación ideológica ya no bastaba.

La propaganda había dejado de ser poder.

Era una excusa.

El uniforme había dejado de ser autoridad.

Era evidencia.

El brazalete había dejado de abrir puertas.

Lo vinculaba al régimen derrotado.

La mirada del público ya no estaba dirigida hacia sus víctimas.

Estaba dirigida hacia él.


El 19 de septiembre de 1945, András Kun fue ejecutado en Budapest.

Tenía treinta y tres años.

Murió ahorcado.

Menos de un año separaba al hombre que caminaba armado con miembros de la Cruz Flechada del condenado que esperaba su ejecución.

Ese dato ayuda a comprender la velocidad con la que se derrumbó aquel universo de poder.

En octubre de 1944, la Cruz Flechada controlaba el gobierno.

En enero de 1945, sus hombres todavía asesinaban civiles.

En febrero, Budapest estaba en manos soviéticas.

En septiembre, Kun estaba muerto.

Pero sería un error terminar aquí y pensar que esta es simplemente una historia sobre un hombre perverso que finalmente recibió su castigo.

Porque eso sería demasiado cómodo.

Convertir a Kun en un monstruo aislado permitiría ignorar la estructura que hizo posible su ascenso.

Y esa estructura implicó a muchas más personas.

La persecución de los judíos húngaros no comenzó con András Kun.

Tampoco dependió solamente de los alemanes.

Antes de la llegada al poder de la Cruz Flechada, cientos de miles de judíos húngaros ya habían sido deportados, en un proceso en el que participaron activamente autoridades húngaras.

Entre mayo y julio de 1944, la inmensa mayoría de los judíos de las provincias húngaras fueron deportados, principalmente a Auschwitz-Birkenau.

Cuando las deportaciones se suspendieron temporalmente en julio, los judíos de Budapest constituían la mayor comunidad judía que quedaba en el país.

Después llegó la Cruz Flechada.

Y el peligro regresó con otra forma.

Kun no necesitó construir desde cero un sistema de odio.

Entró en uno que ya existía.

No tuvo que convencer a todo un país de que los judíos eran enemigos.

Años de propaganda y legislación discriminatoria habían preparado el terreno.

No tuvo que inventar una policía paralela.

Existía una organización.

No tuvo que buscar hombres dispuestos a ejecutar órdenes.

Los encontró.

Esa es la parte más incómoda.

Los grandes crímenes históricos rara vez comienzan con un hombre entrando en un hospital y disparando.

Comienzan mucho antes.

Empiezan cuando una sociedad acepta que existe un grupo al que se puede señalar.

Después acepta que ese grupo tenga menos derechos.

Después que pierda propiedades.

Después que pierda trabajos.

Después que sea trasladado.

Después que desaparezca.

Y cuando finalmente aparece alguien como Kun, la estructura necesaria para su violencia ya está construida.


También existe otra razón por la que su condición religiosa provoca tanta conmoción.

Kun había sido formado para representar exactamente lo contrario de lo que terminó haciendo.

La tradición cristiana que decía servir hablaba de misericordia, protección del débil y dignidad humana.

La ideología que terminó abrazando dividía a las personas en grupos considerados dignos y enemigos considerados prescindibles.

Kun eligió la ideología.

Y después utilizó símbolos religiosos mientras participaba en una maquinaria de persecución.

Esa contradicción no convierte sus crímenes en responsabilidad colectiva de una religión.

Hace algo diferente.

Demuestra que una identidad religiosa, una educación o una posición moral no inmunizan a ninguna persona contra el fanatismo.

El título no salva.

El hábito no salva.

La cultura no salva.

La inteligencia no salva.

Cuando una persona comienza a creer que el sufrimiento de determinado grupo está justificado, puede terminar construyendo argumentos para casi cualquier cosa.

Kun parece haber hecho exactamente eso.

Después de la guerra explicó parte de su conducta mediante la propaganda antisemita que había aceptado.

