


EL HOMBRE QUE VOLÓ COMO HÉROE Y TERMINÓ EN UN BAÚL: LA CAZA DE HERBERTS CUKURS, EL “VERDUGO DE RIGA”
Nota histórica: Herberts Cukurs nunca fue juzgado por un tribunal. Está documentado que sirvió en el Arajs Kommando, una unidad auxiliar letona implicada en el asesinato masivo de judíos durante la ocupación nazi. Numerosos supervivientes lo acusaron de participar personalmente en atrocidades, aunque la responsabilidad exacta de Cukurs en algunos episodios concretos —incluida su presencia en las fosas de Rumbula— sigue siendo objeto de debate historiográfico. La narración que sigue reconstruye escenas y atmósferas; los diálogos privados se presentan de forma dramatizada, no como transcripciones literales. (Konference 84)
Cuando la policía uruguaya abrió aquel baúl, el hombre que había dentro llevaba casi veinte años creyendo que había ganado.
No estaba en una prisión.
No estaba esposado.
No había jueces, fiscales ni periodistas esperando una declaración.
Estaba muerto.
Era febrero de 1965 y el cadáver había aparecido en una casa de la zona de Shangrilá, cerca de Montevideo. Junto a él había un mensaje que explicaba por qué quienes lo habían llevado hasta allí consideraban que aquel hombre no era simplemente un empresario extranjero asesinado durante un negocio que salió mal.
Su nombre era Herberts Cukurs.
Décadas antes, miles de niños letones habían reconocido ese rostro por motivos completamente distintos.
Había sido uno de los grandes héroes de la aviación de su país.
Había construido aviones.
Había cruzado continentes.
Había volado hasta África y Asia en una época en la que hacer algo semejante parecía una hazaña reservada a hombres capaces de desafiar a la muerte.
Y, sin embargo, cuando la Segunda Guerra Mundial terminó, otros recordaban el mismo rostro no asociado a un avión, sino a calles cercadas, uniformes, golpes, disparos y columnas de familias judías expulsadas del gueto de Riga.
Para ellos no era el héroe del cielo.
Era uno de los hombres de Arājs.
Y ahora, a miles de kilómetros de Riga, alguien había decidido que el pasado acababa de alcanzarlo.
La policía uruguaya tardó días en encontrar el cadáver. La información había llegado a través de un mensaje enviado a una agencia de noticias en Alemania Occidental. El remitente utilizó un nombre inquietante: “Those Who Can Never Forget”, “Los que nunca pueden olvidar”. Los investigadores encontraron el cuerpo dentro de un baúl y determinaron que Cukurs había muerto violentamente después de viajar desde Brasil. La prensa de la época habló inmediatamente de una posible operación de represalia relacionada con sus actividades durante la guerra. (JTA)
Pero para comprender por qué un hombre de 64 años terminó allí hay que regresar más de treinta años.
Y hay que hacerlo cuando Herberts Cukurs todavía era un héroe.
Mucho antes de que su nombre provocara horror, Cukurs representaba algo que Letonia necesitaba desesperadamente: orgullo.
Había nacido en 1900, cuando el territorio letón todavía formaba parte del Imperio ruso. Después de la independencia del país, se vinculó a la aviación militar y acabó convirtiéndose en una celebridad.
No pertenecía al tipo de pilotos que simplemente recibían un avión y lo conducían.
Construía.
Modificaba.
Experimentaba.
Volaba máquinas en cuya fabricación había intervenido personalmente.
En los años treinta realizó vuelos espectaculares hacia Gambia y posteriormente hacia Asia. Sus viajes se convirtieron en acontecimientos nacionales. Los periódicos seguían sus rutas. Sus fotografías circulaban. Los escolares conocían su nombre. Un estudio académico sobre su memoria pública recuerda que recibió reconocimiento internacional como aviador y que sus vuelos a Gambia y Japón lo transformaron en una figura célebre. (Khoa Xã hội – CCAS)
Imagine una fotografía de aquellos años.
Cukurs junto a un avión.
Gafas de aviador.
Chaqueta gruesa.
La expresión de alguien que sabe que la cámara está allí porque él ha hecho algo que los demás consideran extraordinario.
En el mundo de entonces, un piloto de larga distancia era más que un profesional.
Era un aventurero.
Un símbolo de modernidad.
