
La mañana del 18 de abril de 1947, Jozef Tiso ya no era “el líder”, ni el presidente de un Estado, ni el hombre ante quien ministros, policías y funcionarios esperaban instrucciones.
Era un condenado.
En Bratislava, dentro del recinto de la prisión, se preparaba una horca. Tres días antes, el Tribunal Nacional de Checoslovaquia había dictado contra él la sentencia que durante meses había dividido a la sociedad: muerte por ahorcamiento.
El hombre que esperaba la ejecución llevaba décadas vistiendo sotana.
Había celebrado misas. Había pronunciado sermones. Había hablado de Dios, de moral, de deber y de nación.
Y, sin embargo, durante los años en que ocupó la cima del poder en Eslovaquia, decenas de miles de ciudadanos judíos fueron despojados de sus trabajos, propiedades y derechos; reunidos por policías y guardias eslovacos; introducidos en transportes; entregados a la Alemania nazi y enviados hacia lugares de los que la inmensa mayoría jamás regresaría.
Por eso, cuando llegó aquella mañana de 1947, la pregunta ya no era cómo un presidente había terminado ante una horca.
La pregunta era mucho más inquietante.
¿Cómo había llegado un sacerdote hasta allí?
La respuesta comenzaba muchos años antes de Auschwitz, antes de las estrellas amarillas y antes de que Europa aprendiera hasta dónde podía conducir una burocracia cuando decidía que algunos seres humanos valían menos que otros.
Jozef Tiso había nacido en 1887 en Bytča, entonces parte del Imperio austrohúngaro. Era inteligente, disciplinado y especialmente hábil con los idiomas. Estudió teología en Viena, obtuvo un doctorado y fue ordenado sacerdote.
Nada en aquella trayectoria inicial parecía anunciar que un día su nombre quedaría ligado para siempre a uno de los capítulos más oscuros de la historia eslovaca.
Pero Tiso no tardó en descubrir otro púlpito.
La política.
Después de la Primera Guerra Mundial y del nacimiento de Checoslovaquia, entró en el Partido Popular Eslovaco de Hlinka, una organización católica y nacionalista que exigía una mayor autonomía para Eslovaquia.
Tiso sabía hablar ante multitudes.
No gritaba siempre.
No necesitaba hacerlo.
Su estilo era más peligroso precisamente porque podía parecer razonable.
Hablaba de orden. De tradición. De protección de la nación. De valores cristianos. De los agravios sufridos por los eslovacos.
No se presentaba como un revolucionario sediento de violencia.
Se presentaba como un hombre que quería poner las cosas “en su sitio”.
Ascendió.
Fue diputado del Parlamento checoslovaco. Llegó a ocupar un ministerio. Ganó prestigio entre sectores católicos y nacionalistas.
Y mientras él avanzaba, Europa comenzaba a desmoronarse.
En Alemania, Adolf Hitler había convertido el resentimiento nacional, el racismo y el antisemitismo en instrumentos de poder.
En 1938, el Acuerdo de Múnich debilitó mortalmente a Checoslovaquia.
Eslovaquia obtuvo autonomía, pero el nuevo orden trajo también pérdidas territoriales, frustración y miedo. Después del Primer Arbitraje de Viena, Hungría recibió amplias zonas del sur del territorio eslovaco.
Era el escenario perfecto para encontrar culpables.
Tiso y su movimiento los encontraron.
Los adversarios políticos.
Los checos.
Y los judíos.
En noviembre de 1938, todavía antes de la creación formal del Estado eslovaco independiente, miles de judíos fueron expulsados hacia una zona disputada entre Eslovaquia y Hungría.
El resultado fue grotesco.
Hungría no quería recibirlos.
Eslovaquia tampoco.
Durante días, miles de personas quedaron atrapadas en tierra de nadie, expuestas al frío y sin condiciones adecuadas de alojamiento o alimentación.
