Ejecución de Lavrentiy Beria – Jefe de la Policía Secreta de Stalin y Hombre Más Odiado del País

Ejecución de Lavrentiy Beria - Jefe de la Policía Secreta de Stalin y Hombre Más Odiado del País

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El 26 de junio de 1953, Lavrenti Pávlovich Beria entró en una reunión del Presidium soviético convencido de que seguía siendo uno de los hombres más peligrosos de la Unión Soviética.

Tenía motivos para pensarlo.

Durante años había dirigido el aparato de seguridad del régimen de Stalin. Había tenido acceso a expedientes capaces de destruir carreras, familias y vidas. Conocía secretos que ningún ciudadano soviético debía conocer y demasiados secretos que sus propios compañeros de gobierno preferían olvidar.

Beria sabía quién había firmado qué.

Quién había denunciado a quién.

Quién había pedido clemencia.

Quién había colaborado.

Quién había sobrevivido gracias al silencio.

Y, sobre todo, sabía que en la Unión Soviética de Stalin el poder no pertenecía necesariamente al hombre que pronunciaba el discurso más brillante.

Pertenecía al hombre que podía hacerte desaparecer después.

Por eso, cuando entró aquella mañana, probablemente no esperaba encontrar miedo en sus propios ojos.

Pero unas horas más tarde, el antiguo jefe de la policía secreta estaría bajo arresto.

Seis meses después, según la versión oficial soviética, sería conducido ante sus ejecutores y moriría de un disparo.

El hombre que durante años había vivido rodeado de puertas cerradas, interrogatorios secretos y sentencias dictadas lejos de la mirada pública terminó atrapado precisamente detrás de una puerta cerrada.

Y la parte más inquietante de su historia no es cómo murió.

Es todo lo que tuvo que ocurrir para que los hombres más poderosos de la Unión Soviética llegaran a la conclusión de que no podían permitirse dejarlo vivo.


Lavrenti Beria nació en 1899 en Merjeuli, en la región de Abjasia, entonces parte del Imperio ruso.

No nació en un palacio.

No pertenecía a la vieja aristocracia.

No heredó un ejército ni una fortuna.

Lo que desarrolló fue algo que, en el mundo revolucionario que estaba a punto de surgir, podía valer mucho más:

una extraordinaria capacidad para adaptarse al poder.

La Revolución rusa destruyó el viejo orden y abrió una lucha feroz por ocupar los espacios que habían quedado vacíos.

Beria encontró su camino dentro de los organismos de seguridad bolcheviques.

Allí aprendió una regla fundamental.

La información era poder.

Pero la información combinada con miedo era un poder todavía mayor.

Durante las décadas siguientes fue ascendiendo dentro del aparato político y policial en el Cáucaso. Georgia, la tierra de Stalin, era un territorio especialmente importante para quien quisiera llamar la atención del líder soviético.

Beria lo consiguió.

No lo hizo siendo el hombre más carismático de una sala.

Lo hizo siendo útil.

Podía organizar.

Podía investigar.

Podía encontrar enemigos.

Y cuando el sistema necesitaba resultados, sabía producirlos.

En un régimen cada vez más dominado por la sospecha, esa habilidad tenía un valor incalculable.

Para finales de la década de 1930, el Estado soviético ya había pasado por una de sus etapas más aterradoras.

Las grandes purgas habían convertido antiguas amistades revolucionarias en pruebas de culpabilidad. Ministros acusaban a compañeros. Generales desaparecían. Funcionarios que un día aparecían junto a Stalin podían desaparecer de las fotografías oficiales poco después.

Nikolái Yezhov, jefe del NKVD durante la fase más intensa del Gran Terror, había llegado a simbolizar aquella maquinaria.

Pero en la Unión Soviética de Stalin había algo más peligroso que ser enemigo del régimen.

Era haber sido demasiado útil durante demasiado tiempo.

En 1938, Yezhov comenzó a caer.

Y Beria comenzó a subir.

El cambio parecía casi burocrático.

Un hombre reemplazaba a otro en la dirección de un ministerio.

Pero detrás de aquella sustitución estaba ocurriendo algo mucho más profundo.

El encargado de vigilar a millones de personas estaba siendo reemplazado por un hombre que entendía perfectamente lo que le ocurría al encargado anterior cuando Stalin dejaba de necesitarlo.

Beria llegó a la cúspide del NKVD.

Y Yezhov, el hombre que había supervisado arrestos masivos, terminó arrestado.

Fue ejecutado en 1940.

Beria había recibido su primera gran advertencia.

El sistema no garantizaba protección ni siquiera a quienes manejaban sus instrumentos más brutales.

Sin embargo, durante los siguientes quince años se comportaría como si pudiera ser la excepción.


Cuando se habla de Beria, existe una tentación comprensible de imaginarlo simplemente como un verdugo situado detrás de un escritorio.

