
EL CARNICERO DE PŁASZÓW: EL COMANDANTE NAZI QUE CREÍA PODER MATAR SIN CONSECUENCIAS… HASTA QUE SUS PROPIAS SS FUERON A BUSCARLO
El primer golpe que derribó a Amon Göth no llegó de los prisioneros que habían sobrevivido a su campo.
Tampoco llegó del Ejército Rojo.
Ni siquiera de los estadounidenses.
Llegó de las propias SS.
Y lo verdaderamente perturbador no fue que el régimen nazi descubriera de repente la monstruosidad de lo que estaba haciendo.
No.
Las autoridades alemanas sabían perfectamente que Göth dirigía un campo donde hombres y mujeres eran golpeados, explotados, deportados y asesinados.
Lo que finalmente hizo que las SS se volvieran contra él fue algo que, dentro de aquella maquinaria criminal, parecía más imperdonable:
Göth estaba robando demasiado para sí mismo.
En septiembre de 1944 fue apartado de su cargo y detenido por autoridades alemanas. Entre las acusaciones figuraban apropiarse de bienes pertenecientes a los prisioneros, corrupción y otras irregularidades relacionadas con su administración del campo. El proceso polaco posterior también documentaría el saqueo de dinero, joyas, ropa, muebles y otras propiedades por un valor enorme.
Piénsalo por un instante.
Aquel era un sistema que había convertido el robo, la deportación y el asesinato de millones de personas en política de Estado.
Y aun dentro de ese sistema, Amon Göth encontró la manera de ser acusado de robar demasiado.
Pero para comprender cómo un hombre de 35 años llegó a tener semejante poder sobre miles de vidas, hay que volver a Cracovia.
A 1943.
A un lugar llamado Płaszów.
Y a una colina desde la que un hombre armado observaba a seres humanos como si fueran objetos de su propiedad.
Porque aunque su nombre suele aparecer relacionado con Auschwitz, Amon Göth no fue comandante de Auschwitz.
Su territorio fue otro.
El campo de Płaszów, junto a Cracovia, en la Polonia ocupada.
Auschwitz aparecería en su historia de una forma diferente y aterradora: como uno de los destinos a los que terminarían siendo deportados prisioneros procedentes de Płaszów.
Y allí, en Płaszów, Göth construiría una reputación que décadas después seguiría provocando escalofríos.
Amon Leopold Göth había nacido en Viena en 1908.
Cuando llegó a la edad adulta, Austria estaba atravesada por enfrentamientos políticos, nacionalismo radical y el crecimiento de movimientos fascistas. Göth se vinculó al movimiento nazi y acabó formando parte de las SS, ascendiendo dentro de una organización que premiaba la obediencia ideológica, la brutalidad y la capacidad para ejecutar órdenes sin cuestionarlas. Yad Vashem lo identifica como miembro del Partido Nazi desde 1932 y posteriormente oficial de las SS.
No necesitaba convertirse en un gran estratega militar.
No necesitaba dirigir ejércitos.
El régimen requería otra clase de hombres.
Administradores del terror.
Personas capaces de transformar una orden escrita en miles de seres humanos arrancados de sus casas.
Hombres capaces de mirar una lista de nombres y verla como inventario.
Göth encajó en ese mundo.
Fue destinado a tareas relacionadas con la persecución y deportación de judíos en la Polonia ocupada. Terminó participando en operaciones vinculadas con la liquidación de guetos y campos de trabajo en lugares como Cracovia, Tarnów y Szebnie.
Pero febrero de 1943 marcaría el momento decisivo.
Göth recibió el mando del campo de trabajo forzado de Płaszów.
El lugar ya existía desde 1942, pero iba a crecer rápidamente.
Su ubicación contenía una crueldad simbólica difícil de ignorar: parte del campo había sido levantada sobre terrenos que incluían dos cementerios judíos.
Los muertos debajo.
Los prisioneros encima.
Alambre de púas alrededor.
Torres de vigilancia.
Barracones.
Fábricas.
Almacenes.
Separaciones entre hombres y mujeres.
