Guardia nazi psicópata que mataba a los presos pisoteándolos – Hermine Braunsteiner

Guardia nazi psicópata que mataba a los presos pisoteándolos - Hermine Braunsteiner

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LA “YEGUA” DE MAJDANEK: LA GUARDIANA NAZI QUE CREYÓ QUE UNA CASA TRANQUILA EN QUEENS PODÍA ENTERRAR SU PASADO

Cuando el joven periodista llegó a aquella casa de Queens, Nueva York, no encontró alambradas.

No encontró torres de vigilancia.

No encontró uniformes de las SS, perros, barracones ni chimeneas.

Encontró una vivienda corriente.

Un barrio corriente.

Una mujer que, ante los ojos de sus vecinos, llevaba una vida tan corriente que nadie habría imaginado que su nombre aparecía en los recuerdos más aterradores de supervivientes de un campo de concentración nazi.

El periodista llamó a la puerta.

La mujer abrió.

Y, según la reconstrucción conservada por el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, sus primeras palabras fueron:

“Dios mío, sabía que esto sucedería. Sabía que vendrían”.

No preguntó quién era.

No preguntó qué quería.

Parecía saberlo.

Era 1964.

La mujer se llamaba entonces Hermine Braunsteiner Ryan.

En su barrio estadounidense era una esposa, una ama de casa, una vecina.

Pero dos décadas antes, en la Polonia ocupada por los nazis, muchos prisioneros habían aprendido otro nombre para ella.

Kobyła.

La Yegua.

El apodo, recogido por instituciones históricas alemanas y austríacas, estaba relacionado con una conducta que los supervivientes no habían olvidado: Braunsteiner era temida por patear brutalmente a los prisioneros con sus botas reforzadas.

Y aquella puerta de Queens estaba a punto de abrir algo mucho más grande que una investigación periodística.

Iba a abrir un pasado que Hermine Braunsteiner había logrado dejar a miles de kilómetros de distancia.

O eso creía.


Hermine nació en Viena el 16 de julio de 1919.

Su padre era carnicero. Creció en un hogar católico y, según la biografía del Museo Histórico Alemán, sin una marcada tradición política familiar.

Nada en aquella infancia parecía escribir de antemano el papel que desempeñaría años después.

Ese detalle importa.

Porque uno de los errores más cómodos cuando miramos a los perpetradores del nazismo consiste en imaginarlos como monstruos nacidos fuera de la sociedad.

Como criaturas inevitablemente destinadas a convertirse en criminales.

Pero Hermine Braunsteiner no apareció de la nada.

Fue una persona común que tomó decisiones.

Y algunas de ellas fueron sorprendentemente prácticas.

De joven trabajó en una cervecería y como empleada doméstica. Más tarde consiguió trabajo en una fábrica de municiones cerca de Berlín.

Entonces apareció una oportunidad mejor.

Ser guardiana en un campo de concentración podía ofrecer mejores condiciones y más dinero.

Braunsteiner solicitó el puesto.

No fue arrastrada desde su casa hasta una torre de vigilancia.

Lo pidió.

El 15 de agosto de 1939 comenzó su servicio en Ravensbrück, el gran campo de concentración femenino situado al norte de Berlín.

Allí recibió entrenamiento como Aufseherin, supervisora.

Y empezó a ascender.

El Museo Histórico Alemán describe una trayectoria rápida dentro de la jerarquía de las guardianas. En 1941 estaba al frente del almacén de ropa. En octubre de 1942 fue trasladada a Majdanek. En enero de 1943 fue promovida primero a responsable de revista y después a adjunta de la supervisora principal. Pasaba lista, distribuía comandos de trabajo y asumía funciones internas del campo.

A simple vista, aquellas palabras podían parecer administrativas.

Lista.

Trabajo.

Supervisión.

Organización.

Pero Majdanek no era una oficina.

Era parte de la maquinaria de persecución, explotación y asesinato de la Alemania nazi.

Y detrás de cada término burocrático había seres humanos que habían perdido prácticamente todo control sobre su propia existencia.

Había mujeres.

Había ancianos.

Había niños.

Había judíos deportados de distintos lugares de Europa.

Había polacos perseguidos por la ocupación.

Había prisioneros convertidos por un régimen en números, categorías y mano de obra desechable.