La realidad era más perturbadora.

Era también un administrador extremadamente eficaz.

Y precisamente por eso resultaba tan valioso.

Bajo el sistema soviético, la policía política no se limitaba a perseguir opositores. Administraba una vasta red de campos, deportaciones, prisioneros y mano de obra forzada.

El Gulag no era solamente una institución penal.

Era también una enorme estructura económica.

Prisioneros construían carreteras.

Excavaban canales.

Trabajaban en minas.

Talaban bosques.

Levantaban infraestructuras en zonas donde pocos trabajadores libres querían permanecer.

Detrás de las cifras de producción había seres humanos enviados a lugares donde el frío, el hambre, las enfermedades, el trabajo agotador y la violencia podían matar mucho antes de que terminara una condena.

Beria no creó por sí solo aquel sistema.

Pero se convirtió en una de las figuras fundamentales del aparato que lo administró y utilizó.

Esa diferencia importa.

Porque las peores estructuras represivas rara vez son obra de un solo monstruo.

Necesitan oficinas.

Necesitan presupuestos.

Necesitan trenes.

Necesitan guardias.

Necesitan formularios.

Necesitan hombres capaces de convertir la crueldad en procedimiento administrativo.

Beria era extraordinariamente bueno en eso.

Y mientras su poder crecía dentro del Estado soviético, también lo hacía su proximidad a Stalin.

La relación entre ambos nunca fue simplemente amistad.

En la cima de aquel régimen, la amistad era un lujo.

Stalin desconfiaba de todos.

Sus subordinados lo sabían.

Una cena con él podía parecer un honor y funcionar al mismo tiempo como interrogatorio.

Un comentario aparentemente casual podía convertirse en una prueba.

Una broma podía ser recordada meses después.

Una ausencia podía parecer sospechosa.

Beria aprendió a sobrevivir en ese ambiente.

Sonreía cuando debía sonreír.

Escuchaba.

Observaba.

Y nunca olvidaba quién estaba arriba.


En marzo de 1940 apareció uno de los documentos más siniestros relacionados directamente con su nombre.

Miles de oficiales, policías, funcionarios y miembros de la élite polaca se encontraban detenidos por las autoridades soviéticas después de la partición de Polonia entre Alemania nazi y la Unión Soviética.

Beria envió a Stalin una nota sobre aquellos prisioneros.

En ella los describía como enemigos irreconciliables del poder soviético y proponía que sus casos fueran examinados mediante un procedimiento extraordinario que conducía, en la práctica, a su ejecución.

El documento del 5 de marzo de 1940 lleva la propuesta de Beria y las aprobaciones de la dirección soviética.

Lo que siguió quedó asociado para siempre con un nombre:

Katyn.

Miles de prisioneros polacos fueron asesinados por el NKVD en Katyn y otros lugares.

Durante décadas, Moscú negó la responsabilidad soviética y atribuyó los crímenes a los nazis.

Pero detrás de las mentiras posteriores quedaban los documentos.

Firmas.

Órdenes.

Listas.

Aquello era una de las características esenciales del terror burocrático.

La muerte podía empezar con una hoja de papel.


Entonces llegó la guerra.

En junio de 1941, la Alemania de Hitler invadió la Unión Soviética.

El país que Stalin había gobernado mediante purgas y miedo se encontró enfrentando una amenaza existencial.

Millones morirían.

Ciudades enteras serían destruidas.

Pueblos serían arrasados.

Y en medio de aquella catástrofe, Beria se volvió todavía más importante.

Formó parte del Comité Estatal de Defensa y asumió responsabilidades relacionadas con sectores industriales, transporte, producción y seguridad.

El mismo hombre asociado con interrogatorios y deportaciones era utilizado ahora para movilizar recursos de una potencia en guerra.

Ese detalle ayuda a entender cómo funcionaba el círculo de Stalin.

No bastaba con ser despiadado.

Había que producir resultados.

Beria los producía.

Pero la guerra también proporcionó al Estado soviético justificaciones para una nueva ola de castigos colectivos.

Pueblos enteros fueron acusados de colaboración o deslealtad.

Chechenos.

Ingushes.

Kalmykos.

Karacháis.

Alemanes soviéticos.

Tártaros de Crimea y otras comunidades fueron sometidos a deportaciones masivas en distintos momentos.

Familias recibían órdenes de prepararse con muy poco tiempo.

Ancianos.

Mujeres.

Niños.

Subían a trenes que los llevaban a miles de kilómetros.

No se juzgaba individualmente a cada persona.

El castigo podía recaer sobre una población completa.

Beria desempeñó un papel central en varias de esas operaciones de deportación como alto responsable de los organismos de seguridad. Fuentes rusas posteriores también reconocen su papel en ellas.

Los informes oficiales podían hablar de vagones, rutas, cantidades y plazos.