Había llegado a convencerse de que los judíos estaban vinculados a fuerzas políticas y económicas que consideraba enemigas.

El mecanismo psicológico era sencillo.

Primero transformas personas en categorías.

Después transformas categorías en amenazas.

Después transformas la violencia contra ellas en una forma de defensa.

Y finalmente puedes mirar a un paciente indefenso y dejar de verlo como un paciente.

Ese es el punto en que una sociedad corre verdadero peligro.


Hay otro detalle que merece atención.

Los miembros de la Cruz Flechada sabían, en enero de 1945, que estaban perdiendo.

Podían escuchar la artillería soviética.

Podían ver cómo se reducía el territorio controlado por Alemania y Hungría.

Sabían que el gobierno había abandonado Budapest.

Sabían que el Ejército Rojo estaba cada vez más cerca.

Y aun así continuaron matando.

Eso destruye una explicación muy común sobre quienes participan en sistemas criminales:

“Solo obedecían porque tenían miedo.”

Algunos lo hicieron.

Otros fueron mucho más allá de cualquier obediencia mínima.

Buscaron oportunidades.

Tomaron iniciativas.

Robaron.

Golpearon.

Persiguieron a personas escondidas.

Atacaron lugares protegidos.

Kun terminó enfrentándose incluso con autoridades de su propio régimen.

No parece la conducta de un hombre limitado a ejecutar pasivamente órdenes que temía desobedecer.

Parece la conducta de alguien que había convertido la violencia en parte de su propia autoridad.

Y precisamente allí apareció la ironía final.

El sistema que le dio poder terminó descubriendo que ese poder podía volverse contra cualquiera.

Primero la violencia tuvo víctimas claramente designadas.

Judíos.

Quienes los protegían.

Personas consideradas adversarios políticos.

Después Kun golpeó también a funcionarios y policías.

Entonces, de repente, la brutalidad dejó de parecer útil para quienes dirigían el aparato.

Cuando alcanzó a los hombres equivocados, se convirtió en un problema.

Ese patrón aparece una y otra vez en regímenes extremistas.

La violencia que una sociedad permite contra un grupo raramente permanece encerrada para siempre dentro de ese grupo.

Una vez que se destruyen los límites, alguien termina ampliando la lista de enemigos.


Mientras tanto, quienes habían sobrevivido comenzaron a salir de escondites, sótanos, hospitales y guetos.

Budapest era una ciudad devastada.

Había cadáveres sin enterrar.

Edificios abiertos por la artillería.

Puentes destruidos.

Familias buscando nombres en listas.

Personas recorriendo hospitales preguntando por alguien que llevaba semanas desaparecido.

En junio de 1945 se exhumaron fosas relacionadas con la matanza del hospital de Maros utca.

La guerra ya había terminado en Europa.

Pero debajo del suelo continuaban apareciendo las pruebas.

Ese es quizás el contraste más brutal de toda la historia.

Durante las matanzas, una orden podía durar segundos.

Después hicieron falta meses y años para identificar cadáveres, escuchar testigos, reconstruir responsabilidades y registrar lo ocurrido.

La violencia es rápida.

La memoria es lenta.

Y por eso puede perderse con tanta facilidad.


Con los años, el nombre de András Kun quedó asociado a algunos de los peores crímenes de la Cruz Flechada en el XII distrito.

Sin embargo, con el paso del tiempo también comenzaron a circular versiones simplificadas.

Algunas lo presentan como autor directo de miles de asesinatos.

Otras mezclan ataques cometidos por diferentes unidades.

Algunas cifras de víctimas de los hospitales varían entre publicaciones.

La documentación histórica obliga a contar la historia con más cuidado.

Kun fue una figura real.

Fue sacerdote católico de formación franciscana.

Se unió a la Cruz Flechada.

Ocupó una posición de liderazgo en el XII distrito.

