El miércoles pasado salí de mi turno de noche en urgencias y, de camino a casa, me detuve ante un portal. Un hombre estaba sentado en la oscuridad, con una herida en el costado que no dejaba de…

El miércoles pasado salí de mi turno de noche en urgencias y, de camino a casa, me detuve ante un portal. Un hombre estaba sentado en la oscuridad, con una herida en el costado que no dejaba de...

Isabel Marcos salió del hospital del barrio norte a las once de la noche. El turno de urgencias había terminado y, en lugar de bajar al metro, eligió caminar los veinte minutos que la separaban de casa. El frío de enero mordía la calle, pero ella necesitaba el aire de fuera, el que la alejaba del olor a desinfectante y del eco de las sirenas. Llevaba la mochila al hombro y el abrigo bien cerrado.

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Caminaba rápido, con la concentración de quien aún repasa en la cabeza lo que ha hecho durante las últimas horas. A esa hora, un miércoles cualquiera, la calle estaba vacía. Al pasar junto a un portal, algo la detuvo. No fue una decisión: fue su cuerpo el que se frenó antes de que su mente pudiera pensar.

En la penumbra del hueco del edificio había un hombre sentado, con la espalda apoyada contra la pared. Tenía la cara pálida y una mancha oscura que crecía en el costado. Isabel se acercó. La enfermera que llevaba seis años en urgencias reconoció la herida antes de que el hombre dijera nada.

Era del tipo que no espera. Se agachó y abrió la mochila, de la que sacó guantes y vendas. —No es necesario —murmuró el hombre. —Sí lo es —respondió ella, con la calma de quien dice lo que sabe.

Trabajó rápido, con manos que hacían lo que habían hecho cientos de veces. El hombre la observaba en silencio. Tenía los ojos de alguien que ha pasado una noche que no quiere contar. —¿Quién le ha hecho esto?

—preguntó ella sin levantar la vista. —No importa quién. —De acuerdo. Siguió trabajando.

La herida era profunda y no iba a cerrarse con los vendajes de una mochila. Necesitaba puntos, limpieza, un sitio donde no se infectara. —Esto necesita un hospital —dijo ella. —No puedo ir al hospital.

—Entonces necesito otro sitio. Uno donde pueda hacer esto como es debido. El hombre la miró durante un momento y luego hizo un gesto pequeño, casi invisible. Un par de segundos después, dos personas aparecieron desde la esquina.

No habían estado allí antes, y eso a Isabel también le dijo algo. —Ella viene con nosotros —dijo el hombre a los dos. Fueron a un piso cercano. No era un hospital, pero tenía lo necesario: luz, agua limpia, una camilla improvisada.

Las dos personas se quedaron cerca, en silencio. Isabel trabajó con la concentración de siempre, con la precisión que el trabajo le había enseñado. —¿Por qué paró? —preguntó el hombre en un momento dado.

—Porque la herida lo requería. —Hay mucha gente que pasa por delante de un portal y ve lo que había en él y sigue caminando. —Sí. Y probablemente tengan motivos.

Yo paré porque vi lo que había que hacer. —Usted no sabía que yo estaba herido cuando paró. Usted no sabía que era enfermera. —No.

Paré antes de saber nada de eso. —¿Cuánto tiempo lleva en urgencias? —Seis años. Tres en otro hospital, tres en el del barrio norte.

—Urgencias es un lugar difícil. —Tiene su dificultad. Las cosas llegan sin avisar y tienes que saber qué hacer con ellas en el tiempo que tienes para hacerlo. —Esa es también la descripción de ciertas noches.

—Sí —dijo ella—. Probablemente. Cuando terminó, le explicó cómo cuidar la herida en los días siguientes. El hombre escuchó con atención.

—¿Algo más? —preguntó ella. —Quería preguntarle una cosa. Cuando vio la herida, en el portal, en el primer momento… ¿en qué pensó?

—Pensé que la herida requería lo que requería. Eso es todo. —¿Nada más? —En urgencias aprendes que lo que requiere atención, requiere atención.

Todo lo demás llega después. —Sabe quién soy, ¿verdad? —En el portal no lo sabía. Y lo que sé ahora no cambia lo que pasó en el portal.

Lo que pasó allí pasó antes de que yo supiera nada. —Hay personas que, con lo que usted sabe ahora, habrían actuado de otra manera. —Seguramente. Yo no soy de esas.

La herida era la herida. Eso no cambia por saber quién la tenía. —Esa es una manera de ver las cosas poco común. —Es la manera de urgencias.

Allí la herida es la herida. La persona que la tiene no cambia lo que la herida es ni lo que necesita. El hombre guardó silencio. Una de las dos personas que esperaban cerca se acercó y le dijo algo en voz baja.

Él respondió con un gesto breve y luego se volvió hacia Isabel. —Quiero ofrecerle algo. —No es necesario. —No es un pago.

Es otra cosa. Si algún día necesita algo que yo pueda facilitar, dígamelo. No como una deuda. Solo para que sepa que existe esa posibilidad.

—Lo agradezco. Pero espero no necesitar nunca nada de lo que usted puede facilitar. No porque desconfíe de usted, sino porque lo que usted facilita normalmente es el tipo de cosas que espero que mi vida no necesite jamás. —Esa es la respuesta más honesta que he recibido a ese ofrecimiento en mucho tiempo.

—La honestidad también es necesaria en urgencias. —Hay una cosa más. La pregunta que me hizo en el portal. La de quién me había hecho esto.

—Sí. —Nadie me había hecho esa pregunta de esa manera en mucho tiempo. —La pregunta es la pregunta de urgencias. Saber cómo llegó la herida a veces cambia la atención que necesita.

—Cuando la hizo, había algo en su tono que era diferente. La mayoría de la gente hace esa pregunta porque la respuesta les sirve a ellos. Usted la hizo como quien pregunta porque la respuesta le sirve a la persona que está herida. Isabel lo miró unos segundos.

—En urgencias, las preguntas son para quien tiene la herida. No para quien las hace. —Sí. Eso es exactamente lo que hace que su pregunta sea lo que fue.

Ella recogió su mochila y se encaminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió. —Cuide esa herida. Si le sale fiebre, o se le pone roja o caliente, necesita atención médica de verdad.

No espere a que sea demasiado tarde. —Lo haré. —Bien. Salió a la calle.

El frío volvió a morderle la cara. Caminó los veinte minutos de vuelta a casa, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de preguntas que no necesitaba responder. Pensó en el portal, en el momento en que su cuerpo se detuvo antes de que su mente decidiera. Pensó en la herida y en la manera en que el hombre la había mirado cuando le hizo la pregunta.

Pensó en lo que él había dicho: que la pregunta había sido para él, no para ella. Y pensó que quizá no era mala manera de vivir. Que las preguntas se hacen para quien las necesita, y que la herida es la herida, esté en quien esté. Y que los principios que urgencias te enseña sirven también para los portales de la calle un miércoles de enero.

Llegó a casa. Abrió la puerta. Dejó la mochila en el suelo y se quedó un momento en el pasillo, con el abrigo todavía puesto, pensando que había hecho lo que había que hacer.

Y esa noche durmió tranquila.