Eran las 9:48 de un martes cualquiera cuando Sebastián Arce irrumpió en el pasillo del juzgado como si el mundo se le viniera encima. Miriam Vargas, la mujer de la limpieza, levantó la vista del carrito con la calma de quien lleva tres años conociendo cada rincón de aquel edificio. Sebastián era el asistente del abogado defensor del caso que se juzgaba esa mañana en la sala número cuatro, y venía desencajado. —Necesito ayuda —dijo, sin aliento—.

El doctor Montoya tuvo una emergencia familiar y tuvo que irse. El juicio empieza en diez minutos y no tenemos representación. Miriam lo miró con atención. —¿Cuál es el caso?
Sebastián se lo contó con la urgencia que nueve minutos producen. Miriam permaneció en silencio durante un instante. —El cliente —dijo ella—. ¿Quién es?
—Nicolás Herrera. Miriam asintió. —Bien —dijo—. Hay algo que necesitas saber.
—Adelante. —Estudié derecho —dijo Miriam—. Trabajé en litigios durante once años. Y este caso lo conozco, porque llevo tres años en este juzgado y he visto cómo se ha tramitado.
Sebastián la miró sin saber qué decir. Miriam continuó:
—Puedo representar al cliente en la sesión de hoy, si él lo acepta y el juzgado lo permite. —Ven conmigo —dijo Sebastián. Cruzaron el pasillo hacia la sala número cuatro con el paso que ocho minutos exigen.
Nicolás Herrera, el cliente, era un hombre de 51 años, bien vestido, acostumbrado a que el mundo lo mirara con respeto. Cuando Sebastián entró con Miriam, la recorrió con una mirada evaluadora. —Es la mujer de la limpieza —dijo. —Sí —confirmó Miriam—.
Y también soy abogada, con once años de experiencia en litigios. —Quedan siete minutos. —Sí, siete minutos —dijo Miriam. —Bien —aceptó Nicolás Herrera.
Miriam tomó los documentos que Sebastián le entregó y los leyó con la rapidez que el conocimiento de once años de práctica y tres años en aquel juzgado le permitían. No los leyó todos. Leyó exactamente los que el caso requería, y cuando el juez entró a la sala, ella estaba en la mesa de la defensa. El juez, el doctor Alvarado, llevaba dieciocho años en la judicatura.
Miró la mesa de la defensa y frunció el ceño. —¿El abogado defensor? Miriam se puso de pie y explicó la situación con la brevedad y precisión que un juzgado exige. El doctor Alvarado la observó en silencio durante un largo momento.
Luego dijo:
—Bien. Que comience el juicio. El juicio duró tres horas y cuarenta minutos. El fiscal, el doctor Vega, entró a la sala con la seguridad de quien ha ganado muchos casos.
Pero pronto descubrió que tenía enfrente a alguien que conocía el derecho, el caso y hasta el propio juzgado como la palma de su mano. Miriam no hizo teatro. No fue grandilocuente. Simplemente expuso lo que había que exponer, de la manera exacta en que había que exponerlo, con la precisión que solo produce una práctica real de once años.
A la 1:20, el juez dio por terminada la sesión. Nicolás Herrera, sentado en la mesa de la defensa, miró a Miriam con otros ojos. Cuando ella recogía los documentos, él dijo su nombre. —Quiero decirle algo.
—Dígame. —Al principio —dijo él—, cuando la vi, con los siete minutos y esa situación, dije lo que dije. Lo de la mujer de la limpieza. Y esa no es la persona que quiero ser.
Miriam lo miró sin juzgarlo. —La información incompleta produce respuestas incompletas —dijo ella—. Cada quien responde con lo que tiene disponible en ese momento. —Hubo algo más —dijo Nicolás—.
Quiero entender una cosa: los tres años aquí, con el carrito, por los pasillos… ¿Cómo? Miriam guardó silencio un momento antes de responder. —Las circunstancias traen las circunstancias. Lo que pasó me trajo hasta aquí, y estos tres años me dieron lo que las salas de reuniones jamás pudieron darme: el conocimiento de este juzgado, de estos casos, de esta gente.
De todo lo que pasa realmente. Nicolás Herrera asintió lentamente. —Tengo una empresa —dijo—. Con un departamento legal.
Lo que usted hizo hoy es exactamente el tipo de capacidad que esa oficina necesita. Quiero ofrecerle un puesto. Miriam lo miró con su calma habitual. —¿Y el carrito?
—El carrito y los pasillos seguirán siendo suyos si usted prefiere que lo sigan siendo. Lo que le ofrezco no exige que deje de ser lo que es. —Entonces hay una condición —dijo Miriam. —Dígame.
—Hago las cosas con la calidad que merecen. Esa calidad exige decirle cuando piense distinto a usted, aunque no le guste oírlo. —Esa es también la condición correcta —dijo Nicolás. —Entonces acepto.
El doctor Alvarado había vuelto a la sala para recoger unos papeles que había dejado sobre el estrado. Desde allí vio la escena. Antes de salir, sin girarse del todo, dijo con la calma de sus dieciocho años:
—Ha sido un buen martes para la sala número cuatro. Y salió al pasillo que lo esperaba.
Sebastián Arce, que había pasado toda la mañana en la sala, se acercó a Miriam cuando Nicolás Herrera se retiró. —Quiero decirte algo —dijo. —Dime. —En tres años, te he visto por estos pasillos con el carrito, con las cosas del trabajo, y nunca tuve esta conversación.
Nunca pregunté. —Los pasillos no preguntan —dijo Miriam—. Solo se recorren. Y se recorren con la atención que merecen.
Tres años caminándolos me dieron más que once años en un despacho. —Bien —concedió Sebastián—. Muy bien.
Y se fue por el pasillo, porque el martes aún tenía trabajo que hacer.


