Ejecución de Nikolai Yezhov – Sádico jefe de la policía secreta soviética y asesino en masa

Ejecución de Nikolai Yezhov - Sádico jefe de la policía secreta soviética y asesino en masa

Fetched image 1

Nikolái Yezhov: el “Enano Sangriento” que hizo desaparecer a cientos de miles… hasta que Stalin lo hizo desaparecer a él

Hubo un momento en que Nikolái Yezhov podía decidir el destino de un hombre sin mirarlo a los ojos.

Un nombre en una lista. Una firma. Una categoría marcada con tinta. Y, a cientos o miles de kilómetros de Moscú, alguien podía ser detenido esa misma noche, interrogado, enviado a un campo de trabajo o colocado frente a un pelotón de ejecución.

En febrero de 1940, sin embargo, Yezhov ya no tenía escritorio, chófer, guardias ni teléfono directo con el Kremlin.

Tenía una celda.

El antiguo jefe del NKVD, uno de los hombres más temidos de la Unión Soviética, esperaba la resolución de un tribunal secreto. El hombre que había supervisado una maquinaria capaz de fabricar enemigos a escala industrial estaba ahora acusado con el mismo vocabulario que había destruido a tantos otros: conspiración, espionaje, terrorismo, sabotaje.

Y había una ironía todavía más cruel.

Durante su juicio, Yezhov rechazó algunas de las confesiones obtenidas durante la investigación y sostuvo que habían sido arrancadas bajo tortura. Sabía perfectamente lo que significaba esa frase. Había dirigido una organización que había utilizado precisamente la coerción y la tortura para producir confesiones. Ahora pedía una sola cosa: que lo fusilaran “en silencio, sin tortura”.

Solo unos años antes, la escena habría parecido imposible.

En abril de 1937, Yezhov había aparecido junto a Iósif Stalin en una fotografía tomada junto a un canal. Allí estaba el líder soviético, sólido en el centro de la imagen. Y allí, muy cerca de él, un hombre pequeño con uniforme, aparentemente instalado para siempre en el círculo del poder.

Después de su caída, ocurrió algo extraordinario.

Yezhov fue borrado de aquella fotografía.

No metafóricamente.

Fue eliminado de la imagen oficial.

Donde antes había estado un hombre, quedó agua.

La fotografía se convertiría en uno de los ejemplos más famosos de la manipulación visual durante el estalinismo: primero Yezhov desapareció políticamente; después desapareció físicamente; finalmente intentaron hacerlo desaparecer de la memoria.

Pero para entender cómo un hombre pudo pasar de caminar al lado de Stalin a ser borrado como si jamás hubiera existido, hay que volver atrás.

Porque Nikolái Ivanovich Yezhov no nació poderoso.

Y esa es precisamente una de las partes más inquietantes de su historia.

Procedía de orígenes humildes, tenía poca educación formal y había pasado por trabajos modestos antes de convertirse en funcionario del Partido Comunista. Su ascenso no se basó en grandes discursos ni en una personalidad magnética. No era un Trotski, un Bujarin ni uno de aquellos revolucionarios que podían llenar una sala con palabras.

Era otra clase de hombre.

Meticuloso.

Discreto.

Organizado.

Obediente.

Y, sobre todo, útil.

Durante la década de 1920 fue ocupando puestos regionales dentro del Partido. En 1927 llegó a Moscú. Poco después comenzó a trabajar en el área que podía decidir carreras enteras: personal.

Expedientes.

Nombramientos.

Antecedentes.

Lealtades.

Promociones.

Quién había trabajado con quién.

Quién había pertenecido a qué facción diez años antes.

Quién conocía a alguien que había caído en desgracia.

En un sistema cada vez más obsesionado con la pureza política, conocer los expedientes de los demás podía resultar más valioso que comandar un ejército.

Yezhov aprendió ese lenguaje perfectamente.

A comienzos de los años treinta fue ascendiendo dentro de la maquinaria central del Partido. Para 1934 estaba en el Comité Central. En 1935 ya se encontraba entre los funcionarios que trabajaban cerca de la cúpula.