Y, poco a poco, miles de personas encerradas en un espacio donde sobrevivir hasta el día siguiente podía depender de una orden, de una selección o de una casualidad.
Entonces llegó marzo de 1943.
El gueto de Cracovia estaba condenado.
Entre el 13 y el 16 de marzo, las SS y la policía alemana procedieron a liquidarlo. Aproximadamente 2.000 judíos fueron asesinados durante la operación y alrededor de 8.000 fueron trasladados a Płaszów.
Miles de personas salieron de un encierro para entrar en otro.
Familias que habían logrado permanecer juntas fueron separadas.
Ancianos que no podían caminar al ritmo exigido se convirtieron en problemas.
Niños se convirtieron en problemas.
Enfermos se convirtieron en problemas.
Y cuando un régimen ha decidido que una persona es un “problema” en lugar de un ser humano, el siguiente paso puede ser terrible.
Göth estaba allí.
El hombre que debía administrar Płaszów ya no dirigía simplemente barracones y turnos de trabajo.
Ahora tenía delante a una población aterrorizada que había visto desaparecer su ciudad, sus negocios, sus hogares y sus vecinos.
Y él comprendió muy rápido lo que significaba disponer de autoridad prácticamente absoluta sobre personas a las que el Estado había despojado de todos sus derechos.
Aquello no fue solamente disciplina.
Fue terror.
Un terror que tenía una característica especialmente destructiva:
la imprevisibilidad.
Cuando un prisionero sabe qué regla debe obedecer para sobrevivir, al menos puede intentar obedecerla.
En Płaszów, eso no garantizaba nada.
Sobrevivientes describieron una atmósfera de violencia arbitraria bajo el mando de Göth. El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos señala que los prisioneros estaban sometidos a condiciones extremas y a actos aleatorios de violencia durante su administración.
Eso destruía algo más que el cuerpo.
Destruía la capacidad de anticipar el peligro.
Trabajar podía no salvarte.
Obedecer podía no salvarte.
Agachar la cabeza podía no salvarte.
Convertirse en invisible era imposible.
Y desde su villa, situada junto al campo, el comandante podía observar aquel mundo.
Helen Jonas, una joven prisionera obligada a trabajar como empleada doméstica en la residencia de Göth, sobrevivió.
Décadas después seguía recordando la reacción que provocaba su aparición.
Cuando los prisioneros lo veían acercarse, contó, intentaban esconderse donde pudieran.
Ella había visto a Göth observar el campo desde su residencia con un arma.
Recordaba el miedo permanente.
Sesenta años después, ese miedo todavía aparecía en sus sueños.
Eso quizá explique mejor Płaszów que cualquier cifra.
Un hombre desapareció en 1946.
Su miedo seguía vivo seis décadas después.
Pero Göth no era un asesino aislado actuando fuera de un sistema.
Eso sería demasiado fácil.
Y quizá demasiado tranquilizador.
Porque permitiría pensar que el horror dependía únicamente de individuos excepcionalmente crueles.
La realidad era más inquietante.
Göth disponía de una estructura.
Guardias.
Órdenes.
Transportes.
Listas.
Oficinas.
Archivos.
Trenes.
Funcionarios.
Empresas que utilizaban trabajo forzado.
Un régimen que había convertido la persecución racial en administración.
Płaszów creció hasta convertirse formalmente en campo de concentración en 1944. En algún momento llegaron a estar confinadas allí más de 20.000 personas, según el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos. Miles murieron en el lugar, muchas de ellas fusiladas.
Y Göth estaba en el centro de esa estructura.
Las acusaciones presentadas contra él después de la guerra no se limitaron a una serie de asesinatos individuales.
El tribunal examinó su papel en operaciones mucho mayores.
La liquidación del gueto de Cracovia.
La liquidación del gueto de Tarnów.
La liquidación del campo de trabajo de Szebnie.
Las muertes de prisioneros bajo su autoridad en Płaszów.
Las deportaciones.
El saqueo.
La acusación presentada en 1946 le atribuía responsabilidad por la muerte de miles de personas.
Y mientras eso ocurría, existía otra realidad casi grotesca.
