
¿FUE EL “ZORRO DEL DESIERTO” DE HITLER UN HÉROE… O UN CÓMPLICE? LA VIDA, EL MITO Y LA MUERTE DE ERWIN ROMMEL
El 14 de octubre de 1944, dos generales alemanes llegaron a una tranquila casa de Herrlingen con una propuesta que parecía salida de una pesadilla.
No venían a detener a Erwin Rommel.
No necesitaban esposarlo.
Tampoco necesitaban un pelotón de fusilamiento.
Traían algo mucho más eficaz: una elección.
Rommel podía presentarse ante un tribunal controlado por el régimen, ser acusado de traición contra Adolf Hitler, afrontar una condena prácticamente segura y exponer a su esposa y a su hijo a las represalias de la Gestapo.
O podía suicidarse.
Si elegía morir voluntariamente, su familia quedaría protegida. Su reputación sería preservada. Alemania recibiría una explicación completamente falsa sobre su muerte.
Y el Tercer Reich enterraría a Erwin Rommel como a un héroe.
El mismo régimen que había convertido su rostro en propaganda ahora le ofrecía veneno.
Rommel entendió el mensaje.
Tenía 52 años.
Había sobrevivido a dos guerras mundiales, a combates cuerpo a cuerpo, bombardeos, ofensivas de tanques, derrotas, desiertos abrasadores y a los aviones aliados que semanas antes habían destrozado su automóvil en Francia.
Pero aquel día no había ejército que pudiera salvarlo.
Se despidió de su familia, se puso el abrigo de uniforme y salió de casa.
Poco después estaba muerto.
La versión oficial afirmó que el famoso mariscal había sucumbido a las heridas sufridas en el frente. Hitler ordenó honores militares y el régimen organizó un funeral de Estado para uno de los comandantes más célebres de Alemania. La verdadera causa de su muerte fue ocultada deliberadamente.
Era una última escena perfectamente nazi.
Primero utilizaron al hombre.
Después lo eliminaron.
Finalmente utilizaron su cadáver.
Pero hay una pregunta mucho más incómoda que cómo murió Erwin Rommel.
La pregunta es quién había sido realmente antes de llegar a aquel automóvil.
¿Un brillante militar atrapado en el bando equivocado?
¿Un oficial honorable que terminó comprendiendo la monstruosidad de Hitler?
¿Un oportunista que aceptó ascensos, fama y poder mientras el régimen cometía atrocidades?
¿O todas esas cosas al mismo tiempo?
Porque cuanto más se observa la vida del llamado “Zorro del Desierto”, más difícil resulta separar al hombre de la leyenda.
Y el primer gran engaño de esta historia comenzó mucho antes de que Rommel muriera.
Comenzó cuando Hitler decidió convertirlo en un héroe.
EL SOLDADO QUE APRENDIÓ A GANAR ANTES DE CONOCER A HITLER
Erwin Johannes Eugen Rommel nació el 15 de noviembre de 1891 en Heidenheim, Württemberg.
No pertenecía a una gran dinastía militar prusiana.
Su padre era profesor y director de escuela.
El joven Rommel tampoco parecía destinado a convertirse en uno de los comandantes más famosos del siglo XX. Sin embargo, ingresó en el ejército en 1910 y, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, apareció una característica que lo acompañaría durante toda su carrera.
Rommel no soportaba dirigir una batalla desde demasiado lejos.
Quería ver.
Quería avanzar.
Quería estar donde se decidía todo.
En Francia, Rumanía e Italia desarrolló una manera extremadamente agresiva de combatir: infiltrarse, sorprender, buscar el punto débil, continuar avanzando cuando otros oficiales habrían detenido la operación para reorganizarse.
No parecía interesado en esperar a que el enemigo comprendiera lo que estaba ocurriendo.
Prefería que, cuando lo comprendiera, ya fuera demasiado tarde.
Sus acciones durante la Primera Guerra Mundial le dieron reconocimiento, incluido el prestigioso Pour le Mérite. Su actuación en el frente italiano, particularmente durante la campaña de Caporetto y operaciones posteriores, consolidó su reputación como oficial audaz.
Años después transformaría aquellas experiencias en un libro, Infanterie greift an —La infantería ataca— publicado en 1937.
El libro no hablaba todavía de divisiones Panzer atravesando Francia.
Hablaba del movimiento.
De la sorpresa.
De tomar decisiones bajo presión.
De atacar antes de que el contrario pudiera reaccionar.
Y tuvo un lector especialmente importante.
Adolf Hitler.
Ahí comenzó la parte peligrosa de la historia.
Porque Rommel ya era un soldado competente antes de Hitler.
Pero Hitler iba a convertir aquella competencia en una carrera meteórica.
EL FAVOR DEL FÜHRER
Después de la Primera Guerra Mundial, Rommel permaneció en el reducido ejército alemán.
Fue instructor.
Enseñó táctica.
Construyó reputación profesional.
