Ejecución de oficiales nazis que colgaron a 20 niños de ganchos y luego los llamaron “cobayas”

Ejecución de oficiales nazis que colgaron a 20 niños de ganchos y luego los llamaron "cobayas"

Fetched image 1

COLGARON A 20 NIÑOS PARA BORRAR LAS PRUEBAS. EL MÉDICO QUE LOS USÓ COMO “COBAYAS” VOLVIÓ A EJERCER DURANTE AÑOS

Crónica histórica basada en hechos documentados sobre los niños de Bullenhuser Damm.

La guerra estaba perdida.

Eso era lo que hacía aquella noche aún más difícil de comprender.

El 20 de abril de 1945, mientras el Tercer Reich se derrumbaba y las tropas británicas se acercaban a Hamburgo, veinte niños judíos fueron despertados en el campo de concentración de Neuengamme. Eran diez niñas y diez niños. El menor tenía cinco años. El mayor, doce.

A algunos les dijeron algo que, después de meses de hambre, miedo, agujas y batas blancas, sonaba casi imposible:

Iban a reunirse con sus padres.

No sabían que sus padres no los esperaban.

No sabían que el camión que llegó aquella noche no era un vehículo de evacuación.

Y, sobre todo, no sabían que los hombres que se apresuraban a sacarlos del campo no estaban intentando salvarlos antes de que llegaran los británicos.

Estaban intentando borrar una prueba.

La prueba eran ellos.

Image

Image

Image

Los llevaron hasta un edificio de ladrillo en el barrio hamburgués de Rothenburgsort. Había sido una escuela: Bullenhuser Damm. Hasta poco antes también había funcionado como un subcampo de Neuengamme.

Aquella noche estaba prácticamente vacío.

No había padres.

No había médicos dispuestos a curarlos.

No había ningún convoy hacia la libertad.

Había un sótano.

Y allí, antes de que terminara la noche, los veinte niños serían asesinados junto con cuatro prisioneros que los habían cuidado. Al menos otros veinticuatro prisioneros soviéticos también fueron asesinados en el edificio. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Pero para entender por qué un grupo de oficiales de las SS consideró necesario matar a veinte niños cuando Alemania estaba a días de la derrota, hay que retroceder cinco meses.

Hasta Auschwitz.

Hasta una pregunta.

Una pregunta aparentemente inocente que, para algunos niños, se convirtió en una sentencia de muerte.


En noviembre de 1944, alguien necesitaba veinte niños.

No veinte pacientes.

No veinte voluntarios.

Veinte niños judíos para un experimento.

El hombre que los quería se llamaba Kurt Heißmeyer, médico alemán con ambiciones académicas. Quería avanzar profesionalmente y demostrar determinadas teorías sobre la tuberculosis.

El problema era que una parte fundamental de esas ideas ya era considerada científicamente insostenible.

Eso no lo detuvo.

Dentro del sistema concentracionario nazi existía algo mucho más valioso para un médico sin escrúpulos que una buena teoría: seres humanos a los que el régimen había decidido retirar incluso la condición moral de seres humanos.

Heißmeyer podía utilizarlos.

Y los utilizó.

El 28 de noviembre de 1944 llegaron a Neuengamme veinte niños procedentes de Auschwitz. Tenían entre cinco y doce años y procedían de Polonia, Francia, Países Bajos, Italia y Eslovaquia. Había exactamente diez niñas y diez niños. (Gedenkstätte Neuengamme)

Detrás de aquella estadística había vidas que hasta hacía poco habían sido completamente ordinarias.

Eduard y Alexander Hornemann eran dos hermanos de Eindhoven, Países Bajos. En casa los llamaban Edo y Lexje. Eduard tenía doce años cuando murió; Alexander, ocho. Su padre había trabajado para Philips. Antes de que Europa se convirtiera en una enorme red de deportaciones, trenes y campos, habían sido simplemente dos hermanos creciendo juntos. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Riwka Herszberg tenía seis años.

Walter Jungleib tenía doce y coleccionaba sellos.