Dentro del campo, la mayoría luchaba por conseguir comida suficiente para mantenerse con vida.
A pocos metros, la residencia del comandante representaba otro mundo.
Un mundo de bienes confiscados, poder, privilegios y visitas.
Una casa donde prisioneros podían ser obligados a realizar tareas domésticas.
Una casa desde la que el comandante contemplaba el campo.
Es difícil imaginar una representación más perfecta de aquella jerarquía.
Abajo, personas reducidas a números y mano de obra.
Arriba, el hombre que decidía sobre ellas.
La violencia tampoco terminaba cuando Göth cruzaba la puerta de su residencia.
El poder absoluto sobre prisioneros —incluidas mujeres obligadas a trabajar dentro de la villa— creaba un entorno donde la intimidación, la humillación y el abuso podían entrar en los espacios más privados. Los testimonios de sobrevivientes describen ese ambiente de terror alrededor de su casa. Por precisión histórica, reducirlo simplemente a la etiqueta sensacionalista de “desviado sexual” sería insuficiente: lo documentado con mucha mayor solidez es un patrón de dominación, violencia y explotación basado en una desigualdad absoluta de poder.
Göth podía tener una vida privada.
Sus prisioneros apenas tenían derecho a tener una vida.
Y aquí aparece uno de los personajes que convertiría la historia de Płaszów en una de las más conocidas del Holocausto.
Oskar Schindler.
Schindler había llegado a Cracovia como empresario.
No empezó la guerra como el héroe perfecto que la memoria popular a veces imagina.
Era miembro del Partido Nazi.
Quería hacer negocios.
Compró y administró una fábrica.
Utilizó trabajadores judíos.
Pero algo fue cambiando.
Y cuando los trabajadores de su fábrica quedaron atrapados en el sistema de Płaszów, Schindler comenzó a utilizar algo que Göth entendía perfectamente:
dinero.
Contactos.
Regalos.
Sobornos.
Influencia.
El mismo mundo corrupto que enriquecía a funcionarios nazis podía, en determinadas circunstancias, ser utilizado para mantener personas con vida.
Schindler buscó proteger a trabajadores judíos de su fábrica frente a los abusos de Płaszów y frente a posteriores deportaciones. Cuando trasladó su fábrica y a sus trabajadores al territorio de los Sudetes en 1944, más de mil judíos evitaron así la deportación que habría podido conducirlos a la muerte.
Era una paradoja brutal.
Para salvar personas de un sistema criminal, Schindler debía negociar con hombres que se beneficiaban de ese mismo sistema.
Y uno de aquellos hombres era Amon Göth.
Göth podía sentarse a una mesa.
Hablar de negocios.
Aceptar favores.
Mantener relaciones sociales.
Y regresar después a un campo construido alrededor del miedo.
Ese contraste es una de las razones por las que resulta tan difícil comprender figuras como él.
Los monstruos históricos rara vez se parecen a monstruos durante las veinticuatro horas del día.
Firman documentos.
Comen.
Beben.
Bromean.
Hablan con subordinados.
Reciben visitas.
Y después vuelven a una estructura donde otros seres humanos pueden morir por su decisión.
Esa normalidad aparente es precisamente lo aterrador.
Para mediados de 1944, sin embargo, el mundo que había permitido a Göth actuar con semejante impunidad estaba empezando a derrumbarse.
El Ejército Rojo avanzaba.
La guerra se acercaba nuevamente a Polonia.
Los alemanes comenzaron a desmontar Płaszów.
Los prisioneros fueron enviados a otros campos.
Algunos terminaron en Auschwitz-Birkenau.
Las SS intentaron además borrar huellas del crimen: se abrieron fosas comunes y se obligó a exhumar y quemar cadáveres.
El régimen estaba destruyendo pruebas.
Pero Göth todavía no parecía comprender una cosa:
él mismo se había convertido en un problema.
Y entonces llegó el primer gran giro.
13 de septiembre de 1944.
El comandante fue apartado.
Las autoridades alemanas lo detuvieron.
No por haberse transformado repentinamente en defensores de las víctimas.
