El invierno de 1816 cayó sobre Londres con una crueldad que parecía no distinguir entre mendigos y nobles. Alini lo comprendió cuando el carruaje en el que huía se detuvo bruscamente y el cochero, temiendo quedar atrapado por la tormenta, la abandonó en un camino cubierto por la nieve. Durante unos instantes creyó que aquel sería el último paisaje que verían sus ojos. Sus botas estaban empapadas, el viento cortaba su piel como cuchillas y cada respiración resultaba más dolorosa que la anterior. Sin embargo, prefería morir allí antes que regresar al matrimonio al que su familia la había condenado. Casarse con lord Blackwood significaba entregar su vida a un hombre que confundía el amor con la posesión y el respeto con el miedo.

Mientras avanzaba con dificultad, el frío comenzó a robarle las fuerzas. Sus piernas dejaron de responder y terminó arrodillada sobre la nieve. Apenas distinguía las sombras cuando escuchó el sonido de unos cascos acercándose. Un caballo negro apareció entre la tormenta y se encabritó al verla inmóvil junto al camino. El jinete desmontó de inmediato. Alto, impecablemente vestido pese al temporal y con un rostro tan severo como el invierno mismo, observó a la joven durante unos segundos antes de comprobar que aún respiraba.
Era el duque de Asborne.
No preguntó quién era ni por qué se encontraba allí. Simplemente dio una orden a sus hombres.
—Llévenla al castillo. Ahora.
Aquella decisión, tomada en apenas unos segundos, salvaría la vida de Alini. También pondría en peligro el prestigio que el duque había protegido durante toda su existencia.
Cuando cruzaron las puertas del castillo de Asborne, los criados intercambiaron miradas de desconcierto. Jamás habían visto a su señor regresar con una mujer desconocida, mucho menos cargándola entre sus propios brazos.
El duque era famoso por su disciplina. Vivía solo, evitaba los escándalos y jamás permitía que la emoción guiara sus actos. Muchos aseguraban que era incapaz de enamorarse. Otros decían que simplemente había enterrado cualquier sentimiento muchos años atrás.
Sin embargo, aquella noche permaneció junto a la cama de la desconocida mientras el médico intentaba salvarla de la hipotermia.
—Vivirá —dijo finalmente el anciano doctor.
El duque asintió sin mostrar alivio.
Solo cuando todos abandonaron la habitación permitió que el silencio llenara el lugar.
Observó el rostro pálido de la joven iluminado por el fuego de la chimenea. No llevaba joyas de valor, pero sus modales, incluso inconsciente, revelaban una educación propia de la alta sociedad.
Aquello complicaba todo.
Una dama noble pasando la noche bajo el techo de un hombre soltero era suficiente para destruir dos reputaciones.
Y él lo sabía mejor que nadie.
Al amanecer, Alini abrió lentamente los ojos.
El techo de piedra, el calor de la habitación y el olor a leña le hicieron pensar por un instante que había muerto.
Luego lo vio.
El duque permanecía de pie frente a la chimenea, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. No parecía haber dormido.
Ella intentó incorporarse.
—No lo haga.
La voz era firme, aunque escondía un cansancio inesperado.
Alini volvió a recostarse.
—¿Dónde estoy?
—En el castillo de Asborne.
Ella recordó la tormenta de golpe.
—¿Me encontró usted?
Él simplemente inclinó la cabeza.
Hubo un largo silencio.
Finalmente, el duque habló.
—No puede quedarse aquí sin consecuencias.
Ella sintió un nudo en la garganta.
Sabía perfectamente a qué se refería.
Una mujer joven alojada en la residencia de un hombre soltero sería objeto de rumores antes de que terminara el día.
—Hay un único remedio…
Alini contuvo la respiración.
El duque tardó varios segundos en continuar, como si incluso para él aquellas palabras resultaran imposibles.
—Nos casaremos.
Ella creyó haber escuchado mal.

—¿Qué?
—Será un matrimonio legal, inmediato y completamente formal.
Alini permaneció inmóvil.
No esperaba una propuesta.
Mucho menos de un hombre al que acababa de conocer.
El duque continuó antes de que pudiera responder.
—No le ofrezco amor. No le prometo felicidad. Solo protección.
Ella bajó la mirada.
Había escapado de un matrimonio impuesto… para encontrarse frente a otro.