Sergio de Simone tenía siete.

Sergio había nacido en Nápoles. Su padre era católico y su madre, judía. En 1944 fue deportado a Auschwitz con su madre y otros miembros de su familia. Dos de sus primas, Andra y Tatiana, sobrevivirían.

Décadas después recordarían algo devastador.

Una mujer que cuidaba de los niños en Auschwitz les había advertido que podía aparecer un hombre preguntando quién quería ir con su madre. Les dijo que no levantaran la mano.

Ellas avisaron también a Sergio.

Pero para un niño de seis años había pocas palabras más poderosas que “mamá”.

Sergio se ofreció.

Fue seleccionado.

Nunca volvió. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Esa es una de las crueldades más difíciles de asimilar de esta historia: algunos de aquellos niños no fueron capturados mediante una escena espectacular.

Fueron atraídos utilizando exactamente aquello que más deseaban.

Volver a ver a sus madres.


Neuengamme no era un hospital.

Pero para Heißmeyer, aquellos veinte niños se convirtieron en material experimental.

Les inoculó bacilos de tuberculosis. Después se practicaron procedimientos sobre ellos, incluida la extirpación de ganglios linfáticos axilares para estudiar la evolución de la infección.

Los niños sufrieron fiebre alta y dolor.

Heißmeyer intentaba demostrar, entre otras cosas, que provocar artificialmente tuberculosis cutánea podía generar algún tipo de protección frente a la enfermedad. También pretendía sustentar una teoría racial sobre la susceptibilidad a la tuberculosis.

La primera idea ya había sido rechazada por especialistas.

La segunda no procedía de la medicina.

Procedía de la ideología racista nazi. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Y aquí aparece la primera parte verdaderamente perturbadora del crimen.

No se trató de un médico que perdió el control en un experimento aislado.

Existían fichas.

Fotografías.

Observaciones clínicas.

Resultados.

Procedimientos repetidos durante meses.

La violencia estaba organizada como trabajo.

El horror podía entrar en una habitación vestido con bata, tomar notas y después marcharse a cenar.

Los niños, entretanto, seguían siendo niños.

Los adultos prisioneros encargados de cuidarlos intentaban darles algo parecido a una rutina dentro de un lugar diseñado precisamente para destruir cualquier normalidad.

Entre ellos estaban médicos y cuidadores prisioneros.

No podían sacar a los niños del campo.

No podían detener las órdenes de las SS.

Pero podían permanecer junto a ellos.

Esa pequeña humanidad también acabaría convirtiéndolos en testigos.

Y los testigos, cuando un régimen se derrumba, se convierten en un problema.


Llegó abril de 1945.

Las noticias que circulaban por los campos habían cambiado.

El Reich que durante años había parecido invencible estaba desmoronándose.

Las fuerzas aliadas avanzaban.

Auschwitz ya había sido liberado por el Ejército Rojo en enero.

Ahora los británicos se acercaban a Hamburgo.

En otros lugares, para los prisioneros, cada kilómetro recorrido por los Aliados significaba una posibilidad mayor de sobrevivir.

Para aquellos veinte niños ocurrió exactamente lo contrario.

Cuanto más cerca estaba la liberación, mayor era el peligro.

Porque si los británicos entraban en Neuengamme y encontraban a veinte niños judíos infectados deliberadamente con tuberculosis, con cicatrices quirúrgicas y expedientes médicos, alguien tendría que explicar qué había ocurrido.

Y el médico tendría que explicar por qué.

Ese fue el giro brutal.

La llegada de los libertadores no impulsó a las SS a abandonar a los niños.

Las impulsó a eliminarlos.

El comandante de Neuengamme, Max Pauly, transmitió al médico del campo Alfred Trzebinski la orden de matar a los niños para ocultar los experimentos. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Ya no eran únicamente víctimas.

Eran evidencia.


El 20 de abril tenía además un significado especial para el régimen.

Era el cumpleaños de Adolf Hitler.

