Crímenes del sádico nazi “Carnicero de Lyon” torturador de mujeres – Klaus Barbie

Crímenes del sádico nazi "Carnicero de Lyon" torturador de mujeres - Klaus Barbie

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EL “CARNICERO DE LYON”: EL NAZI QUE TORTURÓ A MUJERES, CAZÓ NIÑOS… Y VIVIÓ DÉCADAS PROTEGIDO HASTA QUE SUS VÍCTIMAS VOLVIERON A MIRARLO A LOS OJOS

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Lyon, 1987.

El hombre sentado en el banquillo parecía demasiado viejo para provocar miedo.

Delgado. Casi calvo. Vestido con traje oscuro. Rodeado de policías. Habían pasado más de cuarenta años desde que su nombre hacía temblar a prisioneros encerrados en sótanos de Lyon.

Pero entonces una mujer se acercó a declarar.

Tenía el cabello envejecido, el cuerpo marcado por décadas y una memoria que el tiempo no había conseguido borrar.

Miró al anciano.

No necesitó fotografías.

No necesitó documentos.

No necesitó que nadie le recordara quién era.

Lo reconoció por los ojos.

Julie Franceschini había sobrevivido a la Gestapo. Ante el tribunal afirmó que no tenía ninguna duda sobre el hombre que la había torturado.

“Unos ojos así no se olvidan.”

El presidente del tribunal se volvió entonces hacia el acusado y le preguntó si quería responder.

Klaus Barbie levantó apenas la mirada.

Su respuesta fue prácticamente la misma que utilizaría frente a otros supervivientes:

—No tengo nada que decir.

Aquella frase habría resultado insoportablemente familiar cuarenta años antes.

Porque durante la ocupación nazi, eran sus prisioneros quienes habían sido obligados a hablar.

Ahora eran ellos quienes hablaban.

Y él quien quería permanecer en silencio.

Pero ésa no era todavía la parte más perturbadora de la historia.

Porque el verdadero escándalo no consistía únicamente en descubrir lo que Klaus Barbie había hecho durante la guerra.

Consistía en descubrir cómo un hombre buscado por semejantes crímenes había logrado vivir libre durante más de treinta años después de la derrota nazi.

Y quién lo había ayudado.


Cuando Klaus Barbie llegó a Lyon durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad no era un destino cualquiera.

Lyon se había convertido en uno de los grandes centros de la Resistencia francesa.

Había mensajeros clandestinos que cruzaban calles con papeles escondidos entre la ropa. Imprentas ocultas producían periódicos ilegales. Familias escondían judíos. Ferroviarios saboteaban operaciones alemanas. Grupos de resistencia intentaban coordinarse mientras la Gestapo buscaba destruirlos desde dentro.

Para los nazis, Lyon era una infección.

Y Klaus Barbie llegó dispuesto a extirparla.

Nacido en Alemania en 1913, se había incorporado a las SS en 1935 y había recibido entrenamiento relacionado con inteligencia e interrogatorios. Después de servir en los Países Bajos ocupados, fue enviado a Francia y terminó al frente de la Gestapo en Lyon. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)

No necesitó demasiado tiempo para ganarse un apodo.

El Carnicero de Lyon.

No porque fuera un comandante que impartía órdenes desde un escritorio mientras otros hacían el trabajo sucio.

Los testimonios posteriores describieron algo mucho más inquietante.

Barbie participaba personalmente en interrogatorios.

Golpeaba.

Amenazaba.

Presenciaba torturas.

Decidía quién continuaría siendo interrogado y quién sería enviado hacia prisiones, campos de tránsito o deportaciones de las que muchas personas jamás regresarían.

La maquinaria funcionaba mediante el terror.

El prisionero llegaba sin saber cuánto conocía la Gestapo.

Barbie formulaba preguntas.

Nombres.

Direcciones.

Radios clandestinas.

Contactos.

Refugios.

Familiares.

Si las respuestas no llegaban, comenzaba otra fase.

Y para muchas mujeres detenidas en Lyon, aquellas habitaciones se convirtieron en lugares imposibles de olvidar.


El 9 de marzo de 1944, Irène Clair, una joven integrante de la Resistencia de apenas 21 años, fue arrestada.

Trabajaba como secretaria de un responsable regional del Bureau des Opérations Aériennes del Ejército Secreto.

La condujeron ante Barbie.