No porque las SS hubieran descubierto que en Płaszów se asesinaba gente.
La violencia formaba parte del sistema.
El problema era que Göth había acumulado bienes y realizado operaciones que chocaban incluso con las reglas internas de esa maquinaria.
El informe del posterior juicio recoge que se apropió de dinero, oro, objetos de valor, ropa, muebles y otras propiedades pertenecientes a personas perseguidas.
Pero aquí está lo más perverso.
Dentro de la lógica nazi, muchos de esos bienes ya habían sido confiscados a sus auténticos propietarios.
El Estado nazi consideraba que le pertenecían.
En otras palabras:
Göth estaba acusado de robar bienes que el propio régimen había robado primero a sus víctimas.
Ahí estaba la corrupción expuesta en toda su obscenidad.
Un sistema podía tolerar la deshumanización de miles.
Pero también necesitaba contabilidad.
Podía tolerar asesinatos.
Pero quería saber quién se quedaba con el dinero.
Göth había vivido como un pequeño soberano.
De repente descubría que incluso un pequeño soberano debía responder ante un poder mayor.
Aunque todavía no ante sus víctimas.
Todavía.
La guerra impidió que aquel procedimiento alemán llegara a convertirse en la verdadera rendición de cuentas que sus crímenes exigían.
El Tercer Reich estaba colapsando.
Las ciudades alemanas eran bombardeadas.
Los frentes se desmoronaban.
Los campos eran evacuados.
Documentos eran quemados.
Uniformes desaparecían.
Hombres que durante años habían exigido obediencia absoluta empezaban a pensar en cómo sobrevivir ellos mismos.
Göth terminó fuera del centro de poder que había disfrutado.
Y después Alemania perdió la guerra.
Ahora llegaba el segundo giro.
Los estadounidenses lo arrestaron.
En mayo de 1946 fue entregado a las autoridades polacas como criminal de guerra.
Volvió a Cracovia.
Pero no como comandante.
No con guardias obedeciendo sus órdenes.
No mirando desde el balcón de una villa.
Volvió como prisionero.
El mismo hombre que había controlado quién entraba y quién salía de Płaszów fue encerrado en la prisión de Montelupich.
Y entonces empezó a ocurrir algo que dos años antes habría parecido imposible.
Llegaron cartas.
Citaciones.
Expedientes.
Testigos.
Personas a las que el régimen había intentado convertir en números recuperaron una cosa que Göth había tratado de quitarles:
su voz.
El juicio comenzó en Cracovia el 27 de agosto de 1946.
Amon Leopold Göth se sentó ante el Tribunal Nacional Supremo de Polonia.
El procedimiento se prolongó hasta el 5 de septiembre.
Más de cuarenta testigos respondieron a las convocatorias para declarar, según documentación recopilada por el Instituto de la Memoria Nacional de Polonia. Muchos eran antiguos prisioneros de Płaszów.
Imagina el cambio de poder, pero sin necesidad de inventar ninguna escena.
En 1943, aquellas personas tenían que esconderse cuando Göth aparecía.
En 1946, Göth tenía que permanecer sentado mientras ellas hablaban.
En 1943, él podía ordenar.
En 1946, tenía abogados defensores nombrados por el tribunal.
En 1943, un prisionero podía desaparecer sin que Göth tuviera que explicar nada.
En 1946, cada acusación quedaba registrada.
Ese era el verdadero momento de reconocimiento.
No hacía falta que Göth pronunciara una gran frase.
No hacía falta que confesara.
La fotografía histórica es más poderosa.
Las imágenes conservadas del proceso muestran al antiguo comandante bajo escolta camino del tribunal.
El uniforme que había simbolizado poder ya no podía protegerlo.
El hombre que había convertido Płaszów en un espacio de miedo dependía ahora de la decisión de otros.
Y los cargos eran devastadores.
La acusación sostuvo que como comandante de Płaszów había provocado la muerte de miles de prisioneros.
Que había desempeñado un papel en la liquidación del gueto de Cracovia.
Que había participado en la destrucción del gueto de Tarnów.