Mientras la Alemania nazi celebraba por última vez el cumpleaños de su Führer desde las ruinas de un país destruido, en Neuengamme comenzaron los preparativos para hacer desaparecer a veinte niños.

Aquella noche los despertaron.

Imagine lo poco que necesita un niño para volver a creer.

Una frase.

“Vais con vuestros padres.”

Después de meses de cautiverio, ¿qué niño no querría creerla?

Los sacaron junto con sus cuatro cuidadores y otros prisioneros.

Subieron al camión.

Atravesaron Hamburgo.

Las calles que cruzaron pertenecían a una ciudad donde la guerra era visible por todas partes. Edificios dañados, oscuridad, controles, uniformes, la sensación de que algo enorme estaba llegando a su final.

Pero dentro de aquel vehículo viajaban niños que posiblemente solo podían pensar en una cosa.

Mamá.

Papá.

Casa.

Ninguno de ellos sabía que el destino era una antigua escuela.

Bullenhuser Damm.


Hay edificios que parecen incapaces de guardar secretos.

Una escuela debería ser uno de ellos.

Pasillos.

Escaleras.

Aulas.

Un lugar construido para enseñar a leer, sumar, dibujar mapas, escribir nombres sobre papel.

Por eso Bullenhuser Damm resulta tan inquietante.

Porque no fue un bosque remoto.

No fue una cámara oculta en algún rincón desconocido de Europa.

Fue una escuela en una gran ciudad.

Los llevaron al sótano.

Allí empezó a deshacerse la mentira sobre sus padres.

Los miembros de las SS ordenaron que los niños se desvistieran.

Trzebinski les administró morfina.

Algunos perdieron el conocimiento.

Después fueron llevados a otra habitación.

En las paredes había ganchos.

Y de aquellos ganchos fueron colgados.

El testimonio posterior de Johann Frahm describió que habían quedado suspendidos de ellos como cuadros en una pared. Los registros del memorial señalan además que algunos niños estaban tan delgados que el mecanismo del ahorcamiento no funcionaba como los asesinos esperaban. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

No hace falta añadir nada a esa escena.

El detalle histórico es suficientemente terrible.

Tenían entre cinco y doce años.


Después asesinaron también a los cuatro adultos que habían cuidado a los niños.

Después llegaron otros prisioneros.

Al menos veinticuatro soviéticos fueron asesinados aquella misma noche.

De muchos de ellos ni siquiera conocemos los nombres.

Dos días después, los cuerpos de los niños fueron trasladados de nuevo a Neuengamme y cremados.

El plan parecía completo.

Sin cadáveres identificables.

Sin niños que pudieran hablar.

Sin pacientes que un médico aliado pudiera examinar.

Sin pequeñas voces capaces de señalar a quienes habían entrado en sus habitaciones con jeringas.

Todo estaba preparado para que el crimen desapareciera junto con el régimen.

Pero los asesinos habían cometido un error.

Habían confundido eliminar a los testigos con eliminar la historia.

Y no eran lo mismo.


Cuando terminó la guerra, varios responsables cayeron en manos de las autoridades británicas.

Entonces comenzó el primer ajuste de cuentas.

En los procesos del Curio-Haus de Hamburgo se juzgó a miembros del personal de Neuengamme.

Los nombres que antes habían representado autoridad absoluta dentro del campo comenzaron a aparecer en expedientes judiciales.

Max Pauly.

Wilhelm Dreimann.

Johann Frahm.

Ewald Jauch.

Alfred Trzebinski.

Hombres que semanas antes podían decidir sobre la vida de un prisionero ahora tenían que responder preguntas.

Dreimann, conocido por prisioneros como el “verdugo de Neuengamme”, fue condenado a muerte y ejecutado en octubre de 1946.

Frahm fue arrestado después de haber huido y también fue condenado a muerte.

Jauch recibió la misma sentencia.

Pauly, comandante del campo y hombre que había transmitido la orden de matar a los niños, fue ejecutado.

Trzebinski, el médico que participó directamente en el asesinato aquella noche, también fue condenado a muerte. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Parecía que la historia avanzaba hacia una conclusión clara.