En aquel universo, un silbato podía determinar quién salía de una fila.

Una orden podía separar una madre de un hijo.

Una selección podía significar que una persona no regresaría.

Y una guardiana que disfrutaba del poder que poseía podía convertir cada minuto cotidiano en una amenaza.

Los supervivientes recordarían a Braunsteiner precisamente por eso.

No como una funcionaria invisible perdida entre miles.

La recordaban.

La identificaban.

La temían.

Décadas después, cuando tuvo que responder ante un tribunal, decenas de testigos la reconocerían.

Ese hecho sería decisivo.

Pero en 1943 nadie en Majdanek podía imaginar que aquellas mismas personas, reducidas entonces a prisioneros indefensos, algún día se sentarían frente a jueces alemanes mientras la guardiana tendría que escucharlas.

En 1943, el poder estaba completamente de un solo lado.

Braunsteiner llevaba el uniforme.

Los prisioneros llevaban números.

Ella podía ordenar.

Ellos debían obedecer.

Y cuanto más ascendía, más evidente se volvía la distancia entre ambos mundos.

Ese mismo año recibió la Cruz al Mérito de Guerra de segunda clase por su servicio.

Para la estructura que dirigía el sistema, aquello era una recompensa.

Para quienes estaban detrás del alambre, significaba algo muy distinto.

La mujer que ellos temían estaba siendo reconocida.

El régimen no la estaba castigando.

La estaba premiando.


Los testimonios que emergerían décadas después describieron una brutalidad difícil de conciliar con la imagen que Braunsteiner construiría después de la guerra.

Supervivientes hablaron de golpes.

De patadas.

De selecciones.

De mujeres y niños obligados a subir a transportes cuyo destino podía ser la muerte.

Durante el proceso posterior, la fiscalía sostuvo que numerosos testigos la habían identificado como una de las guardianas más temidas de Majdanek. Los tribunales terminarían considerando probada su responsabilidad penal en tres conjuntos concretos de hechos: una selección vinculada al asesinato de 80 personas, su participación como cómplice en el asesinato de 102 niños y otra selección relacionada con el asesinato de 1.000 personas.

Conviene detenerse aquí.

Porque la dimensión del Holocausto puede producir un efecto extraño cuando se cuenta con números.

Ochenta.

Ciento dos.

Mil.

Las cifras crecen tanto que la mente deja de visualizar a las personas.

Pero cada unidad era una vida.

Una persona que había tenido una cama.

Una voz.

Un nombre.

Una comida favorita.

Una madre.

Tal vez un hijo.

Tal vez alguien esperando noticias.

Y después llegó un sistema que decidió que esa vida podía ser eliminada.

Braunsteiner no diseñó ese sistema.

No fue Hitler.

No fue Himmler.

No tomó las decisiones políticas que pusieron en marcha el genocidio.

Ese sería precisamente uno de los argumentos que aparecerían después: ella era una pieza pequeña.

Pero una maquinaria de exterminio no funciona únicamente gracias a quienes dibujan los planos.

Funciona porque miles de personas aceptan convertirse en engranajes.

Y algunos engranajes ejercen el poder con una crueldad que los supervivientes recuerdan durante el resto de sus vidas.


En enero de 1944, cuando el frente oriental se aproximaba y Majdanek comenzaba a ser evacuado, Braunsteiner regresó al sistema de Ravensbrück.

Fue destinada al subcampo de Genthin y ascendió a supervisora principal.

La guerra, sin embargo, estaba cambiando.

El Reich que había parecido invencible empezaba a derrumbarse.

Las tropas soviéticas avanzaban desde el este.

Los Aliados presionaban desde el oeste.

Las ciudades alemanas sufrían bombardeos.

Los jerarcas nazis hablaban todavía de resistencia, pero el tiempo comenzaba a agotarse.

El 7 de mayo de 1945, con el sistema de campos desintegrándose y las fuerzas soviéticas acercándose, Braunsteiner huyó.

Regresó a Viena.

Aquí aparece la primera gran ironía de su historia.

Durante años, incontables prisioneros habían vivido sin posibilidad de elegir adónde ir.

Ahora era ella quien corría.

Pero el final de la guerra no produjo automáticamente justicia.

