Ayer me dieron un golpe que no vi venir: me dijeron que mi trabajo de siete años no valía para nada, que cualquiera podía hacerlo, y que mi puesto estaba en la lista de los que iban a desaparecer….

Ayer me dieron un golpe que no vi venir: me dijeron que mi trabajo de siete años no valía para nada, que cualquiera podía hacerlo, y que mi puesto estaba en la lista de los que iban a desaparecer....

Era miércoles por la tarde y Daniel Ríos, el conserje de Nexum Solutions, llevaba siete años recorriendo aquellos pasillos con la misma atención total. Ninguno de los que trabajaban allí sabía que antes de aquellos siete años, Daniel había estudiado ingeniería de sistemas y había trabajado en ello. No lo contaba porque nadie se lo preguntaba. Esa semana, el lunes, el problema había golpeado a la empresa.

Thumbnail

El cliente principal, el que representaba cien millones, había comunicado que el sistema que Nexum les había implementado tres años antes fallaba en la integración de los datos de sus cuatro subsidiarias. El fallo afectaba a su operación de una manera crítica. Marcos Delgado, el director general y fundador, había reunido al equipo técnico el lunes. Trabajaron el lunes y el martes con toda la atención posible y, el miércoles a las tres de la tarde, el equipo tenía una evaluación completa del problema.

Pero no tenía solución. Estaban reunidos en la sala del décimo piso. La puerta estaba entreabierta, nadie la había cerrado del todo. Daniel pasaba por el pasillo con su trabajo cuando escuchó la descripción del problema.

Reconoció la arquitectura de aquel fallo. La reconoció porque él había estudiado exactamente aquello, porque había trabajado en ello antes de que las circunstancias lo llevaran a aquel trabajo. Siguió su jornada, procesando lo escuchado mientras hacía lo que tenía que hacer. A las cuatro y cuarto, terminó en el décimo piso.

Fue a recepción. Carmen, la asistente, llevaba cuatro años allí. —Quiero dejarle algo al señor Delgado —dijo Daniel. —Está en reunión.

—Sí, lo sé. Es algo que puede dejarle para cuando termine. Escribió cuatro hojas con el bolígrafo de recepción. Sin adornos, con la precisión de quien sabe exactamente lo que tiene que escribir.

Describió la arquitectura del problema, la solución y los pasos concretos para implementarla. Lo dejó todo en un sobre con el nombre de Marcos Delgado y siguió con su tarde. Marcos salió de la reunión a las cinco y cuarto, agotado por dos horas de evaluación completa sin solución. Carmen le entregó el sobre.

—Dijo que era del conserje. Marcos lo abrió. Leyó las cuatro hojas una vez, rápido, para tener la imagen. Las leyó una segunda vez, más despacio, para verificar que lo que tenía delante era real.

—¿Dónde está el conserje? —preguntó. —Suele terminar a las seis. A esta hora probablemente está en la planta baja.

Marcos bajó. Daniel estaba allí, haciendo su trabajo. Marcos se acercó. —Tengo las cuatro hojas —dijo.

—Sí. —Quiero preguntarte algo. —Sí. —¿Cómo sabes esto?

—Escuché la descripción del problema cuando pasaba por el pasillo del décimo piso. La puerta estaba entreabierta. Es un tipo de problema que puedo describir. —¿Cómo?

—Estudié ingeniería de sistemas. Trabajé en ello antes de los siete años aquí. Lo que estudié y trabajé me da el conocimiento para describir esa arquitectura. Marcos se quedó en silencio un momento.

—Las cuatro hojas son lo que el equipo técnico no pudo producir en dos días —dijo—. Y tienen lo que el problema requiere. —El problema tiene la arquitectura que tiene —respondió Daniel—. La solución es la que describen las hojas.

Marcos respiró hondo. —Quiero preguntarte otra cosa. —Sí. —Los siete años.

¿Por qué? Daniel guardó silencio. El silencio que ese tipo de pregunta merece. —Las circunstancias produjeron las circunstancias —dijo—.

Y los siete años produjeron el conocimiento de esta empresa que solo se produce recorriendo sus espacios como yo los he recorrido. Marcos lo miró con atención. —Lo que hiciste hoy —dijo—, y cómo lo hiciste, dice más de ti que cualquier currículum. Tenemos una posición que lleva tres meses vacía.

Nadie ha llegado con la combinación que esa posición necesita. Alguien que vea los problemas de la manera en que estas cuatro hojas demuestran que tú los ves. Daniel se quedó en silencio otra vez. Luego hizo una pregunta.

—Esa posición, ¿me da acceso a los espacios donde los problemas existen de verdad? ¿O me da acceso solo a la versión de los problemas que se ve desde la posición? Porque los siete años en los pasillos me han enseñado que los problemas, para verse bien, hay que verlos donde existen. Marcos lo miró durante un largo momento.

—Esa es la pregunta correcta —dijo—. Y la respuesta es que tendrás el acceso necesario. Personalmente garantizo que lo tengas. En doce años he aprendido que las soluciones más valiosas vienen de los pasillos.

Y sin acceso, esas soluciones no son posibles. —Entonces acepto —dijo Daniel. Al día siguiente, el equipo técnico recibió las cuatro hojas. El problema de los cien millones se resolvió con los pasos que Daniel había descrito.

El cliente principal recibió la solución con la respuesta de quien recibe lo que necesitaba. Marcos Delgado aprendió que las soluciones que vienen de los pasillos pueden valer más que días enteros de reuniones, no porque el equipo técnico sea menos, sino porque los pasillos producen un conocimiento que solo se obtiene recorriéndolos con atención completa. Y Daniel aprendió que las cuatro hojas no las escribió para ser visto. Las escribió porque había escuchado un problema que podía describir, y describirlo era lo que correspondía.

La solución había estado siempre en el lugar donde nadie había mirado, porque nadie había considerado que quien tenía la solución pudiera estar justo ahí.