Tiso terminó revocando la medida.
Podría haberse interpretado como una advertencia.
No lo fue.
Era apenas el ensayo.
En marzo de 1939, Europa contuvo la respiración.
Hitler estaba a punto de destruir lo que quedaba de Checoslovaquia.
Tiso fue convocado a Berlín.
La reunión cambiaría el destino de su país y el suyo.
Alemania quería una Eslovaquia separada que quedara dentro de su órbita. La alternativa que se presentaba a los líderes eslovacos era sombría: declarar la independencia bajo la sombra alemana o arriesgarse a que su territorio fuera repartido entre vecinos más poderosos.
El 14 de marzo de 1939, el Parlamento eslovaco proclamó la independencia.
Al día siguiente, las tropas alemanas ocuparon las tierras checas.
En los mapas apareció un nuevo Estado.
Pero detrás de la palabra “independencia” había una realidad incómoda.
La Alemania de Hitler se había convertido en su protector, aliado dominante y modelo político.
Tiso primero encabezó el Gobierno.
En octubre de 1939 se convirtió en presidente.
El sacerdote que antes hablaba desde un altar podía ahora hablar desde el centro del Estado.
Y eso lo cambió todo.
Porque una cosa es tener prejuicios.
Otra es convertirlos en decretos.
Una cosa es pronunciar discursos discriminatorios.
Otra es disponer de policías, jueces, oficinas, trenes y funcionarios capaces de convertir las palabras en una maquinaria.
El nuevo régimen se volvió autoritario.
El pluralismo político desapareció.
El Partido Popular Eslovaco dominó la vida pública.
La Guardia de Hlinka, organización paramilitar del movimiento, adquirió un papel cada vez más visible.
Tiso se encontraba en lo más alto de aquella estructura.
Seguía siendo sacerdote.
Seguía oficiando misa.
Y, en un país mayoritariamente católico, aquella doble identidad le daba una autoridad extraordinaria.
La imagen era poderosa: religión y Estado reunidos en un mismo hombre.
Pero para miles de familias judías, el poder comenzó a sentirse de otra manera.
Primero fueron restricciones.
Después, exclusiones.
Luego, confiscaciones.
Negocios construidos durante años cambiaron de manos mediante el proceso de “arianización”.
Profesionales perdieron sus puestos.
Familias que se consideraban plenamente eslovacas descubrieron que el Estado había comenzado a definirlas no por lo que habían hecho, sino por lo que eran.
Cada nueva disposición reducía un poco más el espacio en el que podían vivir.
Hasta que llegó el Código Judío.
El 9 de septiembre de 1941, Eslovaquia promulgó un gigantesco cuerpo de legislación antisemita inspirado en buena medida por las leyes raciales nazis.
No era un estallido espontáneo de violencia callejera.
Era algo más frío.
Artículos.
Definiciones.
Firmas.
Sellos.
Expedientes.
La persecución adquiría apariencia administrativa.
Eso era precisamente lo aterrador.
Un vecino podía perder su profesión porque un papel lo decía.
Una familia podía perder un negocio porque un funcionario rellenaba un formulario.
Un ciudadano podía convertirse jurídicamente en un extraño dentro de su propio país sin que fuera necesario que nadie rompiera una ventana esa mañana.
El odio había aprendido a usar membrete oficial.
Mientras tanto, la guerra se extendía por Europa.
Los ejércitos alemanes avanzaban hacia el este. Soldados, diplomáticos y funcionarios comenzaban a escuchar noticias sobre fusilamientos masivos y comunidades judías enteras destruidas.
Pero en Bratislava la maquinaria siguió avanzando.
Y entonces llegó 1942.
Hasta ese momento, cualquier defensor posterior del régimen podía intentar esconderse detrás de frases ambiguas: presión alemana, circunstancias extremas, necesidad geopolítica.
Lo ocurrido en 1942 haría que esas explicaciones resultaran mucho más difíciles.