Mientras tanto, Alemania estaba cambiando.
Hitler llegó al poder en 1933. El país comenzó a transformarse rápidamente en una dictadura. Las instituciones fueron sometidas, los adversarios políticos perseguidos y las políticas raciales se convirtieron progresivamente en parte del Estado nazi.
Rommel no era uno de los arquitectos ideológicos de aquel sistema.
Pero tampoco vivía en otro país.
En 1937 fue designado enlace del Ministerio de Guerra con las Juventudes Hitlerianas para asuntos relacionados con entrenamiento militar. Más adelante, Hitler le confió el mando del batallón encargado de su escolta personal durante viajes fuera de Alemania. En 1939 Rommel ocupaba esa posición mientras Hitler recorría zonas próximas al frente durante la invasión de Polonia.
Eso importa.
Porque durante décadas se contó una versión cómoda de Rommel.
El soldado profesional.
El hombre apolítico.
El militar que supuestamente mantenía su mundo completamente separado del Partido Nazi.
Pero la distancia entre Rommel y Hitler no era precisamente enorme.
El Führer conocía al oficial.
Lo favorecía.
Y Rommel apreciaba ese reconocimiento.
El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos recoge que Rommel habló favorablemente del trato personal que recibía de Hitler. La institución señala además que el apoyo del Führer tuvo una influencia decisiva en su carrera.
Todavía no había llegado el desierto.
Todavía no existía el “Zorro”.
Pero la relación que después muchos intentarían borrar ya estaba construida.
Y en 1940 llegó la oportunidad que cambiaría su nombre para siempre.
FRANCIA: EL GENERAL QUE AVANZABA DEMASIADO RÁPIDO
Cuando Alemania atacó Francia y los Países Bajos en mayo de 1940, Rommel recibió el mando de la 7.ª División Panzer.
Era exactamente el tipo de formación que encajaba con su personalidad.
Tanques.
Vehículos.
Radios.
Velocidad.
Movimiento.
Decisiones rápidas.
Mientras otros comandantes pensaban en líneas y posiciones, Rommel parecía pensar en puertas.
¿Dónde estaba la puerta?
¿Dónde podía romper?
¿Dónde podía aparecer antes de que el enemigo imaginara siquiera que una división alemana podía llegar?
La 7.ª Panzer avanzó con tal rapidez que terminó ganándose el apodo de “División Fantasma”. En ocasiones, incluso los propios mandos alemanes tenían dificultades para determinar exactamente dónde se encontraba. Su desempeño durante la campaña contribuyó enormemente a la fama de Rommel.
Aquí nació otra pieza de la leyenda.
Rommel dirigía desde delante.
Se exponía.
Aparecía cerca de las unidades avanzadas.
Eso generaba una enorme conexión con los soldados.
También generaba fotografías extraordinarias.
El general cubierto de polvo.
El general observando el horizonte.
El general entre tanques.
El general aparentemente siempre a pocos kilómetros del enemigo.
Y Hitler comprendía perfectamente el valor de ese tipo de imagen.
La propaganda nazi necesitaba héroes.
Alemania no podía ser presentada simplemente como una maquinaria industrial que invadía países.
Necesitaba rostros.
Símbolos.
Hombres que personificaran la supuesta superioridad del nuevo Reich.
Rommel era perfecto.
Además, él no rechazaba precisamente aquella atención. Historiadores han señalado su habilidad para cultivar su imagen pública y su disposición a cooperar con los medios y equipos de propaganda que acompañaban sus campañas.
El mito del comandante humilde, completamente indiferente a la fama, empieza a agrietarse ahí.
Porque Rommel podía ser valiente y disfrutar de la fama.
Podía ser buen comandante y beneficiarse de Hitler.
Una cosa no elimina la otra.
Y en febrero de 1941 recibió el escenario que lo convertiría en inmortal.
África.
EL DESIERTO DONDE NACIÓ LA LEYENDA
La situación de los italianos en el norte de África era desastrosa.
Las fuerzas de Benito Mussolini habían sufrido graves reveses frente a los británicos y sus aliados.
Alemania envió tropas.
Rommel llegó para comandarlas.
Teóricamente, debía estabilizar la situación.
Rommel vio algo diferente.
Vio una oportunidad para atacar.
A partir de entonces comenzó una campaña que parecía diseñada para convertirlo en personaje cinematográfico.
Arena hasta el horizonte.
Columnas de vehículos avanzando durante cientos de kilómetros.
Tanques apareciendo donde el enemigo no los esperaba.
Órdenes que cambiaban mientras las unidades ya se estaban moviendo.
Ataques por el flanco.
Retiradas convertidas en emboscadas.
Avances realizados incluso cuando los suministros aconsejaban prudencia.
Los británicos empezaron a conocer bien aquel nombre.
Rommel.
El enemigo que parecía desaparecer y reaparecer.
El oficial alemán que podía atacar cuando todo indicaba que debía detenerse.
