PARTE 1 — LA MUJER QUE VIVIÓ EN EL CENTRO DEL PODER
El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler fue nombrado canciller de Alemania y comenzó una transformación política que desembocaría en una dictadura, una guerra mundial y el asesinato sistemático de millones de personas. Mientras el régimen construía su maquinaria de propaganda y persecución, una mujer se preparaba para ocupar un lugar privilegiado dentro de aquel nuevo mundo. Su nombre era Emy Göring. No dirigía ejércitos ni firmaba órdenes militares, pero se convertiría en una de las mujeres más visibles del círculo de poder nazi. A su lado estaba Hermann Göring, uno de los hombres más poderosos del Tercer Reich. Mientras las familias judías eran despojadas de sus bienes, mientras las deportaciones y asesinatos se extendían por Europa y mientras Alemania avanzaba hacia la guerra, Emy vivía rodeada de vestidos, recepciones, propiedades y obras de arte saqueadas. Y lo más inquietante no fue solo la vida que disfrutó, sino lo que dijo después de que todo terminara.

Para comprender quién fue realmente Emy Göring hay que retroceder mucho antes de que Alemania se convirtiera en una dictadura. Nació el 24 de marzo de 1893 en Hamburgo con el nombre de Emma Johanna Henny Sonnemann. Procedía de una familia acomodada relacionada con una fábrica de chocolate. Su infancia estuvo lejos de la pobreza y, desde muy joven, desarrolló una pasión por el teatro. Se formó como actriz y consiguió diferentes compromisos profesionales en ciudades como Hamburgo, Múnich, Viena, Stuttgart y Weimar. Durante aquellos años todavía no existía la mujer que más tarde aparecería junto a Hermann Göring en fotografías oficiales. Era simplemente una actriz que intentaba construir una carrera en los escenarios alemanes.
En 1916 se casó con su compañero de profesión Karl Köstlin. El matrimonio duró una década. Con el tiempo, ambos llegaron a la conclusión de que funcionaban mejor como amigos que como esposos y se divorciaron en 1926. Emy continuó trabajando en el mundo teatral. Era ambiciosa, sabía moverse en ambientes sociales y estaba acostumbrada a llamar la atención. Nada de aquello parecía anunciar el papel político que desempeñaría pocos años después.
En 1932 conoció a Hermann Göring. Él acababa de enviudar de Karin von Kantzow, su primera esposa, cuya muerte lo había afectado profundamente. Göring ya no era un hombre desconocido. Había sido un destacado miembro del Partido Nazi y estaba ascendiendo rápidamente dentro de la estructura política que rodeaba a Hitler. Emy y Hermann se acercaron en un momento en que Alemania atravesaba una profunda crisis. El país estaba dividido, la violencia política aumentaba y el Partido Nazi se preparaba para conquistar el poder.
Se enamoraron.
Para Emy, la relación significaba también entrar en un mundo completamente diferente. Göring tenía contactos, influencia y una posición política que crecía cada mes. Para él, Emy podía convertirse en una compañera adecuada para la imagen pública que estaba construyendo. Su primera esposa había muerto y el nuevo régimen necesitaba figuras familiares que pudieran aparecer en recepciones, ceremonias y actos oficiales.
Cuando Hitler llegó al poder en 1933, Göring se convirtió en una de las figuras centrales del nuevo Estado. Su carrera ascendió de manera vertiginosa. Emy quedó cada vez más cerca del círculo de poder. En otoño de 1934 recibió un nombramiento que impulsó nuevamente su carrera teatral y consiguió actuar en el Teatro Estatal Prusiano de Berlín. Sin embargo, aquella carrera quedó progresivamente subordinada a su nueva posición social.
En 1935, Emy y Hermann se casaron.
La boda fue espectacular.
Berlín contempló una ceremonia organizada con un lujo que contrastaba violentamente con la situación de una sociedad que ya estaba siendo sometida a la represión política. Hubo recepciones, uniformes, invitados poderosos y aviones sobrevolando la celebración. Adolf Hitler actuó como testigo. La imagen de la pareja era exactamente la que el régimen necesitaba: un hombre poderoso y su elegante esposa, representantes de una nueva élite alemana.
