Una Chica Ciega Abofeteó Sin Querer Al Jefe Más Despiadado De La Mafia — Su Venganza Te Dejará Sin

LA MUJER CIEGA QUE ABOFETEÓ AL JEFE DE LA MAFIA… Y TERMINÓ CONVIRTIÉNDOSE EN LA ÚNICA PERSONA CAPAZ DE SALVARLO

La tormenta había borrado los límites de Chicago.

La lluvia caía con tanta fuerza que los edificios parecían disolverse detrás de una cortina negra. El agua corría por las aceras, se acumulaba en las alcantarillas y golpeaba las escaleras de incendio con un sonido metálico que recordaba a cientos de dedos tamborileando sobre ataúdes.

Anna Alles avanzaba con una mano cerrada alrededor de su bastón blanco.

Tenía veinticuatro años y llevaba cinco viviendo en la oscuridad.

No en una oscuridad tranquila.

No en una oscuridad silenciosa.

La suya estaba llena de sonidos, aromas, cambios de temperatura y texturas. Había aprendido a contar los pasos entre la puerta de su floristería y la parada del autobús. Sabía distinguir el borde de una acera por la vibración del bastón. Reconocía el café de la esquina por el aroma a canela quemada y la tienda de comestibles por el zumbido irregular de su antiguo refrigerador.

El mundo no había desaparecido cuando perdió la vista.

Solo había cambiado de idioma.

Anna había aprendido a hablarlo.

El accidente ocurrió cinco años antes.

Un camión cruzó un semáforo en rojo. El automóvil en el que viajaba giró tres veces y terminó contra una barrera de cemento. Los médicos salvaron su vida, pero no pudieron salvar sus ojos.

Su madre murió aquella noche.

Su padre ya llevaba años ausente.

Solo quedaron Anna y Chloe, su hermana menor.

Chloe tenía entonces dieciséis años y todavía necesitaba que alguien le recordara pagar las facturas y cerrar las ventanas antes de salir.

Anna se convirtió en adulta dentro de una habitación de hospital.

Aprendió a caminar con bastón.

Aprendió braille.

Aprendió a cocinar sin quemarse.

Aprendió a identificar a las personas por el ritmo de sus pasos.

Y tres años después abrió una pequeña floristería en Lincoln Park.

La llamó Luz de Primavera.

Algunos clientes consideraron extraño que una mujer ciega trabajara con flores.

Anna no.

Las flores no necesitaban ser vistas para ser comprendidas.

Las rosas tenían espinas y un perfume profundo.

La lavanda era seca y tranquila.

Los lirios olían demasiado dulces, casi como una advertencia.

Las peonías tenían pétalos suaves y densos, semejantes a capas de seda.

Anna podía crear un ramo con más precisión que muchos floristas con perfecta visión.

Aquella noche había cerrado la tienda más tarde de lo habitual.

Una novia había cambiado tres veces de opinión sobre los centros de mesa de su boda, y Anna se había quedado preparando una nueva combinación de rosas blancas y eucalipto.

Cuando salió, la tormenta ya había comenzado.

La ruta habitual hasta la estación estaba bloqueada por obras, así que tomó un callejón que conocía bien. Era estrecho, pavimentado con ladrillos irregulares y comunicaba dos calles detrás de un antiguo restaurante italiano.

Anna había pasado por allí cientos de veces.

Sabía que había un contenedor a nueve pasos de la entrada.

Una escalera metálica a la izquierda.

Una tubería que goteaba incluso cuando no llovía.

Aquella noche había algo más.

Automóviles.

Motores encendidos.

Hombres.

Anna escuchó puertas cerrándose y voces breves, contenidas.

No eran borrachos.

No eran trabajadores.

Sus pasos tenían disciplina.

Ella redujo la velocidad.

El bastón tocó un objeto sólido.

Un zapato.

Antes de que pudiera retroceder, chocó contra un cuerpo.

Un hombre.

Alto.

Inmóvil.

El impacto hizo que Anna perdiera el equilibrio.

Una mano le sujetó la muñeca con fuerza.

La otra se cerró alrededor de su brazo y la levantó bruscamente.

El miedo fue inmediato.

No racional.

No controlable.

Cinco años de aprender a manejar su propio espacio se derrumbaron en un segundo.

—Suélteme.

El hombre no lo hizo.

—¿Quién eres? —preguntó una voz baja.

Anna intentó liberar el brazo.

—He dicho que me suelte.

La mano se apretó.

Ella percibió tabaco, cuero mojado y un perfume oscuro con notas de cedro.

También sintió el metal frío de un anillo contra su piel.

—Te has lanzado contra mí —dijo el hombre.

—No puedo verlo.

Hubo una pausa.

Pero Anna estaba demasiado asustada para notarla.

Volvió a tirar del brazo.

—Suélteme ahora.

El hombre la acercó un poco más, quizá para observarla.

Anna no lo sabía.

Solo sabía que un desconocido la retenía en un callejón rodeado de otros hombres.

Su bastón había caído al suelo.

Se sentía expuesta.

Desorientada.

Furiosa.

Así que actuó por instinto.

Le dio una bofetada.

El sonido atravesó la lluvia como un disparo.

Todo se detuvo.

Los motores.

Las voces.

Incluso el aire pareció congelarse.

Anna escuchó varios movimientos simultáneos.

Chaquetas apartándose.

Armas saliendo de fundas.

Seguros metálicos.

Una voz masculina habló a pocos metros.

—Señor Salvatore…

Anna sintió el cañón de una pistola cerca de su cabeza.

No podía verlo, pero lo oyó.

El diminuto roce del metal.