Europa estaba destruida.

Millones de personas estaban desplazadas.

Había ciudades convertidas en ruinas.

Archivos incompletos.

Testigos muertos.

Supervivientes buscando familiares.

Perpetradores que habían desaparecido entre soldados desmovilizados, refugiados y civiles.

Capturar a los líderes más conocidos era una cosa.

Reconstruir la responsabilidad de miles de guardias, funcionarios, policías, colaboradores y administradores era otra muy distinta.

Braunsteiner fue arrestada por la policía austríaca y entregada a las autoridades aliadas.

Pasó por centros de internamiento.

Y finalmente llegó ante la justicia austríaca.

El 22 de noviembre de 1949 fue condenada por los malos tratos y abusos cometidos contra prisioneras en Ravensbrück y por violaciones de la humanidad y de la dignidad humana.

La pena fue de tres años de prisión.

Tres años.

Y aquí podría parecer que la historia termina.

Una exguardiana había sido localizada.

Había sido juzgada.

Había recibido una condena.

Caso cerrado.

Pero ése sería uno de los errores más grandes de toda esta historia.

Porque aquel juicio no había resuelto lo ocurrido en Majdanek.

El Vienna Wiesenthal Institute subraya un detalle fundamental: su actividad en Majdanek no formó parte de aquella acusación.

Es decir, Braunsteiner había sido condenada por Ravensbrück.

No por los hechos más graves por los que décadas después sería juzgada.

En abril de 1950 salió de prisión.

Era una mujer libre.

Y entonces comenzó una segunda vida.


Durante los años siguientes trabajó en empleos modestos.

El uniforme desapareció.

También las botas.

También las torres.

También los barracones.

El continente quería reconstruirse.

Y millones de europeos estaban aprendiendo a convivir con una pregunta incómoda:

¿Qué hacer con el pasado?

En teoría, la derrota del nazismo había sido absoluta.

En la práctica, miles de implicados en sus crímenes jamás serían procesados.

El comienzo de la Guerra Fría cambió las prioridades políticas.

Los juicios disminuyeron.

Condenados comenzaron a ser liberados.

Muchos responsables nunca se sentaron ante un tribunal.

El mundo quería avanzar.

Para los supervivientes, sin embargo, avanzar no significaba olvidar.

Uno de ellos se llamaba Simon Wiesenthal.

Había sobrevivido a la persecución nazi y convirtió buena parte de su vida posterior en una misión extraordinariamente paciente: recopilar nombres, documentos, direcciones, pistas y testimonios sobre personas vinculadas a crímenes nazis que habían logrado escapar de la justicia.

Wiesenthal no tenía un ejército.

No tenía una policía internacional propia.

Tenía archivos.

Correspondencia.

Contactos.

Memoria.

Y una obstinación que a veces necesitaba años para producir resultados.

Mientras él seguía acumulando información, Hermine Braunsteiner tomó una decisión que parecía alejarla definitivamente de su pasado europeo.

Conoció a Russell Ryan, un estadounidense.

En 1958 emigró con él a Canadá.

Se casaron.

Después se trasladaron a Estados Unidos.

Nueva vida.

Nuevo continente.

Nuevo apellido.

Hermine Braunsteiner se convirtió en Hermine Braunsteiner Ryan.

En 1963 obtuvo la ciudadanía estadounidense.

Y en Queens empezó a parecer exactamente lo que cualquier fugitivo del pasado habría deseado parecer:

Una persona que no llamaba la atención.

Ese fue quizá su mejor disfraz.

No una identidad falsa espectacular.

No una cirugía.

No una mansión escondida en Sudamérica.

Normalidad.

Cortinas.

Vecinos.

Compras.

Rutinas.

Un marido estadounidense.

Una casa.

La guerra estaba al otro lado del océano y casi veinte años atrás.

¿Qué podía salir mal?


Simon Wiesenthal tenía una respuesta.

Un nombre.

Una pista.

Ryan.

En 1964 consiguió localizar el rastro de Braunsteiner y proporcionó información que condujo a descubrir que aquella exguardiana vivía en Nueva York.

El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos atribuye expresamente a una pista de Wiesenthal el descubrimiento de que la señora Russell Ryan, tranquila ama de casa de Queens, era Hermine Braunsteiner, antigua guardiana de Ravensbrück y Majdanek.

