
Relato histórico narrativizado a partir de testimonios de supervivientes, archivos judiciales y documentación sobre Auschwitz. Algunos detalles de ambiente han sido reconstruidos para dar continuidad a la narración; los hechos centrales están documentados.
El hombre sentado en el banquillo había escoltado prisioneros hasta las cámaras de gas.
La mujer que entró en la sala era una de las personas a quienes él había jurado despreciar, perseguir y destruir.
Era judía.
Él había pertenecido a las SS.
Y, sin embargo, aquella mujer había viajado desde Israel hasta Viena para contar una verdad que nadie en el tribunal estaba preparado para escuchar completa.
No acudía únicamente para acusarlo.
Tampoco para perdonarlo.
Acudía porque aquel hombre, Franz Wunsch, había participado en la maquinaria de Auschwitz… pero también le había salvado la vida.
La puerta de la sala se cerró detrás de Helena Citrónová.
Los fotógrafos levantaron las cámaras. Los abogados ordenaron sus papeles. El murmullo del público desapareció poco a poco, hasta quedar reducido al roce de unas hojas y al sonido contenido de varias respiraciones.
Era 1972.
Habían pasado casi treinta años desde que Helena y Wunsch se vieron por última vez.
Él ya no llevaba el uniforme negro de las SS. Ya no tenía botas, pistola ni autoridad para decidir quién trabajaba y quién moría. Era un hombre envejecido, vestido de civil, acusado de participar en asesinatos cometidos en Auschwitz-Birkenau.
Ella tampoco era ya la muchacha famélica con un número tatuado en el brazo.
Había construido una familia. Había cambiado de país, de idioma y hasta de nombre. Había intentado levantar una vida sobre las ruinas de otra que le habían arrebatado.
Pero cuando se sentó ante el tribunal, Auschwitz regresó a la sala.
No llegó con humo ni alambre de púas.
Llegó con su silencio.
Cuando le preguntaron si conocía al acusado, Helena confirmó que sí. Explicó que Wunsch la había protegido, que había conseguido comida para ella y que había salvado a su hermana de una muerte prácticamente segura.
Después añadió la parte que la defensa habría preferido no escuchar.
También lo había visto cumpliendo servicio en la rampa.
También conocía su brutalidad.
Mientras declaraba, evitó mirarlo.
Wunsch estaba a pocos metros, pero Helena mantuvo los ojos apartados, como si supiera que una sola mirada podía abrir una puerta que llevaba tres décadas intentando mantener cerrada. El hombre que una vez había controlado la distancia entre ella y la muerte tuvo que escucharla sin poder ordenarle que callara.
Aquello no era el testimonio de una amante que regresaba para rescatar a un antiguo amor.
Era el testimonio de una superviviente obligada a describir a un hombre que había sido, al mismo tiempo, su verdugo y su protector. Wunsch fue juzgado en Viena entre abril y junio de 1972 junto con otro antiguo miembro de las SS. Los cargos incluían la participación en la muerte de numerosas personas en las cámaras de gas y el asesinato directo de prisioneros judíos y polacos. (Nachkriegsjustiz)
Para comprender por qué Helena estaba allí, había que regresar a 1942.
A un tren.
A una canción.
Y al momento exacto en que un guardia nazi escuchó la voz de una mujer a la que su ideología le había enseñado a considerar menos que humana.
Helena Citrónová había crecido en Humenné, una localidad de la antigua Checoslovaquia. Era hija de un cantor y la música formaba parte de su vida mucho antes de que los gritos, los disparos y los silbatos de los guardias reemplazaran cualquier sonido familiar.
Tenía juventud, voz y sueños.
Todo eso dejó de importar cuando las autoridades comenzaron a concentrar a las jóvenes judías de Eslovaquia.
Les hablaron de trabajo.
Les dijeron que serían enviadas fuera durante un tiempo.
Muchas pensaron que regresarían.
Las hicieron subir a vagones de mercancías.
El tren salió de Poprad en marzo de 1942 con cerca de mil mujeres judías, muchas de ellas adolescentes o apenas mayores. Fue uno de los primeros grandes transportes de judíos enviados a Auschwitz dentro del programa de deportaciones masivas. Helena estaba entre aquellas jóvenes. (Auschwitz-Birkenau)
Durante el viaje, algunas intentaron tranquilizar a las demás.