Emy empezó a aparecer en recepciones oficiales y actos públicos. Hitler no estaba casado y, por ello, las esposas de los altos dirigentes podían desempeñar una función simbólica. Emy aspiraba a ocupar una posición semejante a la de una primera dama del régimen. Pero no estaba sola. Magda Goebbels, esposa del ministro de Propaganda Joseph Goebbels, también ocupaba un lugar destacado. Entre ambas existía rivalidad y competencia por influencia y visibilidad.
La situación se complicó todavía más con Eva Braun.
Emy no simpatizaba con ella. Hitler había mantenido su relación con Braun en privado durante gran parte de aquellos años y no estaba dispuesto a permitir que los conflictos entre las mujeres alteraran el funcionamiento de su círculo personal. En una ocasión llegó a exigir a Göring que su esposa tratara a Eva con mayor respeto. Emy no cambió realmente su actitud y las consecuencias fueron claras: dejó de ser invitada a determinados encuentros en el Berghof.
Pero mientras estas mujeres competían por posiciones sociales, Alemania estaba cambiando de manera mucho más oscura.
Las leyes raciales del régimen habían excluido a los judíos de la vida pública y económica. La propaganda los presentaba como enemigos. La violencia se normalizaba. En noviembre de 1938, los pogromos conocidos como Kristallnacht marcaron una nueva escalada. Sin embargo, para personas como Göring, la persecución también tenía una dimensión económica. Había bienes que podían ser confiscados. Empresas que podían ser arrebatadas. Obras de arte que podían cambiar de propietario. Viviendas que podían quedar disponibles. El régimen convirtió el robo organizado en una política de Estado.
Y Emy vivía en el entorno de uno de los principales beneficiarios.
En 1938 nació su única hija, Edda.
El nacimiento fue utilizado como un acontecimiento propagandístico. Llegaron cientos de miles de felicitaciones. La edad de Emy y las heridas que Hermann había sufrido años antes alimentaron rumores absurdos y especulaciones. Incluso Julius Streicher, uno de los más radicales propagandistas antisemitas del régimen, difundió insinuaciones sobre el nacimiento de la niña.
Edda fue bautizada en noviembre de 1938 en Karin Hall, la enorme propiedad de los Göring. Hitler fue elegido padrino. Hermann celebró el nacimiento con una exhibición aérea sobre Berlín. El contraste era extraordinario: mientras el régimen intensificaba la persecución de los judíos, la familia Göring celebraba el nacimiento de una niña como un acontecimiento nacional.
En la Navidad de 1938, Emy se incorporó al Partido Nazi.
A partir de entonces, ya no podía presentarse simplemente como una actriz que se había casado con un político. Formaba parte del sistema.
Cuando Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, comenzó la Segunda Guerra Mundial en Europa. Hermann Göring dirigía la Luftwaffe y ocupaba una posición fundamental en el aparato militar y económico del régimen. Su poder aumentó todavía más durante los primeros años de la guerra.
Y con su poder llegó una riqueza extraordinaria.
Göring acumuló propiedades, castillos, terrenos y colecciones de arte. Algunos bienes fueron adquiridos mediante mecanismos legales dudosos; otros fueron directamente confiscados a personas perseguidas por el régimen. El saqueo de bienes judíos y de otros grupos considerados enemigos se convirtió en una parte fundamental de la economía de guerra nazi.
Emy veía aquella riqueza.
La disfrutaba.
Vivía rodeada de empleados, vestidos, joyas, recepciones y propiedades.
El centro de aquel mundo era Karin Hall.
La finca se convirtió en una especie de palacio privado. Göring ordenó construir una enorme galería, de decenas de metros de longitud, para exhibir las obras que había conseguido reunir. La llamó la Gran Galería. Allí aparecieron pinturas y objetos procedentes de colecciones privadas y museos de toda Europa.
A medida que Alemania ocupaba nuevos territorios, aumentaban las posibilidades de saqueo.
Göring se interesó especialmente por las obras de arte.
El Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg, conocido como ERR, organizó operaciones sistemáticas para confiscar bienes culturales pertenecientes a judíos y otras víctimas del régimen. París se convirtió en uno de los principales centros de almacenamiento. El Jeu de Paume fue utilizado como depósito de obras confiscadas.
Göring visitó aquel lugar numerosas veces.
Observaba las obras.
Elegía algunas.
Ordenaba que fueran enviadas a sus propiedades.
Trenes especiales transportaban pinturas, muebles y otros objetos saqueados.
La magnitud era enorme.
Miles de familias perdieron sus colecciones.
Muchas de ellas también perdieron la vida.