Mientras tanto, la Unión Soviética se estaba transformando en un país gobernado por el miedo.

El asesinato del dirigente de Leningrado Serguéi Kírov en diciembre de 1934 sirvió como punto de aceleración para nuevas represiones. Las sospechas se extendieron. Antiguos camaradas comenzaron a convertirse en enemigos. Viejos debates políticos fueron reinterpretados como conspiraciones criminales.

En los juicios públicos de Moscú aparecieron antiguos bolcheviques confesando planes cada vez más extraordinarios: terrorismo, espionaje, traición, colaboración con potencias extranjeras.

El mensaje era sencillo.

El enemigo podía estar en cualquier parte.

Incluso dentro del Partido.

Incluso entre quienes habían hecho la revolución.

Y si podía estar en cualquier parte, entonces nadie estaba completamente a salvo.

Yezhov no necesitó inventar ese sistema.

Lo que hizo fue demostrar que estaba dispuesto a llevarlo mucho más lejos.

En septiembre de 1936, Stalin lo puso al frente del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos: el NKVD.

Era, en la práctica, el jefe de la poderosa policía política soviética.

Su predecesor se llamaba Guénrij Yagoda.

Y aquí aparece el primer giro que Yezhov debería haber entendido.

Yagoda había dirigido el aparato represivo.

Había detenido enemigos.

Había participado en las purgas.

Había servido al sistema.

Pero cuando Stalin decidió que ya no era suficientemente útil, Yagoda dejó de ser el hombre que perseguía a los enemigos.

Se convirtió en uno de ellos.

Fue apartado, arrestado, juzgado y finalmente ejecutado.

Yezhov ocupó su puesto.

La señal no podía ser más clara: el cargo de jefe de la policía secreta no protegía a nadie.

El hombre que tenía las llaves de las celdas también podía terminar dentro de una.

Pero Yezhov parecía interpretar la caída de Yagoda de otra manera.

No como una advertencia.

Como una oportunidad.

Una vez instalado al frente del NKVD, comenzó la limpieza dentro de la propia organización. Funcionarios relacionados con su predecesor fueron apartados, detenidos o destruidos. Después, la represión avanzó sobre dirigentes del Partido, militares, administradores y ciudadanos comunes.

La maquinaria se alimentaba de nombres.

Y cada nombre producía nuevos nombres.

Un detenido confesaba conocer a tres conspiradores.

Esos tres podían ser interrogados.

De ellos podían salir diez nombres más.

Una acusación podía convertirse en una red.

Una red podía convertirse en una “organización”.

Y aquella supuesta organización podía justificar otra oleada de arrestos.

El sistema tenía una característica aterradora: una vez puesto en marcha, producía las pruebas que necesitaba para continuar.

Durante el periodo que acabó siendo conocido como la Yezhovshchina —la época de Yezhov— la represión alcanzó una escala extraordinaria. Historiadores y estudios basados en archivos soviéticos sitúan en más de 1,5 millones el número de personas arrestadas por supuestos delitos contra el Estado durante aproximadamente quince meses entre 1937 y 1938, con cerca de 700.000 ejecutados.

Pero los números, por sí solos, pueden ocultar el horror.

Porque 700.000 es una cifra.

Una familia esperando a que vuelva un padre es otra cosa.

Una cama que amanece vacía.

Una taza que nadie vuelve a utilizar.

Una esposa preguntando en una oficina dónde está su marido y recibiendo silencio.

Un hijo que descubre que el apellido de su padre se ha convertido en un peligro.

Un compañero de trabajo que al día siguiente evita mencionar el nombre del desaparecido.

Una puerta golpeada de madrugada.

Y después, silencio.

El terror no necesitaba que todos fueran detenidos.

Necesitaba que todos supieran que podían serlo.

En julio de 1937, aquella lógica recibió una forma burocrática casi perfecta.

El 30 de julio, bajo instrucciones del liderazgo encabezado por Stalin y con aprobación del Politburó, Yezhov firmó la Orden 00447.

El título parecía administrativo.

El contenido era otra cosa.

La operación estaba dirigida contra categorías extremadamente amplias: antiguos kulaks, delincuentes y otros considerados “elementos antisoviéticos”.