El cambio en la respiración del hombre que la apuntaba.

La mano que sujetaba su brazo permaneció inmóvil.

La mejilla del desconocido debía de estar ardiendo.

—Bajen las armas —ordenó él.

Nadie obedeció inmediatamente.

—Señor…

—He dicho que las bajen.

Los seguros volvieron a su lugar.

Anna tragó saliva.

Salvatore.

Conocía aquel apellido.

Todo Chicago conocía aquel apellido.

Dominic Salvatore no aparecía en entrevistas ni fotografías oficiales, pero su nombre flotaba en susurros alrededor de sindicatos, restaurantes, juzgados y muelles.

Era el tipo de hombre al que la policía no investigaba sin recibir primero una llamada desde arriba.

El tipo de hombre cuya organización llevaba décadas controlando barrios enteros.

El tipo de hombre al que nadie golpeaba y seguía respirando.

La mano de Dominic aflojó su brazo.

—Eres ciega.

Anna respiró con rabia.

—Eso intento explicarle.

Él la soltó.

Anna extendió una mano, buscando el bastón.

Sus dedos encontraron aire.

—Gabriel —dijo Dominic.

Un hombre recogió el bastón y lo colocó en la mano de Anna.

Ella lo sujetó con fuerza.

—¿Estás sola? —preguntó Dominic.

—Eso no le importa.

A unos metros, alguien inhaló con sorpresa.

Nadie hablaba de aquella manera con Dominic Salvatore.

Anna no podía ver las expresiones, pero podía sentir el silencio incómodo.

—¿Sabes quién soy? —preguntó él.

—Ahora sí.

—Y aun así no te disculpas.

Anna levantó el rostro hacia la dirección de su voz.

Sus ojos no enfocaban correctamente. Uno se desviaba ligeramente hacia la izquierda.

—Usted me agarró.

—Chocaste conmigo.

—Porque no puedo verlo.

—Y me golpeaste.

—Porque no me soltó.

Dominic permaneció en silencio.

Anna esperaba una amenaza.

O una orden.

O el disparo que sus hombres parecían ansiosos por ejecutar.

En cambio, Dominic dio un paso atrás.

—Vete.

Anna no necesitó escucharlo dos veces.

Movió el bastón, encontró la pared y comenzó a caminar.

Llegó casi al final del callejón cuando oyó la voz de Dominic detrás de ella.

—¿Cómo te llamas?

Anna siguió avanzando.

—No es asunto suyo.

La lluvia se tragó el sonido de sus pasos.

Dominic permaneció inmóvil hasta que desapareció.

Gabriel se acercó.

Era su mano derecha desde hacía siete años. Un hombre eficaz, discreto y aparentemente leal.

—¿Quiere que la encontremos?

Dominic se llevó los dedos a la mejilla.

La bofetada todavía ardía.

—Quiero saberlo todo.

—¿Todo?

—Su nombre. Su dirección. Su familia. Dónde trabaja. A quién llama. Qué teme.

Gabriel miró el callejón vacío.

—¿Y después?

Dominic bajó la mano.

—Después decidiré qué hacer con ella.


Durante los días siguientes, Anna intentó convencerse de que el incidente había terminado.

No se lo contó a Chloe.

Su hermana ya tenía suficientes problemas.

Chloe estudiaba diseño y trabajaba en un bar tres noches por semana. Era impulsiva, desordenada y demasiado confiada con personas que no lo merecían.

Anna había pasado años protegiéndola.

No pensaba preocuparla por un encuentro de treinta segundos en un callejón.

Pero algo cambió.

Un automóvil permanecía estacionado frente a la floristería casi todas las tardes.

Anna no podía verlo, pero escuchaba el motor.

Un modelo potente.

Silencioso.

Demasiado costoso para permanecer horas junto a una pequeña tienda de flores.

A veces percibía el aroma de una colonia masculina cerca de su edificio.

No era el perfume de Dominic.

Este era más cítrico.

Probablemente uno de sus hombres.

Una tarde, al cerrar la tienda, Anna encontró una caja sobre el mostrador.

No la había oído entrar.

Dentro había una docena de rosas negras.

No eran negras de forma natural. Habían sido teñidas con una técnica costosa.

Debajo de ellas había una tarjeta en braille.

Anna pasó los dedos sobre los puntos elevados.

«Todavía me debes una disculpa».

No había firma.

No era necesaria.

Anna rompió la tarjeta y arrojó las flores a la basura.

A la mañana siguiente, otra docena la esperaba frente a la puerta.

La tarjeta decía:

«La primera respuesta fue clara».

Anna también las tiró.

El tercer ramo estaba compuesto por lirios blancos.

«No seguiré enviando rosas que no te gustan».

Aquello la perturbó más.

¿Cómo sabía que prefería los lirios?

Anna llevó las flores a una residencia de ancianos.

Durante dos semanas no sucedió nada más.

Entonces Chloe apareció en la floristería poco antes del cierre.

Entró tropezando con una mesa.

Respiraba con dificultad.

—Anna.

La voz de su hermana estaba quebrada.

Anna dejó las tijeras.

—¿Qué ocurrió?

Chloe cerró la puerta y giró el cerrojo.

—Necesito ayuda.

—¿Estás herida?

—No.

—¿Alguien te siguió?

Chloe comenzó a llorar.

Anna rodeó el mostrador guiándose por el borde de madera y encontró sus manos.

Estaban heladas.

—Háblame.

—Es Ryan.

Anna conocía el nombre.

Ryan Becker era el novio de Chloe desde hacía ocho meses. Anna nunca confió en él. Hablaba demasiado, prometía demasiado y siempre parecía tener dinero sin poder explicar de dónde salía.