“El Zorro del Desierto”.
La expresión terminó trascendiendo las líneas alemanas y su reputación llegó incluso a sus adversarios. En 1941 y 1942, Rommel obtuvo importantes victorias y empujó repetidamente a las fuerzas aliadas hacia Egipto. En junio de 1942, después de Gazala, las fuerzas del Eje capturaron Tobruk y decenas de miles de prisioneros aliados; Hitler promovió a Rommel a mariscal de campo.
Parecía imparable.
Pero había algo que las fotografías no mostraban.
Combustible.
Repuestos.
Munición.
Camiones.
Puertos.
Barcos hundidos en el Mediterráneo.
Distancias enormes.
Y ahí estaba una de las grandes debilidades de Rommel.
Era extraordinariamente peligroso en una batalla de movimiento.
Pero una guerra moderna no se gana solamente con movimientos espectaculares.
Un tanque sin combustible no es una fuerza blindada.
Es una pieza de metal inmóvil.
Una división sin repuestos no avanza por voluntad.
Una ofensiva situada a cientos de kilómetros de sus bases necesita toneladas de suministros todos los días.
El desierto que había construido la leyenda de Rommel también estaba preparando su derrota.
Historiadores militares han cuestionado precisamente su manejo de la logística y su tendencia a perseguir oportunidades tácticas sin valorar suficientemente las restricciones estratégicas.
Ese fue el primer giro.
El “genio invencible” no era invencible.
Y algunas de las mismas cualidades que habían construido su fama podían destruir un ejército.
Audacia podía convertirse en imprudencia.
Velocidad podía convertirse en sobreextensión.
Instinto podía sustituir planificación.
Rommel había avanzado tanto que ahora necesitaba que el Mediterráneo entero colaborara para mantenerlo allí.
El Mediterráneo no colaboró.
EL ALAMEIN: CUANDO EL MITO CHOCÓ CONTRA LA REALIDAD
En 1942 la situación cambió.
Los británicos ya no eran el ejército sorprendido por las primeras maniobras del Zorro del Desierto.
Habían aprendido.
Tenían más recursos.
Sus líneas logísticas eran mejores.
Y apareció Bernard Montgomery.
En El Alamein, la movilidad que había dado a Rommel sus grandes victorias encontró límites físicos.
Minas.
Artillería.
Defensas preparadas.
Escasez de combustible.
Un enemigo que podía reemplazar pérdidas mucho más fácilmente que él.
Rommel comprendía perfectamente lo que significaba aquello.
La diferencia era que Hitler veía las retiradas como una especie de enfermedad moral.
Desde miles de kilómetros de distancia resultaba fácil ordenar que cada posición se mantuviera hasta el último hombre.
Para quienes estaban allí, era diferente.
Había cuerpos.
Tanques destruidos.
Motores vacíos.
Soldados agotados.
En la Segunda Batalla de El Alamein, iniciada en octubre de 1942, las fuerzas aliadas rompieron finalmente la posición del Eje. Después, los desembarcos angloamericanos en Marruecos y Argelia empeoraron todavía más la situación alemana e italiana en África.
Rommel ya no podía ganar.
Solo podía intentar impedir que la derrota se transformara inmediatamente en aniquilación.
Y entonces ocurrió algo importante.
El oficial que durante años había recibido un trato privilegiado comenzó a descubrir qué significaba discutir seriamente con Hitler.
Órdenes imposibles.
Negativas a aceptar la realidad.
Exigencias de resistencia.
Para Rommel, aquello era militarmente absurdo.
Para Hitler, retirarse era casi una traición.
La grieta comenzó a abrirse.
Pero todavía no significa que Rommel se hubiera convertido en enemigo del nazismo.
Eso es precisamente lo incómodo.
Una persona puede comprender que un dictador es un pésimo estratega mucho antes de comprender —o decidir afrontar— que también dirige un régimen criminal.
Y aquí comienza la parte de la historia que durante décadas fue mucho menos agradable de contar.
“ROMMEL TRATABA BIEN A LOS PRISIONEROS”
Entre las razones por las que Rommel consiguió una reputación especial después de la guerra estaba el comportamiento atribuido a sus fuerzas con determinados prisioneros occidentales.
Existen casos documentados en los que se negó a cumplir órdenes criminales, incluidas órdenes para ejecutar a ciertos soldados capturados. El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos reconoce explícitamente que Rommel rechazó algunas instrucciones criminales.
Eso no es propaganda.
Debe formar parte de cualquier evaluación seria del hombre.
Pero aquí aparece una trampa.
Que alguien rechace un crimen no demuestra automáticamente que sea inocente de toda complicidad con el sistema que produce esos crímenes.
Y que un teatro de guerra tenga menos atrocidades visibles que otro no convierte esa guerra automáticamente en “limpia”.
La Wehrmacht durante décadas cultivó precisamente esa imagen: el ejército profesional que supuestamente había combatido honorablemente mientras las SS realizaban los crímenes del régimen.