Que había intervenido en la liquidación de Szebnie.
Que había asesinado, herido y maltratado personalmente a prisioneros.
Y que había robado propiedades de las personas perseguidas.
Göth se declaró no culpable.
Intentó defender varias de sus acciones como parte de sus atribuciones y de las órdenes y regulaciones alemanas.
El tribunal rechazó aquella defensa.
Porque obedecer órdenes no convertía el asesinato en inocencia.
Tener autoridad no convertía la tortura en disciplina.
Llevar uniforme no eliminaba la responsabilidad personal.
El hombre que había administrado el miedo ahora esperaba una sentencia.
Y el 5 de septiembre llegó.
Culpable.
La pena:
muerte.
Pero todavía faltaba un último detalle.
Uno que convirtió el desenlace en una imagen de justicia histórica imposible de ignorar.
Göth pidió clemencia.
No la recibió.
El 13 de septiembre de 1946, exactamente dos años después de haber sido apartado de su mando, Amon Göth fue ejecutado en la prisión de Montelupich, en Cracovia. El Museo de KL Płaszów y el Instituto de la Memoria Nacional de Polonia confirman la ejecución por ahorcamiento en esa fecha.
Tenía 37 años.
El hombre que había tenido poder sobre miles de personas había llegado al final de su vida sin ejército.
Sin campo.
Sin villa.
Sin prisioneros obligados a obedecerlo.
Sin subordinados esperando sus órdenes.
Y esa podría parecer la conclusión de la historia.
Pero no lo es.
Porque existe un tercer giro.
Y quizá sea el más importante.
Amon Göth murió en 1946.
Sin embargo, durante décadas su nombre continuó viviendo principalmente de dos maneras.
En la memoria de quienes habían sobrevivido.
Y en el silencio de quienes no pudieron contar nada.
Helen Jonas siguió viviendo.
Formó una familia.
Envejeció.
Cruzó continentes.
Décadas después aún recordaba la villa.
El balcón.
El arma.
El miedo de verlo aparecer.
Y ocurrió algo que Göth jamás habría podido imaginar cuando dominaba Płaszów.
La hija de Amon Göth, Monika, buscó a Helen.
Quería encontrarse con una mujer que había vivido bajo el terror de su padre.
El encuentro terminaría formando parte del documental Inheritance.
Helen contó que recibió una carta de Monika y quedó conmovida por una idea: ambas debían enfrentarse a aquella historia por las personas que habían sido asesinadas.
Piénsalo.
Un comandante construye su poder sobre la creencia de que puede borrar personas.
Décadas más tarde, una sobreviviente pronuncia sus nombres, cuenta lo sucedido y transmite la memoria.
Y la propia hija del comandante termina buscando a una de las mujeres que sobrevivieron a su padre.
Ese es el fracaso definitivo de hombres como Göth.
No simplemente morir.
Fracasar en el intento de borrar a sus víctimas.
También existe otra ironía.
Göth intentó beneficiarse materialmente de la persecución.
Acumuló propiedades.
Se apropió de objetos.
El saqueo formó parte de las acusaciones contra él.
Pero nada de eso consiguió comprarle un futuro.
Sus bienes desaparecieron.
Su posición desapareció.
Su régimen desapareció.
Su autoridad desapareció.
Lo único que quedó realmente unido a su nombre fue el registro de lo que había hecho.
Los documentos que un día parecían herramientas del poder se transformaron en evidencia.
Las personas a las que había obligado a guardar silencio se transformaron en testigos.
Los lugares donde creyó poder actuar sin consecuencias se transformaron en espacios de memoria.
Płaszów ya no pertenece a Amon Göth.
Pertenece a la historia de quienes fueron encarcelados allí.
A quienes murieron.
A quienes sobrevivieron.
A quienes regresaron para declarar.
Y a quienes décadas después siguen intentando reconstruir cada nombre.
Hoy el antiguo emplazamiento del campo forma parte de un espacio de memoria dedicado a las víctimas. El proyecto del Museo KL Płaszów busca conservar las huellas que permanecen del campo y contar lo ocurrido allí.