Llevaban pequeñas maletas. Ropa preparada por sus madres. Objetos familiares. Fotografías. Alimentos para unos días.
Todavía creían que una maleta podía protegerlas del futuro.
Cuando las puertas se abrieron, descubrieron un lugar diseñado para quitarles no solo lo que poseían, sino también lo que eran.
Órdenes en alemán.
Perros.
Golpes.
Mujeres obligadas a desnudarse delante de desconocidos.
Cabello cortado.
Nombres sustituidos por números.
El proceso no pretendía únicamente registrar prisioneras. Pretendía romperlas desde el primer minuto.
Helena aprendió pronto que en Auschwitz una mirada podía considerarse insolencia, una pausa podía convertirse en una paliza y una enfermedad podía equivaler a una sentencia de muerte.
Aprendió a caminar sin llamar la atención.
A ocultar el hambre.
A no preguntar por quienes desaparecían.
A reconocer, por el humo y por el olor, que el campo no era simplemente una prisión.
Era un lugar construido para hacer desaparecer personas.
Con el tiempo fue destinada a trabajar en una zona que los prisioneros llamaban “Kanada”.
El nombre parecía una broma cruel. En medio del hambre, aquellos almacenes rebosaban de ropa, zapatos, alimentos, medicamentos, relojes, fotografías y objetos personales confiscados a los deportados.
Las prisioneras abrían maletas cuyos propietarios quizá seguían vivos a unos cientos de metros.
O quizá ya estaban muertos.
Helena podía encontrar un vestido infantil doblado por una madre, una dentadura envuelta en tela, una carta sin enviar, un tarro de comida preparado para un viaje que no tenía regreso.
Cada objeto era una última huella.
Y cada prisionera sabía que tomar algo sin autorización podía costarle la vida, aunque todo aquello hubiera sido robado antes a otras víctimas.
Franz Wunsch trabajaba precisamente en ese universo de pertenencias saqueadas.
Era austríaco, tenía unos veinte años y se había incorporado a las SS siendo muy joven. Había servido en distintos frentes antes de llegar al sistema de campos. En Auschwitz ocupó funciones de vigilancia y mando, sobre todo en los almacenes de efectos personales llamados “Kanada”, pero también participó en selecciones en la rampa.
No era un empleado confundido ni un simple espectador.
Acompañaba a deportados hacia las instalaciones de exterminio, contribuía a engañarlos sobre su destino y, cuando era necesario, los obligaba a entrar. Supervivientes lo describieron como un hombre violento, imprevisible y capaz de golpear con dureza. (Auschwitz)
Helena sabía quién era.
Había visto el uniforme.
Había visto cómo cambiaba el rostro de las prisioneras cuando él aparecía.
Nadie necesitaba explicarle que Wunsch podía ordenar un castigo o apartar la mirada mientras otro guardia lo ejecutaba. En Auschwitz, incluso el silencio de un miembro de las SS era una forma de poder.
Un día de 1942, durante una celebración relacionada con el cumpleaños de un guardia, se pidió a las prisioneras que cantaran o recitaran algo.
No era una invitación.
En Auschwitz, una orden pronunciada con tono amable seguía siendo una orden.
Helena fue elegida para cantar.
Estaba aterrorizada. Frente a ella había hombres armados que podían reír mientras otros morían a pocos metros. Cantar para ellos le parecía una humillación, pero negarse podía ser peor.
Escogió una de las pocas canciones alemanas que conocía.
Su título parecía escrito por el destino: Liebe war es nie.
“Nunca fue amor.”
Helena comenzó a cantar con la garganta cerrada.
No cantaba para entretener.
Cantaba para sobrevivir unos minutos más.
Entonces ocurrió algo que ninguna de las mujeres presentes habría podido anticipar.
Franz Wunsch dejó de conversar.
La miró.
No como se miraba a un número.
No como se miraba a una prisionera de la que podía disponerse.
La escuchó como si, durante unos instantes, la voz de Helena hubiera atravesado el uniforme, la ideología y la obediencia.
Cuando terminó, Wunsch pidió que volviera a trabajar en “Kanada”.