Un hombre que regresaba desde lugares cuyos nombres parecían sacados de un atlas escolar y contaba lo que había visto.
Aquella reputación sería importante después.
Porque cuando un héroe cae, la historia resulta perturbadora.
Pero cuando un héroe no cae y simplemente cambia de uniforme, la pregunta se vuelve mucho más incómoda:
¿Cuánto tiempo puede tardar una sociedad en aceptar que la persona a la que admiraba se convirtió en alguien completamente distinto?
En junio de 1941, Alemania atacó a la Unión Soviética.
Las fuerzas alemanas entraron rápidamente en los territorios bálticos.
Riga fue ocupada a comienzos de julio.
La vida de los judíos de la ciudad cambió prácticamente de un día para otro.
Primero llegaron las prohibiciones.
Luego las humillaciones.
Después las detenciones.
Los golpes.
Los robos.
Las ejecuciones.
Y finalmente el asesinato organizado a una escala que hacía que cada fase anterior pareciera haber sido únicamente una preparación.
En aquel contexto apareció una unidad dirigida por Viktors Arājs: el Arajs Kommando, integrada por colaboradores letones y subordinada al aparato de seguridad nazi. Investigaciones conservadas y promovidas por el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos describen a la unidad como una formación voluntaria letona implicada directamente en el Holocausto. Cukurs sirvió en ella; aunque su cargo exacto y la extensión concreta de su autoridad han sido discutidos, su pertenencia a la organización no constituye el núcleo de la controversia histórica actual. (Bảo tàng Tưởng niệm Holocaust Quốc gia)
Para entonces, su rostro seguía siendo conocido.
Eso era precisamente lo aterrador.
Los prisioneros podían reconocerlo.
No era un funcionario anónimo llegado de Berlín.
No era un soldado cuyo nombre nadie conocía.
Era Cukurs.
El aviador.
El hombre de los periódicos.
El héroe nacional.
Y ahora aparecía asociado a los hombres que perseguían a los vecinos judíos de la ciudad.
Riga tenía antes de la guerra una importante comunidad judía. Tras la ocupación, las autoridades alemanas ordenaron la creación de un gueto. Hacia finales de octubre de 1941 alrededor de 30.000 judíos habían quedado encerrados en él. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)
Detrás del alambre seguían existiendo familias.
Eso resulta fácil de olvidar cuando las víctimas se convierten en cifras.
Había madres preocupadas por conseguir comida.
Ancianos que intentaban caminar sin caer.
Niños que todavía lloraban cuando tenían miedo.
Personas que conservaban llaves de apartamentos a los que probablemente nunca regresarían.
Profesores.
Zapateros.
Médicos.
Músicos.
Comerciantes.
Abuelos.
Hermanos.
Y afuera había hombres decidiendo cuánto tiempo continuarían vivos.
Numerosos supervivientes declararon después de la guerra que Cukurs participó personalmente en abusos y asesinatos. Algunos testimonios lo situaron disparando contra civiles, golpeando a quienes no conseguían mantener el ritmo de las columnas y matando a niños. Estos testimonios constituyen una parte central del expediente histórico contra él, aunque Cukurs murió antes de que pudieran ser examinados en un juicio contradictorio. Investigadores contemporáneos señalan precisamente esa tensión: existen testimonios graves que lo incriminan y, al mismo tiempo, controversias sobre determinadas acusaciones específicas y episodios concretos. (Wikipedia)
El horror, sin embargo, no depende únicamente de reconstruir qué bala perteneció a qué arma.
La maquinaria en la que Cukurs decidió servir está documentada con claridad.
El 30 de noviembre de 1941 empezó una de las operaciones más terribles de la historia de Riga.
Antes del amanecer, hombres armados entraron en el gueto.
Las familias fueron expulsadas.
Las personas incapaces de desplazarse con suficiente rapidez corrían peligro inmediato.
Steven Springfield, un superviviente cuyo testimonio conserva el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, recordó que policías alemanes y letones entraron golpeando, disparando y obligando a salir a la población. Vio a personas débiles asesinadas en las calles. Recordó incluso cómo un policía letón mató a un bebé y después a su madre. Springfield no identificó en ese episodio concreto al policía como Cukurs; su testimonio muestra la naturaleza de la violencia desatada durante la operación. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)
Las columnas comenzaron a avanzar.