—¿Qué hizo?

—Robó algo.

—¿Qué?

—Dinero.

—¿Cuánto?

Chloe no respondió.

Anna apretó sus manos.

—¿Cuánto?

—Quinientos mil dólares.

Anna sintió que el suelo desaparecía.

—¿A quién?

Chloe sollozó.

—A los Salvatore.

El apellido cayó como una piedra.

—No.

—Ryan dijo que era dinero escondido. Que nadie lo reclamaría. Usó varias cuentas y…

—¿Dónde está él?

—Desapareció.

—¿Y por qué has venido aquí?

—Porque utilizó mi nombre.

Anna se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Abrió cuentas en el extranjero. Algunas están a mi nombre. Mi firma aparece en documentos. No sabía nada, lo juro.

Un automóvil se detuvo frente a la floristería.

Anna lo oyó.

Varias puertas se abrieron.

Chloe dejó escapar un gemido.

—Nos encontraron.

El cristal de la puerta vibró con tres golpes.

Anna no respondió.

La cerradura giró desde fuera.

Un hombre había utilizado una llave.

Gabriel entró acompañado por otros tres.

—Señorita Alles.

Anna reconoció su voz del callejón.

—Salga de mi tienda.

—El señor Salvatore desea hablar con usted.

—No.

—No se trata de una invitación.

Chloe se aferró a Anna.

Gabriel se acercó.

—No hagan esto más difícil.

Anna levantó la barbilla.

—¿Más difícil para quién?

Gabriel casi sonrió.

—Empiezo a comprender por qué le interesa tanto.

Los hombres las condujeron hasta un automóvil.

Nadie las golpeó.

Nadie necesitó hacerlo.

La amenaza estaba en la facilidad con la que habían entrado, en la precisión con que sabían dónde encontrarlas y en el silencio de quienes observaban desde las ventanas sin atreverse a intervenir.

El trayecto duró casi una hora.

Anna contó curvas, cambios de pavimento y puentes.

Salieron del centro.

Se dirigían hacia el norte.

Cuando el vehículo se detuvo, el aire olía a lago y árboles mojados.

La mansión Salvatore se encontraba en Winnetka, detrás de altos muros de piedra y puertas de hierro.

Anna no podía verla.

Pero escuchó el eco de sus pasos en un vestíbulo enorme.

Sintió mármol bajo los zapatos.

Un techo alto.

Demasiado espacio.

Gabriel las condujo hasta una habitación donde ardía una chimenea.

El olor a cedro apareció antes de que Dominic hablara.

—Anna.

Ella apretó el brazo de Chloe.

—Déjela ir.

Dominic estaba sentado detrás de un escritorio.

—Ni siquiera sabes por qué está aquí.

—Sé suficiente.

—Entonces sabes que tu hermana aparece como titular de cuatro cuentas utilizadas para robar quinientos mil dólares de mi organización.

Chloe comenzó a llorar.

—No sabía nada.

—Eso dicen todos.

Anna se interpuso.

—Ryan la utilizó.

—Ryan Becker abandonó el país hace tres días.

—Entonces encuéntrelo.

—Lo encontraré.

La voz de Dominic no contenía duda.

—Pero el dinero pasó por el nombre de Chloe. Según las reglas de mi organización, ella es responsable.

—Es una estudiante.

—Mi dinero no distingue profesiones.

Anna apoyó ambas manos sobre el bastón.

—¿Cuánto tiempo necesita para que lo devolvamos?

Dominic guardó silencio.

—No quiero dinero.

—Entonces, ¿qué quiere?

—A ti.

Chloe dejó de llorar.

Anna sintió un frío que no venía del exterior.

—No.

—Todavía no he explicado las condiciones.

—No necesito escucharlas.

—Tu hermana saldrá de esta casa. La deuda será eliminada. Nadie volverá a buscarla por lo ocurrido.

—¿A cambio de qué?

Dominic se levantó.

Anna escuchó sus pasos acercándose.

El perfume a cedro se hizo más fuerte.

—Te quedarás aquí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—El necesario.

—Eso no significa nada.

—Significa que abandonarás tu apartamento, tu tienda y tu vida anterior.

Anna apretó el bastón.

—No puede comprarme.

—No estoy comprándote.

—Está utilizando a mi hermana.

—Tu hermana utilizó mi dinero.

—Ella no sabía nada.

—Y yo no fui responsable del accidente que te quitó la vista. Sin embargo, viviste con las consecuencias.

Anna palideció.

—¿Cómo sabe eso?

Dominic se acercó hasta quedar frente a ella.

—Sé que el accidente ocurrió el catorce de octubre. Sé que tu madre murió antes de llegar al hospital. Sé que rechazaste una indemnización porque la compañía quería que firmaras una cláusula de silencio. Sé que abriste Luz de Primavera con un préstamo que todavía debes pagar.

Anna sintió rabia.

—Me investigó.

—Sí.

—Desde el callejón.

—Desde el momento en que me golpeaste.

—Esto es una trampa.

—No robé el dinero.

—Pero sabía que Chloe era mi punto débil.

—No necesitaba una investigación para descubrirlo.

Dominic bajó la voz.

—Todo en tu vida gira alrededor de protegerla.

Anna odiaba que tuviera razón.

Chloe tomó su mano.

—No lo hagas.

—Cállate —susurró Anna.

—No puedes quedarte aquí por mí.

Dominic habló:

—Si rechazas el acuerdo, ambas responderán por la deuda.

Anna levantó el rostro.

—¿Nos matará?

—No tendré que hacerlo personalmente.