Eso también es justicia.
No la justicia rápida de una sentencia.
Una justicia más lenta.
La de impedir que el perpetrador se convierta en protagonista absoluto de la historia.
Porque incluso cuando hablamos de Amon Göth, el verdadero centro de Płaszów no debería ser él.
Deberían ser las personas que él intentó reducir a números.
La madre que escondió a su hijo.
El trabajador que intentó parecer fuerte aunque estuviera enfermo.
La mujer que limpiaba una casa sabiendo que el hombre que vivía allí podía matar a sus compañeros.
El prisionero que consiguió llegar vivo al día siguiente.
El testigo que regresó a Cracovia en 1946 y entró en una sala donde, por primera vez, Göth tenía que escuchar.
Durante años, el nazismo había construido una ilusión.
La ilusión de que el poder era permanente.
Göth debía haberla sentido intensamente.
Uniforme.
Rango.
Armas.
Guardias.
Una villa.
Miles de personas obligadas a temerlo.
Un aparato estatal detrás de él.
¿Qué podía ocurrirle?
Esa es la pregunta que probablemente se hacen todos los hombres que convierten el poder en impunidad.
¿Qué puede hacerme alguien?
Pero la fotografía cambia en solo tres años.
1943:
Göth domina Płaszów.
1944:
sus propias SS lo arrestan.
1945:
el régimen por el que había construido su carrera deja de existir.
1946:
antiguos prisioneros declaran ante un tribunal.
5 de septiembre:
condena a muerte.
13 de septiembre:
ejecución.
Treinta y siete años.
Ese fue todo el tiempo que tuvo.
El terror parecía eterno mientras quienes lo sufrían estaban atrapados dentro.
No lo era.
Y quizá ahí esté la parte más inquietante de toda esta historia.
Göth no nació comandante de Płaszów.
No apareció un día como una criatura inexplicable.
Ascendió dentro de instituciones.
Recibió órdenes.
Obtuvo promociones.
Trabajó con funcionarios.
Utilizó documentos.
Administró recursos.
Participó en reuniones.
Fue parte de una burocracia.
El peligro no empieza únicamente cuando alguien aprieta el gatillo.
Empieza mucho antes.
Cuando una sociedad decide que determinadas personas valen menos.
Cuando el lenguaje las convierte en una categoría en lugar de individuos.
Cuando quitarles derechos parece administrativo.
Cuando robarles parece legal.
Cuando deportarlas parece necesario.
Cuando golpearlas deja de provocar escándalo.
Y cuando finalmente alguien las mata, demasiados pasos anteriores ya han conseguido que una parte del sistema considere aquello normal.
Por eso recordar a Amon Göth no consiste en sentir fascinación por un “monstruo nazi”.
Eso sería perder la lección.
Lo importante es comprender cuántas puertas tuvieron que abrirse antes de que un hombre así pudiera levantarse por la mañana, mirar un campo lleno de seres humanos y sentirse dueño de sus vidas.
Y cuántas personas tuvieron que cerrar los ojos para que ese poder fuera posible.
Hay una última imagen que merece permanecer.
No la de Göth armado.
No la de su villa.
No la del uniforme.
Ni siquiera la del patíbulo.
La imagen verdaderamente poderosa es la sala del tribunal.
Porque allí ocurrió algo que el comandante había intentado impedir durante años.
Los prisioneros volvieron a convertirse en personas.
Tenían nombres.
Tenían memoria.
Tenían voz.
Podían señalar.
Podían recordar.
Podían hablar.
Y Göth ya no podía ordenarles que callaran.
Ese fue el momento en que su poder terminó de verdad.
No cuando perdió el uniforme.
No cuando fue arrestado.
Ni siquiera cuando escuchó la sentencia.
Terminó cuando aquellos a quienes había tratado como si no importaran fueron reconocidos como testigos de la historia.
Amon Göth creyó que el poder consistía en decidir quién podía vivir y quién debía morir.
La historia terminó demostrando otra cosa.
El poder puede matar a una persona; la memoria puede impedir que el asesino tenga la última palabra.