Los testimonios posteriores situaron aquel momento como el inicio de su obsesión por Helena. El guardia se enamoró intensamente de ella y comenzó a buscar maneras de acercarse y protegerla. La canción que hablaba de un amor inexistente terminó dando nombre, décadas después, a un documental sobre una relación cuya verdadera naturaleza nunca quedó completamente resuelta. (Auschwitz)
Al principio, Helena lo odiaba.
No había contradicción alguna en eso.
Wunsch pertenecía al grupo que la mantenía prisionera, que había destruido su familia y que asesinaba a personas por el simple hecho de ser judías. Que la mirara con ternura no borraba el uniforme.
Comenzaron a aparecer pequeños paquetes.
Comida.
Alguna prenda.
Mensajes.
Objetos que, en cualquier otro lugar, habrían sido regalos modestos. En Auschwitz podían significar la diferencia entre conservar fuerzas o desplomarse durante el recuento.
Helena desconfiaba de cada gesto.
Aceptar comida no era enamorarse.
Sonreír para evitar la furia de un guardia no era consentimiento.
Responder a una pregunta no convertía una relación entre prisionera y carcelero en una relación entre iguales.
Wunsch podía llamarlo amor.
Helena tenía que llamarlo supervivencia.
Pero el guardia insistió.
La buscaba entre las trabajadoras.
Se aseguraba de que no fuera enviada a tareas especialmente mortales.
Le hacía llegar alimentos y trataba de mantenerla lejos de ciertos castigos.
Una palabra suya podía apartarla de una selección.
Otra podía colocarla en peligro.
Esa fue la primera trampa de aquella relación: cuanto más la protegía, más dependía ella del mismo hombre al que tenía razones para odiar.
Las demás prisioneras lo notaron.
Algunas sintieron alivio, porque Helena podía intentar interceder por ellas. Otras sintieron resentimiento. En un campo donde una patata podía provocar una pelea y un trozo de pan podía decidir quién amanecía con vida, cualquier privilegio generaba sospechas.
Helena comenzó a vivir bajo dos amenazas.
La primera era que Wunsch se cansara de ella.
La segunda, que alguien descubriera hasta dónde había llegado su interés.
Las leyes raciales de Núremberg habían criminalizado los matrimonios y las relaciones sexuales entre judíos y personas consideradas de “sangre alemana o afín”. Para el régimen nazi, una relación entre un miembro de las SS y una prisionera judía no era simplemente impropia: constituía una traición a la doctrina racial que sostenía al sistema. (Encyclopedia Holocaust)
Wunsch podía ser castigado.
Helena podía ser asesinada.
No era un secreto romántico escondido de padres severos.
Era un vínculo clandestino dentro de una fábrica de muerte.
Aun así, algo comenzó a cambiar.
No ocurrió de repente.
No fue una escena limpia en la que el odio se convirtió en amor.
Fue una acumulación de momentos imposibles de separar: comida cuando estaba hambrienta, protección cuando estaba enferma, una palabra pronunciada sin gritos, una puerta que no se cerraba, una selección de la que salía con vida.
Según los testimonios reunidos posteriormente, cuando Helena enfermó de tifus, Wunsch la ayudó a ocultarse y la protegió durante un periodo en el que cualquier signo de enfermedad podía enviarla a la muerte.
Para él, aquel riesgo demostraba amor.
Para ella, significaba despertarse al día siguiente.
Helena recordaría también un detalle mínimo que la desconcertó más que las declaraciones apasionadas.
En una ocasión, Wunsch le pidió algo diciendo “por favor”.
Una palabra común.
Casi insignificante.
Pero no en Auschwitz.
Allí, los guardias no necesitaban pedir.
Ordenaban.
Helena había aprendido a buscar al monstruo en el rostro de los hombres uniformados. Sin embargo, por un segundo, escuchó una voz humana.
Ese segundo no borró nada.
Solo volvió todo más confuso.
Porque al día siguiente Wunsch podía regresar de la rampa.
Podía llevar las manos manchadas por la violencia.
Podía haber golpeado a un prisionero y después acercarse a Helena con una expresión afectuosa.
En una ocasión, se lastimó una mano mientras agredía a otros hombres y quiso que Helena lo atendiera.