Alemania quería deportaciones.
Eslovaquia aceptó.
El acuerdo no significaba simplemente permitir que agentes alemanes entraran en el país y se llevaran a la población judía por su cuenta.
Las autoridades eslovacas participarían.
Policías eslovacos.
Gendarmes eslovacos.
Militares.
Miembros de la Guardia de Hlinka.
Funcionarios encargados de localizar, concentrar y transportar personas.
En marzo comenzaron los movimientos.
El 26 de marzo de 1942 salió de Poprad un transporte con jóvenes judías rumbo a Auschwitz.
Después vinieron más.
Y más.
Y más.
Al principio, algunas víctimas podían intentar convencerse de que aquello era realmente lo que las autoridades decían: trabajo, reasentamiento, desplazamiento temporal.
Era más soportable pensar así.
La alternativa era demasiado terrible.
En las casas, las familias preparaban equipajes sin saber qué necesitaban.
Ropa.
Alguna fotografía.
Objetos pequeños.
Documentos.
Tal vez comida para el viaje.
No podían empacar una vida entera.
Tampoco sabían que, para muchísimos de ellos, lo que estaban dejando atrás no volverían a verlo jamás.
En las estaciones, la teoría política se convertía en seres humanos.
Madres.
Padres.
Ancianos.
Muchachos.
Niños.
Personas que unas semanas antes habían comprado pan, atendido negocios, visitado médicos, discutido con vecinos o llevado a sus hijos a la escuela.
Ahora estaban siendo registradas, concentradas y enviadas hacia el este.
Los trenes salían.
Las casas quedaban vacías.
Los comercios cambiaban de propietario.
Los muebles pasaban a otras manos.
Y el Estado seguía funcionando.
Eso es lo que muchas veces resulta difícil comprender décadas después.
La barbarie no siempre llega acompañada por un hombre gritando en mitad de una calle.
A veces llega a las nueve de la mañana a una oficina.
Alguien abre un expediente.
Otro confirma una lista.
Un tercero firma una orden.
Un cuarto comprueba un vagón.
Y por la tarde cientos de personas han desaparecido.
Para octubre de 1942, alrededor de 57.000 judíos habían sido deportados de Eslovaquia.
La mayoría terminó en manos de la maquinaria de exterminio nazi en la Polonia ocupada.
Muchísimos fueron enviados a Auschwitz, Majdanek, Sobibor y otros lugares asociados con el asesinato masivo.
De aquellos primeros grandes transportes, sobrevivirían muy pocos.
Pero aquí aparece uno de los detalles más escalofriantes de toda la historia.
Un detalle que transforma la imagen de un pequeño país supuestamente obligado a obedecer a Alemania.
Porque Eslovaquia no solo aceptó entregar a sus ciudadanos.
Su Gobierno acordó pagar a Alemania.
Quinientos Reichsmarks por cada judío deportado.
Piense por un instante en lo que significa esa cifra.
No estamos hablando únicamente de propaganda.
No estamos hablando de una amenaza pronunciada en Berlín.
Estamos hablando de una política que pudo ser convertida en contabilidad.
Una vida.
Un nombre.
Una familia.
Y junto a todo eso, una cantidad.
500 Reichsmarks.
El Estado eslovaco justificó aquel pago como parte de los gastos relacionados con la deportación y el supuesto reasentamiento de los judíos que entregaba a Alemania.
Y había otra condición especialmente siniestra.
Los deportados no debían regresar.
Ese es el momento en que la historia deja de permitir explicaciones cómodas.
Porque durante décadas algunos defensores de Tiso sostendrían que él era, en esencia, un patriota atrapado entre fuerzas mucho más grandes; que Alemania dictaba los acontecimientos y que el presidente trataba de salvar lo que podía.
Es cierto que la Eslovaquia de Tiso estaba profundamente subordinada al poder alemán.