El plan inicial contemplaba el arresto de aproximadamente 270.000 personas.

Alrededor de 76.000 debían ser ejecutadas.

Muchas de las demás serían enviadas a campos de trabajo.

Las decisiones podían ser tomadas por “troikas”, grupos de tres funcionarios que evaluaban grandes cantidades de casos sin las garantías de un proceso judicial normal.

Y había cuotas.

Cifras asignadas por regiones.

Peor aún: las autoridades locales podían solicitar ampliaciones.

Y lo hicieron.

Piense por un instante en lo que eso significa.

La justicia normalmente comienza con una persona y pregunta: “¿Qué hizo?”

Este sistema podía comenzar con una cifra.

“Necesitamos tantos.”

Y después buscar personas para llenar esa cifra.

El procedimiento alteraba por completo la relación entre prueba y castigo.

La sospecha ya no conducía necesariamente a una investigación.

La necesidad política podía conducir a la búsqueda de sospechosos.

En oficinas regionales, demostrar vigilancia revolucionaria podía convertirse en una forma de supervivencia profesional. Si Moscú creía que había enemigos y usted no encontraba ninguno, quizás el problema fuera usted.

Así que aparecían enemigos.

Más enemigos.

Después más.

Algunas autoridades pidieron aumentar las cuotas previstas.

Ese detalle ayuda a comprender por qué el terror no puede explicarse únicamente como la maldad personal de un solo hombre.

Yezhov fue un perpetrador central.

Su responsabilidad fue inmensa.

Pero la maquinaria tenía muchos niveles.

Stalin autorizaba y dirigía desde arriba.

El Politburó aprobaba operaciones.

Yezhov transmitía y organizaba.

Funcionarios regionales ejecutaban.

Investigadores interrogaban.

Guardias trasladaban.

Troikas firmaban sentencias.

Administradores procesaban expedientes.

Y miles de personas aprendieron que obedecer era más seguro que preguntar.

Ahí estaba el verdadero poder del sistema.

No necesitaba que todos fueran sádicos.

Necesitaba que suficientes personas hicieran su pequeña parte.

Yezhov, sin embargo, no era simplemente un burócrata pasivo atrapado en los engranajes.

Las fuentes históricas lo sitúan como uno de los principales organizadores de aquellas operaciones. Bajo su dirección, el NKVD utilizó torturas para obtener confesiones, una práctica respaldada desde la cúspide del poder; algunas fuentes también atribuyen a Yezhov participación personal en interrogatorios violentos.

De allí vendría su reputación y el apodo con el que posteriormente sería recordado: el “Enano Sangriento”, una alusión tanto a su baja estatura como a su papel en el terror.

Y todavía faltaba algo.

Las purgas no se limitaron a los viejos bolcheviques famosos que aparecían ante las cámaras en Moscú.

Eso sería casi reconfortante.

Porque permitiría imaginar que se trataba simplemente de una guerra interna entre dirigentes.

No fue así.

Las operaciones acabaron atrapando a enormes cantidades de ciudadanos ordinarios.

Campesinos.

Trabajadores.

Antiguos opositores.

Personas con antecedentes considerados sospechosos.

Miembros de minorías y nacionalidades vinculadas a países vecinos.

Extranjeros.

Personas acusadas de espionaje sin pruebas creíbles.

Personas cuyo principal error podía ser conocer a otra persona ya detenida.

Las llamadas “operaciones nacionales” golpearon especialmente a grupos asociados con países que el Kremlin consideraba amenazas potenciales, entre ellos polacos, alemanes, finlandeses y otros.

El miedo empezó a alterar las relaciones humanas.

Tener amigos podía ser peligroso.

Recibir una carta del extranjero podía ser peligroso.

Haber trabajado años atrás con alguien que acababa de ser acusado podía ser peligroso.

Defender a un detenido era peligroso.

Preguntar demasiado era peligroso.

Incluso guardar silencio podía parecer sospechoso.

La lógica del terror era perfecta precisamente porque no ofrecía una conducta completamente segura.

Si confesabas, eras culpable.

Si negabas, ocultabas algo.