Décadas más tarde, durante el juicio, recordó aquel encuentro.

Según su testimonio, Barbie se enfureció y comenzó a llamarlos terroristas, asesinos y bandidos.

Ella cometió algo que probablemente pocos prisioneros se habrían atrevido a hacer.

Se rio.

La reacción del jefe de la Gestapo fue inmediata.

Ordenó que se la llevaran.

Irène pasó por Montluc y finalmente fue deportada a Ravensbrück. Durante el juicio de 1987 recordó también las noches escuchando los sonidos provenientes de otros interrogatorios. (Le Monde.fr)

Pero Irène no sería la única mujer que regresaría, cuatro décadas después, para contar lo ocurrido.

Cuatro días después de su arresto, otra resistente cayó en manos de la Gestapo.

Se llamaba Lise Lesèvre.

Tenía más de ochenta años cuando volvió a contar su historia ante un tribunal.

En 1944 pertenecía a una red de la Resistencia.

Después de su captura fue internada en Montluc y sometida, según los archivos audiovisuales del juicio, a diecinueve interrogatorios.

Diecinueve.

Durante su declaración describió golpes y torturas y afirmó que Barbie participaba directamente o estaba presente.

Su marido fue deportado.

Su hijo también.

Ninguno regresó.

Ella sobrevivió a Ravensbrück.

Y sobrevivió lo suficiente para sentarse frente a la justicia francesa y convertir algo que durante décadas había vivido dentro de su memoria en una acusación pronunciada en voz alta. (Le Monde.fr)

Ésa era la perversidad del sistema.

Para Barbie, cada prisionero podía convertirse en un camino hacia el siguiente.

Una dirección llevaba a otra.

Un nombre llevaba a una familia.

Una familia llevaba a una red.

Y una red podía conducir a decenas de personas.

Pero hubo alguien que representaba algo todavía mayor.

Un hombre cuya captura podía destruir la estructura de la Resistencia francesa.

Se llamaba Jean Moulin.


Jean Moulin era uno de los personajes esenciales de la Resistencia.

Había sido enviado por Charles de Gaulle con una misión extremadamente difícil: ayudar a unificar movimientos que no siempre confiaban entre ellos.

Para la Gestapo, capturarlo era un golpe extraordinario.

Moulin fue detenido en junio de 1943.

Terminó bajo custodia de Barbie.

Según el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, Barbie lo interrogó personalmente durante semanas. Moulin se negó a revelar la información que buscaban.

Murió el 8 de julio de 1943, mientras era trasladado hacia Alemania, como consecuencia de las torturas sufridas. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)

La noticia convirtió a Moulin en símbolo.

Pero para Barbie, la operación represiva continuaba.

Y no siempre necesitaba capturar resistentes armados.

A veces bastaba con montar una trampa.


9 de febrero de 1943. Rue Sainte-Catherine, Lyon.

En el número 12 funcionaban dependencias de la organización judía UGIF.

Había personas que acudían allí buscando ayuda, asistencia o una consulta médica.

Precisamente por eso la fecha había sido elegida.

La Gestapo apareció alrededor de las diez de la mañana.

Comenzaron las detenciones.

Pero no se conformaron con quienes ya estaban dentro.

La operación se transformó en una trampa: las personas que llegaban posteriormente también podían ser capturadas.

Al terminar la redada, 86 judíos habían sido arrestados.

La inmensa mayoría terminaría deportada.

Muy pocos sobrevivirían.

La documentación histórica del Centro de Historia de la Resistencia y la Deportación de Lyon atribuye la decisión de realizar aquella redada a Klaus Barbie. (CHRD Lyon)

Pero incluso aquello quedaría eclipsado por lo ocurrido aproximadamente catorce meses después.

Porque aquella vez el objetivo sería una casa llena de niños.


A unos kilómetros de Lyon, cerca del pequeño pueblo de Izieu, existía un hogar que trataba desesperadamente de mantenerse apartado de la guerra.

Allí vivían niños judíos.

Algunos tenían cuatro años.

Otros eran adolescentes.

Sabine y Miron Zlatin habían participado en el esfuerzo por protegerlos. La ubicación parecía ofrecer cierta seguridad. En los documentos aparecían simplemente como refugiados.

En fotografías tomadas antes de la tragedia, los niños parecen exactamente lo que eran.

Niños.

Sonrisas.

Juegos.

Ropa sencilla.