Es cierto también que Hitler ejercía una presión enorme sobre los países que orbitaban alrededor del Reich.
Pero los documentos muestran algo que vuelve mucho más difícil transformar a Tiso en una figura simplemente pasiva.
Su Estado construyó su propia legislación antisemita.
Sus autoridades participaron en las redadas.
Sus estructuras concentraron a las víctimas.
Su Gobierno llegó a un acuerdo para las deportaciones.
Y pagó por ellas.
El verdugo no siempre era un alemán con uniforme de las SS.
A veces hablaba eslovaco.
A veces llevaba un sello administrativo.
A veces conocía personalmente a la familia cuya dirección acababa de colocar en una lista.
Y mientras esos trenes cruzaban la frontera, las preguntas comenzaron a llegar también a la Iglesia y al propio Tiso.
Había protestas.
Había información.
Había rumores cada vez más difíciles de ignorar.
Diplomáticos del Vaticano recibían noticias alarmantes sobre el destino de los deportados.
Miembros del clero cuestionaban el trato dado a seres humanos que estaban siendo despojados de todo.
Dirigentes judíos suplicaban ayuda.
No estaban pidiendo privilegios.
Estaban tratando de evitar una catástrofe.
Tiso tenía, además, un mecanismo que demostraría hasta qué punto la decisión política podía significar literalmente vida o muerte.
Las exenciones presidenciales.
Determinados judíos podían recibir documentos que los apartaran de algunas de las medidas de persecución y deportación.
Los defensores de Tiso utilizarían después esas exenciones como una de las principales pruebas de que el presidente había tratado de salvar personas.
Y es cierto: concedió cientos de ellas.
Las estimaciones citadas por el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos hablan de entre 800 y 1.000.
Pero detrás de ese número había otro.
Más de 20.000 solicitudes llegaron a su oficina.
Miles de familias entendieron que un papel firmado desde arriba podía separarlas de un tren.
Imagine aquella espera.
Alguien entrega una petición.
Escribe nombres.
Explica que su marido es médico.
Que su padre sirvió al país.
Que su hijo es indispensable para determinada industria.
Que llevan décadas viviendo allí.
Que se han convertido al cristianismo.
Que tienen hijos pequeños.
Que son seres humanos.
Y después esperan.
Quizá durante días.
Quizá durante semanas.
El correo se convierte en una cuestión de supervivencia.
Una firma puede significar quedarse.
La ausencia de esa firma puede significar desaparecer.
Las exenciones salvaron vidas.
Pero también revelaban una verdad brutal.
El presidente sabía que tenía poder sobre el destino de personas perseguidas por el sistema que él encabezaba.
Y entonces llegó agosto de 1942.
Holíč.
Miles de judíos ya habían sido expulsados del país.
Las dudas sobre el carácter moral de las deportaciones circulaban entre la población.
¿Qué hizo el sacerdote-presidente?
¿Denunció públicamente la operación?
¿Dijo que ningún Estado cristiano podía tratar así a una minoría?
¿Exigió investigar qué estaba ocurriendo con los deportados?
No.
Defendió la política.
En un discurso pronunciado en Holíč, Tiso utilizó argumentos antisemitas y sostuvo que la expulsión de los judíos podía reconciliarse con principios cristianos.
Ese instante resulta difícil de exagerar.
Porque no hablaba únicamente el jefe de un Estado autoritario.
Hablaba un sacerdote.
La política necesitaba una justificación.
Y él le ofreció una justificación moral.
Para quienes participaban en las deportaciones, el mensaje podía funcionar como una absolución anticipada.
No miren a la familia que sube al vagón.
Miren a la nación.
No piensen en la persona concreta.
Piensen en el “problema”.
No se pregunten qué ocurrirá al otro lado de la frontera.
Convénzanse de que todo está al servicio de un bien superior.