Su destino era un bosque llamado Rumbula.
El engaño era deliberado.
A algunos se les había hecho creer que serían reasentados.
Otros probablemente comprendieron demasiado pronto que no existía ningún reasentamiento.
Las personas caminaron kilómetros.
Al llegar al bosque fueron obligadas a desprenderse de sus pertenencias y de la ropa.
Después fueron conducidas hacia grandes fosas.
Allí las asesinaron.
El 30 de noviembre y el 8-9 de diciembre de 1941, unidades de las SS y de la policía alemana, con auxiliares letones, asesinaron en Rumbula a al menos 25.000 judíos procedentes del gueto de Riga. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)
Veinticinco mil.
Una cifra tan grande que amenaza con convertirse en algo abstracto.
Por eso resultan esenciales los testimonios.
Porque una estadística no llora buscando a su madre.
Una estadística no pierde un zapato durante una marcha.
Una estadística no intenta sujetar a un padre demasiado anciano para continuar caminando.
Una estadística no lleva a un niño en brazos.
Las personas sí.
Durante décadas, varios supervivientes relacionaron directamente a Cukurs con la violencia que acompañó la evacuación del gueto. Algunas fuentes sostuvieron que tuvo un papel importante en la operación. Sin embargo, el historiador letón Andrievs Ezergailis, que inicialmente había formulado acusaciones muy fuertes sobre su participación, modificó posteriormente algunas de sus conclusiones y dijo que no podía demostrarse que Cukurs estuviera junto a las fosas de Rumbula ni atribuirle determinados actos que se habían repetido durante años. La historiografía letona sigue discutiendo esos extremos. (Wikipedia)
Pero la guerra continuó.
Y la comunidad judía de Letonia fue destruida casi por completo.
Cuando el Ejército Rojo liberó Riga en octubre de 1944, prácticamente todos los judíos de la ciudad habían sido asesinados. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)
Entonces ocurrió algo que se repetiría por toda Europa.
Los verdugos comenzaron a convertirse en refugiados.
Uniformes desaparecieron.
Documentos cambiaron de manos.
Nombres fueron modificados.
Hombres que meses antes habían decidido quién vivía y quién moría pasaron a presentarse ante funcionarios de inmigración como mecánicos, agricultores, empresarios o soldados desplazados por la guerra.
Algunos fueron capturados.
Otros procesados.
Muchos escaparon.
Cukurs logró llegar a Sudamérica.
Y allí hizo algo que, para los supervivientes, debía de resultar insoportable:
volvió a vivir.
No escondido dentro de un sótano.
No detrás de una identidad completamente nueva.
Vivió en Brasil.
Tuvo una actividad relacionada con embarcaciones y vuelos turísticos.
Formó parte de una familia.
Habló con clientes.
Hizo negocios.
El antiguo aviador seguía siendo aviador.
El hombre al que supervivientes acusaban de atrocidades podía mirar un cielo azul y vender a turistas la experiencia de volar sobre paisajes brasileños.
Décadas después de una guerra, ésa es una de las diferencias más crueles entre víctimas y perpetradores que consiguieron escapar.
El calendario avanza para ambos.
Pero no de la misma manera.
Para el fugitivo, veinte años pueden significar veinte cumpleaños, veinte Navidades, hijos que crecen, negocios, cenas y mañanas corrientes.
Para el superviviente, pueden significar veinte años preguntándose por qué el hombre al que vio participar en la destrucción de su mundo sigue sirviendo café a clientes.
Las denuncias sobre Cukurs comenzaron a perseguirlo también en Brasil.
Su pasado salió a la luz.
Hubo protestas y demandas para que respondiera por sus actividades durante la ocupación alemana.
Pero no terminó sentado ante un tribunal.
Y entonces, en 1960, algo sucedió en Argentina que cambió por completo el clima para los nazis fugitivos de Sudamérica.
Adolf Eichmann desapareció.
Durante años había vivido allí bajo otra identidad.
Agentes israelíes lo capturaron secretamente y lo trasladaron a Israel.
En 1961, el mundo siguió su juicio.
Los supervivientes hablaron.
El Holocausto dejó de ser presentado únicamente como una gigantesca abstracción de seis millones de muertos y adquirió rostros, nombres, casas, trenes y voces en una sala judicial.
El juicio tuvo además otro efecto.
