EL HOMBRE DETRÁS DEL FUSIL: LOS CRÍMENES Y LA CAÍDA DE JOSEF BLÖSCHE, EL VERDUGO DEL GUETO DE VARSOVIA
El niño levantó las manos.
No llevaba un arma. No era un soldado. No representaba una amenaza para los hombres uniformados que lo rodeaban.
Era apenas un niño.
A su alrededor, mujeres, ancianos y otros pequeños salían de un escondite entre edificios destruidos del gueto de Varsovia. Algunos miraban al suelo. Otros levantaban las manos. Nadie sabía si aquel trayecto terminaría en una estación, una prisión o delante de un pelotón.
Detrás del niño aparecía un hombre de las SS.
Casco de acero. Uniforme. Una metralleta apuntando hacia el grupo.
Durante décadas, millones de personas verían aquella fotografía.
Pero había algo que muchos ignoraban.
El rostro del niño nunca pudo establecerse con absoluta certeza.
El del hombre armado, sí.
Se llamaba Josef Blösche.
Y cuando aquella cámara disparó su obturador en 1943, probablemente nadie podía imaginar que la fotografía concebida como testimonio de una victoria nazi terminaría convirtiéndose en una pieza de evidencia contra uno de sus propios protagonistas.
Porque Blösche tenía razones para temer a las fotografías.
Muchas razones.
Mucho antes de convertirse en uno de los rostros más reconocibles de la destrucción del gueto de Varsovia, Josef Blösche era un joven nacido en 1912 en una región de habla alemana de los Sudetes, entonces parte de Checoslovaquia.
Europa estaba cambiando.
Y no para mejor.
Durante los años treinta, el nacionalismo radical crecía, Hitler consolidaba su poder en Alemania y la propaganda nazi ofrecía explicaciones simples para problemas complejos: siempre había un enemigo, siempre había alguien a quien culpar.
En 1938, tras los Acuerdos de Múnich, Alemania incorporó los Sudetes.
Para el mundo, aquello fue presentado durante un tiempo como una concesión capaz de preservar la paz.
En realidad, la paz europea apenas sobreviviría unos meses.
Un año después, las tropas alemanas invadieron Polonia.
La Segunda Guerra Mundial había comenzado.
Y hombres como Josef Blösche encontraron dentro del nuevo orden nazi un lugar donde la obediencia, el fanatismo y la violencia podían convertirse en una carrera.
Blösche pasó a formar parte del aparato policial y de las SS.
No necesitaba convertirse en un importante general.
No necesitaba diseñar la política racial del Tercer Reich.
El sistema necesitaba también hombres situados más abajo.
Hombres dispuestos a ejecutar órdenes.
A custodiar deportaciones.
A entrar en edificios.
A golpear.
A disparar.
A transformar decisiones tomadas en despachos en terror cotidiano sobre las calles.
Y Varsovia estaba a punto de convertirse en uno de los lugares donde Blösche demostraría hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Después de ocupar Polonia, las autoridades alemanas comenzaron a concentrar a la población judía de Varsovia dentro de una zona cerrada.
El gueto fue sellado en 1940.
Muros.
Alambre.
Guardias.
Controles.
Familias enteras fueron comprimidas dentro de unas pocas calles.
La comida era insuficiente. Las enfermedades se propagaban. Los cadáveres llegaron a convertirse en parte del paisaje de una ciudad dentro de otra ciudad.
Pero incluso aquello no era el destino final.
En 1942 comenzaron las grandes deportaciones.
Cientos de miles de judíos de Varsovia fueron enviados principalmente al centro de exterminio de Treblinka.
La palabra burocrática era “reasentamiento”.
La realidad era asesinato industrial.
Y mientras la población del gueto disminuía, los que permanecían allí comenzaron a comprender algo aterrador:
Quedarse podía significar morir.
Subir a los trenes también.
En ese escenario apareció repetidamente Josef Blösche.
Los testimonios posteriores y la investigación de sus crímenes lo situaron entre los miembros especialmente temidos del aparato policial alemán en Varsovia.