Crimen.

Investigación.

Juicio.

Castigo.

Pero entonces llega el siguiente giro.

Porque el hombre que había iniciado los experimentos con los niños no estaba entre aquellos condenados.

Kurt Heißmeyer había desaparecido.


Heißmeyer hizo algo antes de que terminara la guerra.

Enterró una caja metálica en el jardín del sanatorio de las SS de Hohenlychen.

Dentro había documentos.

Fotografías.

Registros relacionados con sus experimentos.

Material que no quería que encontraran los Aliados.

Después construyó otra vida.

Y esto es quizá uno de los capítulos más difíciles de aceptar para quien imagina que, terminada la guerra, todos los responsables desaparecieron inmediatamente detrás de barrotes.

Heißmeyer vivió en Alemania Oriental.

Y siguió siendo médico.

No durante semanas.

No durante unos meses mientras las autoridades intentaban identificarlo.

Durante años.

Llegó a ejercer como especialista pulmonar y en tuberculosis.

El hombre que había infectado deliberadamente a niños con bacilos de tuberculosis podía volver a presentarse ante pacientes como doctor.

Su secreto sobrevivió a Hitler.

Sobrevivió a la caída de Berlín.

Sobrevivió a Núremberg.

Sobrevivió incluso a la creación de dos Alemanias.

Durante cerca de dos décadas después de la guerra pudo continuar con su vida profesional. La información que llegó posteriormente a las autoridades de Alemania Oriental tampoco produjo una detención inmediata. Finalmente fue arrestado en 1963. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Y entonces ocurrió algo que él jamás habría querido.

La caja que había enterrado para protegerse se convirtió en parte de la prueba contra él.

Sus propios documentos ayudaron a reconstruir lo que había hecho.

Las fotografías que reducían a niños a objetos de estudio ayudaron décadas después a devolverles un rostro.

El archivo diseñado para respaldar una carrera terminó persiguiendo al hombre que lo había creado.


En 1966, el tribunal de Magdeburgo condenó a Kurt Heißmeyer a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad.

Habían pasado más de veinte años desde Bullenhuser Damm.

Los niños nunca habían llegado a adultos.

El médico sí.

Había tenido dos décadas que a ellos les fueron robadas.

Pero ahora la relación de poder era distinta.

Ya no existían guardias fuera de la habitación.

Ya no existía una SS capaz de conseguirle veinte niños.

Ya no era él quien formulaba las preguntas.

Las preguntas se las hacían a él.

Y una de ellas atravesó toda la retórica médica con una sencillez devastadora:

¿Por qué no había utilizado cobayas?

Diversas fuentes sobre el proceso recogen una respuesta de Heißmeyer que terminaría simbolizando la deshumanización que hizo posible aquellos experimentos: dijo que, para él, no existía una diferencia esencial entre judíos y cobayas. (PubMed Central (PMC))

Ahí estaba todo.

No en una compleja teoría.

No en una explicación científica.

En una frase.

Para asesinar primero a una persona de esa manera, alguien había tenido que quitarle antes, dentro de su propia cabeza, el derecho a ser considerada persona.

Ese fue el verdadero laboratorio del nazismo.

La deshumanización vino primero.

Las agujas después.


Heißmeyer murió encarcelado en 1967.

Podría parecer el final.

No lo era.

Porque mientras algunos responsables habían sido ejecutados y el médico había sido condenado, otro hombre relacionado directamente con Bullenhuser Damm iba a demostrar hasta qué punto la justicia de posguerra podía ser incompleta.

Se llamaba Arnold Strippel.

Había ocupado puestos importantes dentro del sistema de campos de concentración y estuvo al mando de hombres implicados en los asesinatos de Bullenhuser Damm.

Después de la guerra se ocultó.

Fue condenado en otro caso relacionado con Buchenwald, pero aquella sentencia sufrió posteriores modificaciones. Con el tiempo incluso recibió una considerable compensación económica por haber permanecido encarcelado más tiempo del correspondiente a una condena posterior.

