La lluvia caía con violencia sobre el estrecho callejón cuando Natalie comprendió que no llegaría sola hasta el coche.

Tenía veintiocho años, treinta y una semanas de embarazo y apenas podía respirar después de caminar varias calles bajo la tormenta. Acababa de salir de una consulta prenatal realizada en secreto, lejos de los hospitales relacionados con la familia Rossi.
Durante meses había logrado permanecer oculta.
Aquella noche, alguien había vendido su ubicación.
Cinco hombres surgieron de las sombras y cerraron todas las salidas. Llevaban armas, abrigos oscuros y la serenidad fría de quienes habían hecho aquello muchas veces.
El que parecía dirigirlos se acercó lentamente.
—Natalie Hayes —dijo—. Carmine Moretti envía sus saludos.
Ella protegió su vientre con ambas manos.
—No sé quién es.
—Eso no importa. Tú eres el mensaje.
Natalie retrocedió hasta sentir el muro húmedo contra su espalda.
Conocía el nombre de Moretti. Era uno de los principales enemigos de Lorenzo Rossi, el hombre del que había huido meses atrás y el padre de los niños que llevaba dentro.
—No tenéis que hacer esto —suplicó—. Estoy embarazada.
Uno de los hombres se rio.
—Eso hace el mensaje más memorable.
—Son dos bebés.
El silencio duró apenas un segundo.
El jefe, Madix, inclinó la cabeza.
—¿Gemelos?
Natalie vio la primera duda en sus ojos y comprendió que no lo sabían.
—Son hijos de Lorenzo Rossi.
Algunos de los hombres intercambiaron miradas.
—Nos dijeron que eras una antigua amante —respondió Madix.
—Os mintieron. Si me matáis, no estaréis enviando un mensaje. Estaréis ejecutando a sus herederos.
Madix levantó el arma.
—Entonces Moretti obtendrá una guerra.
—No —susurró Natalie—. Obtendrá su propio funeral.
El hombre apoyó el dedo en el gatillo.
En ese instante, el rugido de varios motores sacudió el callejón.
Dos vehículos blindados irrumpieron desde la avenida y bloquearon la única salida. Un Audi negro se detuvo detrás de ellos. Las puertas se abrieron al mismo tiempo y una docena de hombres armados descendió con precisión militar.
Antes de que los sicarios pudieran reaccionar, un disparo alcanzó el arma de uno de ellos y la lanzó contra el suelo.
—¡De rodillas! —ordenó una voz.
Madix agarró a Natalie y colocó la pistola cerca de su cabeza.
—¡Un paso más y muere!
La puerta trasera del Audi se abrió.
Lorenzo Rossi salió bajo la lluvia.
Vestía un traje negro sin corbata. Su presencia silenció incluso a los hombres de Moretti. Durante años había construido una reputación basada en una regla sencilla: nadie tocaba lo que le pertenecía y seguía viviendo como si nada hubiera ocurrido.
Al ver a Natalie, su expresión cambió.
No fue ternura.
Fue conmoción.
Sus ojos descendieron hasta el vientre pronunciado.
—Natalie…
Ella sintió que las fuerzas la abandonaban.
—Lorenzo, ayúdame.
Madix presionó el arma contra su cuello.
—Retrocede.
Lorenzo ni siquiera lo miró.
—¿El niño es mío?
Natalie comenzó a llorar.
—Los niños. Son gemelos.
Algo oscuro atravesó el rostro de Lorenzo.
—¿Dos?
Ella asintió.
Uno de los bebés se movió con fuerza. Lorenzo lo vio bajo la tela mojada del vestido.
Por primera vez, su habitual control desapareció.
—Llevadla con el médico —ordenó.
—¡He dicho que retrocedas! —gritó Madix.
Lorenzo levantó finalmente los ojos hacia él.
—Tienes cinco segundos para retirar el arma de mi familia.
Madix intentó responder, pero uno de los hombres de Lorenzo lo desarmó antes de que pudiera reaccionar. En pocos segundos, los sicarios fueron reducidos.
Natalie cayó hacia delante.
Lorenzo la sostuvo antes de que tocara el suelo.
—Estás a salvo.
—Casi nos matan.
Él se arrodilló bajo la lluvia y colocó la mano sobre su vientre. Sintió un movimiento y después otro.
La dureza de su rostro se quebró durante un instante.
—Son realmente dos.
Natalie asintió entre lágrimas.
Lorenzo la levantó en brazos.
Antes de subirla al vehículo, se volvió hacia Mateo, su hombre de confianza.
—Quiero vivos a los que quedan.
—¿Y Moretti?
—Que esta noche desaparezca todo lo que lleve su nombre.
La caravana abandonó el callejón mientras los hombres de Lorenzo iniciaban una operación contra las propiedades y negocios de Carmine Moretti.
Natalie despertó varias horas después en una habitación protegida del edificio Rossi.
El doctor Harrison estaba revisando un monitor junto a la cama.
—Los bebés están bien —explicó—. El estrés provocó algunas contracciones, pero se han detenido.
Lorenzo permanecía de pie frente a la ventana.
—Moretti ya no representa una amenaza —dijo sin volverse.
Natalie comprendió lo que significaban aquellas palabras.
—¿Lo mataste?
—Ordenó asesinarte a ti y a mis hijos.
—Eso no responde a mi pregunta.
Lorenzo se giró.
—En mi mundo, sí.
Natalie bajó la mirada.
Había huido de él precisamente por aquel mundo. Lo amaba, pero también temía la facilidad con la que utilizaba la violencia.
Sin embargo, en aquel momento existía un peligro todavía más grave.
—Moretti no podía saber dónde estaba —dijo—. Ni siquiera tú pudiste encontrarme durante meses.
—Por eso todavía no hemos terminado.