No se trataba únicamente de obedecer órdenes colectivas.
Se le atribuyeron asesinatos cometidos personalmente y una participación activa en operaciones contra la población judía.
El Museo Histórico Alemán señala que antes incluso del levantamiento del gueto había asesinado arbitrariamente a numerosas personas.
Eso era lo que hacía que ciertos hombres fueran especialmente aterradores.
No hacía falta que llegara una orden extraordinaria.
Bastaba con que aparecieran.
Blösche recorría un lugar donde la vida humana había sido convertida administrativamente en algo prescindible.
Podía haber cientos de regulaciones, sellos, listas, permisos y formularios.
Pero al final de toda aquella burocracia había personas con armas.
Y él era una de ellas.
Con el tiempo, su reputación comenzó a precederlo.
No era un comandante legendario.
No era una figura que apareciera en los discursos de Berlín.
Para las personas atrapadas en aquellas calles, eso resultaba irrelevante.
El poder verdadero podía ser el hombre que tenía delante el fusil.
El que decidía si alguien cruzaba una esquina.
El que exigía documentos.
El que podía disparar y seguir caminando.
Luego llegó abril de 1943.
Las autoridades alemanas decidieron liquidar definitivamente el gueto.
Esperaban encontrar una población aterrorizada y prácticamente indefensa.
Encontraron resistencia.
El 19 de abril, cuando fuerzas alemanas penetraron en el gueto para iniciar la operación, combatientes judíos atacaron.
Eran muy inferiores en número, armamento y recursos.
Sabían que probablemente no podían vencer militarmente.
Pero luchar era también decidir la forma en que enfrentarían el final.
Durante semanas, la resistencia continuó entre edificios, refugios y posiciones improvisadas.
Los alemanes respondieron incendiando sistemáticamente sectores del gueto y sacando a sus habitantes de escondites y búnkeres.
El responsable de aplastar la rebelión era el SS-Gruppenführer Jürgen Stroop.
Stroop no se limitó a dirigir la operación.
Quiso documentarla.
Se preparó un informe acompañado por fotografías que presentaba la destrucción del gueto como una hazaña.
En sus páginas aparecían edificios ardiendo.
Prisioneros.
Combatientes capturados.
Familias arrancadas de escondites.
Hombres de las SS posando durante la operación.
Y entonces apareció aquella fotografía.
Un grupo de civiles saliendo de un refugio.
En el centro, un niño pequeño con una gorra y las manos levantadas.
Su expresión quedó congelada para siempre.
Detrás de él, ligeramente a la derecha, un miembro armado de las SS.
Josef Blösche.
La imagen fue incluida en el llamado Informe Stroop con una descripción que señalaba que aquellas personas habían sido sacadas por la fuerza de sus escondites. La fotografía fue tomada durante la represión del levantamiento, entre abril y mayo de 1943.
Para Stroop y sus hombres, aquella fotografía significaba control.
Una rebelión sofocada.
Una población sometida.
Una prueba destinada a mostrar eficacia.
Ahí estaba la primera ironía.
Porque las fotografías tienen una característica peligrosa para los criminales:
Sobreviven a sus explicaciones.
Los hombres pueden cambiar una versión.
Pueden negar.
Pueden afirmar que no recuerdan.
Pueden esconder documentos.
Pueden cambiar de nombre.
Pero una fotografía permanece.
Y Blösche aparecía allí.
No como una silueta distante.
No como una figura imposible de distinguir.
Su uniforme, su arma y su rostro habían quedado atrapados por la cámara.
Aquel niño estaba levantando las manos.
Pero, sin saberlo, la historia acababa de señalar también al hombre situado detrás de él.
La resistencia del gueto fue finalmente aplastada.
La escala de la destrucción fue enorme. El Museo Histórico Alemán señala que más de 56.000 judíos fueron asesinados, capturados o deportados durante la operación dirigida por Stroop.
Para los dirigentes nazis, el problema había sido resuelto.