En 1979, las familias de las víctimas impulsaron una nueva denuncia.

En 1983 Strippel fue acusado de decenas de asesinatos relacionados con Bullenhuser Damm, incluidos los veinte niños.

Cuatro años más tarde, el procedimiento fue archivado porque fue considerado no apto para afrontar el juicio por motivos de salud.

Murió en 1994.

Nunca fue juzgado por los asesinatos de aquellos veinte niños. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Ese detalle rompe cualquier versión cómoda de la historia.

Sí, hubo verdugos ejecutados.

Sí, Heißmeyer acabó en prisión.

Pero no hubo una justicia perfecta.

Y durante mucho tiempo tampoco hubo algo aún más elemental.

Memoria.


Después de 1945, la escuela volvió a funcionar.

Niños regresaron a sus aulas.

Profesores recorrieron sus pasillos.

La vida cotidiana ocupó de nuevo el edificio.

Pero durante años los alumnos prácticamente no supieron qué había ocurrido bajo sus pies.

Imagine esa escena.

Mochilas entrando por la mañana.

Ejercicios en la pizarra.

Recreos.

Campanas.

Y un sótano donde veinte niños habían sido asesinados porque alguien temía que vivieran lo suficiente para contar lo que les habían hecho.

Durante décadas, gran parte de Hamburgo apenas conoció la historia.

Algunos antiguos prisioneros de Neuengamme acudían a Bullenhuser Damm y dejaban flores.

Cada año eran menos.

El tiempo estaba haciendo lo que los perpetradores no habían conseguido hacer aquella noche:

borrar lentamente las huellas.

Hasta que un periodista decidió que aquello no podía terminar así.


Se llamaba Günther Schwarberg.

En 1977 conoció la historia de los niños.

Habían transcurrido más de treinta años desde los asesinatos.

Schwarberg entendió algo esencial: decir “veinte niños” no era suficiente.

Veinte es un número.

Los asesinos habían trabajado precisamente con números, fichas, iniciales y categorías.

Había que invertir el proceso.

Había que convertir cada número otra vez en un nombre.

Así comenzó una investigación que lo llevó a buscar documentos, fotografías, testigos y, sobre todo, familiares.

Su esposa, la abogada Barbara Hüsing, trabajó con él.

Publicaron llamamientos.

Buscaron en distintos países.

Intentaron localizar madres, padres, hermanos, primos.

Personas que quizá llevaban tres décadas preguntándose qué había ocurrido con un niño desaparecido en Auschwitz.

Para la mayoría de las familias lograron encontrar respuestas. Desde 1979 fueron localizados familiares vivos de diecisiete de los veinte niños. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Y entonces las estadísticas empezaron a desmoronarse.

“Niño número X” se convirtió de nuevo en Sergio.

En Riwka.

En Eduard.

En Alexander.

En Walter.

Las fotografías dejaron de ser documentos médicos.

Volvieron a ser retratos familiares.

Un niño estaba otra vez al lado de su madre.

Otro celebraba un cumpleaños.

Otro coleccionaba sellos.

Los nazis habían intentado borrar sus cuerpos.

Ahora alguien estaba reconstruyendo sus vidas.


Y justo cuando parecía que los investigadores habían llegado tan lejos como era humanamente posible, apareció otro giro.

Uno de los niños seguía siendo casi un fantasma documental.

Durante décadas se conocía un nombre escrito de forma incorrecta: “W. Junglieb”.

Se suponía que era un niño de doce años y que quizá procedía de Yugoslavia.

Nada encajaba del todo.

Habían pasado cincuenta años.

Sesenta.

Setenta.

Parecía imposible encontrar una respuesta.

Hasta 2015.

Una investigación realizada por Bella Reichenbaum permitió conectar aquel nombre mal escrito con un niño eslovaco.

Walter Jungleib.

Había nacido en 1932.

Su familia tenía una joyería.

Le gustaba coleccionar sellos.

Su padre había muerto durante la persecución nazi.

Su madre Malvina y su hermana Grete habían sobrevivido.