La frialdad de la respuesta fue peor que una amenaza gritaba.

Anna pensó en su tienda.

En su pequeño apartamento.

En las mañanas preparando ramos mientras sonaba música.

En la independencia que había construido centímetro a centímetro después del accidente.

Dominic sabía exactamente lo que estaba quitándole.

No era dinero.

Era control.

—Chloe se marcha ahora —dijo Anna.

—En cuanto aceptes.

—Recibirá protección.

—Sí.

—No volverá a verla ninguno de sus hombres.

—A menos que sea necesario para mantenerla a salvo.

—Y la deuda desaparecerá.

—Por completo.

Anna respiró lentamente.

—Acepto.

Chloe comenzó a protestar.

Anna apretó su mano.

—Vete a casa.

—Anna…

—Vete.

Gabriel condujo a Chloe hacia la puerta.

Antes de salir, su hermana volvió corriendo y abrazó a Anna.

—Lo siento.

Anna acarició su cabello.

—No es tu culpa.

Pero ambas sabían que, en parte, sí lo era.

Cuando la puerta se cerró, Anna quedó sola con Dominic.

—¿Satisfecho? —preguntó.

—No.

—¿Qué más quiere?

Él se acercó.

—Quiero que comprendas algo.

—¿Qué?

—Mientras estés en esta casa, nadie te tocará sin mi permiso.

Anna recordó su mano sujetándole el brazo en el callejón.

—¿Eso también se aplica a usted?

Dominic tardó un segundo en responder.

—Sí.

Aquella promesa sería la primera regla entre ellos.

Y la única razón por la que Anna no intentó golpearlo de nuevo.


La mansión Salvatore era una fortaleza disfrazada de hogar.

Anna tardó tres días en comprender su distribución básica.

El vestíbulo tenía un suelo de mármol pulido.

El ala oeste estaba revestida de madera.

La biblioteca olía a cuero y papel antiguo.

El comedor tenía una mesa tan larga que la voz de Dominic parecía llegar desde otra habitación cuando se sentaba en el extremo contrario.

Su dormitorio estaba en el segundo piso.

No había barrotes.

No eran necesarios.

Había hombres en cada salida.

Cámaras en los corredores.

Puertas que requerían códigos.

Dominic no le quitó el bastón ni encerró su habitación.

La dejó caminar.

Eso hacía que la prisión resultara aún más sofisticada.

Todas las noches cenaban juntos.

Anna odiaba aquellas comidas.

Un chef preparaba platos que ella apenas tocaba.

Dominic se sentaba al otro extremo y la observaba.

No necesitaba verlo para saberlo.

Sentía su atención como una presión física.

—Chloe está bien —dijo él la primera noche.

—Quiero hablar con ella.

—Mañana.

—Ahora.

—Está durmiendo.

—No confío en su palabra.

Dominic deslizó un teléfono por la mesa.

Anna lo encontró con la mano.

Gabriel había configurado el dispositivo con lector de pantalla.

Marcó a Chloe.

Su hermana respondió al segundo tono.

Estaba en un apartamento nuevo.

Dos mujeres de seguridad permanecían cerca.

La deuda había desaparecido.

Ryan continuaba desaparecido.

Cuando Anna terminó la llamada, empujó el teléfono sobre la mesa.

—No necesito su caridad.

—No es caridad.

—¿Qué es?

—El precio del acuerdo.

Los primeros días, Anna contó cada paso.

Marcó mentalmente cada esquina.

Identificó las habitaciones por el olor y la acústica.

Sin embargo, una semana después notó cambios.

Los bordes afilados de varias mesas habían sido cubiertos con protectores de cuero.

Aparecieron franjas táctiles en el suelo cerca de las escaleras.

Las puertas más importantes tenían pequeñas placas en braille.

Los muebles dejaron de cambiar de lugar.

—¿Quién hizo esto? —preguntó durante la cena.

—Yo lo ordené —respondió Dominic.

—No se lo pedí.

—Te golpeaste dos veces con una mesa.

—Puedo adaptarme.

—Ya no necesitas hacerlo.

Anna dejó el tenedor.

—Eso es exactamente lo que quiere, ¿verdad?

—¿Qué cosa?

—Que deje de adaptarme sin usted.

Dominic no respondió.

Anna había dado en el centro.

La mansión se estaba moldeando alrededor de ella.

No para darle libertad.

Sino para que la comodidad también dependiera de Dominic.

Otra cosa cambió.

Su perfume.

Dominic utilizaba siempre la misma colonia de cedro, tabaco y bergamota. Antes se la aplicaba con moderación.

Ahora el aroma era más claro.

Anna sabía cuándo entraba en una habitación incluso antes de escuchar sus pasos.

Una noche lo confrontó.

—Ha cambiado la cantidad de perfume.

Dominic dejó un vaso sobre la mesa.

—¿Eso te molesta?

—Quiere que sepa dónde está.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque te tensas cuando alguien se acerca sin avisar.

Anna permaneció en silencio.

—Prefiero que me reconozcas —añadió él.

—Quiere convertirse en el centro de mi mundo.

Dominic no negó la acusación.

—Tu mundo ya está construido alrededor de sonidos y olores. Solo me aseguro de tener un lugar en él.

—Eso no es afecto.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—Es control.

—Sí.

La sinceridad era una de sus armas más efectivas.

Dominic no fingía bondad.

No se presentaba como salvador.

Era un hombre peligroso que admitía exactamente lo que hacía.

Y eso confundía a Anna.

Con el tiempo, empezó a reconocer sus estados de ánimo.

Cuando estaba furioso, caminaba más lentamente.

Cuando estaba cansado, se frotaba el pulgar contra el anillo de su mano derecha.