Para Blösche, la guerra continuó.
Europa todavía tenía que atravesar dos años más de destrucción.
Después llegó 1945.
Alemania se derrumbó.
Hitler murió.
Las ciudades quedaron en ruinas.
Los ejércitos aliados ocuparon el territorio alemán.
Los campos fueron abiertos.
El mundo comenzó a descubrir con una dimensión imposible de ignorar hasta dónde había llegado el sistema de persecución y exterminio nazi.
Entonces ocurrió algo que muchos responsables habían esperado evitar.
Comenzaron las investigaciones.
Juicios.
Interrogatorios.
Búsquedas.
Fotografías.
Listas.
Testimonios.
Algunos de los principales líderes nazis terminaron ante el Tribunal de Núremberg.
Otros huyeron.
Algunos utilizaron identidades falsas.
Otros desaparecieron durante décadas.
Y numerosos participantes de rango inferior intentaron mezclarse con millones de soldados y civiles desplazados por la guerra.
Josef Blösche sobrevivió.
Parecía haber escapado del momento de rendir cuentas.
Y entonces el azar intervino de una forma extraordinaria.
En 1946 sufrió un grave accidente.
Las lesiones afectaron seriamente su rostro.
Para cualquier persona aquello habría sido una tragedia.
Para un hombre que podía ser reconocido en fotografías de crímenes de guerra, podía convertirse también en una ventaja inesperada.
El rostro que aparecía en las imágenes del gueto ya no coincidía fácilmente con el hombre de la posguerra.
Y durante años, funcionó.
El antiguo hombre armado de las SS comenzó otra vida.
Se instaló en la Alemania Oriental.
Trabajó.
Formó una familia.
Vivió entre personas que no conocían necesariamente el pasado que llevaba detrás.
Imaginen por un instante el contraste.
En archivos de diferentes países existía la imagen de un hombre apuntando con una metralleta hacia un grupo de judíos aterrorizados.
En algún lugar de Alemania Oriental, ese mismo hombre podía presentarse simplemente como un trabajador, un esposo, un padre.
El pasado y el presente parecían pertenecer a dos personas diferentes.
Ese era, quizá, el escondite perfecto.
No un búnker.
No una frontera sudamericana.
No un pasaporte falso en un puerto lejano.
Una vida común.
Años de silencio.
Un rostro transformado.
Pero había un problema.
Los archivos tampoco olvidaban.
La famosa fotografía del niño comenzó a circular como una de las imágenes más impactantes del Holocausto.
En ella, paradójicamente, la identidad más famosa siguió siendo incierta.
Durante décadas se propusieron diferentes nombres para el niño.
Ninguna identificación ha sido aceptada de forma definitiva.
El hombre armado, en cambio, sí pudo ser identificado con certeza como Josef Blösche.
Piénsenlo.
El niño que debía representar la derrota de las víctimas terminó convirtiéndose en un símbolo mundial de ellas.
Y el soldado que aparecía como representante del poder absoluto terminó convertido en una pista.
Eso todavía no era todo.
Investigadores de crímenes nazis continuaban reconstruyendo quién había hecho qué.
Una fotografía podía compararse con otra.
Un nombre podía aparecer en un expediente.
Un antiguo compañero podía ser interrogado.
Un testimonio podía abrir una nueva pista.
En 1962, aproximadamente diecisiete años después del final de la guerra, Blösche fue identificado en el contexto de investigaciones realizadas en Alemania Occidental.
Tres años más tarde se emitió una orden de arresto.
El hombre que había conseguido desaparecer dentro de una nueva existencia comenzaba a quedarse sin espacio.
Pero había una dificultad evidente.
Vivía en Alemania Oriental.
Era la época de la Guerra Fría.
Alemania estaba dividida.
Berlín estaba dividida.
Los antiguos aliados contra Hitler ahora pertenecían a bloques enfrentados.
Sin embargo, los crímenes de Blösche eran demasiado graves para desaparecer simplemente detrás de una frontera ideológica.