Así es como las sociedades pueden aprender a convivir con cosas que, meses antes, habrían considerado impensables.
No convirtiendo a cada ciudadano en un monstruo.
Sino enseñándole a no mirar.
Sin embargo, en el otoño de 1942 ocurrió algo que complica todavía más la historia.
Las deportaciones masivas se detuvieron.
Las protestas de representantes del Vaticano y de miembros de la Iglesia habían aumentado. La información sobre asesinatos de judíos en los territorios ocupados era cada vez más inquietante.
Tiso vaciló.
Y los aproximadamente 24.000 judíos que todavía permanecían en Eslovaquia recibieron un respiro temporal.
Sus defensores señalarían después aquel episodio una y otra vez.
“¿Lo ven?”, dirían.
“Si hubiera querido exterminarlos, no habría parado los transportes.”
Pero el problema estaba en todo lo que había sucedido antes.
Decenas de miles ya se habían ido.
El Estado ya los había entregado.
Las autoridades ya habían participado.
Y Tiso ya había defendido públicamente la deportación.
El silencio de una estación después de que parta el último tren no devuelve a quienes iban dentro.
Durante casi dos años, aquella pausa permitió a miles sobrevivir.
Algunos se escondieron.
Otros consiguieron documentos.
Otros dependieron de vecinos, religiosos o desconocidos dispuestos a correr riesgos enormes.
Pero la guerra todavía no había terminado.
Y el último giro sería devastador.
En 1944, el Reich de Hitler estaba retrocediendo en múltiples frentes.
La Unión Soviética avanzaba.
La derrota alemana comenzaba a parecer posible.
En Eslovaquia, grupos clandestinos comunistas y no comunistas preparaban una rebelión contra el régimen y contra el dominio alemán.
El 29 de agosto estalló el Levantamiento Nacional Eslovaco.
Era el momento en que la autoridad de Tiso comenzaba a desmoronarse.
El presidente que había prometido orden contemplaba ahora una insurrección dentro de su propio país.
Y entonces ocurrió lo que suele ocurrir cuando un régimen dependiente de una potencia exterior ya no puede controlar la situación.
La potencia exterior entró directamente.
Tropas alemanas ocuparon Eslovaquia.
La independencia que el régimen había presentado durante años como su gran logro quedó reducida a una ficción cada vez más evidente.
Y la persecución de los judíos volvió con una ferocidad terrible.
Unidades alemanas, apoyadas también en determinados casos por colaboradores locales, cazaron a quienes habían sobrevivido escondidos durante los dos años anteriores.
Miles fueron detenidos.
Aproximadamente 12.600 judíos fueron deportados nuevamente a partir de septiembre de 1944.
Otros fueron asesinados dentro del propio territorio eslovaco.
Esta vez era todavía más difícil fingir que nadie sabía nada.
Auschwitz ya no era simplemente un nombre lejano.
Los informes circulaban.
Testimonios aparecían.
Los ejércitos soviéticos descubrían escenarios de asesinatos masivos a medida que avanzaban.
El mundo comenzaba a comprender.
Pero Tiso siguió al frente del régimen mientras Alemania ocupaba su país.
Su poder real era cada vez menor.
Su destino político también.
Durante años había vinculado la supervivencia de su Estado a Hitler.
Ahora Hitler estaba perdiendo la guerra.
Y Tiso perdería con él.
En la primavera de 1945, la estructura se derrumbó.
El Ejército Rojo se acercaba.
Bratislava ya no era segura.
El presidente abandonó el país.
Pasó por Austria.
Después llegó a Baviera.
El hombre que había encabezado un Estado tenía que buscar refugio.
Terminó en un monasterio de Altötting.
La imagen parece construida para una película, pero pertenece a la historia.
Un sacerdote refugiado en un monasterio.
Un expresidente escondido en un país derrotado.
Un aliado de Hitler esperando saber quién lo encontraría primero.
Fueron los estadounidenses.