Los fugitivos entendieron que la distancia ya no garantizaba seguridad.
Y los cazadores comprendieron que Sudamérica no era necesariamente inaccesible.
Yad Vashem señala que el juicio de Eichmann contribuyó a reactivar la persecución pública y judicial de criminales nazis y generó una creciente inquietud entre fugitivos establecidos en América Latina. (Yad Vashem)
Cukurs tenía motivos para estar atento.
No era un anciano indefenso.
Había sobrevivido a guerras.
Había pilotado durante miles de kilómetros.
Sabía manejar armas.
Sabía reconocer riesgos.
No resultaría sencillo acercarse a él.
Por eso el hombre que llegó a Brasil no apareció diciendo que quería hablar sobre Riga.
Se presentó como algo mucho más atractivo.
Un hombre de negocios.
Su nombre falso era Anton Künzle.
Se mostraba como un europeo con dinero, contactos y ambiciones.
Estaba interesado en turismo.
En aviación.
En inversiones.
En oportunidades de negocio.
Y Cukurs conocía ese mundo.
Dos hombres podían sentarse juntos y hablar durante horas sobre motores, rutas, hidroaviones y ganancias sin mencionar una sola vez un bosque llamado Rumbula.
Ésa era precisamente la idea.
Künzle era una identidad operativa utilizada por un agente israelí identificado posteriormente como Yaakov Meidad, participante también en la operación contra Eichmann. Según el relato publicado años después por el propio agente y el periodista Gad Shimron, se aproximó a Cukurs haciéndose pasar por empresario y comenzó un largo trabajo destinado a ganarse su confianza. (Google Sách)
Y aquí comenzó el verdadero duelo.
Porque Cukurs no era ingenuo.
Sabía que había personas que deseaban verlo detenido.
Sabía que su nombre aparecía asociado al Holocausto.
Sabía que Eichmann había desaparecido de Argentina y reaparecido en Jerusalén.
De manera que aquel austríaco demasiado interesado en hacer negocios debía superar una prueba que nunca se formuló en voz alta:
demostrar que no era un cazador.
Los encuentros continuaron.
Künzle gastó dinero.
Habló de empresas.
Aceptó riesgos.
Permitió que Cukurs lo observara.
Cada conversación era una actuación en la que un gesto incorrecto podía acabar con la operación.
No bastaba con recordar una biografía falsa.
Había que vivir dentro de ella.
Cuando Cukurs preguntaba por el pasado de aquel supuesto empresario, la respuesta tenía que llegar sin vacilación.
Cuando cambiaba repentinamente el tema, el agente debía reaccionar como el hombre que afirmaba ser.
Cuando conducían juntos por Brasil, no existía ningún escenario de teatro, ninguna segunda toma.
Si Cukurs descubría la verdad, no habría director gritando “corten”.
Según las memorias de la operación, el agente pasó meses cultivando aquella relación, ofreciendo proyectos capaces de hacer que Cukurs volviera a sentirse no como un fugitivo envejecido, sino como el hombre importante que había sido décadas antes. (EL ESPAÑOL)
Ése fue probablemente el anzuelo más poderoso.
No el dinero.
La importancia.
Para un hombre que había visto su fotografía en periódicos y había sido recibido como héroe, una oportunidad empresarial ambiciosa tenía otro sabor.
Volver a construir.
Volver a volar.
Volver a ser alguien cuyo nombre abría puertas.
Künzle habló finalmente de Uruguay.
Allí, sugería, existían oportunidades.
Podían estudiar inversiones.
Turismo.
Aviación.
Un nuevo negocio.
Cukurs aceptó viajar.
Y en ese instante la operación entró en una fase de la que sería difícil regresar.
Porque “Anton Künzle” no estaba llevándolo hacia una empresa.
Lo estaba llevando hacia una casa.
Otros hombres esperaban.
Cukurs todavía no lo sabía.
Viajó a Uruguay como un empresario que iba a inspeccionar posibilidades de inversión.
Llevaba consigo décadas de experiencia, cautela y secretos.
Tal vez creía estar a punto de empezar otro capítulo.
En realidad, estaba entrando en la última página.