Sin embargo, existía una diferencia enorme.
Lord Blackwood quería convertirla en una propiedad.
El hombre que tenía delante le estaba ofreciendo una salida.
—¿Y si me niego?
El duque respondió con absoluta honestidad.
—La escoltaré personalmente hasta Londres cuando mejore. Después será libre de decidir su destino.
Aquellas palabras sorprendieron a Alini.
Libre.
Era la primera vez que alguien utilizaba aquella palabra al hablar de su futuro.
Aceptó dos días después.
No porque soñara con convertirse en duquesa.
Aceptó porque comprendió que, sin la protección del apellido Asborne, su antiguo prometido la encontraría antes de una semana.
La ceremonia fue sencilla.
Solo estuvieron presentes el sacerdote, dos testigos y algunos sirvientes.
No hubo música.
No hubo invitados.
No hubo promesas románticas.
Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, ninguno de los dos sonrió.
El duque únicamente inclinó la cabeza con respeto.
Aquella misma tarde ordenó preparar habitaciones separadas.
—No compartiré su habitación sin su consentimiento.
Alini levantó la vista.
Aquella frase significaba más para ella que cualquier declaración de amor.
Por primera vez desde que comenzó su huida, sintió que alguien respetaba sus decisiones.
Los días siguientes estuvieron marcados por una convivencia extraña.
Desayunaban juntos casi en silencio.
Él pasaba horas administrando sus tierras.
Ella recorría la inmensa biblioteca del castillo intentando reconstruir una vida que ya no le pertenecía.
Poco a poco comenzó a descubrir detalles inesperados.
El duque dejaba comida para los campesinos durante los inviernos más duros sin permitir que nadie conociera su nombre.
Pagaba la educación de varios niños huérfanos.
Ayudaba discretamente a las viudas de los soldados que habían servido a su padre.
No era el hombre frío que todos describían.
Simplemente había aprendido a ocultar cualquier emoción detrás del deber.
Al mismo tiempo, él empezó a observar a Alini desde otra perspectiva.
Ella nunca se quejaba.
Trataba con respeto a los sirvientes.
Leía durante horas junto a la ventana.
Y, algunas noches, cuando creía que nadie la veía, lloraba en silencio mirando la nieve caer sobre los jardines.
Una tarde, mientras tomaban el té, el duque rompió el silencio.
—¿De qué huía exactamente?
Alini dejó la taza sobre la mesa.
Durante varios segundos creyó que volvería a guardar silencio.
Pero decidió confiar.
Le habló de lord Blackwood.
De las amenazas.
De los contratos firmados sin preguntarle.
Del miedo constante.
Cuando terminó, el duque permaneció inmóvil.
Finalmente dijo una única frase.
—Mientras lleve mi apellido, nadie volverá a obligarla a hacer nada.
Ella levantó lentamente la vista.
No había romanticismo en aquellas palabras.
Solo una promesa.
Y precisamente por eso resultaban tan poderosas.
Sin embargo, la paz duró poco.
Una semana después llegó un carruaje negro.
El mayordomo entró apresuradamente en el despacho.
—Excelencia… lord Blackwood está aquí.
El silencio cayó sobre la habitación.
El duque dejó lentamente la pluma sobre el escritorio.
—¿Qué desea?
—Exige que le entreguemos a lady Alini. Afirma que sigue perteneciéndole.
Por primera vez en muchos años, el duque sintió cómo la ira vencía a la razón.
Se levantó despacio.
Se colocó los guantes.
Y caminó hacia la entrada principal del castillo.
Blackwood sonreía con arrogancia mientras descendía del carruaje.
—He venido por mi prometida.
El duque se detuvo frente a él.
Su voz fue tranquila.
Demasiado tranquila.
—Está equivocado.
Blackwood arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
El duque sostuvo su mirada sin apartarse un solo instante.
—Ha llegado demasiado tarde.
Blackwood frunció el ceño.
Entonces el duque pronunció unas palabras que cambiarían el curso de aquella historia.
—Lady Alini ya no es su prometida.
Hizo una breve pausa.
—Es mi esposa.
El viento volvió a levantarse sobre el patio del castillo.
Y, aunque el matrimonio había nacido únicamente para proteger el honor de una mujer, ambos comprendieron en ese instante que el verdadero conflicto apenas acababa de comenzar….


