El martes pasado, en plena entrevista para la empresa de mis sueños, la de recursos humanos cerró mi portafolio y me dijo: “Con este nivel y esta experiencia, esta no es una empresa para ti”….

El martes pasado, en plena entrevista para la empresa de mis sueños, la de recursos humanos cerró mi portafolio y me dijo: "Con este nivel y esta experiencia, esta no es una empresa para ti"....

Era un martes de enero, de esos en los que el frío se pega a las ventanas y la calefacción del edificio apenas logra engañar a quien entra. Lucía Morales llegó a la recepción a las 9:15 en punto, con la puntualidad de alguien que ha preparado bien las cosas. Llevaba su portafolio impreso bajo el brazo, el portafolio digital en el ordenador y la seguridad que da haber hecho los deberes. Tenía 29 años, había estudiado diseño de producto y llevaba dos años buscando un trabajo donde ese diseño fuera de verdad el centro de todo.

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Los empleos que había tenido eran versiones pequeñas de lo que quería, pero Lucía seguía construyendo su portafolio por las noches y los fines de semana, con los recursos que tenía a mano, porque esa era su manera de no dejar de ser la diseñadora que quería ser. Hacía tres semanas había enviado su portafolio a Vertex Design, una empresa de diseño de producto y experiencia de usuario que en ocho años se había convertido en un nombre que pesaba en el sector. El jueves anterior le confirmaron la entrevista. El martes, allí estaba ella, sentada en uno de esos sillones que transmiten seriedad, esperando a que la llamaran.

La responsable de recursos humanos, una mujer llamada Daniela, apareció a las 9:20. La llevó a la sala de entrevistas con ese aire profesional que suele tener la gente que hace muchas entrevistas. Se sentaron frente a frente. Lucía abrió su portafolio.

Daniela lo hojeó sin prisa y luego dijo, con un tono tranquilo:

—Los proyectos son bastante básicos y tu experiencia es limitada. Lucía respiró. Explicó que esos proyectos representaban dos años de trabajo en el sector y también proyectos propios que había desarrollado con lo que tenía disponible, y que reflejaban la dirección que quería tomar. Daniela insistió con otra variación de lo mismo.

Y después, con una naturalidad que dolía más que la propia frase, añadió:

—Con este portafolio y esta experiencia, Vertex Design no es un lugar para ti. Lucía no respondió de inmediato. Se tomó el tiempo justo. Luego dijo que agradecía el tiempo que le habían dedicado, que su portafolio era lo que era y que representaba el trabajo que había hecho con los medios que había tenido.

La evaluación de Daniela era la suya, y ella la recibía como correspondía. Se levantó despacio y se dirigió a la puerta. En el pasillo, un hombre caminaba con una taza de café en la mano. Tendría unos cuarenta años.

Era Gabriel Vidal, el fundador y director ejecutivo de Vertex Design, y había pasado por allí justo cuando Lucía salía de la sala. Había visto las dos caras: la de Daniela, que salía detrás de Lucía con el gesto de quien da por cerrado un asunto, y la de Lucía, que caminaba con el aplomo de quien no tiene nada que reprocharse. Gabriel detuvo a Daniela con una frase breve y le pidió que esperara en la sala. Daniela obedeció sin decir nada.

Entonces Gabriel se dirigió a Lucía. —¿Tienes un momento? Lucía lo miró con la cautela de alguien que acaba de tener la mañana que había tenido. Asintió.

La llevó a una sala pequeña al final del pasillo. Se sentaron. Gabriel se presentó y le explicó que había visto lo que había pasado. Luego le pidió ver el portafolio.

Lucía lo puso sobre la mesa. Gabriel lo miró página por página, en silencio, con la atención de alguien que lleva ocho años leyendo el trabajo de diseño. Cuando terminó, cerró el portafolio y dijo:

—Tu portafolio no es básico. Estos proyectos no son los de alguien con experiencia limitada.

Son los de alguien que tiene algo que no se enseña: capacidad para hacer bien las cosas con lo que tiene. Lucía dio las gracias. Gabriel le dijo que no buscaba su agradecimiento. Le explicó que en Vertex Design había una posición abierta desde hacía dos meses, una posición que requería precisamente esa combinación de cosas que su portafolio mostraba.

Lucía guardó silencio un instante y luego hizo una pregunta que no esperaba hacerse a sí misma:

—Quiero saber si lo que pasó en la sala de entrevistas es lo habitual en Vertex Design o si hoy fue la excepción. Gabriel sonrió levemente. —Esa es la pregunta correcta. Lo que pasó ahí no es la manera habitual de hacer las cosas aquí.

Y, para que lo sepas, ahora mismo tengo información sobre lo que pasó. Le ofreció la posición. Le dijo que podía tomarse el tiempo que necesitara para decidir, y que si quería, podían hablar con calma de lo que implicaba el puesto. Hablaron durante un buen rato.

Cuando terminaron, Lucía dijo que había algo más que quería decirle. —Lo que pasó en la sala… yo lo recibí de la manera que lo recibí. Y quiero que sepas que esa manera de recibir las cosas difíciles es parte de quien soy. Es una información sobre mí que también está en mi portafolio, aunque no se vea a simple vista.

Gabriel asintió. —Eso es exactamente lo que tu portafolio me enseñó de ti. Se despidieron. El jueves, Lucía llamó con su respuesta.

Aceptó el puesto. Y en Vertex Design, a partir de ese jueves, hubo una nueva diseñadora. Daniela tuvo una conversación con Gabriel, no una escena dramática, sino una conversación honesta, de esas donde se dice lo que la situación requiere que se diga. A veces, la manera en que recibes lo que recibes es la información más verdadera que puedes dar sobre ti.

Lucía lo demostró sin darse cuenta. Gabriel supo verlo. Y el pasillo de aquel edificio, aquel martes de enero, fue el escenario donde una humillación se convirtió en algo muy distinto.