La investigación histórica ha desmontado esa separación simplista.
Las fuerzas armadas alemanas colaboraron de diversas formas con los objetivos raciales y criminales del régimen, especialmente en Europa oriental. Participaron o prestaron apoyo en persecuciones, asesinatos y políticas que provocaron la muerte de enormes cantidades de civiles y prisioneros.
Rommel no comandaba un ejército en Ucrania.
No dirigía Auschwitz.
No era Heinrich Himmler.
Eso importa.
Pero también importa otra pregunta.
¿Cuánto sabía?
Y aquí el desierto vuelve a convertirse en un lugar mucho menos romántico.
EL DETALLE QUE ROMPE LA HISTORIA DEL “DESIERTO LIMPIO”
En 1942, mientras Rommel avanzaba hacia Egipto y parecía existir la posibilidad de una penetración alemana todavía mayor hacia Oriente Medio, las SS estudiaron un escenario aterrador.
Una unidad especial vinculada a Walter Rauff —uno de los hombres implicados en el desarrollo de camiones de gas utilizados para asesinar personas— fue preparada con vistas a operar en la región.
Su objetivo estaría relacionado con la persecución y asesinato de poblaciones judías si las fuerzas del Eje conseguían abrir el camino.
El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos señala que representantes de aquella estructura se reunieron con el estado mayor de Rommel en 1942 para preparar su eventual llegada. También subraya algo fundamental: no existe documentación que permita establecer con certeza cuál fue la posición personal de Rommel ante ese plan.
Esa última frase es crucial.
No existe base sólida para escribir:
“Rommel ordenó el exterminio de los judíos de Egipto.”
Eso sería ir más allá de las pruebas.
Pero también resulta insostenible convertirlo, sin matices, en un comandante aislado de todo lo que rodeaba al régimen.
El propio museo considera que Rommel era consciente de que esos preparativos estaban teniendo lugar. El gran Einsatzkommando proyectado no llegó a actuar como se habría previsto porque el avance del Eje fue detenido; otras fuerzas y destacamentos alemanes sí participaron en la persecución de judíos en el norte de África.
Y de repente la fotografía del Zorro del Desierto mirando el horizonte adquiere un fondo distinto.
Si sus tanques hubieran llegado más lejos…
¿quién habría llegado detrás?
Esa es una pregunta que destruye buena parte del romanticismo.
Porque las guerras de Hitler no eran simplemente competiciones entre generales sobre mapas.
Detrás de las líneas militares viajaba un proyecto político.
Racial.
Imperial.
Criminal.
Rommel podía discutir una orden.
Podía proteger determinados prisioneros.
Podía no compartir cada elemento ideológico del nazismo.
Pero durante años fue uno de los hombres que hizo posibles las victorias militares de Hitler.
Y las victorias de Hitler abrían territorios al régimen de Hitler.
Ese hecho no desaparece porque Rommel fuera mejor tratando a ciertos prisioneros que otros comandantes.
Y, SIN EMBARGO, ALGO ESTABA CAMBIANDO
A comienzos de 1943, el sueño africano estaba terminado.
Rommel regresó a Europa.
La Alemania a la que volvió ya no era el país de las victorias rápidas de 1940.
Stalingrado había terminado en catástrofe.
Los bombarderos aliados aparecían sobre las ciudades alemanas.
Los recursos disminuían.
La Unión Soviética avanzaba.
Estados Unidos estaba completamente dentro de la guerra.
Y Hitler reaccionaba ante las derrotas con una combinación cada vez más peligrosa de fanatismo y negación.
Rommel había pasado años resolviendo problemas tácticos.
Ahora estaba ante uno que ningún movimiento de tanques podía resolver.
Alemania estaba perdiendo la guerra.
Y Hitler no quería admitirlo.
A finales de 1943, Rommel recibió una nueva responsabilidad crucial: inspeccionar y reforzar las defensas del oeste de Europa ante la invasión aliada que todos sabían que terminaría llegando.
Recorrió Francia.
Vio playas.
Búnkeres.
Obstáculos.
Campos.
Carreteras.
Y llegó a una conclusión aterradora.
Si los Aliados lograban establecer una cabeza de playa fuerte y desplegar todo su poder industrial, expulsarlos sería extraordinariamente difícil.
Rommel quería detenerlos prácticamente en el agua.
Otros comandantes alemanes preferían mantener las fuerzas blindadas más atrás para lanzar un contraataque concentrado.
El desacuerdo nunca quedó completamente resuelto.
Hitler, como tantas veces, introdujo una estructura de mando que dificultaba reaccionar con rapidez.
El 6 de junio de 1944 comenzó el Día D.
Y la predicción más oscura de Rommel empezó a cumplirse.
NORMANDÍA: CUANDO ROMMEL DEJÓ DE CREER EN LA VICTORIA
Los Aliados llegaron con una fuerza que Alemania ya tenía enormes dificultades para igualar.