Las autoridades de Alemania Oriental comenzaron a investigarlo.
Y el 11 de enero de 1967, más de dos décadas después de la destrucción del gueto de Varsovia, Josef Blösche fue detenido.
Para entonces tenía más de cincuenta años.
Había envejecido.
Su rostro había cambiado.
El uniforme había desaparecido.
La metralleta también.
Pero las fotografías seguían allí.
Los documentos seguían allí.
Y, sobre todo, quedaban supervivientes y testimonios.
Ahora la relación de poder era completamente distinta.
En Varsovia, Blösche había sido el hombre que hacía las preguntas.
El que tenía el arma.
El que podía decidir.
En la sala de interrogatorios era él quien debía responder.
¿Dónde había estado?
¿A qué unidad pertenecía?
¿Qué había ocurrido durante las deportaciones?
¿Qué había hecho personalmente?
¿Qué recordaba del gueto?
Y cada respuesta tenía un enemigo silencioso.
Los archivos.
Durante décadas, muchas personas habían contemplado la fotografía del niño y se habían preguntado quién era.
Ahora los investigadores podían mirar hacia el otro extremo de la imagen.
Hacia el hombre del fusil.
La fotografía no podía describir por sí sola toda una carrera criminal.
Pero podía colocarlo allí.
En aquel momento.
Con aquel uniforme.
Participando en aquella operación.
Y existían otras evidencias.
El proceso contra Josef Blösche se celebró en Erfurt, en Alemania Oriental, en 1969.
Lo que emergió durante el juicio no era la historia de un hombre arrastrado accidentalmente por acontecimientos fuera de su control.
El tribunal examinó su participación en la persecución de los judíos de Varsovia, las deportaciones, la liquidación del gueto y asesinatos cometidos durante aquel periodo.
Su responsabilidad iba mucho más allá de aparecer accidentalmente en una fotografía.
Y aquí se produce el giro que transforma completamente aquella famosa imagen.
Durante años, el niño de las manos levantadas parecía ser la persona atrapada.
Pero en cierto sentido histórico, el hombre que estaba detrás también había quedado atrapado.
Blösche podía ocultarse durante veinte años.
Podía cambiar de vida.
Podía perder el uniforme.
Podía incluso tener un rostro diferente después del accidente.
Lo que no podía hacer era salir de la fotografía.
Una fracción de segundo de 1943 había sobrevivido hasta la sala de justicia de 1969.
Y entonces llegaron los detalles que destruían cualquier posibilidad de presentarlo simplemente como un insignificante engranaje.
Los tribunales no estaban evaluando una imagen simbólica.
Estaban evaluando actos concretos.
El hombre acusado había formado parte del aparato encargado de deportar a decenas de miles de personas hacia lugares donde muchas serían asesinadas.
Había participado en la represión del gueto.
Se investigaron asesinatos cometidos directamente por él.
La escala era monstruosa.
Pero detrás de los números había algo que los números pueden esconder.
Cada “persona” era alguien que tenía un nombre.
Una familia.
Una dirección.
Una infancia.
Una voz.
Una persona que aquella mañana quizá había pensado en conseguir comida.
O en esconder a un hijo.
O en sobrevivir unas horas más.
En el universo del verdugo se convertían en categorías.
En expedientes.
En transporte.
En objetivos.
El juicio invertía ese mecanismo.
Ahora era Blösche quien tenía nombre y apellido en un expediente.
Josef Blösche.
Fecha de nacimiento.
Unidad.
Destino.
Acciones.
Responsabilidad.
El régimen nazi había intentado reducir a millones de víctimas a números.
La justicia estaba devolviendo un nombre al responsable.
En las fotografías del gueto, Blösche aparece armado y seguro.
La distancia temporal hace fácil olvidar lo que significaba aquella postura.
Él conocía las reglas de aquel mundo.
Sabía quién podía golpear y quién debía obedecer.
Sabía quién tenía comida y quién moría de hambre.