Según reconstrucciones de la operación, el equipo había preparado una vivienda en Shangrilá, una zona costera próxima a Montevideo. El objetivo era llevar a Cukurs al lugar sin generar sospechas. La policía uruguaya determinaría después que una casa había sido alquilada antes del crimen por un hombre que utilizaba una identidad extranjera. (JTA)
Llegó el día.
Febrero de 1965.
Cukurs había viajado desde Brasil.
Künzle estaba allí.
Nada en el itinerario tenía que parecer definitivo.
Un coche.
Una conversación.
Una propiedad que supuestamente merecía ser examinada.
Una puerta.
Eso era todo.
Los momentos que cambian una vida rara vez vienen acompañados por música.
A veces son simplemente una puerta que alguien decide cruzar.
Cukurs entró.
Dentro no encontró la oficina de un nuevo negocio.
Encontró hombres esperándolo.
Y entonces se produjo el momento de reconocimiento.
Durante meses había observado al empresario austríaco.
Había compartido viajes con él.
Había hablado de proyectos.
Le había permitido entrar en su vida.
Ahora bastaron unos segundos para comprenderlo.
Künzle no era Künzle.
No había inversión.
No había empresa.
No había futuro comercial en Uruguay.
Todo —las conversaciones, la paciencia, los planes, la amistad cuidadosamente construida— había conducido a aquella habitación.
El cazador comprendió que él era la presa.
Las reconstrucciones posteriores difieren en algunos detalles de lo que ocurrió dentro de la casa. El relato del jefe operativo afirma que inicialmente existía la intención de dominar a Cukurs y leerle una especie de acusación antes de matarlo, pero que él se resistió violentamente y trató de alcanzar su arma. Otras investigaciones posteriores han cuestionado elementos de la versión publicada por los participantes. Lo indiscutible es el resultado: hubo una lucha, Cukurs recibió disparos y murió dentro de aquella propiedad. (The Guardian)
No fue una escena limpia.
Cukurs luchó.
Los agentes habían calculado muchas cosas, pero someter a un hombre fuerte y desesperado en un espacio reducido podía convertir cualquier planificación en caos.
Muebles.
Respiraciones entrecortadas.
Cuerpos chocando.
Una identidad falsa que ya no servía para nada.
El aviador que había sobrevivido a vuelos imposibles comprendió que aquella vez no había cabina desde la que escapar.
No existía pista de aterrizaje.
No había cielo.
Sólo paredes.
Y varios hombres que habían cruzado continentes para llegar hasta él.
Los disparos terminaron la lucha.
Después llegó un silencio distinto.
Uno de esos silencios en los que todos los presentes saben que algo irreversible acaba de ocurrir.
Cukurs estaba muerto.
No había sido capturado como Eichmann.
No habría interrogatorios televisados.
No habría testigos entrando en una sala.
No habría defensa.
No habría sentencia pronunciada por jueces.
Lo ocurrido en Uruguay fue una ejecución clandestina y extrajudicial, no un proceso judicial.
Y ése sería precisamente uno de los aspectos más controvertidos de la operación durante décadas.
Los hombres colocaron el cadáver en un baúl.
Dejaron documentación relacionada con las acusaciones contra él.
Y desaparecieron.
Pero todavía quedaba un último movimiento.
El cuerpo no debía permanecer perdido para siempre.
La muerte tenía que ser descubierta.
Días después, un mensaje llegó a periodistas en Europa.
Indicaba dónde buscar.
La policía uruguaya siguió la pista.
Encontró la casa.
Encontró el baúl.
Lo abrió.
Y la operación dejó de ser un secreto contenido entre cuatro paredes.
El 8 de marzo de 1965, la Jewish Telegraphic Agency informaba desde Montevideo del descubrimiento del cuerpo de Cukurs y de la nota que señalaba sus supuestos crímenes. La policía creyó que había sido asesinado el 24 de febrero, cuando había llegado desde São Paulo; otras reconstrucciones sitúan la muerte el día anterior. Los informes contemporáneos muestran incluso esas pequeñas discrepancias cronológicas que suelen acompañar a operaciones clandestinas. (JTA)
La noticia cruzó el Atlántico.
El antiguo aviador letón había aparecido muerto.
Y de repente dos historias que parecían separadas por una generación se unieron.
Riga, 1941.
Uruguay, 1965.
Un gueto rodeado de alambre.
Una casa alquilada junto a la costa.
El piloto celebrado por su país.
El hombre acusado por supervivientes.