Barcos.
Aviones.
Artillería.
Vehículos.
Combustible.
Hombres.
Más barcos.
Más aviones.
Más vehículos.
Cada carretera podía ser observada.
Cada movimiento importante durante el día podía atraer ataques aéreos.
Alemania todavía podía matar.
Todavía podía resistir.
Todavía podía lanzar contraataques.
Pero ganar la guerra era otra cosa.
Rommel lo sabía.
Para julio de 1944 su pesimismo era evidente. El 15 de julio envió un mensaje advirtiendo de que la lucha desigual se aproximaba a su final y pidió que se extrajeran las consecuencias políticas necesarias.
Traducido al lenguaje brutal de aquel momento:
había que terminar la guerra.
Pero para terminarla había un problema.
Hitler.
Y alrededor de Rommel comenzaron a aparecer hombres que ya habían llegado a una conclusión mucho más radical.
El Führer tenía que desaparecer del poder.
17 DE JULIO: EL ATAQUE QUE CASI LO MATA ANTES QUE HITLER
Tres días antes del famoso atentado del 20 de julio, Rommel viajaba en automóvil por Normandía.
Aviones aliados atacaron el vehículo.
El coche quedó destrozado y Rommel sufrió heridas gravísimas, incluida una lesión en el cráneo.
Fue sacado del campo de batalla.
Mientras el mariscal intentaba recuperarse, otra historia avanzaba sin él.
En Alemania, el coronel Claus von Stauffenberg y una red de conspiradores habían preparado un plan.
El 20 de julio, Stauffenberg entró en una reunión en la Guarida del Lobo, el cuartel general de Hitler en Prusia Oriental.
Llevaba una bomba dentro de un maletín.
La dejó cerca del Führer.
Salió.
La bomba explotó.
Durante unos minutos, algunos conspiradores creyeron que la historia había cambiado.
Hitler estaba muerto.
O eso pensaban.
No lo estaba.
Había sobrevivido.
Y cuando Hitler sobrevivía a un enemigo, generalmente alguien pagaba.
Esta vez pagarían miles.
Stauffenberg fue ejecutado.
La Gestapo comenzó a seguir nombres.
Contactos.
Conversaciones.
Confesiones.
Sospechas.
Cualquier persona relacionada con los conspiradores estaba en peligro.
Y tarde o temprano apareció uno de los nombres más explosivos que podían aparecer.
Erwin Rommel.
El héroe de África.
El hombre de los carteles.
El favorito de otros tiempos.
El mariscal cuya reputación todavía era conocida por millones de alemanes.
Aquí es donde nació una de las versiones más poderosas de su historia:
Rommel, el gran héroe antinazi, había ayudado a organizar el atentado contra Hitler.
Es una historia perfecta.
Solo tiene un problema.
La evidencia es mucho más confusa.
EL PLOT TWIST QUE CONVIRTIÓ AL “HÉROE DE LA RESISTENCIA” EN UNA FIGURA MUCHO MÁS INCÓMODA
Rommel tenía conexiones con personas que participaron en la conspiración.
Había llegado a la conclusión de que Hitler estaba llevando Alemania a la destrucción.
Había hablado de la necesidad de encontrar una salida política.
Los conspiradores consideraban enormemente valioso su prestigio.
Si Hitler desaparecía, tener al famoso Zorro del Desierto respaldando el nuevo orden podía ayudar a convencer al ejército y a la población de que aquello no era simplemente un golpe de oficiales desconocidos.
Hasta ahí, la leyenda funciona.
Pero los historiadores no han podido demostrar que Rommel participara en la planificación detallada del atentado.
Y existe una ironía todavía mayor.
La evidencia disponible sugiere que probablemente se oponía a asesinar personalmente a Hitler.
El Museo Conmemorativo del Holocausto estadounidense resume su papel como simpático hacia la idea de apartar a Hitler, pero no como una figura central de la conspiración ni como un decidido participante en el plan de asesinato.
Es decir:
Rommel murió en gran medida porque Hitler sospechó de su relación con hombres que querían eliminarlo.
Pero eso no convierte automáticamente a Rommel en el hombre que intentó matar a Hitler.
El héroe perfecto de la resistencia apareció con más nitidez después de muerto que mientras estaba vivo.
Y hay otra cuestión todavía más incómoda.
Para 1944, cuando Rommel estaba dispuesto a contemplar la retirada de Hitler del poder, Alemania ya llevaba años de guerra.
Europa había sido devastada.
Millones de personas habían muerto.
El asesinato sistemático de los judíos europeos estaba muy avanzado.
Entonces surge una pregunta brutal:
¿Rommel rompió con Hitler principalmente porque comprendió la inmoralidad del régimen?
¿O porque finalmente comprendió que Hitler conduciría a Alemania a la derrota total?