Entonces llegó el periodista.

La puerta.

La frase.

“Sabía que vendrían”.

Y con esas palabras comenzó a desmoronarse una frontera que Braunsteiner había mantenido durante años.

Dentro de aquella casa estaba la señora Ryan.

Fuera empezaba a reunirse el pasado de Hermine Braunsteiner.

No fue arrestada y condenada inmediatamente.

Eso habría sido demasiado sencillo.

Comenzó algo mucho más lento.

Investigaciones.

Procedimientos migratorios.

Discusiones jurídicas.

Cobertura periodística.

Preguntas sobre lo que había declarado —o no había declarado— al ingresar en Estados Unidos y solicitar la ciudadanía.

Mientras tanto, ocurrió algo que revela hasta qué punto una vida cotidiana puede ocultar otra vida.

Algunos vecinos defendieron a Braunsteiner.

Para ellos, la mujer de Queens no era la persona que aparecía en los testimonios de supervivientes.

Era la mujer que conocían.

La vecina amable.

La esposa de Russell.

La persona que habían visto en circunstancias completamente ordinarias.

Y precisamente ahí reside una de las partes más inquietantes de esta historia.

La gente esperaba reconocer el mal a simple vista.

Esperaba que un criminal pareciera siempre un criminal.

Pero no existe una señal visible que aparezca para comodidad de los vecinos.

Una persona puede ser cordial con quien vive al lado y haber sido brutal con alguien sobre quien tenía poder absoluto.

Las dos cosas no se cancelan.

La normalidad presente no borra la responsabilidad pasada.


Durante años, el caso avanzó desesperadamente despacio.

Braunsteiner luchó contra su expulsión.

El sistema legal estadounidense no podía simplemente juzgarla por asesinatos cometidos en un campo situado en la Polonia ocupada décadas antes.

El camino más viable pasaba por su situación migratoria y por una posible extradición.

En septiembre de 1971 renunció retroactivamente a su ciudadanía estadounidense y quedó apátrida, según la cronología del Museo Histórico Alemán.

Pero eso tampoco cerró el asunto.

Alemania Occidental quería juzgar a antiguos miembros del personal de Majdanek.

Y pidió su extradición.

En 1973, casi treinta años después de los hechos, Hermine Braunsteiner fue arrestada en Estados Unidos.

Esta vez el océano dejó de protegerla.

Fue enviada a Alemania Occidental.

Se convirtió en la primera criminal nazi extraditada desde Estados Unidos para enfrentarse a un proceso de esta naturaleza.

Piénselo por un momento.

En Majdanek, las víctimas habían sido transportadas contra su voluntad a un lugar del que muchas jamás saldrían.

Décadas después, Braunsteiner era colocada bajo custodia y trasladada a través del Atlántico porque un tribunal exigía su presencia.

No era una equivalencia.

Nada podía serlo.

Pero era una inversión del poder.

Por primera vez, ya no era ella quien determinaba dónde debía estar otra persona.

Ahora lo decidían otros.


El 26 de noviembre de 1975 comenzó en Düsseldorf el juicio de Majdanek.

Nadie imaginaba entonces hasta dónde iba a prolongarse.

Años.

Cientos de sesiones.

Más de 350 testigos de distintos países.

Entre ellos, 215 antiguos prisioneros que tuvieron que regresar mentalmente a experiencias que muchos habían pasado treinta años intentando aprender a soportar.

Para el tribunal, aquellas personas eran testigos.

Para Braunsteiner eran algo mucho más peligroso.

Eran memoria viva.

La guardiana había envejecido.

Los prisioneros también.

El uniforme ya no existía.

La diferencia de poder tampoco.

Ahora ella estaba sentada como acusada.

Ellos podían señalarla.

Podían pronunciar su nombre.

Podían describir lo que habían visto.

Y ella tenía que escuchar.

Una de las grandes dificultades del proceso fue el tiempo transcurrido.

La justicia alemana de aquella época exigía probar de manera muy concreta la responsabilidad individual.

No bastaba con demostrar que alguien había trabajado en Majdanek.

Había que vincular a cada acusado con actos determinados.

Tres décadas después, aquello era extraordinariamente complicado.