Para los propietarios originales, aquellos cuadros podían representar generaciones de historia familiar. Eran recuerdos, herencias, símbolos de identidad. Para Göring, eran objetos que podía seleccionar.
Y alrededor de aquella colección estaba Emy.
Vestida con elegancia.
Organizando recepciones.
Viviendo como una aristócrata.
En fotografías de la época aparece sonriente, rodeada de lujo. No existe en ellas la angustia de las familias que habían sido despojadas. No aparecen los trenes de deportación. No aparecen las viviendas vacías. No aparecen los nombres de quienes habían poseído los objetos que ahora adornaban sus salones.
Su mundo estaba cuidadosamente separado del sufrimiento que hacía posible su comodidad.
Mientras tanto, la guerra se extendía.
Millones de soldados morían.
Millones de civiles sufrían.
Los judíos europeos eran perseguidos, deportados y asesinados en una escala sin precedentes.
El régimen utilizaba propaganda para justificar la violencia.
Y Hermann Göring era una de sus figuras fundamentales.
Su papel no se limitaba al mando militar. También participó en las decisiones económicas y en la exclusión sistemática de los judíos de la economía. Su posición le permitió beneficiarse de la arianización y de la confiscación de propiedades.
Emy no podía desconocer completamente el origen de aquel mundo.
Era demasiado visible.
Vivía en Karin Hall.
Veía las obras.
Conocía a personas del entorno de su esposo.
Participaba en recepciones oficiales.
Sabía que el país estaba en guerra.
Y aun así mantuvo su vida de privilegio.
En algunos aspectos, Emy parecía haber construido una burbuja.
Dentro de ella estaban su marido, su hija y su colección de recuerdos.
Fuera estaban las consecuencias.
Pero las consecuencias terminarían llegando.
En los últimos meses de la guerra, el poder de Göring comenzó a desmoronarse.
Su salud estaba deteriorada.
Su dependencia de la morfina se había convertido en un problema grave.
Alemania estaba perdiendo la guerra.
El Ejército Rojo avanzaba hacia Berlín.
Las ciudades alemanas eran bombardeadas.
Hitler estaba encerrado en su búnker.
Göring comprendió que el régimen se acercaba al final.
El 20 de abril de 1945 envió un telegrama a Hitler.
Su mensaje estaba cuidadosamente formulado. Preguntaba si, como segundo al mando, debía asumir el liderazgo del Reich si Hitler ya no podía ejercerlo. Göring intentó presentar la petición como una cuestión constitucional dentro de la estructura nazi.
Hitler reaccionó con furia.
Lo acusó de traición.
Ordenó que Göring renunciara a sus cargos.
La relación entre los dos hombres quedó destruida.
Poco después, Hitler ordenó que Göring, Emy, Edda y su personal fueran puestos bajo arresto domiciliario en el Obersalzberg.
El hombre que había sido uno de los personajes más poderosos del régimen ya no controlaba su propio destino.
Emy tampoco.
En abril de 1945, Hitler y Eva Braun se suicidaron en Berlín.
El régimen se derrumbaba.
Göring consiguió escapar del control directo de las SS y buscó entregarse a los estadounidenses. Prefería caer en manos de Estados Unidos antes que del Ejército soviético.
El 6 de mayo fue capturado por tropas estadounidenses cerca de Radstadt.
Para Göring comenzaba otro capítulo.
Para Emy también.
Alemania capituló el 8 de mayo de 1945.
La guerra en Europa había terminado.
Pero para las víctimas del régimen, el final de los combates no significaba el final de la tragedia.
Millones de personas habían muerto.
Comunidades enteras habían desaparecido.
Las familias de quienes habían sido despojados de sus hogares y colecciones seguían intentando encontrar respuestas.
Y ahora los hombres y mujeres asociados al régimen debían enfrentarse a las consecuencias.
Hermann Göring sería uno de los principales acusados en Núremberg.
Emy observaba desde lejos.
Seguía creyendo en él.
Seguía defendiendo su carácter.
Y esa defensa pronto revelaría hasta qué punto había decidido proteger la imagen de su marido.
Pero antes tendría que descubrir qué quedaba de su propio mundo cuando desapareciera el poder que lo había sostenido.
Porque el hombre que había llenado sus salones de arte estaba a punto de ser juzgado.
Y la mujer que había disfrutado de aquella riqueza tendría que explicar qué papel había desempeñado mientras todo aquello ocurría.
FIN DE LA PARTE 1