Las fuerzas norteamericanas lo detuvieron.
Y allí podría haber terminado la historia de otra manera.
Tiso podría haber quedado internado durante años.
Podría haber intentado huir más lejos.
Podría haber acabado en algún proceso internacional.
Pero fue entregado a Checoslovaquia.
Regresó a un país muy distinto del que había abandonado.
Ya no había alfombras presidenciales.
No había ministros esperando su llegada.
No había Guardia de Hlinka rindiéndole honores.
Había investigadores.
Había documentos.
Había supervivientes.
Había familias con sillas vacías alrededor de la mesa.
Y, sobre todo, había una pregunta que ninguna retórica podía hacer desaparecer:
¿Qué responsabilidad tenía el hombre situado en lo más alto del Estado?
El juicio comenzó a finales de 1946.
Junto a Tiso fueron procesados otros dirigentes del régimen, entre ellos el antiguo ministro del Interior Alexander Mach. Ferdinand Ďurčanský fue juzgado en ausencia.
Durante más de cuatro meses, el proceso capturó la atención del país.
No era solamente un juicio criminal.
Era una batalla por la memoria.
Para unos, Tiso era responsable de traición, colaboración con la Alemania nazi y de haber encabezado un régimen implicado en persecuciones y deportaciones.
Para otros, especialmente sectores nacionalistas y católicos, era el presidente del primer Estado eslovaco moderno, un hombre al que consideraban víctima de las circunstancias y de una justicia politizada.
Cada sesión del tribunal tenía una carga explosiva.
Porque juzgar a Tiso significaba también juzgar una época que muchos preferían recordar de manera selectiva.
Sus partidarios podían señalar las presiones de Berlín.
Sus críticos respondían con las leyes firmadas en Bratislava.
Podían mencionar las exenciones concedidas a algunos judíos.
Frente a ellas aparecían decenas de miles de deportados.
Podían insistir en que Alemania había dominado Eslovaquia.
Y entonces regresaba aquel dato incómodo.
500 Reichsmarks.
Por persona deportada.
Cuanto más se intentaba reducir toda la historia a la imagen de un pequeño país indefenso obedeciendo órdenes, más aparecía la burocracia eslovaca en los expedientes.
Listas.
Acuerdos.
Normas.
Guardias.
Transportes.
Decisiones.
Ese fue quizá el golpe más difícil de absorber.
No hacía falta demostrar que Tiso hubiera empujado personalmente a una sola víctima dentro de un vagón.
El poder moderno rara vez funciona así.
Un presidente no necesita estar en cada estación.
Le basta con encabezar un sistema que hace posible que las estaciones funcionen.
La defensa podía discutir grados de responsabilidad.
Podía discutir motivaciones.
Podía recordar que Tiso no perteneció inicialmente al sector más radical de su propio partido.
Podía insistir en que concedió exenciones.
Todo eso formaba parte de la historia.
Pero había otra parte que no desaparecía.
Cuando tuvo una plataforma pública en 1942, mientras decenas de miles de ciudadanos estaban siendo deportados, utilizó su autoridad para justificar aquella política.
Eso también formaba parte de la historia.
El 15 de abril de 1947 llegó el veredicto.
La sala estaba llena.
Periodistas esperaban.
Cámaras fotográficas estaban listas.
Años antes, Tiso había observado multitudes desde un lugar de poder.
Ahora todos los ojos estaban sobre él.
El tribunal lo declaró culpable de graves cargos, entre ellos traición y colaboración con el enemigo, y lo condenó a muerte.
En las crónicas de la época quedó registrado un detalle extraordinario.
Al pronunciarse la sentencia, reinó un silencio casi completo.
Solo se oía el movimiento de las cámaras y el disparo seco de los obturadores.
Tiso permaneció inmóvil.
Ese fue su verdadero momento de reconocimiento.