Los documentos podían faltar.

Los testigos habían muerto.

Los recuerdos podían ser discutidos por las defensas.

Las fechas podían mezclarse.

Y cada duda jurídicamente relevante podía beneficiar al acusado.

El tiempo, que para los supervivientes había significado décadas esperando justicia, podía convertirse paradójicamente en el mejor aliado de los perpetradores.

Por eso el juicio se extendió durante cinco años y medio.

Sesión tras sesión.

Testimonio tras testimonio.

Pregunta tras pregunta.

La sala se convirtió en un enfrentamiento entre dos tipos de memoria.

La de quienes decían: “Yo la vi”.

Y la defensa de una mujer que insistía en que aquellas acusaciones no demostraban asesinato.

Según la prensa de la época, la fiscalía afirmó que 47 testigos habían identificado a Braunsteiner como una guardiana extremadamente brutal y temida.

Ella se resistió.

Negó.

Acusó a testigos de mentir.

En distintos momentos se presentó como una persona con escaso margen de decisión.

Una pieza menor.

Un engranaje.

Y entonces apareció la frase que había protegido a innumerables funcionarios y perpetradores después de la guerra:

Yo sólo era una pequeña parte de una máquina mucho más grande.

En mayo de 1981, al presentar su alegato final, Braunsteiner reconoció haber “contribuido al sufrimiento inconmensurable” de los prisioneros.

Pero negó haber asesinado.

También se describió como un pequeño engranaje incapaz de detener la máquina.

Era una admisión cuidadosamente limitada.

Sí, había sufrimiento.

Sí, ella había formado parte del sistema.

Pero asesinato, no.

Ésa era la frontera que intentaba mantener.

El tribunal tendría que decidir si la frontera era creíble.


Y aquí llega el giro más incómodo de la historia.

Durante años, podría parecer que el gran misterio era:

¿Cómo consiguió esconderse Hermine Braunsteiner?

Pero ésa no es realmente la pregunta.

Porque Hermine Braunsteiner no había desaparecido completamente.

Había sido detenida después de la guerra.

Había sido juzgada.

Había sido condenada.

Había cumplido prisión.

Luego había emigrado.

Incluso obtuvo la ciudadanía de Estados Unidos.

La verdad inquietante no es que nadie hubiera sabido absolutamente nada.

La verdad es que el sistema conocía una parte de su historia y, aun así, los hechos de Majdanek quedaron fuera de aquella primera condena.

Su caso no fue simplemente la historia de una fugitiva brillante burlando al mundo.

Fue también la historia de una justicia de posguerra fragmentada, limitada, sobrecargada y durante largos periodos poco dispuesta a seguir mirando.

Ésa es una diferencia enorme.

Porque cambia la pregunta.

Ya no es:

¿Cómo logró esconder el pasado?

Sino:

¿Cuánto del pasado estaba dispuesto el mundo a buscar?


En Düsseldorf, esa pregunta tenía rostros.

Los de los supervivientes.

Algunos habían cruzado continentes para declarar.

Habían esperado décadas.

Y ahora tenían que demostrar ante un tribunal aquello que para ellos había sido la realidad más brutal de sus vidas.

La defensa podía preguntar detalles.

Fechas.

Distancias.

Posiciones.

Ropa.

Lugares.

Quién estaba al lado.

Cuánto tiempo había pasado.

Cada inconsistencia podía convertirse en una grieta.

No porque los tribunales negaran el Holocausto.

Sino porque la responsabilidad penal individual exige pruebas individualizadas.

Esa exigencia protege a cualquier acusado frente al poder del Estado.

Pero en casos ocurridos treinta años antes también creaba una situación casi insoportable:

Quienes habían sobrevivido a los campos tenían que recordar con precisión judicial aquello que habían vivido en condiciones diseñadas precisamente para destruir su identidad, su seguridad y, en demasiados casos, su vida.

El proceso continuaba.

Meses.

Años.

Braunsteiner consiguió salir temporalmente de prisión preventiva mediante una fianza aportada por su esposo.

Por un momento pudo parecer que incluso aquella gigantesca investigación terminaría deshaciéndose.

Pero en 1977 y 1978 volvió a estar bajo custodia después de intentar intimidar a una testigo, según la cronología del Museo Histórico Alemán.