Durante setenta años habían vivido sin saber realmente qué le había ocurrido a Walter.

Pensaban que probablemente había muerto durante una evacuación desde Auschwitz.

No sabían que había sido enviado a Neuengamme.

No sabían que había sido convertido en sujeto de experimentación.

No sabían que había llegado a Hamburgo.

No sabían nada de aquel sótano.

En 2015, la hermana de Walter finalmente conoció la verdad. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Setenta años.

Eso significa que una niña sobreviviente tuvo tiempo de convertirse en mujer, en adulta, en anciana, llevando durante toda una vida una pregunta sin respuesta sobre su hermano.

Y que en algún archivo, todo aquel tiempo, una sola letra mal escrita ayudó a mantenerlos separados.

Los nazis habían convertido a Walter en una inicial.

La memoria tardó siete décadas en devolverle su apellido correcto.


Todavía hubo otro descubrimiento.

Durante años se había utilizado una forma incorrecta para identificar a una de las niñas.

Investigaciones posteriores permitieron establecer correctamente su nombre como Sara Goldfinger y reconstruir nuevos datos sobre ella.

La investigación sobre los veinte niños no terminó en 1946.

Ni en 1966.

Ni en 1979.

Continuó en el siglo XXI. (Gedenkstätte Neuengamme)

Esa es quizá la parte de esta historia que los asesinos jamás pudieron imaginar.

Creyeron que el tiempo trabajaría para ellos.

Que quemar cuerpos era suficiente.

Que enterrar documentos era suficiente.

Que escribir mal un apellido era suficiente.

Que cuando murieran los últimos testigos nadie haría más preguntas.

Ocurrió lo contrario.

Cada generación hizo preguntas nuevas.

Cada archivo abierto devolvió una pieza.

Cada familiar localizado transformó una ficha de prisionero en una historia de familia.


En 1979, familiares y ciudadanos participaron en la creación de la asociación Kinder vom Bullenhuser Damm.

Miles de personas acudieron a las primeras conmemoraciones.

El lugar terminó convertido en memorial.

Se creó también un jardín de rosas.

Hoy, Bullenhuser Damm ya no puede esconder fácilmente lo que ocurrió allí.

Hay fotografías.

Biografías.

Nombres.

Recuerdos.

Familiares que han viajado a Hamburgo desde distintos lugares del mundo.

Calles de la ciudad llevan nombres de algunos de aquellos niños.

La antigua escena del crimen se transformó en un lugar de aprendizaje y memoria. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

Y existe algo profundamente simbólico en ello.

Los nazis utilizaron una escuela para matar niños.

Décadas después, ese mismo lugar sirve para enseñar a otros niños quiénes fueron.


Es fácil hablar de los perpetradores porque dejaron expedientes voluminosos.

Rangos.

Fechas de afiliación.

Carreras.

Sentencias.

Fotografías policiales.

Pero existe el riesgo de que sus nombres ocupen más espacio que los de sus víctimas.

Por eso conviene detenerse.

Mania Altman.

Lelka Birnbaum.

Sara Goldfinger.

Riwka Herszberg.

Eduard Hornemann.

Alexander Hornemann.

Marek James.

Walter Jungleib.

Lea Klygerman.

Georges-André Kohn.

Bluma Mekler.

Jacqueline Morgenstern.

Eduard Reichenbaum.

Sergio de Simone.

Marek Steinbaum.

Roman Witoński.

Eleonora Witońska.

Ruchla Zylberberg.

Roman Zeller.

Y una niña conocida durante mucho tiempo principalmente como H. Wassermann, cuya biografía completa todavía no ha podido ser reconstruida. (Kinder vom Bullenhuser Damm)

No son veinte personajes secundarios en la biografía de Kurt Heißmeyer.

Heißmeyer es un personaje en la historia de ellos.

Ese cambio de perspectiva importa.


Pensemos otra vez en Sergio.

Un hombre entró en el barracón de Auschwitz preguntando quién quería ver a su madre.

Un niño levantó la mano.