Ella se negó.
Aquel rechazo fue una frontera.
Podía aceptar la comida que la mantenía viva.
Podía permitir que él la protegiera.
Pero no iba a cuidar la mano con la que había golpeado a otros prisioneros.
Wunsch tuvo que contemplar a la mujer por quien decía sentir amor mientras ella rechazaba tocar la prueba de su brutalidad.
Era una advertencia que él no quiso comprender del todo: Helena podía sentir gratitud, dependencia e incluso afecto, pero jamás sería ciega.
La relación continuó durante más de dos años y nunca quedó completamente claro si fue física, platónica o algo imposible de definir con palabras normales. La propia Helena admitió que sus sentimientos cambiaron, aunque esa evolución estuvo inseparablemente unida a la coerción, el miedo y la supervivencia. (The Forward)
Mientras tanto, los trenes seguían llegando.
Cada convoy traía una nueva multitud que aún no conocía las reglas.
Madres que sostenían a sus hijos.
Ancianos con abrigos demasiado pesados.
Hombres que miraban los edificios buscando el lugar donde debían registrarse.
Las selecciones podían durar minutos.
A un lado, quienes conservarían la vida temporalmente mediante el trabajo.
Al otro, quienes serían asesinados.
Wunsch participaba en aquel proceso.
Eso significaba que el mismo hombre que escondía comida para Helena podía empujar a otra mujer hacia un camión.
El hombre que intentaba protegerla del tifus podía engañar a una familia sobre el edificio al que se dirigía.
El hombre que infringía las leyes raciales por una judía seguía sirviendo al sistema dedicado a matar a los judíos.
Helena no vivía junto a un hombre dividido en dos mitades limpias.
Vivía cerca de una contradicción con uniforme.
Y entonces, en 1944, llegó una noticia que destruyó el precario equilibrio que había construido.
Alguien le hizo saber que su hermana Róza había llegado a Auschwitz.
No estaba sola.
La acompañaban su esposo y sus dos hijos pequeños.
Helena llevaba años temiendo aquel momento.
Había visto suficientes transportes para saber lo que ocurría con las mujeres que llegaban acompañadas de niños. Los pequeños no podían trabajar. Sus madres solían ser enviadas con ellos.
La noticia no significaba que su familia estuviera cerca.
Significaba que estaba a minutos de desaparecer.
Helena necesitaba encontrar a Wunsch.
No al hombre que le escribía mensajes.
No al joven que decía amarla.
Necesitaba al miembro de las SS.
Necesitaba su uniforme, su autoridad y su capacidad para entrar donde una prisionera no podía.
Hizo llegar una petición desesperada.
Wunsch se acercó con una demostración de dureza, como si fuera a castigarla por una infracción. Ante otros ojos debía mantener la apariencia de que Helena seguía siendo una prisionera sometida a su autoridad.
Cuando estuvieron lo bastante cerca, averiguó los detalles.
El nombre de Róza.
El transporte.
Los niños.
Después se movió.
No había tiempo para promesas.
Róza ya había sido seleccionada.
La habían enviado con quienes iban a morir.
Wunsch utilizó su rango y consiguió sacarla del grupo.
En medio de Auschwitz, donde miles de súplicas eran ignoradas, una mujer regresó desde el borde de la cámara de gas porque un guardia nazi estaba enamorado de su hermana.
Pero apareció el giro más cruel.
Wunsch salvó a Róza.
No salvó a sus hijos.
Tampoco salvó a su esposo.
Cuando las dos hermanas se reencontraron, no hubo una escena de felicidad completa.
Róza estaba viva, pero sus hijos habían sido asesinados.
Helena había conseguido un milagro incompleto, y un milagro incompleto en Auschwitz podía sentirse como otra forma de condena.
Róza sabía que Wunsch había tenido poder suficiente para rescatarla.
Por eso la pregunta se volvió insoportable.
¿Por qué no había salvado también a los niños?
Quizá no pudo.
Quizá llegó demasiado tarde.
Quizá temió que intentar sacar a toda una familia hiciera imposible salvar a cualquiera.
Quizá, dentro de la lógica del campo, una mujer apta para trabajar podía ser retirada de una selección, mientras que dos niños ya estaban condenados desde el instante en que bajaron del tren.