Cuando mentía, hacía una pausa antes de responder.

Cuando la observaba, contenía ligeramente la respiración.

Una noche regresó después de medianoche.

Anna estaba en la biblioteca, escuchando un audiolibro.

La puerta se abrió.

Aroma a cedro.

Pasos pesados.

También sangre.

Ella se puso de pie.

—Está herido.

Dominic cerró la puerta.

—No.

—Huelo la sangre.

—No es mía.

Anna sintió un escalofrío.

—¿A quién mató?

—A alguien que lo merecía.

—Todos los monstruos dicen lo mismo.

Dominic se acercó.

—¿Me consideras un monstruo?

—Me mantiene aquí contra mi voluntad.

—Eso no responde.

Anna giró el rostro hacia él.

—Sí.

Dominic permaneció a menos de un metro.

—Y aun así no retrocedes.

—Retroceder no cambia lo que es.

—No.

—Solo le hace creer que ha ganado.

Él levantó una mano.

Anna lo oyó por el roce de la manga.

Se tensó.

Dominic se detuvo antes de tocarla.

—Tienes una hoja en el cabello —dijo.

—¿De qué?

—De eucalipto.

Anna había preparado un arreglo floral aquella tarde. Dominic había llevado cajas de flores de su tienda para que pudiera trabajar dentro de la mansión.

—Puede quitarla —dijo ella.

Sus dedos rozaron su cabello.

Fue un contacto breve.

Casi respetuoso.

Pero el aire cambió entre ambos.

Dominic retiró la hoja.

Anna sintió algo peligroso.

No miedo.

No exactamente.

Atracción.

O la sombra deformada de algo parecido.

A partir de aquella noche, comenzó a odiar la forma en que reconocía su presencia.

Y a odiar aún más los momentos en que notaba su ausencia.


Pasaron seis semanas.

Anna había aprendido la mansión mejor que algunos guardias.

Sabía qué escalón crujía.

Qué corredor amplificaba las voces.

Qué puerta se cerraba con retraso.

Una tarde, Dominic salió para asistir a una reunión.

Gabriel permaneció a cargo.

Anna se instaló en la biblioteca.

Estaba escuchando música cuando percibió voces.

No llegaban desde la puerta.

Procedían de la pared.

Del sistema de ventilación.

Anna retiró los auriculares.

La voz de Gabriel apareció con claridad.

—Los hombres del perímetro exterior están comprados.

Otra voz respondió.

Más grave.

Desconocida.

—Russo quiere confirmación.

—Medianoche. Entrarán por la terraza oeste.

Anna dejó de respirar.

—¿Y Salvatore? —preguntó el desconocido.

—Estará en su despacho. Haré que sus hombres más leales sean enviados al garaje.

—¿La mujer?

Gabriel guardó silencio unos segundos.

—También debe morir.

Anna sintió que la sangre se enfriaba.

—¿Por qué? —preguntó el otro.

—Dominic está obsesionado con ella. Mientras viva, alguien podría utilizarla para reunir a los hombres que todavía le sean leales.

—Una ciega no representa una amenaza.

—Para Dominic sí. Por eso debe desaparecer.

Anna permaneció inmóvil hasta que las voces se alejaron.

Gabriel.

El hombre que llevaba años junto a Dominic.

El hombre que la había conducido hasta la mansión.

El hombre en quien todos confiaban.

Iba a traicionarlo.

Anna pensó en escapar.

Si Dominic moría, su acuerdo terminaría.

Podía salir por la entrada de servicio.

Llamar a Chloe.

Alejarse de Chicago.

Era la oportunidad que había deseado desde el primer día.

Entonces recordó las franjas táctiles del suelo.

Las placas en braille.

Las flores llevadas desde su tienda.

La forma en que Dominic se había detenido antes de tocarla.

Nada de eso borraba lo que había hecho.

Seguía siendo su captor.

Seguía siendo un criminal.

Pero Gabriel planeaba matar a todos dentro de la casa.

No solo a Dominic.

Cocineros.

Empleados.

Guardias.

Anna.

Y quizá Chloe después.

Además, Dominic había tenido innumerables oportunidades de hacerle daño.

Nunca cruzó aquella línea.

La decisión la enfureció.

No debía importarle.

Pero le importaba.

Anna abandonó la biblioteca sin utilizar el bastón.

El golpeteo podía alertar a Gabriel.

Se orientó tocando la pared con los dedos.

Dieciséis pasos hasta la esquina.

Nueve hasta la escalera.

Veintidós hasta el corredor del despacho.

Escuchó voces cerca.

Se ocultó detrás de una columna.

Gabriel pasó acompañado por otro hombre.

—Salvatore regresará en veinte minutos —dijo—. Asegúrate de que el generador quede inutilizado.

Anna esperó.

Después continuó.

Dominic regresó poco antes de las once.

Ella reconoció su automóvil desde el vestíbulo.

Corrió hacia el despacho.

No llamó.

Abrió la puerta.

Dominic se puso de pie de inmediato.

Escuchó el arma salir de la funda.

—Soy yo.

—Anna.

—Baje el arma.

Dominic la guardó.

—¿Qué ocurre?

Ella cerró la puerta.

—Gabriel va a matarlo.

Silencio.

—¿Qué has dicho?

—Planea un ataque a medianoche. Los hombres del perímetro exterior están comprados. Entrarán por la terraza oeste. Russo está involucrado.

Dominic se acercó.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo escuché a través de la ventilación de la biblioteca.

—Gabriel no cometería ese error.

—Entonces quizá creía que una mujer ciega no podía ser peligrosa.

