“Esa niña la vi aparecer sola junto a las naranjas, con el abrigo rojo y la cara de quien acaba de descubrir que está perdida. No calculé nada. Solo la acompañé mientras buscábamos a su hermano….

“Esa niña la vi aparecer sola junto a las naranjas, con el abrigo rojo y la cara de quien acaba de descubrir que está perdida. No calculé nada. Solo la acompañé mientras buscábamos a su hermano....

Carmen Vidal estaba frente al puesto de naranjas del mercado de San Isidro, un sábado de noviembre, eligiendo fruta con la atención de quien sabe que una naranja puede parecer perfecta y luego saber a nada. Tenía 35 años, vivía en el barrio desde hacía cuatro y trabajaba como traductora de italiano, portugués y francés desde su apartamento. La traducción le había enseñado a notar matices, y esa misma atención periférica le hizo ver a la niña. La niña apareció a las diez y diecisiete.

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Tendría unos seis años, llevaba un abrigo rojo y una mochila pequeña, y estaba quieta junto a las naranjas con la cara de quien acaba de darse cuenta de que no está donde debería estar. Aún no lloraba, pero estaba en ese momento justo antes de llorar, ese instante en que un niño de seis años evalúa la situación a gran velocidad. Carmen dejó las naranjas a un lado y fue hacia ella. Se agachó para quedar a su altura y le preguntó cómo se llamaba.

—Julia —dijo la niña. Carmen le dijo que se llamaba Carmen y le preguntó si se había perdido a alguien. —A mi hermano —respondió Julia con una confianza que Carmen no esperaba. —¿Dónde lo viste por última vez?

—En el puesto del queso. Vi las naranjas y vine a verlas porque son más naranjas que las del puesto del queso. Carmen dijo que entendía, que iban a encontrar a su hermano. Julia dijo que bien, con la fe que los niños de seis años depositan en los adultos que hablan con esa seguridad.

Fueron juntas hacia el puesto del queso. No había nadie con la cara de quien busca a una niña de seis años con abrigo rojo. Carmen le preguntó a Julia si su hermano tenía teléfono. —Sí, pero no me sé el número.

Los números de teléfono son difíciles de recordar. Carmen sonrió. Dijo que tenía razón, que los números eran difíciles de recordar. Le preguntó cómo se llamaba su hermano.

—Marco. —Bien —dijo Carmen—. Iremos a un lugar donde Marco pueda verte si vuelve aquí. Julia dijo que qué bien.

Y se pusieron en un sitio visible junto al puesto del queso, esperando. Para calmar la espera, Carmen le preguntó a Julia qué tipo de queso le gustaba. —El que tiene agujeros. —Ah, el emmental.

Julia preguntó por qué tenía agujeros. Carmen le explicó que durante el proceso de hacer el queso se formaban burbujas de gas que, al endurecerse, dejaban los huecos. Julia se quedó pensando y dijo que le gustaba más el queso ahora que sabía que los agujeros eran burbujas. Carmen dijo que sí, que saber por qué las cosas son como son las hace más interesantes.

Julia asintió como si esa fuera la frase más lógica del mundo. Siete minutos después llegó el hombre. Carmen lo vio venir antes de que llegara del todo, porque la urgencia llega siempre antes que la persona que la lleva. Tendría unos 38 años y la cara de quien ha pasado siete minutos buscando a su hermana de seis años.

Julia lo vio y gritó:

—¡Marco! Marco llegó al puesto del queso, se agachó junto a Julia y le dijo algo en voz baja, algo que solo los siete minutos de buscarla podían producir. Julia le contó que Carmen la había encontrado y le había explicado que los agujeros del emmental eran burbujas. Marco se levantó y miró a Carmen.

Dijo gracias, pero no el gracias de cortesía, sino el que sale cuando lo que se agradece tiene peso. Carmen dijo que de nada, con la naturalidad de quien considera que hacer eso era simplemente lo correcto. Julia le susurró algo a Marco. Él la escuchó y luego se dirigió a Carmen:

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro. —Julia dice que sabes por qué el emmental tiene agujeros. Yo también lo sé, pero dice que la manera en que se lo explicaste hace que el queso sea más interesante. Quería saber cuál fue esa manera.

—Le dije que saber por qué las cosas son como son las hace más interesantes. Marco la miró con una atención que Carmen no supo interpretar del todo. —Eso también es verdad sobre las personas —dijo. Carmen lo miró sin responder.

—Quiero preguntarte algo más, que no tiene nada que ver con los agujeros del queso. —Adelante. —¿Tomas café? El mercado tiene un bar.

Carmen dijo que sí tomaba café. Marco dijo que si quería tomar un café con él y con Julia. Julia respondió que sí desde abajo, con la atención de los seis años, que no pierde detalle de las conversaciones de los adultos por mucho que los adultos lo crean. Fueron al bar del mercado.