Sabía quién tenía derecho a cruzar una puerta y quién podía ser asesinado por hacerlo.
Todo el sistema estaba diseñado para asegurarle que la víctima no podía exigirle explicaciones.
En 1969, ese mundo ya no existía.
No había ningún niño desarmado delante de él.
No había una calle del gueto donde su uniforme fuera suficiente para determinar la realidad.
Había jueces.
Expedientes.
Testigos.
Preguntas.
Y una sentencia acercándose.
El momento de reconocimiento no necesitó una gran frase cinematográfica.
Bastaba la transformación visible del hombre.
El antiguo miembro de las SS que aparecía en fotografías con un arma ahora estaba sentado como acusado.
Las cámaras ya no documentaban su poder sobre otros.
Documentaban su impotencia ante las pruebas.
Durante el proceso admitió participación en hechos que durante años habían permanecido ocultos detrás de su vida civil.
No podía refugiarse completamente en el anonimato.
No podía alegar que jamás había estado allí.
Su propia imagen lo acompañaba.
El tribunal lo declaró culpable.
La condena fue la pena de muerte.
Josef Blösche había pasado de cazador a fugitivo, de fugitivo a trabajador aparentemente anónimo, y de allí a acusado de crímenes cometidos más de dos décadas atrás.
La sentencia fue ejecutada en Leipzig el 29 de julio de 1969.
Tenía 57 años.
Terminaba así la vida de uno de los hombres más reconocibles de aquella fotografía.
Pero la historia todavía guardaba una última inversión.
Porque Blösche seguramente habría esperado que el Tercer Reich durara.
La propaganda nazi hablaba de un imperio destinado a existir durante mil años.
Duró doce.
En cambio, la fotografía sobrevivió.
Sobrevivió al régimen.
Sobrevivió a Stroop.
Sobrevivió a la guerra.
Sobrevivió a los intentos de algunos responsables de desaparecer.
Sobrevivió incluso al rostro original de Blösche.
Y hoy continúa siendo contemplada por personas que todavía no habían nacido cuando él fue ejecutado.
Ese es quizá el detalle más inquietante de toda esta historia.
Los hombres que destruyeron el gueto documentaron parte de sus propios actos.
Querían demostrar que habían cumplido una misión.
Produjeron informes.
Anotaron cifras.
Tomaron fotografías.
Registraron nombres.
Pensaron que estaban escribiendo la historia desde el lado de los vencedores.
No podían imaginar que un día esos mismos documentos serían leídos como pruebas de una barbarie.
El Informe Stroop, donde aparece la famosa fotografía, llegó incluso a utilizarse como evidencia en procesos de posguerra.
El documento de celebración terminó convertido en documento de acusación.
La fotografía de dominación terminó convertida en símbolo de persecución.
El hombre que aparece sosteniendo el arma terminó identificado.
Y el niño que debía representar la sumisión terminó siendo recordado por millones.
Ahí está la paradoja final.
Josef Blösche tenía el fusil.
El niño no.
Blösche tenía un Estado detrás.
El niño apenas tenía sus manos levantadas.
En aquel segundo de 1943, nadie habría dudado de quién poseía todo el poder.
Pero ochenta años después, ¿a quién recuerda el mundo con empatía?
¿Y a quién recuerda con repulsión?
El uniforme que pretendía convertir a Blösche en representante de una raza superior terminó siendo parte de la evidencia visual de su crimen.
La fotografía que debía humillar a las víctimas terminó preservando su humanidad.
Y aquellos hombres que quisieron borrar a un pueblo dejaron, accidentalmente, uno de los testimonios visuales más poderosos de aquello que intentaron hacer.
No hay justicia capaz de devolver a quienes fueron asesinados.
Una sentencia dictada veintiséis años después de los hechos no puede reconstruir una familia.
No puede devolver una infancia.
No puede deshacer un tren hacia Treblinka.
No puede reconstruir las calles destruidas del gueto.
La justicia tardía sigue siendo tardía.