Ninguna explicación podía devolverlos.
Durante años, la supervivencia de Róza quedó unida a la muerte de sus hijos. La gratitud hacia Helena y el resentimiento contra ella ocuparon el mismo espacio. La hermana rescatada podía mirar a la hermana que la había salvado y preguntarse por qué aquel supuesto amor de Wunsch no había alcanzado unos metros más. Las investigaciones y testimonios posteriores confirmaron que Wunsch consiguió salvar a Róza después de la selección, pero que los hijos de esta fueron enviados a la muerte. (Institut für Konfliktforschung)
Para Helena, aquella intervención cambió algo.
Hasta entonces podía decirse que toleraba a Wunsch porque necesitaba sobrevivir.
Ahora su hermana respiraba gracias a él.
No era una deuda que pudiera pagar.
Tampoco una absolución.
La gratitud comenzó a mezclarse con sentimientos que Helena había intentado impedir. Ella misma reconocería después que, con el tiempo, llegó a sentir algo por él.
Pero ¿cómo se ama a un hombre que salva a tu hermana mientras sirve al sistema que asesina a sus hijos?
¿Cómo se agradece una vida cuando el mismo uniforme representa millones de muertes?
¿Cómo se separa al hombre que te trae comida del guardia que participa en selecciones?
Helena no encontró una respuesta.
Solo siguió viviendo.
Wunsch, por su parte, pareció convencerse de que podía existir un futuro para ambos.
Hablaba de un después.
De la posibilidad de que la guerra terminara.
De buscarla.
Pero para Helena el futuro era una palabra peligrosa. Había visto a demasiadas personas planear el día siguiente y desaparecer antes del anochecer.
Además, por más protector que se mostrara con ella, Wunsch no dejó de formar parte del aparato de exterminio.
Supervivientes declararon que su comportamiento se volvió menos brutal después de conocer a Helena, pero también existieron acusaciones graves contra él, incluida la de haber matado a un prisionero griego durante la revuelta del Sonderkommando en octubre de 1944.
El amor no había retirado el arma de su mano.
Solo había creado una excepción.
Helena era esa excepción.
Y ese era, precisamente, el horror.
Porque salvar a una mujer no exigía cuestionar el sistema completo. Wunsch podía seguir pensando que Helena era distinta, especial, digna de vivir, mientras otros judíos seguían siendo enviados a la muerte.
Podía amar a una persona sin renunciar a la estructura que destruía a su pueblo.
Podía ser amable durante una hora y brutal durante la siguiente. (Auschwitz)
A finales de 1944, el sonido de la guerra comenzó a acercarse.
Las noticias circulaban en susurros.
El Ejército Rojo avanzaba.
Los guardias estaban más nerviosos.
Se quemaban documentos.
Se intentaba borrar evidencia.
Algunos prisioneros sintieron esperanza, pero en Auschwitz la esperanza siempre llegaba acompañada por otra pregunta: ¿matarían los nazis a quienes quedaban antes de retirarse?
En enero de 1945 se ordenó la evacuación final de gran parte del complejo. Decenas de miles de prisioneros fueron obligados a marchar hacia el oeste en pleno invierno. Quienes no podían mantener el ritmo corrían el riesgo de ser asesinados en el camino. (Auschwitz-Birkenau)
Wunsch buscó a Helena por última vez.
Ya no podía prometerle protección dentro del almacén.
Ya no sabía dónde terminaría él.
Le consiguió ropa de abrigo, zapatos o botas y calcetines para ella y para Róza, objetos que podían decidir si sobrevivirían al frío.
También le hizo llegar un mensaje de despedida.
Había escrito que la había amado mucho.
Después se separaron.
No hubo un futuro compartido.
No hubo una casa en Austria.
No hubo vida normal capaz de continuar donde Auschwitz terminaba.
La guerra arrancó a Wunsch el uniforme con el que había ejercido poder, pero no le dio derecho a conservar a Helena.
Ella y Róza sobrevivieron.
Regresaron en busca de lo que quedaba de su mundo y descubrieron que la geografía podía permanecer mientras una comunidad entera había desaparecido.
Las calles seguían allí.