Dominic tomó el teléfono del escritorio.

Anna escuchó cómo marcaba.

Nadie respondió.

Luego otro número.

Tampoco.

—¿A quién llama?

—A mis hombres de confianza.

—Gabriel dijo que los enviaría al garaje.

Dominic abrió un cajón.

Cargó un arma.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

—¿Cuándo?

—A medianoche.

El reloj marcaba las once y cuarenta y tres.

Dominic se acercó a ella.

—Escúchame con atención. Vas a esconderte debajo del escritorio. No saldrás por ninguna razón.

—Puedo ayudar.

—No.

—Conozco esta casa.

—He dicho que no.

Anna golpeó el suelo con el bastón.

—Usted me trajo aquí porque pensaba que podía controlar cada parte de mi vida. Ahora deje de tratarme como si fuera inútil.

Dominic se quedó quieto.

—Nunca he pensado que fueras inútil.

—Entonces demuéstrelo.

Un disparo sonó en el exterior.

Después otro.

Las luces se apagaron por un segundo y volvieron a encenderse.

Dominic empujó a Anna detrás del escritorio.

—Debajo.

—Dominic…

—Ahora.

La puerta de la terraza explotó.

Cristales y madera cubrieron el suelo.

Los disparos llenaron la habitación.

Dominic respondió desde detrás de una biblioteca.

Anna se protegió la cabeza.

No podía ver las balas.

Pero escuchaba su dirección.

El impacto contra las paredes.

El aire cortado cerca de su rostro.

Los pasos.

Había al menos cuatro hombres dentro del despacho.

Más en el corredor.

Dominic disparó tres veces.

Dos cuerpos cayeron.

Anna distinguió el peso diferente.

Uno sobre madera.

Otro contra una silla.

Alguien gritó.

—¡Está detrás de la biblioteca!

Una ráfaga de disparos golpeó la pared.

Dominic cambió de posición.

Anna escuchó un sonido breve.

Un impacto húmedo.

Después su respiración cambió.

—Está herido —dijo.

—Quédate abajo.

—¿Dónde?

—Hombro.

Otra explosión.

El aire olía a pólvora y sangre.

Los atacantes utilizaban gafas de visión nocturna.

Anna oyó a uno decir:

—Cambien a térmica. El objetivo se mueve hacia el norte.

Podían ver en la oscuridad parcial.

Dominic estaba perdiendo sangre.

La puerta principal estaba bloqueada.

Anna recordó algo.

Durante la segunda semana, Dominic le había mostrado el sistema eléctrico del ala oeste después de que ella preguntara por el zumbido detrás de una pared.

El cuadro estaba a seis metros del escritorio.

A la izquierda de la chimenea.

Los atacantes dependían de tecnología.

Ella no dependía de la luz.

Anna comenzó a salir.

Dominic lo oyó.

—¿Qué estás haciendo?

—Confíe en mí.

—Anna, vuelve.

Ella gateó sobre el suelo.

El cristal le cortó la palma.

No se detuvo.

Contó.

Un metro.

Dos.

Su mano tocó una alfombra.

Luego piedra.

La pared.

Subió los dedos hasta encontrar una caja metálica.

—La encontré.

—¿Qué?

Anna abrió el cuadro eléctrico.

Buscó la palanca principal.

Uno de los atacantes la vio.

—¡La mujer!

Dominic disparó.

El hombre cayó.

Anna bajó la palanca.

Toda el ala oeste quedó en oscuridad absoluta.

No hubo luces de emergencia.

No hubo sistemas.

Solo negro.

Los atacantes maldijeron.

Sus dispositivos tardaron segundos en reajustarse.

Segundos suficientes.

Dominic disparó siguiendo las voces.

Uno.

Dos.

Tres.

Anna escuchó cuerpos caer.

Alguien abrió fuego sin apuntar.

Las balas cruzaron la habitación.

Anna se tendió en el suelo.

—Dominic.

No hubo respuesta.

—Dominic.

Un gemido llegó desde la derecha.

Ella se arrastró hacia el olor a sangre y cedro.

Encontró su pierna.

Luego el torso.

La camisa estaba mojada.

—Puede caminar.

—Sí.

Mentía.

Anna pasó el brazo de Dominic sobre sus hombros.

—Hay una salida hacia la bodega.

—¿Cómo sabes eso?

—Escuché a los empleados utilizarla.

Avanzaron.

Dominic dependía de ella.

Por primera vez desde que se conocían, el hombre que controlaba todo no podía ver.

Anna sí.

No con los ojos.

Con la memoria.

Con el sonido.

Con el suelo bajo sus pies.

—Tres pasos a la izquierda —susurró.

Dominic obedeció.

Un hombre apareció en el corredor.

Anna oyó su respiración.

—A la derecha.

Dominic disparó.

El atacante cayó.

Bajaron una escalera.

Anna contó doce escalones.

Luego un giro.

El olor a vino y piedra húmeda confirmó que habían llegado a la bodega.

—Hay una puerta metálica —dijo Dominic—. Al fondo.

Anna extendió una mano.

Encontró estantes.

Botellas.

Pared.

Luego acero.

Dominic introdujo un código.

La puerta se abrió.

Entraron.

Él la cerró detrás de ambos.

El sonido de las cerraduras sellándose fue seguido por un silencio pesado.

Dominic se apoyó contra la pared.

Anna oyó cómo se deslizaba hasta el suelo.

—Siéntese.

—Ya lo estoy haciendo.

Ella se arrodilló junto a él.

—Déjeme ver la herida.

Dominic soltó una risa débil.

—Interesante elección de palabras.

Anna tocó su hombro.