Las estadísticas tenían aspecto limpio.

La experiencia humana no.

En cada cifra había una casa abandonada.

Una puerta que no volvería a abrirse.

Un niño que no comprendía por qué su familia era culpable.


La guerra terminó con una Unión Soviética devastada, pero victoriosa.

Y entonces Stalin entregó a Beria otra misión extraordinaria.

La bomba atómica.

Estados Unidos había demostrado en Hiroshima y Nagasaki que existía un arma capaz de cambiar las reglas del poder mundial.

Para Moscú, obtener su propia bomba se convirtió en prioridad absoluta.

Beria quedó encargado de supervisar el proyecto soviético desde la cúspide política y administrativa.

Aquí apareció otra vez la extraña dualidad de su carrera.

Beria no era el físico que resolvía las ecuaciones.

No diseñaba personalmente los componentes.

Pero sabía coordinar estructuras gigantescas.

Sabía presionar.

Sabía conseguir recursos.

Sabía eliminar obstáculos.

Y tenía acceso al aparato de inteligencia soviético, que había obtenido información crucial sobre los avances nucleares occidentales.

Los científicos soviéticos trabajaban sabiendo que el fracaso en un proyecto estratégico de Stalin podía tener consecuencias que excedían ampliamente una mala evaluación laboral.

En 1949, la Unión Soviética detonó su primera bomba atómica.

El monopolio nuclear estadounidense había terminado.

Beria había vuelto a demostrar su utilidad.

Y quizás aquel éxito contribuyó a alimentar una ilusión peligrosa.

Que Stalin siempre lo necesitaría.

Pero cerca del final de su vida, Stalin parecía dispuesto a confiar cada vez menos en cualquiera.

Incluso en él.


En los primeros meses de 1953, Moscú estaba lleno de rumores y temor.

Stalin tenía setenta y tres años.

Seguía siendo el centro absoluto del sistema.

Y todavía era capaz de provocar terror con una decisión.

Entonces, durante la noche del 1 de marzo, ocurrió lo que millones de soviéticos apenas podían imaginar:

Stalin quedó incapacitado.

Había sufrido un grave episodio cerebrovascular.

Durante horas permaneció sin recibir una atención médica adecuada.

Los hombres de su círculo llegaron a su residencia.

Entre ellos estaba Beria.

Nadie sabía con certeza qué debía hacer.

Y esa escena contiene una de las ironías más oscuras del régimen.

Stalin había construido un sistema en el que todos temían tomar una decisión sin su aprobación.

Cuando quedó inconsciente, los hombres más poderosos del país parecieron incapaces de actuar con normalidad.

El 5 de marzo de 1953, Stalin murió.

Por primera vez en décadas, la Unión Soviética no tenía a Stalin.

Millones lloraron.

Algunos sinceramente.

Otros porque todos lloraban.

Otros porque no sabían qué expresión era segura.

En Moscú, las multitudes que acudieron al funeral fueron tan enormes que hubo personas aplastadas.

Pero detrás de las ceremonias comenzó inmediatamente otra batalla.

No por el legado de Stalin.

Por su silla.

Georgui Malenkov.

Viacheslav Molotov.

Nikita Jrushchov.

Lavrenti Beria.

Todos comprendían lo mismo.

En un sistema sin reglas claras para transferir el poder, perder no significaba necesariamente jubilarse.

Podía significar morir.

Y Beria tenía una ventaja que aterrorizaba a los demás:

controlaba las instituciones de seguridad.

Un telegrama diplomático estadounidense de marzo de 1953 observaba precisamente que Malenkov y Beria parecían entonces dos de los centros reales de poder del nuevo gobierno soviético.

Los otros dirigentes podían discutir ideología.

Beria tenía expedientes.

Tenía policías.

Tenía hombres armados.

Tenía secretos.

Si alguno de ellos esperaba dormir tranquilo, primero debía resolver el problema llamado Lavrenti Beria.


Y entonces ocurrió algo que desconcertó incluso a quienes lo conocían.

Beria comenzó a comportarse como un reformador.

El mismo hombre asociado durante años con el aparato represivo empezó a cuestionar algunos abusos del sistema.

Se impulsó una amnistía que permitió la liberación de un enorme número de presos, aunque buena parte eran condenados por delitos comunes o sentencias relativamente cortas y la mayoría de presos políticos no salió inmediatamente.

Beria intervino en el llamado “complot de los médicos”, una de las últimas campañas de Stalin, declarando que las acusaciones habían sido fabricadas.

Hubo críticas a métodos de interrogatorio.

Se discutieron cambios en la política hacia las nacionalidades.

En Alemania Oriental, Beria parece haber defendido una línea más flexible que alarmó a algunos de sus compañeros.

Era difícil saber qué estaba ocurriendo.

¿Había cambiado?