Rostros que todavía no sabían que un documento administrativo podía decidir si una persona viviría o moriría.

La mañana del 6 de abril de 1944, aquella ilusión de seguridad terminó.

La Gestapo irrumpió en la colonia.

Cuarenta y cuatro niños y siete adultos fueron capturados, según la documentación utilizada posteriormente en el caso Barbie.

Fueron trasladados.

Después vino Drancy.

Después, para la mayoría, Auschwitz.

Los niños enviados allí fueron asesinados.

Miron Zlatin y dos de los muchachos mayores terminaron deportados hacia Estonia y fueron fusilados. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)

Cuando décadas después se reconstruyó la cadena documental, apareció un elemento decisivo:

Klaus Barbie había ordenado la operación y el traslado.

No era una leyenda.

No era el recuerdo confuso de un superviviente.

Existían documentos.

Firmas.

Telegramas.

Órdenes.

Papel.

Y ésa sería una de las grandes ironías de la historia: un régimen obsesionado con registrar, clasificar y administrar seres humanos había dejado tras de sí parte de las pruebas que terminarían persiguiendo a sus propios funcionarios.

Sin embargo, en 1944, Klaus Barbie tenía un problema mucho más inmediato.

Alemania estaba perdiendo la guerra.


Para agosto, las fuerzas alemanas comprendían que Lyon no podría mantenerse indefinidamente.

Los ejércitos aliados avanzaban.

La Resistencia aumentaba su actividad.

La estructura nazi comenzaba a retirarse.

Pero incluso durante aquellos últimos días, las deportaciones continuaron.

El 11 de agosto de 1944, uno de los últimos grandes convoyes salió de Lyon con cientos de prisioneros.

Ese transporte acabaría convirtiéndose décadas más tarde en otro de los episodios examinados durante el proceso contra Barbie. (Archives du Rhône)

Poco después, el jefe de la Gestapo abandonó Lyon.

La ciudad fue liberada.

Los prisioneros que quedaban comenzaron a contar.

Familias buscaron nombres.

Los supervivientes regresaron.

Aparecieron testimonios sobre Montluc, interrogatorios, deportaciones y ejecuciones.

Y los franceses comenzaron a buscar al hombre al que llamaban el Carnicero de Lyon.

Parecía cuestión de tiempo.

Alemania había sido derrotada.

Las SS habían sido desmanteladas.

Barbie figuraba entre criminales buscados.

Había personas que podían identificarlo.

Había expedientes sobre él.

Había órdenes de arresto.

La lógica decía que aquel hombre tenía pocos lugares donde esconderse.

Entonces ocurrió el primer gran giro.

Lo encontraron.

Pero no lo entregaron.


Después de la guerra, Klaus Barbie consiguió permanecer en Alemania bajo identidades falsas.

En 1947, un agente del Counter Intelligence Corps, el servicio de contrainteligencia del Ejército estadounidense, localizó al antiguo jefe de la Gestapo.

En lugar de arrestarlo, lo reclutaron.

La Guerra Mundial había terminado.

La Guerra Fría comenzaba.

Y en aquella nueva lucha, los servicios de inteligencia occidentales estaban obsesionados con la Unión Soviética y con las redes comunistas.

Barbie tenía experiencia.

Conocía personas.

Conocía métodos.

Conocía estructuras de inteligencia europeas.

Y alguien decidió que podía resultar útil.

Entre 1947 y 1951 trabajó como informante del CIC.

Francia pedía que fuera entregado.

Estados Unidos sabía quién era.

Pero el CIC temía, entre otras cosas, que Barbie conociera demasiado sobre sus operaciones.

Entonces ocurrió algo que, décadas después, el propio gobierno estadounidense tendría que reconocer públicamente.

Ayudaron a escapar a un criminal nazi buscado.

En 1951, Barbie y su familia fueron enviados clandestinamente hacia Sudamérica mediante una ruta de escape que pasaba por Italia.

No es una teoría de conspiración surgida de internet.

No depende de rumores.

Una investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos reconoció décadas después que funcionarios estadounidenses habían sido directamente responsables de proteger a Barbie frente a la justicia francesa y de facilitar su huida. Los Archivos Nacionales estadounidenses confirman asimismo que el CIC patrocinó su escape hacia Sudamérica. (Bộ Tư pháp Hoa Kỳ)

Cuando aquella verdad salió a la luz, el caso dejó de ser únicamente la historia de un criminal nazi.