Las casas también.
Pero muchas de las personas que daban significado a esos lugares habían sido asesinadas.
Las hermanas terminaron emigrando a la tierra que se convertiría en Israel.
Helena se casó.
Tuvo hijos.
Adoptó una nueva identidad y trató de construir una vida en la que no fuera la prisionera protegida por un miembro de las SS.
Franz Wunsch no la olvidó.
Intentó localizarla mediante los servicios de búsqueda de la Cruz Roja.
Le envió cartas.
Helena no respondió.
El silencio fue su forma de cerrar una relación que nunca había podido elegir libremente.
Wunsch también se casó y formó una familia. Sin embargo, la historia de Helena permaneció en su casa. Años después, su hija recordaría incluso la existencia de un medallón con la fotografía de aquella mujer judía a la que su padre había conocido en Auschwitz.
Para la esposa de Wunsch, Helena no era solo una figura del pasado.
Era la mujer que quizá podía salvarlo otra vez. (Auschwitz)
El 25 de agosto de 1971, Franz Wunsch fue detenido.
El pasado que había intentado encerrar regresó convertido en expedientes, declaraciones de supervivientes y acusaciones de asesinato.
Su esposa consiguió contactar con Helena.
Le pidió que viajara a Viena.
No le pedía que mintiera.
Le pedía que contara lo que Wunsch había hecho por ella.
Helena recibió la solicitud como si alguien hubiera dejado una pieza de Auschwitz dentro de su casa.
Había pasado años sin responder a las cartas de Wunsch.
Ahora tenía que decidir si acudiría ante un tribunal para hablar en favor del hombre que había pertenecido a las SS.
Algunos supervivientes comprendieron su dilema.
Otros la juzgaron.
Para ciertas personas, el hecho de haber aceptado protección de un nazi ya la colocaba bajo sospecha. Viajar para testificar podía ser visto como una traición a quienes no habían tenido un guardia dispuesto a salvarlos.
Pero Helena sabía algo que sus críticos no habían vivido desde su cuerpo.
En Auschwitz no se elegía entre opciones moralmente puras.
Se elegía entre respirar y dejar de respirar.
Una prisionera no creaba el desequilibrio de poder. No era responsable de que un guardia se obsesionara con ella. Y sobrevivir gracias a una grieta dentro del sistema no significaba aprobar el sistema.
Finalmente aceptó viajar.
No porque hubiera olvidado.
Precisamente porque recordaba.
Cuando entró en aquella sala de Viena, Wunsch debió de buscar en su rostro a la joven que había cantado para él.
Pero esa joven ya no existía.
Frente al tribunal estaba una mujer que había cargado durante décadas con la muerte de su familia, con el dolor de su hermana, con la culpa de haber sobrevivido y con el secreto de haber sentido afecto por alguien que participaba en Auschwitz.
Helena habló de la comida.
De la protección.
De la ayuda durante la enfermedad.
Del rescate de Róza.
Cada frase parecía acercar a Wunsch a la salvación judicial.
Entonces Helena contó el resto.
Confirmó que lo había visto en la rampa.
No negó que formaba parte de las selecciones.
No convirtió sus actos de compasión en una limpieza general de su pasado.
El tribunal quería clasificar a Wunsch.
Asesino o inocente.
Monstruo o salvador.
Helena se negó a entregar una respuesta tan cómoda.
Sí, la había ayudado.
Sí, había salvado a su hermana.
Sí, ella había llegado a sentir algo por él.
Y sí, aquel mismo hombre había servido en la rampa de Auschwitz.
Wunsch permaneció sentado mientras la mujer a la que había intentado proteger mostraba públicamente los dos rostros que él quizá había pasado años separando.
Ese fue su verdadero momento de reconocimiento.
No cuando Helena confirmó que le debía la vida.
Sino cuando comprendió que ella no había viajado para absolverlo.
Había viajado para decir la verdad completa.
Y la verdad completa era mucho más dura que una condena sentimental.
Significaba que sus actos buenos eran reales, pero no suficientes.
Que haber salvado a Helena no convertía en imaginarios a quienes había golpeado.
Que haber rescatado a Róza no devolvía a sus hijos.
Que el amor por una mujer judía no borraba su participación en la persecución de otros judíos.