¿Había comprendido, después de décadas dentro de la maquinaria, que el sistema debía relajarse?

¿O simplemente estaba intentando construir una nueva base política después de la muerte de Stalin?

Ese fue el primer gran giro.

El hombre que conocía mejor que casi nadie el funcionamiento del terror estaba intentando presentarse como el hombre capaz de desmontar parte del terror.

No necesariamente porque hubiera descubierto la compasión.

Tal vez porque había descubierto una oportunidad.

Y precisamente eso lo convirtió en alguien aún más peligroso para sus rivales.

Porque si Beria lograba combinar el control de los servicios de seguridad con una imagen pública de reformador, podía convertirse en el hombre más poderoso de la Unión Soviética.

Jrushchov lo comprendió.

Molotov lo comprendió.

Malenkov terminó comprendiéndolo.

Y comenzó una conspiración.

No contra un funcionario cualquiera.

Contra el hombre que dirigía el aparato encargado de descubrir conspiraciones.


El problema era aterrador.

¿Cómo se arresta al hombre que podría saber que planeas arrestarlo?

¿Cómo organizas una operación secreta contra el jefe de quienes vigilan las operaciones secretas?

Jrushchov necesitaba aliados.

Necesitaba que otros miembros de la dirección creyeran que Beria representaba una amenaza mayor que él.

Y, sobre todo, necesitaba al ejército.

Los militares tenían razones para desconfiar de la policía política.

Durante las purgas, oficiales y generales habían sido arrestados por los organismos de seguridad.

El mariscal Gueorgui Zhúkov, héroe de la victoria contra la Alemania nazi, representaba algo que Beria no controlaba completamente:

hombres armados cuya lealtad no pertenecía al Ministerio del Interior.

El plan comenzó a tomar forma.

La reunión decisiva se celebraría el 26 de junio de 1953.

Beria llegó sin saber que el orden del día real era él.

Los hombres sentados alrededor de la mesa eran compañeros con los que había compartido años de gobierno.

Habían brindado juntos.

Habían firmado documentos juntos.

Habían sobrevivido juntos a Stalin.

Pero aquello no era una reunión.

Era una emboscada política.

Jrushchov comenzó el ataque.

Acusaciones.

Abuso de poder.

Ambiciones personales.

Conducta antisoviética.

Traición.

Otros dirigentes se sumaron.

Molotov.

Bulganin.

Los que hasta semanas antes parecían socios de Beria comenzaron a presentarlo como una amenaza mortal.

Beria miró a su alrededor.

Debió comprender algo terrible.

No tenía un aliado.

En los regímenes basados en el miedo, los hombres parecen leales mientras creen que el poder está de tu lado.

Cuando creen que lo has perdido, la lealtad puede evaporarse en segundos.

Beria intentó defenderse.

Buscó apoyo.

Pero el ambiente de la sala había cambiado.

El hombre que tantas veces había observado cómo otros quedaban aislados estaba experimentando ahora el mismo mecanismo.

Entonces llegó la señal.

Entraron los militares.

Según las reconstrucciones más conocidas, Zhúkov y otros oficiales participaron en su detención durante la reunión del Presidium. Documentación histórica sobre la lucha sucesoria sitúa formalmente su arresto el 26 de junio.

Imaginen el instante.

Durante años, la aparición de hombres armados habría significado que Beria había dado una orden contra otra persona.

Esta vez avanzaban hacia él.

Aquello era el verdadero momento de reconocimiento.

No necesitaba que nadie se lo explicara.

La sala estaba demasiado silenciosa.

Nadie se levantaba para defenderlo.

Malenkov evitaba convertirse en su salvación.

Los rostros que durante años habían calculado cada palabra frente a Beria ahora podían mirarlo sin fingir obediencia.

El equilibrio del poder había cambiado en cuestión de minutos.

Beria, que había construido su carrera sabiendo exactamente cuándo un hombre estaba políticamente condenado, acababa de identificar todos los signos.

Solo había una diferencia.

El condenado era él.


Lo sacaron bajo custodia.

Pero el Kremlin tenía todavía un problema.

El aparato de seguridad estaba lleno de hombres nombrados o promovidos bajo su autoridad.

Si se difundía inmediatamente la noticia, ¿alguien intentaría rescatarlo?

¿Había unidades que seguirían obedeciendo sus órdenes?

¿Podía desencadenarse una lucha dentro de Moscú?

Sus rivales actuaron rápidamente para neutralizar cualquier posible reacción.

Beria desapareció de la vida pública.

Durante varios días, millones de ciudadanos soviéticos no supieron qué había ocurrido realmente.

Y entonces la maquinaria propagandística comenzó a funcionar.

El antiguo dirigente pasó de héroe oficial a enemigo.

Prácticamente de la noche a la mañana.

Sus compañeros lo acusaron de ser un traidor.