Se convirtió también en la historia de las decisiones tomadas por los vencedores después de la guerra.

Y mientras sus víctimas intentaban reconstruir sus vidas…

Klaus Barbie estaba empezando otra.


En Bolivia dejó de presentarse como Klaus Barbie.

Ahora era Klaus Altmann.

La Paz quedaba a miles de kilómetros de Lyon.

Allí construyó una vida empresarial.

Adquirió conexiones políticas.

Obtuvo ciudadanía boliviana.

Llegó a disponer de documentación que le permitía viajar.

Participó en negocios y tuvo vínculos con sectores militares y gubernamentales.

El antiguo hombre de la Gestapo no vivía escondido permanentemente en una cabaña mirando por encima del hombro.

Durante largos períodos vivió integrado en círculos de poder.

Francia, mientras tanto, ya lo había condenado en ausencia.

Dos veces había recibido sentencias de muerte.

Pero las décadas seguían pasando.

Los testigos envejecían.

Los supervivientes morían.

Los documentos desaparecían.

La memoria podía volverse más difícil de demostrar judicialmente.

Para Barbie, cada año de libertad parecía jugar a su favor.

Hasta que dos personas decidieron convertir encontrarlo en una misión.

Serge y Beate Klarsfeld.


Los Klarsfeld se habían dedicado a localizar antiguos responsables nazis y colaboradores perseguidos por crímenes cometidos contra judíos.

En 1971 identificaron al empresario Klaus Altmann como el hombre que Francia llevaba décadas buscando.

Altmann era Barbie.

El nombre podía cambiar.

El rostro podía envejecer.

La historia no.

Los Klarsfeld iniciaron una campaña pública para conseguir que fuera llevado ante la justicia francesa. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)

Parecía que el cerco por fin se cerraba.

Pero apareció otro obstáculo.

Bolivia.

Barbie tenía protección.

Tenía contactos.

Las solicitudes francesas no consiguieron sacarlo del país.

Una vez más, el hombre perseguido por deportaciones, torturas y asesinatos parecía protegido por algo mucho más eficaz que una puerta cerrada:

el poder político.

Pasaron más años.

Y ésa podría haber sido la conclusión.

Un hombre envejeciendo tranquilamente al otro lado del mundo mientras quienes habían sobrevivido a sus interrogatorios morían uno tras otro.

Pero los gobiernos cambian.

Las alianzas también.

Y en 1983 llegó la noticia que muchas familias ya no esperaban escuchar.

Klaus Barbie había perdido su refugio.

Fue expulsado de Bolivia y puesto al alcance de las autoridades francesas.

El 5 de febrero de 1983, después de más de tres décadas de fuga, regresó bajo custodia a Francia. (Cơ sở Dữ liệu Tội phạm Quốc tế)

El Carnicero de Lyon volvía a Lyon.

Pero entonces apareció un problema casi absurdo.

Arrestarlo no significaba que fuera sencillo juzgarlo.


Barbie ya había sido condenado a muerte en ausencia en Francia durante la década de 1950.

Pero aquellas condenas habían quedado afectadas por la prescripción.

Y varios de los actos cometidos durante la guerra planteaban complejos problemas jurídicos relacionados con los plazos aplicables.

Así que la batalla se desplazó.

Ya no se trataba únicamente de demostrar qué había sucedido.

Se trataba de decidir cómo podía definirse jurídicamente aquello que había sucedido.

La respuesta fue crucial:

crímenes contra la humanidad.

A diferencia de otros delitos afectados por prescripción, los crímenes contra la humanidad podían perseguirse aunque hubieran transcurrido décadas.

Hubo recursos.

Decisiones.

Apelaciones.

Debates sobre qué hechos podían entrar dentro de aquella categoría.

En diciembre de 1985, la jurisprudencia francesa permitió ampliar la definición para incluir determinadas persecuciones contra miembros de la Resistencia, además de las persecuciones raciales y religiosas.

Eso permitió incorporar nuevos casos individuales, entre ellos el de Lise Lesèvre. (Archives du Rhône)

Y aquí apareció una de las paradojas más impresionantes del proceso.

Jean Moulin era probablemente la víctima individual más famosa asociada a Barbie.

Sin embargo, la detención y las torturas sufridas por Moulin no formarían parte de los cargos centrales por los que Barbie terminó siendo juzgado en 1987.