Pero existe una diferencia inmensa entre un crimen olvidado y un crimen documentado.
Entre un verdugo que desaparece sin nombre y otro cuya responsabilidad puede ser investigada.
Entre una víctima borrada y una víctima cuya imagen obliga a generaciones posteriores a mirar.
Por eso la memoria importa.
No porque recordar cambie el pasado.
Sino porque cambia lo que permitimos que el pasado haga con el futuro.
Los grandes crímenes rara vez comienzan con cámaras de gas o fosas comunes.
Empiezan mucho antes.
Empiezan cuando una sociedad acepta que determinadas personas valen menos.
Cuando el insulto se normaliza.
Cuando la discriminación se convierte en ley.
Cuando el vecino se transforma en una categoría.
Cuando obedecer deja de requerir conciencia.
Cuando funcionarios comunes descubren que pueden causar sufrimiento sin pagar un precio.
Y cuando suficientes personas deciden que lo que ocurre a otros no es asunto suyo.
Josef Blösche no apareció de la nada en las calles de Varsovia.
Fue posible porque existía un sistema que recompensaba a hombres capaces de hacer aquello.
Un sistema que convirtió prejuicios en reglamentos.
Reglamentos en deportaciones.
Deportaciones en exterminio.
Y exterminio en estadísticas.
Por eso reducir la historia del Holocausto a unos pocos monstruos excepcionales puede resultar tranquilizador, pero también peligroso.
Permite pensar que aquello ocurrió porque existieron hombres incomprensiblemente malvados.
La verdad es más incómoda.
Hubo ideólogos.
Hubo comandantes.
Pero también hubo administrativos.
Policías.
Guardias.
Conductores.
Funcionarios.
Denunciantes.
Espectadores.
Y personas que descubrieron que un uniforme podía permitirles hacer cosas que antes parecían inimaginables.
Blösche fue responsable de sus decisiones.
Precisamente por eso su historia importa.
Porque entre la orden y el crimen siempre existe un ser humano que decide ejecutarla.
En 1943, ante la cámara, Josef Blösche posiblemente creyó estar situado en el lado triunfante de la historia.
Veintiséis años después estaba condenado por la justicia.
Hoy, cuando observamos la fotografía, ni siquiera necesitamos conocer primero su nombre para comprender quién posee la verdadera dignidad en la escena.
No es el hombre armado.
Es el niño.
El niño con las manos en alto.
El niño cuyo nombre seguimos sin conocer con certeza.
El niño que no podía imaginar que su imagen atravesaría fronteras, décadas y generaciones.
Aquel pequeño fue fotografiado porque alguien quiso documentar su sometimiento.
Terminó documentando otra cosa.
La bancarrota moral de quienes lo apuntaban.
El horror de un sistema que necesitaba armas para enfrentarse incluso a niños.
Y una advertencia.
Durante más de veinte años, Josef Blösche pudo creer que había escapado.
Tenía otra vida.
Otro rostro.
Una familia.
Trabajo.
Distancia.
Silencio.
Pero detrás de él viajaba una fotografía.
Cada año que pasaba, el niño continuaba levantando las manos.
Y detrás del niño, Josef Blösche continuaba sosteniendo el arma.
Hasta que la historia, finalmente, pronunció su nombre.
Quizá esa sea la razón por la que aquella imagen sigue siendo insoportable.
No muestra solamente lo que ocurrió.
Pregunta qué hacemos nosotros cuando alguien comienza a decidir que otro ser humano merece menos derechos, menos compasión o menos vida.
Porque los regímenes desaparecen.
Los uniformes se pudren.
Los verdugos envejecen.
Las mentiras cambian de nombre.
Pero algunas imágenes permanecen.
Y a veces, la fotografía tomada para demostrar el poder de un verdugo termina siendo exactamente aquello que impide que el mundo lo olvide.
Josef Blösche creyó que aquel niño era su prisionero; jamás imaginó que serían las manos levantadas de ese niño las que mantendrían su crimen ante los ojos de la humanidad para siempre.