En 1979, al aumentar la posibilidad de una condena por asesinato, fue nuevamente encarcelada por riesgo de fuga.

La mujer que había cruzado un océano y construido otra vida ya no tenía libertad para decidir cuándo marcharse.

La sala seguía esperando un veredicto.


30 de junio de 1981.

Sesión 474.

El juicio llegaba finalmente a su final.

Cinco años y medio después de haber comenzado.

La sala de Düsseldorf estaba abarrotada.

Periodistas.

Familiares.

Supervivientes.

Observadores.

Personas que habían seguido durante años uno de los procesos por crímenes nazis más largos y complejos de la historia judicial de Alemania Occidental.

El juez Günter Bogen comenzó a leer.

Un reportaje publicado al día siguiente describió que sus manos y su cuerpo temblaban mientras sostenía los papeles.

Y entonces llegó el nombre.

Hermine Braunsteiner-Ryan.

Cadena perpetua.

Fue la única de los acusados que recibió la pena máxima de prisión.

El tribunal consideró probada su responsabilidad en tres grupos de hechos graves relacionados con asesinatos y selecciones en Majdanek.

No en todas las acusaciones.

En seis de nueve apartados no existía evidencia suficiente para condenarla.

Y ese detalle también importa.

Porque justicia no significa declarar culpable a alguien de todo lo que se le atribuye.

Significa condenar por aquello que puede probarse.

En su caso, lo probado bastó para una condena de por vida.

La reacción de Braunsteiner fue casi más inquietante que una escena dramática.

Según la agencia UPI, no mostró emoción cuando escuchó la sentencia.

Nada cinematográfico.

Ninguna confesión repentina.

Ninguna súplica.

Ningún derrumbe espectacular.

Después de tantos años negando asesinatos, el momento en que el tribunal destruyó legalmente esa defensa llegó en forma de unas palabras pronunciadas desde el estrado.

Cadena perpetua.

La cara permaneció controlada.

Pero alrededor de ella, la sala explotó.

Y no de satisfacción.

De indignación.

Porque otras condenas parecieron demasiado leves.

Siete acusados recibieron penas menores.

Otro fue absuelto.

Desde el público surgieron gritos de “¡Escándalo!” y “¡Un insulto a las víctimas!”.

El País describió el clamor dentro y fuera de la sala; UPI registró igualmente la protesta de los espectadores ante unas sentencias que consideraban insuficientes.

Ése fue el verdadero aspecto de la justicia aquel día.

No una victoria limpia.

No una multitud celebrando.

No un cierre perfecto.

Una mujer recibió cadena perpetua.

Otros recibieron mucho menos de lo que parte del público esperaba.

Y después de décadas, ningún fallo podía devolver una sola vida.


Russell Ryan estaba allí.

El hombre que había conocido a Hermine después de la guerra.

El esposo que había compartido con ella la vida estadounidense.

El hombre cuya esposa había sido para sus vecinos una figura cotidiana y para los supervivientes de Majdanek algo completamente diferente.

Ahora ambos mundos estaban en la misma sala.

Queens.

Majdanek.

La cocina estadounidense.

El uniforme nazi.

La vecina.

La guardiana.

Durante años habían parecido dos historias incompatibles.

El tribunal acababa de unirlas definitivamente.

Hermine Ryan y Hermine Braunsteiner eran la misma persona.

Y ninguna cantidad de normalidad posterior podía dividirlas otra vez.


Pero la historia todavía guardaba un último giro.

Cadena perpetua no significó que Braunsteiner moriría necesariamente dentro de prisión.

Pasaron quince años.

En 1996, con 77 años y una salud gravemente deteriorada, fue liberada mediante un indulto concedido por razones médicas por Johannes Rau, entonces jefe del gobierno de Renania del Norte-Westfalia.

Tres años después, el 19 de abril de 1999, Hermine Braunsteiner-Ryan murió en Bochum, Alemania.

Había vivido ochenta años.

Más de medio siglo después del derrumbe del régimen al que había servido.

Alguien podría mirar esa cronología y decir:

La justicia llegó demasiado tarde.

Otra persona podría responder:

Pero llegó.

Las dos afirmaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Llegó tarde para las víctimas que no sobrevivieron.