Para muchas personas resultaba incomprensible.

Pero el juicio no podía construirse únicamente sobre aquello que todos sabían o creían saber.

Tenía que construirse sobre hechos que encajaran exactamente dentro de categorías legales capaces de resistir décadas de recursos.

Por eso adquirieron una importancia inmensa Izieu, la redada de la rue Sainte-Catherine, el último convoy de deportados y los casos individuales de personas perseguidas y deportadas. (Archives du Rhône)

El hombre que durante años había escapado gracias a fronteras, identidades falsas, intereses políticos y vacíos temporales ahora intentaría sobrevivir mediante el derecho.

Pero había algo que los papeles no podían silenciar.

Los testigos seguían vivos.


11 de mayo de 1987. Palacio de Justicia de Lyon.

La sala tuvo que ser especialmente acondicionada.

Había periodistas de numerosos países.

Abogados.

Historiadores.

Supervivientes.

Familias de deportados.

Personas que habían esperado más de cuarenta años.

Klaus Barbie tenía 73 años.

Frente a él se habían constituido 113 particulares y organizaciones como partes civiles, representados por decenas de abogados.

El proceso iba a convertirse en el primer gran juicio francés por crímenes contra la humanidad.

Y había otra diferencia histórica.

Sería filmado íntegramente para los archivos judiciales.

Más de 185 horas quedarían registradas. (Archives du Rhône)

Barbie observó el escenario.

Escuchó los primeros procedimientos.

Y al tercer día tomó una decisión.

No quería seguir asistiendo.

La legislación francesa le permitía renunciar a comparecer voluntariamente durante buena parte del proceso.

Pidió ser devuelto a prisión.

Tal vez pretendía convertir su ausencia en una demostración de desprecio.

Tal vez no quería escuchar a quienes habían sobrevivido.

En cualquier caso, durante días el asiento del acusado quedó vacío mientras una persona tras otra reconstruía el mundo que él había contribuido a crear.

Y ocurrió algo que probablemente habría resultado inimaginable en 1944.

Las mujeres comenzaron a hablar.

Sin pedirle permiso.


Irène Clair habló.

Lise Lesèvre habló.

Ennat Vitte habló.

Simone Lagrange habló.

Sus voces no son intercambiables.

Cada una había llegado hasta aquella sala por un camino diferente.

Pero juntas producían algo que ningún expediente podía reproducir por sí solo.

Transformaban palabras burocráticas como “arresto”, “interrogatorio” y “deportación” en experiencias humanas.

Simone Lagrange tenía sólo trece años cuando fue detenida junto a sus padres en junio de 1944.

Barbie quería información sobre sus hermanos.

La niña fue interrogada y golpeada.

Después llegó Drancy.

Después Auschwitz.

Durante la evacuación del campo, Simone vio cómo mataban a su padre cuando intentaba acercarse a él.

Tenía más de cincuenta años cuando contó aquello en Lyon.

En varios momentos lloró mientras declaraba.

El acusado no estaba sentado frente a ella.

Había elegido no escuchar.

Pero las cámaras escuchaban.

El tribunal escuchaba.

Francia escuchaba. (Inathèque)

Lise Lesèvre describió sus interrogatorios.

Habló del daño físico que había arrastrado durante décadas.

Habló de Ravensbrück.

De su marido.

De su hijo.

De los que no habían regresado.

Y entonces el proceso empezó a cambiar.

Al principio se había hablado mucho del acusado.

Ahora el centro de gravedad se desplazaba hacia quienes habían sobrevivido.

Barbie comenzaba a perder incluso el privilegio de ser el protagonista de su propio juicio.

Pero aún podía esconderse en su celda.

Hasta el 26 de mayo.

Aquel día, el tribunal ordenó que lo trajeran.

Por la fuerza si era necesario.

Había testigos que debían identificarlo formalmente.

Cuando Barbie entró en la sala, llevaba más de cuarenta años separado de algunos de aquellos rostros.

Él había envejecido.

Ellos también.

Sin embargo, la memoria funcionó.

Uno tras otro lo reconocieron.

El presidente le ofrecía la posibilidad de responder.

Barbie insistía en que su presencia era ilegal.

Ante las acusaciones repetía:

Nada que decir. (Le Monde.fr)

Qué extraño debía de sonar aquello en esa sala.