Si señalabas a otros, confirmabas que existía una conspiración.

Si no señalabas a nadie, significaba que protegías a tus cómplices.

Era una trampa sin salida.

Y en el centro de esa tormenta estaba Yezhov.

Durante 1937 parecía estar ganando.

Fue elevado a candidato del Politburó.

La propaganda lo presentaba favorablemente.

Su cercanía con Stalin parecía indiscutible.

En fotografías estaba junto al líder.

En reuniones pertenecía al mundo de los hombres que decidían el destino del país.

Había alcanzado un nivel de poder que aquel antiguo funcionario provincial difícilmente habría imaginado veinte años antes.

Y precisamente ahí comenzó su caída.

Porque en los regímenes dominados por el poder personal, una promoción puede ser también una despedida cuidadosamente disfrazada.

En abril de 1938, Yezhov recibió otro cargo: Comisario del Pueblo para el Transporte Acuático.

Sobre el papel podía parecer una ampliación de responsabilidades.

En retrospectiva, se parecía más al primer paso para sacarlo del lugar donde realmente estaba el poder.

El NKVD.

Durante el verano apareció otro hombre.

Lavrenti Beria.

Stalin lo llevó a Moscú y, en agosto de 1938, Beria fue colocado como adjunto de Yezhov.

No hacía falta ser un genio político para comprender el mensaje.

El jefe acababa de recibir un subordinado con acceso directo a quien nombraba y destruía jefes.

Yezhov debió reconocer el patrón.

Años antes él mismo había sido el hombre ascendente mientras Yagoda caía.

Ahora la escena se repetía.

Solo que esta vez Yezhov estaba interpretando el papel de Yagoda.

Y Beria interpretaba el suyo.

Aquí la historia cambia de dirección.

Hasta entonces, Yezhov había mirado expedientes de otros.

Ahora otros comenzaban a mirar los suyos.

Hasta entonces, sus subordinados arrestaban redes enteras.

Ahora hombres relacionados con él empezaban a ser arrestados.

Hasta entonces, la proximidad a Yezhov podía significar poder.

De repente podía significar peligro.

La misma lógica de asociación que había enviado a tantos ciudadanos a prisión empezó a cerrarse alrededor del círculo del jefe del NKVD.

Un amigo detenido.

Un colaborador interrogado.

Un antiguo subordinado señalado.

Cada arresto era un mensaje.

La distancia entre el despacho del comisario y la celda se estaba reduciendo.

Yezhov comenzó a beber cada vez más.

Su situación personal también se derrumbaba.

Su esposa, Yevgenia, se encontraba rodeada por un ambiente de creciente persecución; personas de su entorno estaban cayendo bajo sospecha. En noviembre de 1938 murió tras tomar una sobredosis de barbitúricos, en circunstancias que las investigaciones históricas han relacionado con el cerco que se cerraba alrededor de la familia.

Dos días después de aquellos acontecimientos, Yezhov compareció ante Stalin, Molotov y Voroshílov.

El 23 de noviembre presentó su renuncia como jefe del NKVD.

Poco después, Beria ocupaba efectivamente el lugar que él había perdido.

La Gran Purga estaba siendo frenada.

Y el régimen necesitaba una explicación.

Este es uno de los giros más importantes de toda la historia.

Porque el terror había sido impulsado y aprobado desde la cúspide soviética. Yezhov no había actuado como un caudillo independiente que accidentalmente escapó al control de Stalin.

Había sido promovido mientras el terror crecía.

Había recibido autoridad.

Había trabajado dentro de decisiones aprobadas por Stalin y el Politburó.

Pero cuando la escala de los “excesos” necesitó una explicación política, resultaba extraordinariamente conveniente concentrar la culpa en el hombre que acababa de dirigir el NKVD.

El verdugo podía convertirse en chivo expiatorio sin dejar de ser verdugo.

Las dos cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.

Yezhov había cometido crímenes enormes.

Y Yezhov también había servido a una estructura superior que ahora podía sacrificarlo.

La operación para borrarlo comenzó antes de que muchos soviéticos supieran que había caído.

Su nombre empezó a desaparecer.