Tarde para familiares que murieron sin conocer el veredicto.

Tarde para testigos obligados a llevar durante décadas recuerdos que sus perseguidores quizá esperaban que desaparecieran con ellos.

Pero llegó antes de que Hermine Braunsteiner pudiera terminar su vida únicamente como la amable señora Ryan de Queens.

Y ésa es precisamente la razón por la que su historia importa.


Durante años, Braunsteiner tuvo a su favor algo que parece invencible:

El tiempo.

Cada año moría algún testigo.

Cada año un documento podía perderse.

Cada año la guerra parecía más lejana.

Cada año aumentaba la tentación social de decir:

¿Para qué seguir?

Han pasado décadas.

Son ancianos.

El mundo tiene otros problemas.

Pero la memoria posee una cualidad extraña.

Puede parecer débil porque no lleva uniforme.

No tiene armas.

No puede encarcelar por sí sola.

No dicta sentencias.

Sin embargo, puede sobrevivir mucho más tiempo que el poder que intentó destruirla.

Eso fue lo que Braunsteiner encontró al otro lado de aquella puerta en Queens.

No a un ejército.

A un periodista.

Detrás del periodista había una pista.

Detrás de la pista estaba Simon Wiesenthal.

Detrás de Wiesenthal había archivos.

Y detrás de los archivos estaban las voces de quienes habían sobrevivido.

Uno podía ignorar una voz.

Luego otra.

Luego otra.

Pero cuando decenas de supervivientes se presentaron ante un tribunal y describieron lo que recordaban, la señora Ryan ya no podía refugiarse completamente en la mujer que sus vecinos conocían.

El pasado había encontrado una forma de presentarse como testigo.


Quizá por eso la escena de Queens resulta tan poderosa.

No porque aquella puerta escondiera a un monstruo de película.

Sino porque escondía algo mucho más incómodo.

Una persona que había vuelto a vivir normalmente.

Una persona capaz de hacer compras, conversar con vecinos, preparar una casa, compartir una vida matrimonial.

Y que antes había formado parte de un sistema donde otros seres humanos habían sido despojados de esas mismas cosas.

Eso obliga a abandonar una explicación demasiado fácil.

Los grandes crímenes históricos no son cometidos únicamente por seres excepcionalmente extraños.

Necesitan instituciones.

Necesitan órdenes.

Necesitan ideologías.

Pero también necesitan personas que acepten ejecutar funciones.

Personas que ven una oportunidad profesional.

Personas que desean ascender.

Personas que descubren que un uniforme les concede poder sobre alguien indefenso.

Personas que después dicen que sólo eran engranajes.

Braunsteiner utilizó precisamente esa imagen en su defensa.

Un pequeño engranaje.

Pero hay una pregunta que queda suspendida sobre toda su historia:

¿En qué momento un engranaje deja de ser inocente?

¿Cuando acepta el trabajo?

¿Cuando golpea?

¿Cuando participa en una selección?

¿Cuando ve subir niños a un transporte y continúa desempeñando su función?

¿Cuando regresa a casa?

¿Cuando décadas después dice que no podía detener la máquina?

El tribunal de Düsseldorf respondió jurídicamente sólo a una parte de esas preguntas.

La historia nos obliga a pensar en las demás.


Simon Wiesenthal tampoco podía devolver la vida a nadie.

Lo sabía.

Los juicios no podían deshacer Majdanek.

Una sentencia de 1981 no podía retroceder hasta 1943 y abrir una puerta.

No podía reunir familias.

No podía devolver la infancia a los niños perseguidos.

No podía cancelar el miedo de una persona que escuchó aproximarse unas botas.

Entonces, ¿por qué seguir buscando treinta años después?

Porque la alternativa era permitir que el último capítulo de la historia lo escribieran quienes habían sobrevivido como perpetradores.

Ellos podrían convertirse en vecinos respetables.

Podrían decir que exageraban los testigos.

Podrían describirse como empleados sin importancia.

Podrían morir dejando detrás una biografía limpia.

Y cuando los supervivientes murieran también, tal vez no quedaría nadie para contradecirlos.

Ése era el peligro.

Por eso los cazadores de nazis perseguían algo más que personas.

Perseguían la posibilidad de establecer un registro.

Quién estuvo allí.