Las motivaciones de los conspiradores del 20 de julio fueron diversas, y la historiografía advierte contra convertir toda resistencia militar a Hitler en una protesta específicamente motivada por el Holocausto.
Eso no hace insignificante enfrentarse a Hitler.
En 1944, hacerlo podía costarte literalmente la vida.
Pero sí cambia el significado moral de la historia.
Porque hay una enorme diferencia entre decir:
“Debemos detener a este hombre porque está asesinando inocentes.”
Y decir:
“Debemos detener a este hombre porque está destruyendo Alemania.”
Ambas frases pueden llevar a la resistencia.
No nacen necesariamente del mismo lugar.
HITLER TENÍA UN PROBLEMA
Una vez que las investigaciones posteriores al atentado relacionaron a Rommel con círculos opositores, Hitler quedó ante una decisión complicada.
Podía arrestarlo.
Podía llevarlo ante el Tribunal del Pueblo.
Podía exhibirlo como traidor.
Pero eso tenía un precio.
Rommel no era un coronel desconocido.
Era Rommel.
El régimen había pasado años diciendo a los alemanes que aquel hombre era uno de sus grandes héroes.
Su rostro había aparecido en periódicos.
Habían celebrado sus victorias.
Hitler lo había ascendido.
La propaganda había contribuido a fabricar el monumento.
¿Cómo explicar ahora que ese mismo monumento quería quitar a Hitler del poder?
Un juicio público podía producir exactamente la pregunta que el régimen menos deseaba que los alemanes formularan:
“Si incluso Rommel cree que Hitler debe irse… ¿qué sabe Rommel que nosotros no sabemos?”
Así que el Tercer Reich encontró una solución.
Matar al hombre.
Salvar la estatua.
14 DE OCTUBRE DE 1944
La mañana comenzó aparentemente tranquila en la casa familiar de Rommel en Herrlingen.
Todavía estaba recuperándose de sus heridas.
Entonces llegaron los generales Wilhelm Burgdorf y Ernst Maisel.
Lo que ocurrió dentro de la casa ha sido reconstruido principalmente a partir de testimonios posteriores de la familia y otros participantes.
La esencia del ultimátum, sin embargo, está bien establecida.
Rommel tenía dos caminos.
Juicio por traición.
O suicidio.
Si elegía el juicio, no podía esperar un proceso independiente.
Los acusados del 20 de julio estaban siendo humillados y condenados por el Tribunal del Pueblo.
La amenaza contra su familia hacía la elección todavía más brutal.
Si aceptaba morir, el régimen protegería a sus seres queridos y preservaría públicamente su honor militar.
Rommel fue a hablar con su esposa, Lucie.
También habló con su hijo Manfred.
No sabemos cada palabra exacta pronunciada en aquella habitación y convertirlas en diálogo cinematográfico sería falsificar la escena.
No hace falta.
Lo que ocurrió ya era suficientemente terrible.
El hombre que había pasado años dando órdenes comprendió que esta vez solo quedaba una orden realmente posible.
Morir.
Salió de casa con su uniforme.
Subió al automóvil.
El vehículo se alejó.
En algún punto del trayecto, Rommel tomó el cianuro.
El Zorro del Desierto, el hombre que había escapado de ejércitos británicos, ataques aéreos y campos de minas, murió acompañado por representantes del régimen al que había servido.
No hubo disparos.
No hubo batalla final.
No hubo discurso.
Solo veneno.
Y silencio.
DESPUÉS LLEGÓ LA MENTIRA
La familia no podía revelar inmediatamente la verdad.
La población alemana recibió otra historia.
Rommel había muerto por las heridas sufridas en Francia.
Un héroe caído como consecuencia de la guerra.
Nada de conspiraciones.
Nada de cianuro.
Nada de Hitler obligando a uno de sus mariscales más famosos a suicidarse.
El régimen le concedió funeral de Estado y honores militares. Hitler incluso ordenó un día oficial de luto.
Piénsalo.
Hitler había obligado a Rommel a morir.
Después utilizó su muerte para alimentar la propaganda de Hitler.
Era casi imposible diseñar una última humillación más perfecta.
Pero la historia todavía no había terminado de manipular a Rommel.
Después de 1945 aparecería otra versión.
Esta vez no construida por los nazis.
Sino por un mundo que necesitaba otro tipo de Alemania.
EL SEGUNDO NACIMIENTO DEL ZORRO DEL DESIERTO
La guerra terminó.
Hitler murió.
Los campos fueron liberados.
Los juicios de Núremberg mostraron al mundo una parte enorme del sistema criminal nazi.
Alemania quedó destruida y dividida.
Y entonces comenzó la Guerra Fría.
Occidente tenía ahora otro enemigo estratégico: la Unión Soviética.
La futura Alemania Occidental necesitaba integrarse en un sistema militar occidental.
Y apareció un problema político e histórico.
¿Cómo reconstruir fuerzas armadas alemanas sin afrontar constantemente el legado de la Wehrmacht?