Instituciones que lo llevaban fueron rebautizadas.

La prensa dejó de tratarlo como figura central.

Según la investigación de los historiadores Marc Jansen y Nikita Petrov, su arresto fue ocultado cuidadosamente incluso a muchos funcionarios del propio NKVD.

Y después estaba la fotografía.

La imagen resulta casi demasiado perfecta como metáfora, pero es real.

En 1937, Yezhov estaba junto a Stalin.

Después, los retocadores eliminaron su figura.

No quedó cadáver.

No quedó sombra.

No quedó uniforme.

Solo el fondo reconstruido donde antes había estado.

El hombre que había ayudado a convertir a ciudadanos vivos en “no personas” estaba transformándose en una “no persona”.

El responsable de hacer desaparecer nombres estaba siendo borrado de la historia oficial.

Pero todavía estaba vivo.

Y seguramente comprendía lo que significaba.

El 10 de abril de 1939 fue arrestado, según las reconstrucciones biográficas basadas en archivos.

No hubo campaña pública anunciando la caída del antiguo jefe del NKVD.

No era conveniente.

Demasiadas preguntas podían surgir.

¿Por qué había sido nombrado?

¿Quién había aprobado sus operaciones?

¿Quién había firmado las decisiones?

¿Quién lo había premiado?

¿Quién había trabajado con él?

Era mucho más sencillo encerrarlo.

Y hacer que hablara.

Entonces comenzó el giro más oscuro.

Los interrogadores acusaron a Yezhov de una lista de delitos que habría reconocido inmediatamente.

Espionaje.

Conspiración.

Preparación de un golpe.

Terrorismo.

Sabotaje.

Contactos con servicios secretos extranjeros.

Era el idioma de sus propias purgas.

Solo había cambiado el nombre en la portada del expediente.

Durante los interrogatorios realizó numerosas confesiones. Las fuentes biográficas basadas en archivos sostienen que fue sometido a tortura, y en el juicio posterior Yezhov afirmó que varias de sus confesiones centrales habían sido obtenidas mediante tormento extremo y negó ser espía, terrorista o conspirador.

Imagine la escena sin necesidad de inventar una sola palabra.

El hombre que había presidido un sistema donde la confesión servía como prueba descubría ahora que su propia confesión servía contra él.

Si decía que había mentido por miedo, estaba describiendo exactamente lo que miles de víctimas habían dicho.

Si decía que había firmado bajo presión, estaba exponiendo el mecanismo que su NKVD había utilizado.

Si aseguraba que las acusaciones eran absurdas, estaba repitiendo el argumento de quienes habían sido condenados por supuestas conspiraciones imposibles.

Y si esperaba que Stalin interviniera…

entonces todavía no había comprendido la última regla del sistema que había servido.

Stalin no tenía que salvarlo.

Stalin necesitaba que desapareciera.

En enero de 1940, mientras Yezhov estaba enfermo en prisión, Beria envió a Stalin una nueva lista.

Contenía cientos de supuestos enemigos.

Entre los propuestos para recibir la pena de muerte estaba Nikolái Yezhov.

También aparecían familiares, antiguos colaboradores, oficiales del NKVD y otras personas vinculadas a su círculo.

El Politburó aprobó la propuesta.

Era casi una réplica en miniatura de las operaciones que Yezhov había gestionado.

Una lista.

Una aprobación.

Una vida convertida en una línea administrativa.

Pero ahora su nombre estaba allí.

El 2 de febrero de 1940 compareció ante el Colegio Militar de la Corte Suprema.

El juicio fue cerrado.

No hubo jurado.

No hubo público.

Según la reconstrucción de Jansen y Petrov, no hubo fiscal, abogado defensor ni testigos en el sentido ordinario de un proceso penal abierto.

Yezhov negó varias de las acusaciones principales.

Sabía cuál sería el resultado.

Pidió que no castigaran a sus familiares.

Pidió que cuidaran de su madre, si todavía vivía.

Pidió que cuidaran de su hija adoptiva.

Y pidió que lo mataran sin tortura.

Entonces ocurrió un detalle que rompe cualquier imagen romántica del “verdugo aceptando su destino con frialdad”.