Qué hizo.

Qué pudo probarse.

Qué no pudo probarse.

Quién lo vio.

Qué decidió un tribunal.

La justicia penal tenía límites.

La memoria histórica no debía tener los mismos.


La historia de Hermine Braunsteiner tampoco admite un final cómodo.

No existe una balanza donde quince años de prisión compensen cientos o miles de vidas afectadas.

No existe una sentencia capaz de hacer equivalente el sufrimiento.

No existe un momento en que un juez pueda decir:

Ahora todo está reparado.

No lo estaba.

Nunca lo estaría.

Pero hay una diferencia gigantesca entre una injusticia irreparable y una injusticia olvidada.

Lo primero puede ser consecuencia de que el daño ya ocurrió.

Lo segundo es una decisión.

Durante años, Hermine Braunsteiner vivió como si la distancia pudiera transformarse en absolución.

Viena.

Ravensbrück.

Majdanek.

Genthin.

Viena otra vez.

Canadá.

Nueva York.

Distintos países.

Distintas etapas.

Distintos nombres sociales.

Pero había algo que viajaba mejor que ella.

El recuerdo.

Los supervivientes lo llevaron consigo cuando abandonaron Europa.

Wiesenthal lo convirtió en expedientes.

Los investigadores lo transformaron en preguntas.

Los fiscales, en acusaciones.

Los tribunales, allí donde las pruebas alcanzaron el estándar requerido, en hechos jurídicamente establecidos.

Y finalmente un juez pronunció una sentencia que atravesó todos los kilómetros que Braunsteiner había colocado entre su casa estadounidense y Majdanek.


Tal vez el detalle más revelador siga siendo aquel primero.

El periodista llama.

La puerta se abre.

Ella lo mira.

Y antes de que él tenga que explicar por qué está allí, Braunsteiner comprende.

“Sabía que vendrían”.

Durante veinte años había podido cambiar el escenario.

Había cambiado el uniforme por ropa civil.

Europa por América.

La condición de guardiana por la de ama de casa.

Braunsteiner por Ryan.

Pero no podía cambiar una cosa:

Habían quedado testigos.

Y mientras queda un testigo, el pasado todavía tiene voz.

Mientras queda un documento, una mentira puede encontrarse con una fecha.

Mientras queda un nombre, alguien puede buscarlo.

Mientras una sociedad conserva memoria, la distancia entre “eso ocurrió” y “nadie responderá por ello” nunca está completamente cerrada.

Hermine Braunsteiner murió en 1999.

Simon Wiesenthal murió en 2005.

Muchos de los supervivientes que declararon en Düsseldorf tampoco viven ya.

Las voces directas de aquella época son cada vez menos.

Y por eso la responsabilidad cambia de manos.

Ya no corresponde sólo a quienes estuvieron allí.

Corresponde también a quienes escuchamos después.

No para fabricar leyendas.

No para añadir atrocidades inventadas donde la realidad ya fue suficientemente terrible.

No para transformar a víctimas reales en accesorios de entretenimiento.

Sino para impedir algo mucho más peligroso:

Que el paso del tiempo convierta hechos documentados en rumores.

Que un uniforme desaparezca y con él desaparezca la responsabilidad.

Que una casa tranquila, un nuevo apellido o varias décadas de silencio puedan reescribir lo que ocurrió.

La historia de la llamada “Yegua de Majdanek” no demuestra que la justicia siempre gane.

Claramente no fue así para innumerables víctimas del nazismo cuyos verdugos jamás fueron juzgados.

Demuestra algo más frágil y, precisamente por eso, más importante:

la justicia puede llegar tarde, ser incompleta y aun así necesitar de personas que se nieguen a permitir que el olvido dicte el último veredicto.

Porque el arma final de todo sistema de barbarie no es solamente matar a quienes considera prescindibles.

Es conseguir que, después, nadie recuerde con suficiente claridad quién tomó las decisiones, quién obedeció, quién participó y quién sufrió.

Y por eso, cuando el último testigo ya no pueda entrar en una sala y señalar con el dedo, nuestra obligación será aún mayor: seguir pronunciando los nombres, conservar los hechos y recordar que ningún uniforme, ninguna frontera y ningún número de años convierte un crimen en algo que jamás ocurrió.