Un conspirador.

Un agente relacionado con servicios extranjeros.

Un hombre que supuestamente había intentado colocar al Ministerio del Interior por encima del Partido.

En julio, la prensa soviética anunció su caída.

Era una transformación que el propio Beria había visto muchas veces.

Primero, el retrato en la pared.

Después, el silencio.

Finalmente, la acusación.

Solo que esta vez su nombre era el que debía ser borrado.


Desde el lugar donde permanecía detenido, Beria hizo algo que vuelve toda la historia todavía más inquietante.

Escribió.

No como el todopoderoso jefe de la seguridad soviética.

Sino como un hombre que comprendía que su vida dependía ahora de las personas que acababan de traicionarlo.

Se dirigió a Malenkov.

Reconoció errores.

Intentó explicar su comportamiento.

Prometió corregirse.

Pidió la oportunidad de seguir siendo útil.

Una carta conservada y publicada posteriormente muestra a Beria realizando una dura autocrítica y tratando de defender sus acciones tras su detención.

Pocas imágenes resumen mejor el funcionamiento del sistema.

Durante años, innumerables detenidos habían escrito confesiones.

Peticiones.

Cartas.

Declaraciones de lealtad.

Algunos denunciaban a otros intentando salvarse.

Otros admitían delitos que quizá nunca habían cometido.

Muchos esperaban que una frase correcta pudiera detener la maquinaria.

Ahora Beria estaba haciendo lo mismo.

El arquitecto conocía perfectamente el edificio.

Y por eso probablemente entendía mejor que nadie que las puertas rara vez se abrían hacia afuera.


Durante los meses siguientes, sus enemigos consolidaron su victoria.

El expediente contra Beria acumuló acusaciones políticas y criminales.

Algunas se apoyaban en su papel real dentro del sistema represivo.

Otras formaban parte del lenguaje típico de las luchas soviéticas por el poder.

Fue acusado de traición y conspiración.

También se presentaron graves acusaciones sobre abusos sexuales y violencia contra mujeres, un aspecto de su vida sobre el que existen numerosos testimonios y denuncias posteriores, aunque no todos los detalles atribuidos a él pueden verificarse con el mismo nivel de certeza documental.

Esto obliga a hacer una distinción importante.

No hace falta convertir a Beria en una criatura de leyenda para comprender su responsabilidad histórica.

Los hechos documentados son suficientemente terribles.

Participó en la dirección de un aparato que arrestó, deportó y ejecutó a enormes cantidades de personas.

Presentó a Stalin la propuesta relacionada con la ejecución de los prisioneros polacos de 1940.

Supervisó deportaciones.

Formó parte de una dictadura que convirtió la sospecha política en instrumento de gobierno.

Su responsabilidad no necesita adornos.

La realidad ya es suficientemente oscura.


Llegó diciembre de 1953.

El juicio se realizó a puerta cerrada ante un tribunal especial.

No fue un juicio público en el sentido moderno.

No existió un proceso transparente abierto a la sociedad soviética.

Beria y varios colaboradores fueron declarados culpables.

El 23 de diciembre llegó la sentencia.

Muerte.

Según la versión oficial ampliamente aceptada durante décadas, la ejecución se produjo ese mismo día.

El general Pável Batitski participó directamente en ella y suele aparecer identificado como el hombre que disparó contra Beria.

Algunas versiones posteriores han discutido aspectos de la cronología y han afirmado que Beria pudo haber muerto antes del proceso oficial.

Esas afirmaciones continúan siendo objeto de debate.

Lo indiscutible es el resultado político.

Para finales de 1953, Lavrenti Beria estaba muerto.

Y los hombres que habían temido su control sobre los servicios de seguridad podían volver a dormir.

Por el momento.

Porque en Moscú nadie dormía tranquilo durante demasiado tiempo.


Pero aquí aparece el giro más incómodo de toda la historia.

Los hombres que eliminaron a Beria no lo hicieron porque, de repente, hubieran descubierto horrorizados lo que ocurría bajo Stalin.

Lo sabían.

Habían estado allí.

Habían firmado decisiones.

Habían asistido a reuniones.

Habían formado parte del mismo sistema.

No eliminaron a Beria únicamente porque fuera cruel.

Lo eliminaron porque se había vuelto peligroso para ellos.

Esa diferencia cambia completamente la escena.

Imaginen la reunión otra vez.

Beria está sentado frente a hombres que conocen su historial.

Pero él también conoce el de ellos.

Esa era su verdadera arma.

No solo policías.

No solo expedientes.

Memoria.

Beria era un archivo humano del estalinismo.

Sabía qué había ocurrido detrás de las puertas.

Sabía quién había protestado y quién no.

Sabía quién había firmado.

Sabía cuántas veces algunos de los hombres que ahora denunciaban los “crímenes de Beria” habían participado en decisiones del mismo régimen.