Una respuesta extremadamente cómoda consistía en separar dos imágenes.
Por un lado:
los nazis criminales.
Hitler.
Himmler.
Las SS.
Por otro:
los soldados profesionales.
Supuestamente apolíticos.
Supuestamente honorables.
Supuestamente separados del régimen.
El mito de la “Wehrmacht limpia” ganó fuerza durante décadas, aunque investigaciones posteriores demostraron la amplia complicidad de las fuerzas armadas alemanas con múltiples políticas criminales del Tercer Reich.
¿Y quién podía representar mejor al “buen alemán” que Erwin Rommel?
Había muerto por orden indirecta de Hitler.
Era respetado por antiguos enemigos.
Había tratado correctamente a determinados prisioneros.
No estaba vivo para contradecir a nadie.
Y tenía un apodo fantástico.
“El Zorro del Desierto.”
Libros y películas reforzaron aquella imagen. La película The Desert Fox, estrenada en 1951, ayudó especialmente a popularizar en el mundo anglosajón la representación de Rommel como un militar esencialmente apolítico que acabó enfrentándose moralmente a Hitler. Historiadores posteriores cuestionarían fuertemente esa simplificación.
Rommel había sido utilizado por Hitler en vida.
Ahora podía ser utilizado por otros después de muerto.
La diferencia era el mensaje.
Los nazis habían dicho:
“Este es el soldado perfecto del Reich.”
La posguerra respondió:
“No. Este era el alemán honorable que nunca fue realmente parte del Reich.”
Las dos versiones eran demasiado cómodas.
Porque el verdadero Rommel estaba en medio.
ENTONCES, ¿FUE ROMMEL UN CRIMINAL NAZI?
Aquí es donde una historia viral puede resultar tentadora.
Sería fácil cerrar el caso con una frase.
“Héroe.”
O:
“Criminal.”
Problema resuelto.
Pero la historia rara vez respeta nuestros deseos de simplicidad.
No existe evidencia sólida que permita presentar a Rommel como uno de los arquitectos del Holocausto.
Tampoco existe base para afirmar que él personalmente diseñó una política sistemática de exterminio.
Se documentan decisiones suyas que evitaron el cumplimiento de algunas órdenes criminales.
También existen testimonios sobre el trato correcto que dio a prisioneros.
Todo eso cuenta.
Pero otra serie de hechos también cuenta.
Fue favorecido por Hitler.
Aceptó cargos próximos al Führer.
Su ascenso se benefició de aquella relación.
Combatió eficazmente para el régimen nazi durante años.
Participó de buena gana en la construcción de su propia imagen pública.
La maquinaria propagandística del régimen convirtió sus éxitos en capital político.
Y la afirmación de que era un hombre totalmente desconectado de lo que ocurría en la Alemania nazi resulta difícil de sostener.
Rommel no necesita haber sido un fanático de las SS para afrontar una pregunta moral.
La pregunta puede ser mucho más sencilla:
¿Hasta qué punto un profesional es responsable cuando pone su extraordinaria capacidad al servicio de un sistema criminal?
Y ahí la historia deja de tratar solamente sobre un mariscal alemán.
Empieza a tratar sobre nosotros.
EL VERDADERO DILEMA DE ROMMEL
Imagina que eliminas de la historia los uniformes.
Los tanques.
Las esvásticas.
El desierto.
Y dejas solo la estructura.
Un hombre extremadamente competente trabaja para una organización.
El líder de esa organización lo admira.
Lo asciende.
Le da oportunidades que otros no reciben.
Su carrera crece.
Su nombre se hace famoso.
El hombre no está de acuerdo con todas las decisiones de la dirección.
A veces incluso se niega a ejecutar las peores.
Pero continúa dentro.
Continúa trabajando.
Continúa ganando.
Continúa proporcionando resultados.
Con el tiempo, empieza a comprender que el líder no solo toma decisiones moralmente terribles.
También está conduciendo toda la organización hacia la destrucción.
Entonces finalmente se enfrenta a él.
¿Cuándo comenzó la responsabilidad?
¿Cuando aceptó el primer favor?
¿Cuando vio la primera injusticia y continuó?
¿Cuando decidió que “la política” no era asunto suyo?
¿Cuando descubrió que su talento estaba haciendo más poderoso a un sistema que despreciaba a millones de seres humanos?
¿O solamente cuando tuvo pruebas suficientes de que el desastre también alcanzaría a su propio país?
Es incómodo porque no existen respuestas sencillas.
Y quizá precisamente por eso seguimos hablando de Rommel.
EL MOMENTO EN QUE LA RELACIÓN DE PODER SE INVIRTIÓ
Durante años, las fotografías mostraban a Rommel cerca de Hitler.
Hitler parecía otorgarle poder.
Ascensos.
Mandos.
Prestigio.
Rommel tenía ejércitos.
Tanques.
Decoraciones.
Un nombre conocido en todo el planeta.