Años más tarde, sus primas pudieron explicar por qué.

Sergio no eligió un experimento.

Eligió a su madre.

Los adultos con uniforme utilizaron ese amor para seleccionarlo.

Pensemos en Walter.

La última imagen que su hermana conservó de él era la de un niño que había vuelto para recoger una gorra olvidada antes de la separación. Después se giró y se despidió.

Durante siete décadas, ella no supo que aquel gesto sería el último.

Pensemos en Edo y Lexje.

Dos hermanos deportados juntos.

No una categoría.

Dos hermanos.

Pensemos en Riwka.

Seis años.

Una edad en la que muchas niñas todavía necesitan ayuda para atarse los cordones.

La maquinaria del Reich consideró que representaba un material de investigación aceptable.


Y pensemos ahora en los hombres adultos.

Heißmeyer quería reconocimiento académico.

Pauly transmitió una orden.

Trzebinski obedeció.

Dreimann y Frahm participaron en los asesinatos.

Otros custodiaron, transportaron, organizaron o ayudaron.

Ninguno de ellos necesitó creer que estaba protagonizando una película de monstruos.

Ese es precisamente el peligro.

Bastaba con aceptar una premisa:

que ciertos seres humanos valían menos.

Después todo lo demás podía presentarse como administración.

Investigación.

Seguridad.

Órdenes.

Necesidad militar.

Traslado.

Evacuación.

El lenguaje burocrático podía esconder casi cualquier cosa.

Hasta un camión con veinte niños camino de un sótano.


Por eso la frase sobre las cobayas resulta tan perturbadora.

No porque Heißmeyer fuese incapaz de distinguir físicamente entre un niño y un animal de laboratorio.

Naturalmente podía hacerlo.

Había visto sus rostros.

Había registrado sus reacciones.

Sabía sus edades.

Sabía que sentían dolor.

Lo que había dejado de reconocer era la obligación moral de tratar aquel dolor como el dolor de un igual.

Ese es el mecanismo que convierte la discriminación en algo mucho peor.

Primero se cambia el vocabulario.

Después se cambia la ley.

Después se cambia quién merece protección.

Finalmente, una persona puede mirar a un niño y ver “material”.

Cuando se llega ahí, el crimen ya empezó mucho antes de que aparezca la cuerda.


Los verdugos de Bullenhuser Damm quisieron destruir pruebas.

Fracasaron.

Algunos fueron ejecutados por los británicos en 1946.

Heißmeyer consiguió escapar durante años, pero terminó condenado a cadena perpetua y murió en prisión.

Strippel nunca tuvo que responder en un juicio por los asesinatos de los niños, una herida abierta en la historia judicial alemana.

Pero la derrota definitiva de los asesinos ocurrió en otro terreno.

Ellos querían veinte cadáveres sin historia.

Hoy existen veinte nombres.

Querían fotografías clínicas.

Hoy esas imágenes conducen a familias.

Querían un sótano silencioso.

Hoy allí se cuentan sus vidas.

Querían que Walter siguiera siendo una inicial incorrecta.

Walter recuperó su apellido.

Querían que los niños desaparecieran.

Lo que desapareció fue el Reich que creyó tener derecho a decidir que esos niños no eran humanos.

Cada 20 de abril vuelven flores a Bullenhuser Damm.

No pueden cambiar lo sucedido.

No pueden devolver a una madre el niño que esperó durante décadas.

No pueden darle a Sergio los cumpleaños que nunca tuvo.

No pueden devolver a Walter su colección de sellos, ni a Edo y Lexje los años que deberían haber compartido como hermanos adultos.

Pero hacen algo que los hombres del sótano intentaron impedir.

Obligan al mundo a recordar.

Porque hay crímenes que intentan matar dos veces: primero a la persona y después a su nombre.

En Bullenhuser Damm consiguieron lo primero.

Lo segundo todavía están perdiéndolo, cada vez que alguien pronuncia los nombres de aquellos veinte niños y se niega a permitir que los verdugos tengan la última palabra.