Por eso destruirlo era políticamente conveniente.

Una vez muerto, resultaba posible colocar sobre él una parte enorme de las culpas de la época.

El mecanismo tenía una lógica perfecta:

Stalin había muerto.

Beria era ejecutado.

El sistema podía continuar diciendo que los peores excesos pertenecían a hombres que ya no podían responder.

Pero la historia no iba a quedarse quieta.


Tres años después, en febrero de 1956, Nikita Jrushchov subió a una tribuna durante el XX Congreso del Partido Comunista.

A puerta cerrada pronunció el discurso que sacudiría al mundo comunista.

Denunció el culto a la personalidad de Stalin.

Habló de represiones.

De abusos.

De terror político.

Aquello habría sido casi inimaginable mientras Stalin vivía.

Jrushchov intentaba separar al sistema soviético de algunos de los crímenes de su antiguo líder y presentarse como el hombre dispuesto a corregirlos.

Pero existía una ironía imposible de borrar.

Jrushchov también había sobrevivido dentro de aquel sistema.

Como Malenkov.

Como Molotov.

Como Beria.

Todos habían aprendido a inclinarse ante Stalin.

Todos habían aprendido que sobrevivir exigía saber quién estaba cayendo antes de que cayera.

Beria simplemente había aprendido la lección demasiado bien.

Y terminó creyendo que eso lo hacía invulnerable.


Después de su muerte, comenzó otra batalla.

La batalla por su memoria.

En la historia oficial soviética, Beria quedó convertido en una figura demonizada.

En épocas posteriores aparecieron intentos de reinterpretarlo.

Algunos destacaron que después de la muerte de Stalin impulsó medidas que podían considerarse reformistas.

Otros señalaron su capacidad organizativa durante la guerra y el programa nuclear.

Y entonces surgió una pregunta incómoda:

¿Podía el mismo hombre ser responsable de una brutal represión y, al mismo tiempo, impulsar reformas?

La respuesta es sí.

Porque la historia real rara vez ofrece personajes construidos para encajar cómodamente dentro de una sola categoría.

Un funcionario puede ser eficiente y criminal.

Un represor puede descubrir que la represión necesita límites cuando sus intereses políticos cambian.

Un hombre puede intentar reformar el mecanismo que utilizó durante años sin convertirse por ello en inocente.

Lo importante es no confundir una cosa con la otra.

Que Beria promoviera determinadas medidas de relajación después de la muerte de Stalin no borra lo que hizo antes.

Y que sus rivales utilizaran acusaciones políticamente convenientes contra él tampoco transforma a Beria en una víctima inocente.

Ése es uno de los errores más fáciles cuando se cuenta una historia como ésta.

Creer que, si los hombres que lo derribaron eran hipócritas, él debía ser bueno.

No.

En las luchas entre hombres poderosos, puede ocurrir algo mucho más oscuro.

Todos pueden tener las manos manchadas.


Existe una fotografía mental que resume mejor que cualquier otra el final de Beria.

No su ejecución.

No el disparo.

No el tribunal.

La reunión.

26 de junio de 1953.

Beria sentado frente a sus compañeros.

Durante décadas había comprendido que una persona estaba acabada cuando todos los presentes dejaban de tener miedo de defenderla.

Debió observar los hombros.

Los ojos.

Las manos.

El silencio.

Malenkov no lo salva.

Molotov lo ataca.

Jrushchov continúa.

Los militares entran.

Por primera vez, la habitación ya no le pertenece.

Quizás en ese instante Beria comprendió completamente a sus propias víctimas.

No porque sintiera lo que ellas habían sentido.

Eso no podemos saberlo.

Sino porque reconoció el procedimiento.

Primero te aíslan.

Después te convierten en enemigo.

Luego desapareces.

Finalmente, el Estado explica quién eras cuando ya no puedes responder.

Beria había ayudado a perfeccionar esa lógica.

Ahora la lógica había encontrado su nombre.


Su desaparición también transformó la lucha por el poder soviético.

Malenkov parecía inicialmente una figura central del gobierno posterior a Stalin.

Pero su posición fue debilitándose.

Jrushchov ascendió.

Poco a poco logró superar a sus rivales y convertirse en la figura dominante.

El hombre que había ayudado a organizar la caída de Beria comprendía algo esencial:

el poder soviético después de Stalin no podía permitir que un nuevo jefe de policía concentrara la misma capacidad de intimidación política.

La seguridad del Estado seguiría siendo poderosa.

La represión no desaparecería.

Pero el equilibrio entre Partido, gobierno, ejército y policía debía cambiar.

Beria había servido como advertencia.

No solamente para la población.

Para los dirigentes.

Un jefe de seguridad suficientemente poderoso podía terminar amenazando al propio régimen.

La paradoja es brutal.