Helena evitó mirarlo durante el testimonio.
Quizá temía encontrar al joven de veinte años que le había dicho “por favor”.
Quizá temía ver al guardia que regresaba de las selecciones.
Tal vez sabía que ambos rostros seguirían estando allí.
El tribunal finalmente absolvió a Franz Wunsch.
Para muchos, aquello pareció confirmar que el testimonio de Helena lo había salvado por segunda vez.
Pero la realidad jurídica fue todavía más inquietante.
El jurado no aceptó la acusación de participación en asesinato en los términos planteados. Sin embargo, respondió afirmativamente a la cuestión alternativa de homicidio. Aun así, se dictó la absolución porque ese delito se consideró prescrito bajo la legislación aplicada entonces.
En otras palabras, el veredicto no proclamó una inocencia moral.
La barrera decisiva fue el paso del tiempo.
Wunsch salió libre el 27 de junio de 1972. (Nachkriegsjustiz)
Helena no corrió hacia él.
No empezó una nueva vida a su lado.
Regresó a Israel.
El tribunal había terminado, pero su historia no podía cerrarse con el golpe de un martillo.
Durante años, quienes conocieron el caso siguieron haciéndose la misma pregunta: ¿Helena había amado realmente a Franz Wunsch?
Algunos dijeron que sí.
Otros hablaron de adaptación, dependencia y supervivencia.
Otros se negaron a utilizar la palabra amor para una relación en la que una persona llevaba uniforme y la otra llevaba un número.
La respuesta más honesta quizá sea que Helena sintió algo que no puede medirse con las reglas de una vida normal.
Odiaba lo que Wunsch representaba.
Necesitaba su protección.
Le agradecía la vida de su hermana.
Había visto su capacidad de ternura.
También conocía su crueldad.
No era una contradicción creada por Helena.
La contradicción era él.
Franz Wunsch demostró que una persona puede ejecutar actos de compasión sin abandonar un sistema criminal.
Podía arriesgarse por Helena y, al mismo tiempo, cumplir funciones en la rampa.
Podía enfrentarse a las normas raciales por una mujer y continuar sirviendo a una organización construida sobre el antisemitismo.
Podía amar de forma intensa y seguir siendo peligroso.
Esa es la parte de la historia que resulta más difícil aceptar.
Nos tranquiliza pensar que los responsables de atrocidades son criaturas completamente distintas de nosotros. Seres sin afecto, sin familia, sin miedo y sin capacidad de ternura.
Pero Auschwitz no fue construido únicamente por hombres incapaces de sentir.
También fue administrado por personas que escribían cartas, recordaban cumpleaños, amaban a sus hijos, guardaban fotografías y podían mostrarse amables con alguien elegido.
La existencia de esos sentimientos no redujo sus crímenes.
Los volvió más aterradores.
Porque significaba que no necesitaban dejar de ser humanos para participar en lo inhumano.
Helena tampoco debía ser convertida en una figura romántica que “domesticó” a un nazi.
Ella fue una prisionera.
Su prioridad era sobrevivir.
Utilizó las escasas posibilidades que aparecieron ante ella y, cuando pudo, trató de extender esa protección a su hermana y a otras personas.
No le debía pureza moral a quienes nunca tuvieron que tomar decisiones dentro de Auschwitz.
Tampoco le debía inocencia a Wunsch por haberla ayudado.
Por eso su declaración en Viena fue tan poderosa.
No negó la compasión.
No ocultó la violencia.
Se negó a sacrificar una verdad para defender la otra.
Franz Wunsch salvó vidas.
Franz Wunsch también participó en la maquinaria de Auschwitz.
Las dos afirmaciones pueden ser ciertas.
Y ninguna elimina a la otra.
La historia de Helena Citrónová no demuestra que el amor redima cualquier crimen.
Demuestra algo mucho más incómodo: un acto de bondad no borra una vida de complicidad, una víctima puede aceptar ayuda sin convertirse en cómplice y un ser humano puede proteger con ternura a una persona mientras contribuye a destruir a miles.
Porque el mal más peligroso no siempre carece de corazón; a veces ama a una sola persona mientras ayuda a condenar a todo un pueblo.