No existe evidencia seria que permita afirmar que, en esos segundos, confesara interiormente su responsabilidad o se arrepintiera de todo lo ocurrido.
Inventarlo sería convertir la historia en ficción.
Pero algo sí era imposible que no comprendiera.
El poder había terminado.
El hombre que había firmado desde arriba estaba ahora sometido a una decisión que ya no podía cambiar.
Durante años, otras familias habían esperado una excepción.
Una firma.
Una orden que detuviera lo inevitable.
Ahora era Tiso quien necesitaba misericordia.
Sus partidarios pidieron clemencia.
La cuestión provocó una tormenta política.
Conmutar la pena podía enfurecer a quienes consideraban la ejecución una consecuencia necesaria de la colaboración.
Mantenerla podía convertirlo, para sus seguidores, en mártir.
La decisión llegó.
No habría indulto.
Tres días después, el 18 de abril de 1947, Jozef Tiso fue conducido hacia la ejecución.
Tenía 59 años.
El presidente había desaparecido.
El “líder” había desaparecido.
Quedaba el sacerdote.
Y la horca.
Fue ejecutado por ahorcamiento en Bratislava.
Después fue enterrado de manera discreta. Las autoridades querían evitar que su tumba se transformara en lugar de peregrinación política.
Pero una tumba oculta no podía enterrar la discusión.
Porque la muerte de Tiso no resolvió el problema que representaba.
Lo hizo más difícil.
Durante las décadas siguientes, su figura fue utilizada por fuerzas políticas opuestas.
Para algunos, era la prueba del peligro de unir nacionalismo extremo, autoritarismo y antisemitismo bajo una retórica religiosa.
Para otros, se convirtió en mártir del nacionalismo eslovaco.
Los apologistas comenzaron a elegir determinadas piezas de su biografía y a colocarlas bajo una luz favorable.
El sacerdote.
El patriota.
Las exenciones.
La presión alemana.
El sueño de independencia.
Cada una de esas piezas existía.
El problema aparecía cuando se retiraban deliberadamente las demás.
El Código Judío.
La arianización.
Las deportaciones.
La participación de las autoridades eslovacas.
Los discursos antisemitas.
El acuerdo con Alemania.
Los 500 Reichsmarks.
Los trenes.
Más de 70.000 judíos fueron deportados de Eslovaquia en el conjunto de la guerra por autoridades alemanas y eslovacas.
Más de 60.000 fueron asesinados.
Detrás de esas cifras había nombres.
Y ese es el último giro de esta historia.
Porque durante mucho tiempo el debate sobre Tiso ha girado alrededor de Tiso.
¿Fue patriota?
¿Fue títere?
¿Fue fanático?
¿Fue pragmático?
¿Fue mártir?
¿Fue criminal?
Son preguntas históricamente legítimas.
Pero si solo hablamos de él, corremos el riesgo de hacer exactamente lo mismo que hacen todos los regímenes autoritarios: colocar al hombre poderoso en el centro y convertir a las víctimas en una estadística alrededor suyo.
La historia más importante no está únicamente en la celda de Tiso en abril de 1947.
Está también en las casas que quedaron vacías cinco años antes.
En la tienda cuyo propietario desapareció.
En la niña que tuvo que ponerse una estrella amarilla.
En el padre que llenó una solicitud de exención y esperó una respuesta que nunca llegó.
En la madre que preparó una maleta pensando que el viaje sería temporal.
En las puertas cerradas de los vagones.
En los vecinos que miraron.
En quienes ayudaron.
En quienes denunciaron.
En quienes se beneficiaron del silencio.
En quienes dijeron que no podían hacer nada.
Y en quienes descubrieron demasiado tarde que una sociedad no pasa de la convivencia al exterminio en un solo día.
Primero cambia el lenguaje.
Después cambia la ley.
Después cambia lo que la gente considera aceptable.
A un grupo se le culpa de los problemas del país.