Durante años, Stalin había utilizado hombres como Beria para impedir que alguien pudiera desafiarlo.

Después de Stalin, sus sucesores tuvieron que neutralizar a Beria precisamente porque aquel instrumento era demasiado poderoso para existir sin el hombre que lo controlaba.


Y todavía queda una última ironía.

Beria dedicó gran parte de su carrera a producir seguridad para el Estado mediante inseguridad para los ciudadanos.

La gente debía temer.

Los funcionarios debían temer.

Los militares debían temer.

Los subordinados debían temer.

El miedo era presentado como una herramienta de estabilidad.

Pero un sistema construido sobre el miedo produce una consecuencia inevitable:

eventualmente, quienes están arriba también empiezan a tener miedo.

Stalin temía conspiraciones.

Sus ministros temían a Stalin.

La policía temía las purgas internas.

Los generales temían a la policía.

Los dirigentes posteriores temían a Beria.

Beria temía lo que ocurriría si perdía el control.

Nadie estaba realmente seguro.

Ésa es la mentira fundamental del poder basado en el terror.

Promete seguridad absoluta.

Produce paranoia universal.


Resulta fácil mirar aquella época desde la distancia y pensar que sus protagonistas pertenecían a un mundo incomprensible.

Pero el mecanismo no desapareció con Beria.

Ni con Stalin.

Ni con la Unión Soviética.

Empieza de manera mucho más pequeña.

Cuando una institución decide que un objetivo es más importante que una persona.

Cuando cuestionar al jefe se vuelve peligroso.

Cuando los errores dejan de reconocerse y empiezan a ocultarse.

Cuando la información deja de servir para comprender la realidad y empieza a utilizarse para controlar a quienes podrían discutirla.

Cuando el miedo es confundido con respeto.

Cuando la obediencia es confundida con lealtad.

Y cuando todos saben que algo está mal, pero nadie quiere ser el primero en decirlo.

Beria llegó hasta la cima porque era extraordinariamente competente dentro de ese mundo.

Sabía utilizar el sistema.

Sabía alimentar sus necesidades.

Sabía encontrar enemigos cuando el poder necesitaba enemigos.

Sabía convertir la sospecha en expediente y el expediente en condena.

Lo que no comprendió a tiempo fue que ninguna persona controla para siempre una máquina diseñada para devorar personas.


El 23 de diciembre de 1953, la vida oficial de Lavrenti Beria terminó.

No hubo una multitud frente al lugar de ejecución.

No hubo un gran discurso final transmitido a la nación.

No hubo oportunidad pública de responder a sus acusadores.

El hombre que había conocido los secretos más profundos del régimen desapareció detrás del secreto.

Después vino el silencio.

Su nombre fue eliminado de publicaciones.

Su imagen perdió el prestigio oficial.

Incluso la Gran Enciclopedia Soviética tuvo que encontrar maneras extraordinarias de borrar simbólicamente al hombre que poco antes había sido uno de los dirigentes más importantes del país.

Ese detalle casi parece insignificante frente a los muertos y deportados.

Pero tiene una fuerza extraordinaria.

En un régimen obsesionado con controlar la memoria, destruir a una persona no siempre terminaba con destruir su cuerpo.

Había que destruir también su versión de la historia.

Beria lo había hecho con otros.

Ahora otros lo hacían con él.


No sabemos qué pensó durante sus últimas horas.

Cualquier diálogo dramático que pretendiera reproducir exactamente sus últimas palabras sería especulación.

Pero conocemos suficientes hechos para comprender la dimensión de la escena.

Había pasado de una aldea del Cáucaso a los niveles más altos de una superpotencia.

Había trabajado junto a Stalin.

Había dirigido organismos capaces de detener a prácticamente cualquier ciudadano soviético.

Había participado en decisiones que determinaron el destino de miles y miles de personas.

Había supervisado proyectos industriales, deportaciones y seguridad.

Había estado en el centro del esfuerzo que dio a la Unión Soviética la bomba atómica.

Había sobrevivido a las purgas.

Había sobrevivido a la guerra.

Había sobrevivido incluso a Stalin.

Y no sobrevivió seis meses a un mundo sin Stalin.

Ése fue el último giro.

Durante años parecía que Stalin protegía a Beria porque necesitaba a Beria.

Después quedó claro que Beria necesitaba mucho más a Stalin.

Mientras Stalin vivía, todos sabían quién ocupaba la cima.

Cuando murió, los hombres que estaban debajo comenzaron a mirarse entre sí.

Y descubrieron que ninguno estaba dispuesto a aceptar que el jefe de la policía secreta heredara el trono.

Por primera vez, el miedo que Beria había utilizado como instrumento produjo exactamente la coalición necesaria para destruirlo.

Malenkov podía desconfiar de Jrushchov.

Molotov podía desconfiar de Malenkov.