Mateo entró en la habitación poco después.
—Encontramos la filtración.
Lorenzo esperó.
—Bastién.
El nombre dejó a Natalie inmóvil.
Bastién era el contable principal de la familia Rossi. Un hombre mayor, tranquilo, que había conocido a Lorenzo desde niño. Lo trataba casi como a un hijo.
—No puede ser —murmuró ella.
Mateo dejó sobre la mesa varios documentos.
—Vendió las direcciones de las clínicas que ella había visitado. Moretti pagó a través de tres empresas falsas.
Lorenzo tomó los papeles sin mostrar emoción.
—Traedlo.
Natalie lo sujetó del brazo.
—¿Qué vas a hacer?
—Asegurarme de que nadie vuelva a pensar que puede vender a mi familia.
Bastién fue llevado a una habitación cerrada.
Natalie no escuchó gritos. Eso hizo que todo resultara todavía más inquietante.
Cuando Lorenzo regresó, casi una hora después, llevaba el rostro tranquilo.
—No volverá a traicionarnos.
Ella comprendió que el asunto había terminado.
Durante las semanas siguientes, el ático de Lorenzo se convirtió en una fortaleza. Había guardias en cada entrada, vehículos blindados preparados y médicos disponibles las veinticuatro horas.
Natalie se sentía protegida y atrapada al mismo tiempo.
—Esto es una prisión —le dijo una noche.
—Es temporal.
—Hay hombres armados incluso frente al ascensor.
—Cinco asesinos te encontraron una vez. No tendrán una segunda oportunidad.
Lorenzo casi nunca se alejaba de ella. Cancelaba reuniones para asistir a los controles médicos y exigía recibir informes diarios sobre el embarazo.
Natalie comenzó a descubrir aspectos de él que nunca había visto.
Encontró libros sobre crianza escondidos en su despacho. Una tarde lo sorprendió construyendo dos pequeñas cunas de madera.
—Podrías comprarlas —dijo.
Lorenzo siguió trabajando.
—Quiero que tengan algo hecho por mí que no haya sido comprado ni arrebatado a nadie.
La frase permaneció en la mente de Natalie.
Bajo el hombre temido por toda la ciudad existía alguien que no sabía cómo ser padre, pero que estaba dispuesto a aprender.
El parto comenzó varias semanas después, durante una noche de nieve.
Natalie despertó con un dolor intenso y sintió cómo se rompía la bolsa.
Lorenzo puso en movimiento toda su organización.
Una caravana escoltó la ambulancia hasta un hospital privado cuya planta superior había sido completamente reservada. Guardias armados ocuparon las escaleras, los ascensores y los pasillos.
Pero dentro del quirófano, el poder de Lorenzo no significaba nada.
El parto se prolongó durante horas.
Natalie comenzó a perder fuerzas. Los monitores cambiaron de ritmo y varios médicos entraron apresuradamente.
—El corazón de uno de los bebés está descendiendo —explicó el obstetra—. El cordón podría estar comprometiendo su oxígeno. Necesitamos realizar una cesárea de emergencia.
Lorenzo se volvió hacia el médico.
—Sálvelos.
—Haremos todo lo posible.
—No quiero posibilidades.
Natalie tomó su mano.
—Lorenzo, basta.
Él la miró. Por primera vez, ella vio miedo verdadero en sus ojos.
No era el temor de perder una guerra o un negocio.
Era el miedo de perderlos a ellos.
—Estaré aquí cuando despiertes —prometió.
Natalie fue anestesiada.
Cuando volvió a abrir los ojos, la habitación estaba iluminada por una luz tenue. La nieve caía lentamente detrás de las ventanas.
Lorenzo se encontraba sentado junto a la cama.
En sus brazos sostenía dos pequeñas mantas.
Tenía los ojos rojos.
—¿Están bien? —preguntó Natalie con voz débil.
Él se levantó y se acercó.
—Perfectos.
Colocó al primer bebé junto a ella.
—Leonardo.
Después le entregó al segundo.
—Gabriel.
Natalie contempló sus pequeños rostros y comenzó a llorar.
Todos los meses de miedo, la emboscada, las traiciones y la violencia parecieron alejarse durante aquel instante.
Lorenzo apoyó la frente contra la suya.
—No heredarán mi oscuridad.
Natalie lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Los negocios ilegales se terminan. Conservaremos las empresas legítimas, las propiedades y las inversiones. Todo lo demás desaparecerá.
—Ese mundo no te dejará marcharte fácilmente.
—Entonces tendrá que aprender a vivir sin mí.
Natalie observó a los gemelos.
—No quiero que crezcan rodeados de armas.
Lorenzo miró a los guardias apostados fuera de la habitación.
—Tampoco yo.
—Pero todavía están ahí.
—Hasta que mi pasado entienda que ya no controla nuestro futuro.
Natalie sabía que nunca tendría una vida completamente normal junto a Lorenzo Rossi. El peligro no desaparecería en una sola noche y el hombre a su lado no podía borrar todo lo que había hecho.
Sin embargo, también sabía que algo había cambiado.
Lorenzo ya no contemplaba su imperio como una herencia de poder, sino como una amenaza para sus hijos.
Afuera, hombres armados protegían cada puerta.
Dentro, Leonardo y Gabriel dormían sobre el pecho de su madre.
Lorenzo los cubrió cuidadosamente con una manta y pronunció una promesa que nadie en la familia Rossi esperaba escuchar:
—La violencia llegó hasta mí. Pero terminará conmigo.
Natalie cerró los ojos mientras él se sentaba a su lado.
En el callejón, ella había creído que aquella noche marcaría el final de su vida.
En realidad, había sido el comienzo de una nueva familia y el primer día del fin del imperio oscuro de Lorenzo Rossi.