Pero aquella mañana de octubre de 1944 no quedaba nada de eso.
Dos hombres llegaron a su casa.
Le comunicaron la decisión del régimen.
Y el mariscal entendió de pronto cuánto poder había tenido realmente.
Ninguno.
El prestigio existía mientras fuera útil.
El honor existía mientras fuera útil.
La cercanía a Hitler existía mientras fuera útil.
Incluso su propia vida existía mientras fuera útil.
Cuando dejó de serlo, el régimen que había engrandecido su imagen fue capaz de destruirlo en horas.
Ese fue probablemente el último reconocimiento brutal de Erwin Rommel.
No sabemos exactamente qué expresión tuvo cuando escuchó el ultimátum.
No sabemos cuánto silencio hubo en la habitación.
Pero conocemos la decisión.
Y conocemos lo que vino después.
El automóvil.
El veneno.
El cadáver.
El comunicado falso.
Las banderas.
El funeral.
Los discursos.
El régimen no solo exigió su muerte.
Exigió también el derecho a decidir qué significaría públicamente esa muerte.
NI SANTO NI MONSTRUO DE CARICATURA
Quizá el mayor error que podemos cometer con Rommel es necesitar desesperadamente que sea una sola cosa.
Si lo convertimos únicamente en monstruo, ignoramos decisiones suyas que realmente se diferenciaron del comportamiento de otros comandantes.
Si lo convertimos únicamente en héroe, limpiamos una carrera construida en parte gracias al favor de Hitler y realizada dentro de una guerra de conquista iniciada por una dictadura genocida.
Si lo convertimos simplemente en “soldado que obedecía”, aparece otra pregunta:
¿Desde cuándo obedecer elimina la responsabilidad?
Rommel fue valiente.
Fue ambicioso.
Fue extraordinariamente competente en determinadas formas de guerra.
Cometió errores estratégicos.
Disfrutó de una relación privilegiada con Hitler.
Fue utilizado por la propaganda.
También colaboró con su propia imagen.
Rechazó determinadas órdenes criminales.
No aparece como uno de los principales perpetradores del Holocausto.
Pero tampoco fue el caballero políticamente inocente que algunas versiones posteriores fabricaron.
Terminó convencido de que Hitler estaba llevando Alemania al desastre.
Se relacionó con opositores.
Su participación exacta en la conspiración sigue siendo debatida.
Y finalmente Hitler lo obligó a elegir entre su vida y la seguridad de su familia.
Todas esas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Eso es precisamente lo perturbador.
LA ÚLTIMA IRONÍA
Meses después de la muerte de Rommel, el Tercer Reich se derrumbó.
Las ciudades alemanas quedaron en ruinas.
Los ejércitos aliados avanzaron desde el oeste.
El Ejército Rojo llegó desde el este.
Hitler se refugió bajo Berlín y terminó suicidándose en abril de 1945.
Rommel había muerto intentando proteger a su familia de un régimen que apenas sobreviviría medio año más.
El Führer al que había servido, admirado durante una etapa de su carrera y finalmente considerado desastroso terminaría el conflicto también recurriendo al veneno, aunque en circunstancias completamente distintas.
Pero la reputación de Rommel sobrevivió a ambos.
Sobrevivió a Hitler.
Sobrevivió al Afrika Korps.
Sobrevivió a la Alemania nazi.
Sobrevivió incluso a muchas de las certezas con las que los primeros historiadores escribieron sobre él.
Décadas después todavía discutimos.
¿Genio o comandante sobrevalorado?
¿Resistente o participante tardío y dubitativo?
¿Soldado honorable o cómplice?
Quizá la respuesta más honesta sea también la más incómoda.
Erwin Rommel no fue el héroe inmaculado de la leyenda.
Pero tampoco existe base histórica seria para reducir toda su vida a la caricatura de un verdugo nazi.
Fue algo mucho más peligroso para nuestra tranquilidad moral:
un hombre capaz, admirado y a veces honorable que aceptó durante demasiado tiempo servir a un sistema profundamente criminal.
Y esa clase de persona resulta mucho más interesante que un monstruo.
Porque podemos convencernos fácilmente de que jamás seríamos un monstruo.
Es mucho más difícil asegurar que nunca seríamos el profesional que continúa haciendo magníficamente su trabajo mientras se repite que la política, las órdenes de arriba y las consecuencias pertenecen a otros.
Por eso la pregunta verdaderamente inquietante de la vida de Erwin Rommel no es si habría sido fácil reconocer a Hitler como un monstruo mirando hacia atrás desde nuestro tiempo.
La pregunta es otra:
¿en qué momento habrías dejado tú de obedecer si tu carrera, tu prestigio, tu familia y posiblemente tu vida dependieran de seguir haciéndolo?
Porque la historia no siempre juzga únicamente a quienes dieron las órdenes.
A veces también recuerda a quienes tuvieron el talento necesario para hacerlas posibles.