Los militares podían desconfiar de todos.

Pero compartían algo.

Temían más a Beria.

Y aquel miedo común hizo posible lo que habría parecido imposible apenas semanas antes.


La historia de Lavrenti Beria no debería recordarse simplemente como la historia de “un hombre malo que recibió su castigo”.

Eso sería demasiado cómodo.

Porque permitiría imaginar que todo el horror desapareció cuando cayó un solo individuo.

No fue así.

Beria operaba dentro de un sistema.

Ese sistema premiaba la obediencia.

Convertía las acusaciones políticas en instrumentos.

Ocultaba información.

Castigaba poblaciones enteras.

Y permitía que la burocracia administrara sufrimiento a una escala que ningún individuo podría haber producido solo.

La lección importante no es que un monstruo llegó al poder.

Es que miles de personas normales aprendieron a trabajar dentro de una estructura donde las decisiones monstruosas podían presentarse como trabajo administrativo.

Alguien redactaba la orden.

Otro la mecanografiaba.

Otro preparaba la lista.

Otro organizaba el tren.

Otro custodiaba la puerta.

Otro firmaba el informe.

Otro decía que simplemente obedecía.

Y cuando todos habían terminado, alguien podía mirar una hoja y anunciar que la operación había sido un éxito.

Ése es el verdadero horror.

No el hombre que grita.

El sistema que ya no necesita que nadie grite.


Por eso resulta tan difícil apartar la mirada de aquel 26 de junio de 1953.

Beria entra en una sala creyendo que sigue siendo uno de los hombres que deciden quién desaparece.

Horas después, él es quien ha desaparecido.

Busca una mirada amiga.

No la encuentra.

Busca autoridad.

Ya no la tiene.

Busca una salida.

Los militares bloquean el camino.

Los hombres que ayer tenían razones para temerle hoy descubren que pueden condenarlo juntos.

Y allí, antes del tribunal, antes de las cartas desesperadas, antes del pelotón o del disparo final, ocurre su verdadera ejecución política.

En el instante en que todos dejan de tenerle miedo.

Porque el poder de Beria nunca estuvo únicamente en un cargo.

Estaba en la creencia de que enfrentarse a él era suicida.

El día que esa creencia desapareció, todo lo demás cayó detrás.


Décadas después, los archivos permitieron reconstruir documentos, decisiones y correspondencia que el Estado soviético había ocultado.

Aparecieron las huellas de Katyn.

Las órdenes.

Los memorandos.

Los mecanismos internos de las purgas.

Las discusiones posteriores a Stalin.

Las cartas que Beria escribió después de ser detenido.

Y ocurrió algo que ningún jefe de policía secreta puede controlar para siempre.

El archivo comenzó a hablar.

No con rumores.

Con fechas.

Con firmas.

Con papel.

Los regímenes autoritarios pueden modificar fotografías.

Pueden eliminar nombres.

Pueden obligar a millones de personas a repetir una versión oficial.

Pero tienen un enemigo silencioso.

Los documentos que ellos mismos necesitan producir para gobernar.

Cada dictadura necesita registros.

Y cada registro puede convertirse algún día en testigo.

Beria lo sabía mejor que nadie.

Por eso quizá sea apropiado que una parte esencial de lo que sabemos sobre él no provenga de las historias que contó sobre sí mismo.

Provenga de los documentos que quedaron atrás.


Al final, Lavrenti Beria obtuvo algo que probablemente nunca deseó:

experimentó personalmente la fragilidad del poder absoluto.

Un día puedes controlar los expedientes.

Al siguiente eres un expediente.

Un día otros esperan fuera de tu despacho.

Al siguiente tú esperas detrás de una puerta cerrada.

Un día tu firma decide destinos.

Al siguiente otros hombres firman el tuyo.

Su muerte no devolvió la vida a quienes habían sido ejecutados.

No devolvió sus hogares a las familias deportadas.

No liberó automáticamente a todos los inocentes.

No convirtió a sus rivales en demócratas.

No limpió las manos del sistema.

La justicia histórica rara vez funciona de manera tan sencilla.

Pero su caída dejó una imagen imposible de olvidar.

El hombre que había convertido el miedo en una profesión descubrió finalmente el límite del miedo:

si aterrorizas a suficientes personas poderosas al mismo tiempo, algún día pueden decidir que su única posibilidad de sobrevivir es destruirte primero.

Y ésa quizá sea la verdad más inquietante de toda su historia.

Las tiranías prometen que alguien tendrá control absoluto.

Pero el poder absoluto nunca elimina el miedo.

Solo decide quién tendrá miedo hoy.

Hasta que llega el día en que cambia el nombre escrito en la orden.

Y cuando ese día llegó para Lavrenti Beria, nadie en la habitación tuvo que explicarle lo que significaba.

Él había pasado toda su vida enseñándoselo a los demás.