El hombre que había construido parte de su poder obligando a otros a contestar preguntas ahora se refugiaba en el silencio.

Y todavía faltaba una confrontación que condensaría todo el juicio en unos segundos.


5 de junio de 1987.

Klaus Barbie volvió a ser llevado ante el tribunal.

Una mujer llamada Julie Franceschini tomó la palabra.

Había sido arrestada por la Gestapo.

Contó lo que había sufrido durante su detención.

Después miró hacia el acusado.

No dudó.

Para ella, aquel hombre era Barbie.

El presidente pidió una reacción.

Otra vez llegó la respuesta:

—No tengo nada que decir.

La documentación audiovisual del juicio conserva aquella escena.

Julie había explicado por qué podía reconocerlo incluso después de cuarenta años:

los ojos. (Inathèque)

Ése fue el momento que resumió la inversión completa del poder.

En 1944, una mujer arrestada entraba en una habitación dominada por Barbie.

Él preguntaba.

Él decidía.

Él tenía hombres armados.

Él podía ordenar prisión, tortura o deportación.

En 1987, Barbie entraba escoltado por policías.

Una mujer hablaba.

Los jueces escuchaban.

Las cámaras registraban.

Y Barbie no podía detener una sola palabra.

No hay evidencia de que se arrepintiera.

De hecho, todo indica lo contrario.

Pero el reconocimiento que importaba en aquella sala no era moral.

Era más sencillo y más devastador.

Las personas que él había reducido a números seguían teniendo nombre.

Y algunas habían vivido lo suficiente para pronunciar el suyo.


Durante semanas se escucharon testimonios.

El juicio no estuvo libre de polémica.

La defensa, encabezada por Jacques Vergès, intentó cuestionar la legitimidad moral del proceso y confrontar a Francia con crímenes cometidos durante su propia historia colonial.

La estrategia buscaba ampliar el juicio más allá de Barbie, situándolo dentro de una discusión sobre otras violencias estatales.

Pero el tribunal tenía una pregunta concreta delante:

qué responsabilidad penal tenía Klaus Barbie por los actos que se le imputaban.

Mientras los abogados discutían historia, derecho y memoria, había documentos mucho más silenciosos esperando sobre las mesas.

Listas.

Órdenes.

Fechas.

Transportes.

Nombres.

Izieu.

Sainte-Catherine.

Montluc.

Drancy.

Ravensbrück.

Auschwitz.

El acusado podía negar la legitimidad del proceso.

Podía ausentarse.

Podía negarse a responder.

Lo que no podía hacer era devolver atrás cuarenta años de archivos y testimonios.

La sala continuó escuchándolos hasta principios de julio.

Entonces llegó la noche del veredicto.


Era ya madrugada del 4 de julio de 1987 cuando el tribunal regresó.

Afuera, la expectación era enorme.

Dentro, nadie necesitaba que le explicaran lo que estaba en juego.

No era posible devolver a los niños de Izieu.

No era posible devolver a los padres de Simone.

No era posible devolverle a Lise Lesèvre a su marido y a su hijo.

No era posible hacer que Jean Moulin saliera vivo de 1943.

No existía sentencia capaz de compensar cuatro décadas de libertad.

Pero todavía quedaba una cosa.

Nombrar jurídicamente lo ocurrido.

El tribunal declaró a Klaus Barbie culpable de crímenes contra la humanidad.

La sentencia fue:

cadena perpetua. (Archives du Rhône)

Cuarenta y cuatro años después de algunos de los crímenes examinados, el antiguo jefe de la Gestapo de Lyon había sido condenado.

No moriría ante un pelotón.

No habría ejecución.

Francia había abolido la pena de muerte en 1981.

Barbie regresó a prisión.

Esta vez no existía una “ratline” preparada para sacarlo de Europa.

No había un nuevo Klaus Altmann esperando al otro lado del océano.

No había pasaporte diplomático.

No había gobierno boliviano detrás del cual esconderse.

La puerta se cerró.


Klaus Barbie murió bajo custodia francesa en 1991, enfermo de cáncer.

Tenía 77 años.

Hasta el final no mostró el arrepentimiento que muchos esperaban.

El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos recoge declaraciones posteriores en las que continuaba reivindicando su pertenencia al aparato nazi. (Bách Khoa Toàn Thư Holocaust)

Y quizá ésa sea precisamente la razón por la que esta historia resulta tan incómoda.