Carmen pidió café. Julia pidió café con leche. La conversación fluyó con la naturalidad de dos personas que no se conocen pero que el azar, un sábado de noviembre, había puesto en la misma mesa. Marco le preguntó a qué se dedicaba.

Carmen dijo que era traductora, que los idiomas eran el territorio que más le interesaba del mundo. —¿Qué idiomas? —Italiano, portugués y francés, además del español. —Yo también hablo italiano —dijo Marco—.

Mi familia es de origen italiano. Nací aquí, pero mi bisabuelo llegó de Nápoles. —Ferrante es un apellido del sur. —Sí, de Nápoles.

Julia intervino:

—Yo también sé un poco de italiano. Carmen le dijo una frase breve en italiano, un saludo para saber cómo iba su aprendizaje. Julia respondió con el italiano de seis años que llevaba aprendiendo, y Carmen dijo que estaba muy bien. —Gracias —dijo Julia, con el gracias sin capas que solo los niños saben decir.

Marco observó el intercambio y dijo algo que Carmen no esperaba:

—He conocido a mucha gente que habla idiomas en estos 38 años. La mayoría los usa como instrumentos. Tú no. Cuando le hablaste a Julia en italiano, no fue un instrumento.

Fue como si estuvieras dentro del idioma. Carmen dijo que era la diferencia que producen los años de vivir en un idioma, de traducirlo, de estar dentro de él. Que al final los idiomas que uno traduce dejan de ser instrumentos y se convierten en un lugar donde uno vive. —Eso es exactamente la diferencia entre las personas —dijo Marco—.

Algunas se conocen como instrumentos, porque sirven para algo. Otras se conocen como idiomas, porque son lo que son. Julia dijo:

—Yo conozco a Marco de la manera del idioma. Los hermanos no son instrumentos, son hermanos.

Los dos adultos se quedaron mirándola. Marco dijo que su hermana tenía razón. Carmen dijo que sí. El café duró lo que duran dos tazas de café y un café con leche de seis años y una conversación que no necesitaba nada más.

Al final, Marco dijo que quería decirle algo. —Lo que hiciste esta mañana, encontrar a Julia, quedarte con ella, esperar donde pudiera verte, es el tipo de cosa que se hace bien o no se hace. Lo hiciste bien. Y eso dice algo de ti que quería nombrar, porque las cosas que merecen nombrarse y no se nombran se quedan en un silencio que no les corresponde.

Carmen dijo que había encontrado a una niña que necesitaba que alguien se quedara con ella. Que lo que había que hacer era eso. —Sí —dijo Marco—. Pero la manera de hacerlo también dice quién lo hace.

Carmen no supo qué responder. Marco tampoco esperaba que respondiera. Le preguntó si el sábado siguiente volvería al mercado. —Sí, el mercado de los sábados es mi ritual.

—Bien. Si quieres, podemos tomar el café otra vez. Julia dijo que sí, desde su posición de siempre, con la atención de siempre. Carmen dijo que bien.

Marco se levantó con Julia y se dirigieron a la salida. En la puerta, Julia se volvió:

—La semana que viene sabré más italiano. —Bien —dijo Carmen—. Lo espero.

Julia sonrió y salió con la energía de los seis años, que se van siempre con prisa. Marco se detuvo un instante en la salida, sin girarse del todo, y dijo:

—Los agujeros del emmental me parecen más interesantes ahora que he escuchado tu explicación. —Sí —dijo Carmen—. Así funcionan las explicaciones correctas.

—Y a veces —dijo Marco— llegan de las maneras más inesperadas. Salió detrás de Julia, con el frío de noviembre y el mercado de San Isidro haciendo lo que el mercado hace los sábados por la mañana. Carmen se quedó un rato en la mesa, con el café vacío entre las manos, procesando lo que había pasado. Luego volvió al puesto de las naranjas.

Las naranjas seguían ahí, anaranjadas de la manera en que las naranjas son anaranjadas. Las eligió con la misma atención de siempre, la de quien sabe distinguir entre la naranja que es lo que debe ser y la que solo parece que lo es. El sábado siguiente, Carmen llegó al mercado a las diez. Marco y Julia llegaron a las diez y cinco.

Julia llegó con el italiano que había practicado toda la semana y se lo dijo. Carmen dijo que era perfecto. Julia dijo gracias, con el mismo gracias sin capas de siempre. Marco miraba el intercambio desde un lado, con la atención de quien encuentra algo genuinamente interesante.

Y fueron hacia el puesto del queso, donde el emmental seguía teniendo sus agujeros, que eran burbujas, y que desde el sábado anterior, para Julia, eran un poco más interesantes porque ya sabía por qué estaban ahí.