El emigrante instalado en Brasil.
El empresario austríaco que nunca había existido.
El baúl.
La nota.
Pero la muerte de Cukurs no cerró el debate.
Lo abrió.
En Uruguay, la policía investigó posibles participantes.
La prensa relacionó el asesinato con agentes israelíes.
Pocos días después incluso se produjo un atentado con bomba contra una sinagoga de Montevideo que las autoridades interpretaron como una posible represalia; no hubo heridos. (JTA)
En Israel, el episodio ocupó un territorio incómodo entre secreto de Estado, memoria del Holocausto y represalia.
Años más tarde, participantes en la operación narraron públicamente su versión.
Pero incluso esas memorias fueron cuestionadas.
El escritor uruguayo Fernando Butazzoni, que investigó el caso durante años, sostuvo que encontró errores y distorsiones tanto en versiones relacionadas con los ejecutores como en relatos procedentes del entorno de Cukurs. (Montevideo Portal)
Y entonces apareció otro giro.
Uno que no tenía nada que ver con espías.
Tenía que ver con la memoria.
Décadas después de su muerte, el nombre de Cukurs seguía siendo objeto de controversias en Letonia.
Para algunos sectores seguía existiendo la tentación de separar al brillante aviador de la persona que sirvió en una unidad responsable del genocidio.
Como si un hombre pudiera ser partido en dos.
Cukurs el pionero.
Cukurs el colaborador.
Uno para los monumentos.
El otro para los archivos.
Pero la historia rara vez concede esa comodidad.
En 2026, el historiador letón Uldis Neiburgs resumió la complejidad de su legado señalando que existen testimonios contradictorios que han presentado a Cukurs tanto como asesino de judíos como, en otros relatos, salvador de algunos; aun así, afirmó que para la mayoría de investigadores no existe duda de que su servicio en el Arajs Kommando contribuyó al genocidio contra los judíos. (Konference 84)
Ésa es la parte que convierte la historia de Cukurs en algo más inquietante que un relato de espionaje.
Sería sencillo contarla únicamente como una persecución cinematográfica.
Un nazi fugitivo.
Un agente disfrazado.
Una identidad falsa.
Un viaje.
Una emboscada.
Un baúl.
Un mensaje.
Todos los ingredientes parecen diseñados para una película.
Pero si la historia termina allí, algo fundamental desaparece.
Porque el centro no son los agentes.
Ni siquiera Cukurs.
El centro son quienes nunca pudieron comenzar de nuevo.
En Rumbula, miles de personas fueron llevadas desde sus casas hacia un bosque del que no regresarían.
No tuvieron veinte años en Brasil.
No montaron empresas.
No vieron crecer a sus hijos.
No alcanzaron los años sesenta.
No tuvieron oportunidad de explicar ante un tribunal qué les había ocurrido.
En 1944, cuando los nazis comenzaron a retirarse, obligaron incluso a prisioneros a abrir fosas de Rumbula y quemar cadáveres para destruir pruebas; después asesinaron también a aquellos trabajadores. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)
El objetivo no era sólo matar.
También era borrar.
Borrar cuerpos.
Borrar nombres.
Borrar pruebas.
Borrar la posibilidad de que alguien pudiera señalar a los responsables.
Y sin embargo quedaron supervivientes.
Quedaron documentos.
Quedaron recuerdos.
Quedaron familias preguntando.
Quedaron testimonios que se conservaron durante décadas.
Ésa fue la verdadera cosa que Cukurs no pudo dejar atrás cruzando el Atlántico.
La memoria.
Durante años pudo cambiar el escenario.
Del frío de Letonia al calor de Brasil.
De un uniforme a ropa civil.
De una unidad armada a un negocio turístico.
De los periódicos europeos a clientes sudamericanos.
Pero no podía cambiar lo que otras personas afirmaban haber visto.
Hay una ironía especialmente oscura en su biografía.
Cukurs había construido su fama gracias a la distancia.
Cuanto más lejos conseguía volar, mayor era la hazaña.
Gambia.
Japón.
Miles y miles de kilómetros.
El mundo celebraba al hombre capaz de atravesar enormes extensiones de tierra y mar.
Después de la guerra intentó otra clase de viaje.
No uno destinado a conquistar distancia, sino a colocar distancia entre él y su pasado.
Europa.
Brasil.