La bala había atravesado la parte superior.

—No parece mortal.

—¿Eres médica?

—No. Pero usted sigue haciendo bromas. Eso suele ser buena señal.

Dominic respiró con dificultad.

—Me salvaste.

Anna presionó la herida con un trozo de tela arrancado de su propia blusa.

—No se acostumbre.

—Podías haber escapado.

—Sí.

—Podías haberme dejado morir.

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Anna apretó más.

Dominic gruñó.

—Porque todavía no había decidido si merecía morir.

—¿Y ahora?

—Todavía lo estoy pensando.

Fuera de la habitación segura se escucharon disparos.

Luego voces.

Hombres leales a Dominic habían llegado.

La lucha continuó durante casi una hora.

Cuando la puerta volvió a abrirse, Gabriel había sido capturado.

Russo estaba muerto.

Y el golpe contra el imperio Salvatore había fracasado.


Dominic no permitió que Anna estuviera presente durante el interrogatorio de Gabriel.

Ella tampoco preguntó qué le hizo.

A la mañana siguiente, Gabriel ya no estaba.

Nadie volvió a pronunciar su nombre.

Durante una semana, la mansión permaneció en silencio.

Se repararon ventanas.

Se limpiaron manchas de sangre.

Llegaron nuevos guardias.

Dominic se recuperó en una habitación del segundo piso.

Anna no fue a verlo los primeros dos días.

El tercero dejó un ramo de lirios en su puerta.

Sin tarjeta.

El cuarto día, Dominic apareció en el comedor con el brazo inmovilizado.

Se sentó frente a ella, no en el extremo opuesto.

—Los lirios eran tuyos —dijo.

Anna bebió agua.

—No conozco a nadie más que envíe flores a un hombre herido.

—Podrían haber sido una amenaza.

—También.

Por primera vez, cenaron sin discutir.

Una semana después del ataque, Dominic pidió que Anna lo encontrara en el vestíbulo principal.

Ella bajó con el bastón.

Él esperaba junto a la puerta.

Su perfume estaba allí.

Más suave que antes.

—Tengo algo para ti.

Dominic colocó varias llaves en su mano.

—¿Qué es esto?

—Tu floristería.

Anna cerró los dedos.

—Ya era mía.

—La deuda bancaria ha sido pagada. El local está a tu nombre sin cargas.

Le entregó otra llave.

—Un apartamento cerca de la tienda. Está adaptado para ti.

Anna guardó silencio.

—Chloe tiene un fondo fiduciario. No podrá tocar el capital hasta los treinta años, pero sus estudios y su seguridad están cubiertos.

—¿Por qué?

—La deuda ha sido eliminada.

Anna sintió un latido fuerte en el pecho.

—¿Qué significa eso?

—Eres libre.

Las palabras que había esperado escuchar durante semanas no produjeron la emoción que imaginaba.

—¿Puedo marcharme?

—Sí.

—¿Ahora?

—Sí.

Dominic abrió la puerta.

El aire frío entró en el vestíbulo.

Anna permaneció inmóvil.

—¿Y usted?

—Yo me quedaré aquí.

—Eso es evidente.

—¿Qué quieres que diga?

Anna levantó el rostro hacia su voz.

—No lo sé.

Dominic caminó hasta quedar frente a ella.

—Me salvaste la vida. No voy a pagarte manteniéndote prisionera.

—No lo hizo únicamente por gratitud.

—No.

—Entonces dígame la verdad.

Dominic tardó en responder.

—Si te quedas, terminaré destruyendo lo que queda de tu vida.

—Ya destruyó bastante.

—Lo sé.

—También la reconstruyó a su manera.

—Eso no me convierte en un buen hombre.

—Nunca dije que lo fuera.

Dominic respiró lentamente.

—Soy un monstruo, Anna.

—Sí.

La respuesta directa pareció sorprenderlo.

—No perteneces aquí.

—¿Dónde pertenezco?

—A la luz.

Anna soltó una risa suave.

—No sea ridículo.

—No estoy bromeando.

Ella apoyó el bastón contra la pared.

Luego extendió una mano.

Dominic no se movió.

Los dedos de Anna encontraron su pecho.

Subieron hasta el cuello.

Después alcanzaron su rostro.

Tocó la línea de su mandíbula.

La pequeña cicatriz junto a la ceja.

La mejilla que había golpeado en el callejón.

—Usted sigue pensando que la oscuridad le pertenece —dijo.

Dominic cerró los ojos.

—Es el único lugar que conozco.

—Yo también vivo en ella.

—No de la misma manera.

—No.

Los dedos de Anna recorrieron la cicatriz.

—Yo aprendí a moverme dentro de ella sin destruir todo lo que tocaba.

Dominic levantó la mano, pero se detuvo antes de rozarla.

Anna percibió el movimiento.

—Puede tocarme.

Él apoyó los dedos en su muñeca.

Con cuidado.

Muy diferente de la primera noche.

—No sabes lo que estás eligiendo.

—Durante semanas eligió por mí.

Anna retiró la mano de su rostro.

—Ahora me corresponde decidir.

Dominic miró las llaves que ella sostenía.

—La puerta está abierta.

Anna dejó caer las llaves.

El sonido metálico resonó sobre el mármol.

—Lo sé.

—Podrías recuperar tu vida.

—Esa vida ya cambió.

—Por mi culpa.

—En parte.

—Anna…

—No estoy diciendo que lo perdone.

Dominic guardó silencio.

—Tampoco estoy diciendo que confíe completamente en usted.

—Entonces, ¿qué estás diciendo?

Anna dio un paso hacia él.