Cuando le comunicaron la pena de muerte, las fuentes describen a Yezhov desplomándose.

Todavía pidió clemencia.

Todavía esperaba que Stalin pudiera perdonarlo.

La petición fue rechazada.

El antiguo jefe de la policía secreta comprendió finalmente que no quedaba llamada que hacer, funcionario al que ordenar, expediente que corregir ni nombre superior al suyo que pudiera entregar para salvarse.

El poder había cambiado de manos.

Completamente.

Según el relato conservado por los biógrafos, fue llevado a una instalación especial de ejecución en Moscú, un lugar preparado para que la muerte pudiera administrarse con eficacia y discreción.

Y aquí la historia alcanza una ironía casi insoportable.

Los investigadores sostienen que aquella instalación había sido acondicionada siguiendo instrucciones dadas anteriormente por el propio Yezhov.

Un espacio diseñado para ejecutar a otros terminó recibiendo al hombre que había ayudado a diseñarlo.

No murió como el poderoso Comisario del Pueblo.

No murió rodeado de banderas.

No hubo discurso público.

No hubo funeral de Estado.

No hubo elogios.

Fue ejecutado en secreto a comienzos de febrero de 1940.

Su cadáver fue cremado.

Sus restos terminaron en una fosa común del cementerio Donskói de Moscú.

La prensa soviética no informó a la población de su juicio ni de su ejecución.

Durante años, prácticamente desapareció.

Y esa ausencia era útil.

Porque convertía una pregunta gigantesca —¿cómo pudo un Estado arrestar a más de un millón de personas en semejante oleada de terror?— en una respuesta mucho más cómoda:

“Fue Yezhov.”

De ahí la importancia de la palabra Yezhovshchina.

Sí, Yezhov tuvo una responsabilidad enorme.

Sí, fue un organizador central.

Sí, bajo su dirección el NKVD alcanzó niveles extraordinarios de represión.

Pero la documentación abierta posteriormente mostró algo que hace la historia todavía más perturbadora.

No fue un hombre descontrolado actuando por encima de Stalin.

Fue un ejecutor favorecido, promovido y utilizado por Stalin dentro de un sistema donde las principales operaciones recibían aprobación política desde arriba.

Después se volvió prescindible.

Ese es el verdadero plot twist de Nikolái Yezhov.

No que “el malo recibió su merecido”.

Eso sería una conclusión demasiado fácil.

Porque miles de inocentes no recuperaron la vida cuando Yezhov murió.

Las familias destruidas no volvieron a reunirse.

Los fusilados no salieron de las fosas.

Los años perdidos en campos de trabajo no fueron devueltos.

Y la muerte de Yezhov tampoco transformó automáticamente el sistema en un Estado de derecho.

Beria sustituyó a Yezhov. Hubo revisiones de casos y una reducción enorme respecto al pico de ejecuciones de 1937-1938, pero los órganos de seguridad soviéticos siguieron siendo instrumentos de represión bajo Stalin.

Por eso llamar a la ejecución de Yezhov “justicia” sin añadir nada más sería demasiado simple.

Fue responsable de crímenes atroces.

Pero no recibió un juicio libre, transparente y garantista por esos crímenes.

Fue eliminado por el mismo sistema arbitrario al que había servido.

Décadas después, cuando su caso fue revisado en la Rusia postsoviética, algunas de las acusaciones originales —como ciertos cargos de espionaje y el supuesto asesinato de su esposa— fueron consideradas no demostradas. Sin embargo, en 1998 el Colegio Militar de la Corte Suprema rusa rechazó rehabilitarlo, señalando su responsabilidad en la organización de las represiones masivas.

Ese detalle importa.

Porque permite separar dos verdades que a menudo se mezclan.

Yezhov podía haber sido falsamente acusado de determinados delitos por el régimen…

y seguir siendo responsable de enormes crímenes reales.

Podía convertirse en víctima de los métodos del sistema…

sin convertirse por ello en inocente.

Podía ser verdugo y, posteriormente, ser devorado por la maquinaria de verdugos.

La historia no siempre entrega personajes cómodos.