Años.
Océanos.
Una vida nueva.
Pero esa distancia resultó insuficiente.
Un día apareció un hombre sonriente interesado en aviones.
Y Cukurs creyó que estaba mirando hacia su futuro.
En realidad, estaba mirando directamente hacia su pasado.
La fotografía final ya no mostraba al piloto delante de una aeronave.
Mostraba policías frente a una casa uruguaya.
Investigadores.
Un cadáver.
Un baúl.
Preguntas.
Y un nombre que el mundo volvía a pronunciar.
No como el del héroe que había atravesado continentes.
Sino como el del hombre cuyo servicio en una unidad colaboracionista del Holocausto había terminado definiendo su legado.
Tal vez ésa sea la imagen más inquietante de toda la historia.
No su muerte.
No la emboscada.
Ni siquiera el engaño.
Es imaginar el segundo exacto en que Cukurs miró alrededor de aquella habitación y comprendió por qué estaba allí.
Durante veinte años había existido siempre una siguiente mañana.
Un siguiente negocio.
Un siguiente vuelo.
Una siguiente explicación.
En Shangrilá ya no.
El hombre que durante años había negado o rechazado las acusaciones contra él estaba frente a personas que no habían venido a escuchar otra versión.
El rostro debió de cambiar antes que las palabras.
La mirada recorriendo la habitación.
El cuerpo poniéndose en tensión.
La comprensión súbita.
Anton no era Anton.
El negocio no existía.
Uruguay era una trampa.
Y aquel viaje que parecía abrir una nueva oportunidad había sido diseñado únicamente para cerrarle todas las salidas.
Eso no convirtió su muerte en una sentencia judicial.
No lo hizo.
Cukurs nunca tuvo el juicio que habría permitido presentar públicamente cada prueba, interrogar a cada testigo, examinar cada contradicción y establecer responsabilidades mediante un tribunal.
Esa ausencia sigue siendo importante.
Porque la justicia y la venganza no son conceptos intercambiables.
Un proceso judicial crea un registro.
Permite la defensa.
Obliga a demostrar.
Produce una sentencia que puede ser estudiada por generaciones posteriores.
Una bala no hace ninguna de esas cosas.
La muerte de Cukurs impidió que existiera ese juicio.
Pero tampoco hizo desaparecer aquello que ya estaba documentado: su servicio en el Arajs Kommando, la participación de esa organización en la destrucción de los judíos de Letonia, los testimonios que lo acusaban y el hecho de que escapó de Europa sin responder judicialmente por su conducta durante la guerra. (Konference 84)
Por eso, sesenta años después de aquella casa en Uruguay y más de ocho décadas después de Rumbula, la pregunta más importante no es si la operación del Mossad fue suficientemente espectacular para convertirse en película.
La pregunta es otra.
¿Qué ocurre cuando una sociedad deja pasar tantos años que la justicia ordinaria ya no llega a tiempo?
¿Qué ocurre cuando un hombre acusado de atrocidades consigue envejecer mientras sus víctimas permanecen para siempre en fotografías tomadas antes de la guerra?
¿Y cuánto vale la memoria cuando casi todo lo demás ha desaparecido?
Los hombres que asesinaron a Cukurs eligieron para su mensaje un nombre calculado para sobrevivir al propio operativo:
Los que nunca pueden olvidar.
Quizá ahí esté la verdadera razón por la que su historia sigue provocando discusiones.
Porque olvidar es cómodo.
Permite admirar al piloto sin mirar al miembro del Arajs Kommando.
Permite hablar del avión y omitir el gueto.
Permite transformar a veinticinco mil muertos en una cifra pronunciada rápidamente antes de cambiar de tema.
Recordar exige lo contrario.
Obliga a colocar las dos fotografías sobre la misma mesa.
El héroe y el acusado.
El cielo y Rumbula.
Brasil y Riga.
El hombre que parecía haber escapado y las voces de quienes continuaron señalándolo.
Cukurs consiguió atravesar desiertos, fronteras y océanos.
Lo que nunca consiguió fue volar lo bastante lejos para salir de la memoria.
Porque un uniforme puede desaparecer, un fugitivo puede cambiar de país y una generación entera puede intentar pasar página… pero mientras quede alguien capaz de nombrar a las víctimas, el pasado todavía sabe encontrar la puerta.