—Que no quiero regresar a mi tienda fingiendo que nada de esto ocurrió.

—Podemos encontrar otra manera.

—No quiero otra manera.

Dominic apretó ligeramente su muñeca.

—No puedo prometer convertirme en un hombre bueno.

—No se lo estoy pidiendo.

—Mis enemigos intentarán utilizarte.

—Ya intentaron matarme.

—Habrá otros.

—Entonces tendrá que enseñarles mejores modales.

Una risa baja escapó de Dominic.

Anna sonrió.

—Esa fue una broma.

—Estoy aprendiendo.

—Lentamente.

Dominic levantó una mano y tocó su mejilla.

Anna no retrocedió.

—Si te quedas —dijo él—, no habrá una salida sencilla.

—Nunca la hubo.

—Puedo volverme posesivo.

—Ya lo es.

—Controlador.

—También.

—Peligroso.

—Dominic, usted dirige una organización criminal. No necesito una lista.

Él acercó el rostro.

—Y aun así quieres quedarte.

Anna sintió su respiración.

El aroma a cedro.

La tensión en su cuerpo.

—No quiero quedarme como su prisionera.

—No.

—Ni como una deuda.

—No.

—Ni porque Chloe necesite protección.

—No.

—Me quedaré solo si comprende que puedo marcharme cuando quiera.

A Dominic le costó pronunciar la respuesta.

—Lo comprenderé.

—Y si intenta encerrarme de nuevo…

—¿Qué harás?

Anna sonrió.

—La primera vez le di una bofetada.

—Lo recuerdo.

—La próxima podría utilizar algo más pesado.

Dominic soltó una risa.

Después la atrajo hacia él.

No con la fuerza del callejón.

No como un hombre tomando una propiedad.

La sostuvo esperando una respuesta.

Anna levantó el rostro.

Dominic la besó.

El beso contenía todo lo que ninguno de los dos sabía decir.

Violencia contenida.

Deseo.

Rabia.

Gratitud.

Miedo.

La necesidad peligrosa de dos personas que se habían conocido de la peor manera posible.

Anna sujetó su chaqueta.

Dominic apoyó una mano en su espalda.

La puerta principal seguía abierta.

El viento frío entraba en el vestíbulo.

Las llaves continuaban en el suelo.

Ella podía recogerlas.

Podía salir.

Podía regresar a la vida que había construido antes de él.

No lo hizo.

Cuando se separaron, Dominic apoyó la frente contra la de ella.

—Me golpeaste la primera vez que me viste.

Anna sonrió.

—Técnicamente, nunca lo vi.

—Eso lo hace peor.

—Usted me agarró.

—Cometí un error.

—Ha cometido muchos.

—Y tú sigues aquí.

Anna levantó una ceja.

—No se sienta demasiado orgulloso. Todavía puedo cambiar de opinión.

Dominic miró las llaves.

—La puerta permanecerá abierta.

—Eso espero.

Anna recogió el bastón, pero dejó las llaves en el suelo.

No porque renunciara a su libertad.

Sino porque ya no necesitaba una llave para demostrar que la poseía.

En las semanas siguientes, regresó a Luz de Primavera.

No como la mujer que había sido antes.

La tienda volvió a abrir.

Chloe comenzó a ayudar durante los fines de semana.

Dos hombres de Dominic vigilaban desde el otro lado de la calle, aunque Anna obligó a que permanecieran lo suficientemente lejos para no asustar a los clientes.

Dominic visitaba la floristería los jueves.

Nunca compraba flores.

Solo se sentaba en una silla cerca del mostrador y escuchaba a Anna trabajar.

Una tarde, ella colocó una rosa entre sus manos.

—Cuidado con las espinas.

—Sé manejar cosas peligrosas.

—No siempre.

Dominic tocó los pétalos.

—¿De qué color es?

—Roja.

—No puedes verla.

—No necesito verla para saberlo.

—¿Cómo?

Anna sonrió.

—Las rosas rojas tienen un perfume más profundo.

—¿Eso es cierto?

—No.

Dominic rio.

—Me has mentido.

—Considérelo una lección.

—¿Sobre qué?

—Sobre no creer que conoce todo solo porque puede verlo.

Él tomó su mano.

Anna no la retiró.

La historia de ambos nunca se convirtió en algo limpio.

Dominic continuó siendo un hombre temido.

Anna continuó desafiándolo.

Discutían sobre seguridad, negocios, límites y las formas en que él intentaba controlar cosas que no le pertenecían.

A veces Anna se marchaba durante días para recordarle que podía hacerlo.

Dominic nunca la detenía.

Pero siempre esperaba su regreso.

Chloe preguntó una vez si Anna lo amaba.

Ella no supo responder.

Amar a Dominic no se parecía a las historias que había escuchado.

No era luz entrando en una habitación.

Era aprender a encender una vela en un lugar construido para permanecer oscuro.

No era rendirse.

Era elegir.

Una y otra vez.

Dominic había creído que podía convertir la independencia de Anna en una debilidad y utilizarla para mantenerla cerca.

En cambio, ella terminó convirtiéndose en la única persona capaz de desafiarlo sin miedo.

La única capaz de caminar por su imperio en plena oscuridad.

La única a quien él obedecía cuando todos los demás obedecían sus órdenes.

Anna nunca recuperó la vista.

Pero veía a Dominic con una claridad que nadie más poseía.

Veía al monstruo.

Veía al hombre.

Veía la diferencia entre ambos.

Y Dominic, que había pasado toda su vida controlando mediante el miedo, descubrió que el poder más peligroso no era obligar a alguien a quedarse.

Era abrir la puerta…

y ver que esa persona elegía no marcharse.