Y quizá por eso la historia de Yezhov resulta tan difícil de olvidar.

Su trayectoria parece una parábola escrita con una precisión demasiado perfecta.

Un hombre modesto asciende porque sabe obedecer.

Recibe poder sobre los expedientes.

Aprende que una acusación puede destruir una vida.

Reemplaza a un jefe caído en desgracia.

Purga a los hombres de su predecesor.

Se convierte en el rostro de una campaña de terror.

Firma operaciones que clasifican personas por categorías.

Observa cómo aumentan las cuotas.

Se acerca a Stalin.

Aparece junto a Stalin en una fotografía.

Cree que esa cercanía significa seguridad.

Entonces aparece un nuevo subordinado.

Sus colaboradores comienzan a desaparecer.

Pierde su puesto.

Su nombre desaparece de instituciones.

Él mismo es arrestado.

Lo acusan de conspiraciones.

Lo interrogan.

Confiesa.

Se retracta de parte de lo confesado.

Pide clemencia.

La clemencia es negada.

Lo ejecutan.

Y finalmente borran su cuerpo de una fotografía.

No hace falta inventar un final más dramático.

La realidad ya lo escribió.

Pero hay un último detalle, y quizá sea el más importante.

Cuando observamos la famosa fotografía retocada, nuestros ojos se sienten atraídos por el espacio vacío donde estaba Yezhov.

Sabemos que alguien fue borrado.

Sabemos que la imagen miente.

Y eso nos hace sentir más inteligentes que quienes vivían dentro de aquel sistema.

Nos decimos que nosotros habríamos visto la mentira.

Que habríamos reconocido la tiranía.

Que jamás habríamos participado.

Que habríamos preguntado por qué desapareció aquel hombre.

Tal vez.

Pero las dictaduras rara vez comienzan pidiendo a millones de personas que acepten de golpe algo monstruoso.

Comienzan acostumbrándolas.

Una excepción.

Una emergencia.

Un enemigo peligroso.

Una medida temporal.

Una persona que “seguramente habrá hecho algo”.

Una detención que no nos afecta.

Una acusación que preferimos no cuestionar.

Una injusticia que resulta conveniente ignorar.

Después otra.

Y otra.

Hasta que un día las cifras ya no parecen personas.

Hasta que una lista parece normal.

Hasta que alguien puede ser borrado de una fotografía y todos entienden que lo más seguro es fingir que nunca estuvo allí.

La caída de Nikolái Yezhov no demuestra que el sistema funcionara.

Demuestra exactamente lo contrario.

Un sistema donde el jefe de la policía secreta puede organizar detenciones masivas, destruir vidas mediante procedimientos arbitrarios y después ser acusado, interrogado y eliminado mediante mecanismos semejantes no es un sistema que corrige sus abusos.

Es un sistema en el que nadie posee derechos.

Solo diferentes cantidades de poder durante diferentes cantidades de tiempo.

Yezhov tuvo muchísimo.

Durante un instante.

Eso fue suficiente para condenar a incontables personas.

Pero no fue suficiente para salvarse cuando la dirección del viento cambió.

Quizá por eso su fotografía borrada sigue siendo más poderosa que cualquier retrato oficial.

En la primera imagen hay tres hombres.

En la siguiente, uno ha desaparecido.

Entre ambas imágenes cabe toda una lección sobre el poder absoluto.

No sabemos cuántas de sus víctimas, en sus últimos minutos, pensaron que nadie recordaría sus nombres.

No sabemos cuántas esperaron en vano una revisión, una llamada, una orden que detuviera la ejecución.

Pero sabemos algo sobre el hombre que había ayudado a construir aquella maquinaria.

Cuando llegó su turno, también pidió que alguien de arriba interviniera.

También quiso vivir.

También descubrió que una vez que la ley es reemplazada por la voluntad del poder, haber servido al poder no garantiza nada.

Ni siquiera al verdugo.

Y esa es la parte de la historia que debería permanecer cuando olvidamos las fechas, los cargos y las cifras:

en una tiranía, el hombre que sostiene la lista puede sentirse intocable… hasta el día en que descubre que su propio nombre ya estaba escrito al final.