Después se le quitan determinados derechos.
Luego propiedades.
Luego empleos.
Luego libertad de movimiento.
Cada nueva medida parece solo un poco peor que la anterior.
Y cuando finalmente llegan los trenes, la sociedad lleva años aprendiendo a no preguntar hacia dónde van.
Eso es lo verdaderamente aterrador de Jozef Tiso.
No que fuera un monstruo salido de ninguna parte.
Sino exactamente lo contrario.
Era educado.
Tenía un doctorado.
Era sacerdote.
Había sido parlamentario.
Sabía utilizar el lenguaje de la moral.
Podía hablar de Dios mientras un Estado discriminaba legalmente a una minoría.
Podía hablar de nación mientras familias completas eran expulsadas.
Podía presentarse como protector mientras la maquinaria administrativa que encabezaba entregaba seres humanos a un régimen genocida.
Los peores capítulos de la historia no siempre son escritos por hombres que parecen villanos.
A veces los escriben hombres respetables rodeados de funcionarios obedientes, convencidos de que cada pequeña concesión es necesaria para proteger algo supuestamente más importante.
En 2008, décadas después de su ejecución, los restos de Tiso fueron reinhumados en Nitra.
Su nombre continuó provocando discusiones.
Probablemente seguirá haciéndolo.
Pero hay una diferencia entre debatir la complejidad histórica y borrar aquello que resulta incómodo.
Se puede reconocer que Eslovaquia sufrió enormes presiones por parte de Hitler y, al mismo tiempo, reconocer las decisiones tomadas por su propio régimen.
Se puede estudiar el nacionalismo eslovaco sin justificar la persecución racial.
Se pueden analizar las exenciones concedidas por Tiso sin utilizarlas para hacer desaparecer a decenas de miles de deportados.
La historia adulta no necesita héroes perfectos ni demonios de caricatura.
Necesita memoria completa.
Y quizá por eso la imagen final de Jozef Tiso sigue siendo tan poderosa.
No es la fotografía del presidente durante una ceremonia.
No es el sacerdote frente al altar.
No es el dirigente saludando a sus seguidores.
Es el hombre inmóvil escuchando una sentencia mientras las cámaras rompen el silencio de una sala.
Durante años, otros habían esperado decisiones tomadas desde su despacho.
Ahora la decisión era sobre él.
Durante años, su régimen había clasificado quién podía conservar sus derechos y quién debía perderlos.
Ahora otro tribunal clasificaba sus propios actos.
Durante años, miles de personas habían subido a transportes sin saber si habría una última oportunidad de regresar.
Para Tiso tampoco la hubo.
Murió en la horca.
Pero las víctimas de su régimen no recuperaron la vida con su ejecución.
La justicia puede castigar a un responsable.
No puede hacer retroceder un tren.
Por eso recordar esta historia no consiste en disfrutar del final de un hombre condenado.
Consiste en reconocer todo lo que tuvo que ocurrir antes para que decenas de miles de personas fueran convertidas primero en “un problema”, después en expedientes y finalmente en víctimas.
El fascismo rara vez comienza anunciando el horror completo que pretende producir.
Comienza prometiendo orden.
Prometiendo grandeza.
Prometiendo recuperar lo perdido.
Prometiendo identificar a los culpables.
Y esperando que suficiente gente decida que los derechos de sus vecinos son un precio aceptable por esa promesa.
La historia de Jozef Tiso nos deja una advertencia que sigue siendo incómoda porque sigue siendo útil:
cuando un gobierno necesita deshumanizar a una parte de su población para demostrar cuánto ama a la nación, el peligro no comienza el día en que aparecen las víctimas.
Comenzó mucho antes, el día en que la sociedad aceptó que algunas vidas podían valer menos que las demás.
Y cuando eso vuelva a ocurrir, la pregunta no será si conocíamos esta historia.
La pregunta será qué hicimos después de conocerla.