Participó en persecuciones y fue relacionado con operaciones que terminaron en asesinatos masivos.

El grupo del distrito atacó hospitales judíos.

Testimonios lo vincularon con torturas y ejecuciones.

Fue arrestado incluso por autoridades del régimen de la Cruz Flechada después de atacar a policías.

Fue juzgado nuevamente después de la guerra, condenado y ejecutado.

Nada de eso necesita ser aumentado artificialmente.

La verdad ya supera cualquier ficción.

Y quizá ese sea el último giro de esta historia.

Durante meses, Kun había necesitado que sus víctimas parecieran culpables para justificar lo que hacía.

Después de la guerra ocurrió lo contrario.

Los historiadores no necesitaron convertirlo en demonio.

Solo tuvieron que reconstruir sus decisiones.


Hoy, cuando alguien camina junto al Danubio en Budapest, puede encontrar decenas de zapatos de hierro colocados en el borde del río.

Parecen abandonados.

Zapatos de hombre.

De mujer.

De niño.

Son un memorial dedicado a los judíos asesinados por milicianos de la Cruz Flechada junto al río.

Turistas se detienen allí.

Algunos dejan flores.

Otros permanecen en silencio.

El agua continúa moviéndose exactamente como lo hacía en 1944.

Pero ahora hay algo que los asesinos no pudieron controlar.

La memoria.

Los hombres de la Cruz Flechada podían quitar nombres de documentos.

Podían vaciar apartamentos.

Podían robar relojes.

Podían arrastrar personas hasta un patio.

Podían disparar.

Podían arrojar cuerpos al río esperando que desaparecieran.

Pero no consiguieron borrar completamente lo ocurrido.

Décadas después seguimos conociendo las calles.

Maros utca.

Városmajor.

Paulay Ede utca.

Andrássy út.

Seguimos conociendo las fechas.

Seguimos conociendo los testimonios.

Y seguimos conociendo el nombre del sacerdote que decidió colocarse del lado de quienes perseguían a los indefensos.

András Kun.

Su historia no demuestra que la religión conduzca necesariamente al fanatismo.

Demuestra algo mucho más inquietante:

que ningún uniforme, ninguna profesión y ningún título moral garantizan que una persona actuará moralmente.

El hombre que supuestamente debía hablar de compasión terminó asociado a hombres que entraban en hospitales buscando víctimas.

El hombre que durante semanas parecía intocable terminó rodeado por policías de su propio régimen.

El condenado al que Szálasi salvó de una primera ejecución terminó nuevamente ante un tribunal pocos meses después.

Y el hombre que había aprendido a reducir a sus víctimas a una etiqueta terminó reducido él mismo a algo que jamás imaginó cuando recorría Budapest armado:

un acusado sentado mientras otros pronunciaban sus crímenes en voz alta.

Esa fue la verdadera caída.

No la cuerda.

No la prisión.

No siquiera la derrota militar.

Fue el instante en que dejó de controlar la historia que se contaba sobre sus actos.

Las víctimas habían sido obligadas a guardar silencio.

Los supervivientes hablaron.

Los testigos hablaron.

Los archivos permanecieron.

Y el poder cambió de manos.

Por eso historias como esta siguen importando ochenta años después.

No porque debamos contemplar el horror por morbo.

Sino porque los hombres como András Kun nunca comienzan pareciendo capaces de todo.

Primero aceptan una mentira.

Después aceptan que determinado grupo merece menos.

Después descubren que la sociedad les permite humillarlo.

Y solo entonces averiguan hasta dónde están dispuestos a llegar.

El Holocausto no empezó junto a una fosa.

Empezó mucho antes, cuando suficientes personas aceptaron que había seres humanos cuya dignidad podía ponerse a votación.

Y esa es la razón por la que el nombre de András Kun merece ser recordado:

porque cuando una sociedad permite que el odio decida quién merece seguir siendo considerado humano, hasta una sotana puede terminar ocultando a un verdugo.