Porque sería mucho más fácil contarla si al final existiera una escena perfecta.

El criminal rompe a llorar.

Pide perdón.

Reconoce todo.

Las víctimas reciben una explicación.

La historia cierra el círculo.

Pero la realidad rara vez concede finales tan ordenados.

Barbie no ofreció esa satisfacción.

La justicia llegó cuando ya era anciano.

Muchísimas víctimas habían muerto.

Otros responsables jamás fueron juzgados.

Y durante más de tres décadas, un hombre perseguido por Francia había vivido libre en parte porque distintos intereses políticos consideraron más conveniente utilizarlo, protegerlo o ignorarlo.

El mayor giro de la historia nunca fue que Klaus Barbie fuera finalmente encontrado.

Fue descubrir que durante años hubo personas poderosas que sabían perfectamente dónde estaba.

En 1983, la investigación oficial estadounidense sobre el caso reconoció que funcionarios del gobierno de Estados Unidos habían contribuido directamente a protegerlo y organizar su fuga de la justicia. El informe admitía que, como consecuencia, Barbie había podido pasar más de treinta años libre. (Bộ Tư pháp Hoa Kỳ)

Ese dato obliga a mirar la historia desde un ángulo mucho más incómodo.

Los grandes criminales no siempre escapan porque sean genios.

A veces escapan porque alguien abre una puerta.

Porque alguien considera útil mirar hacia otro lado.

Porque un gobierno tiene una prioridad nueva.

Porque comienza otra guerra.

Porque el enemigo de ayer puede convertirse en el informante de mañana.

Y cada una de esas decisiones tiene un costo que normalmente pagan personas que no estuvieron presentes cuando fueron tomadas.


También explica por qué el juicio de 1987 terminó siendo mucho más que el proceso contra un solo hombre.

Fue una confrontación de Francia con su memoria.

Durante semanas, personas mayores regresaron públicamente a acontecimientos que habían intentado sobrevivir durante cuarenta años.

Algunas habían sido adolescentes cuando fueron deportadas.

Otras habían perdido familias enteras.

Algunas todavía podían describir una mirada.

Un pasillo.

Una voz.

Un gesto.

El sonido de una puerta.

El proceso quedó filmado precisamente porque la justicia francesa entendió que aquellas palabras pertenecían también al futuro.

No sólo a los jueces sentados allí.

A generaciones que todavía no habían nacido.

Por eso existen hoy esas grabaciones.

Por eso pueden consultarse los expedientes.

Por eso todavía aparecen los nombres.

Irène Clair.

Lise Lesèvre.

Simone Lagrange.

Julie Franceschini.

Sabine Zlatin.

Léa Feldblum.

Jean Moulin.

Y los niños de Izieu.

No fueron personajes secundarios en la vida de Klaus Barbie.

Klaus Barbie fue el criminal que apareció en las vidas de ellos.

Ésa es una diferencia enorme.

Porque durante demasiado tiempo la historia de los grandes criminales suele contarse alrededor de su personalidad.

Qué pensaban.

Cómo escaparon.

Dónde vivieron.

Cómo engañaron a la policía.

Cómo construyeron nuevas identidades.

Eso puede convertirlos accidentalmente en protagonistas fascinantes.

El juicio de Lyon produjo el efecto contrario.

Cada superviviente que hablaba reducía un poco más al supuesto “Carnicero de Lyon”.

Detrás del apodo no apareció un monstruo sobrenatural.

Apareció un funcionario fanático de un sistema criminal.

Un hombre capaz de firmar documentos.

Dar órdenes.

Interrogar.

Golpear.

Enviar personas a otros lugares.

Después cenar.

Dormir.

Volver a trabajar al día siguiente.

La aterradora lección no es que individuos como Barbie sean incomprensibles.

Es que pueden prosperar cuando una estructura les concede poder y convierte la crueldad en procedimiento.

Una orden.

Un sello.

Una lista.

Un tren.


Durante mucho tiempo, Barbie había controlado aquello que sus prisioneros podían decir.

En Lyon, durante la ocupación, una palabra podía condenar a otra persona.

Un silencio podía desencadenar golpes.

Una dirección podía destruir una familia.

Por eso resulta tan poderosa la imagen de 1987.

Un anciano sentado detrás de una barrera.

Guardias a su espalda.

Una mujer caminando hacia el estrado.

El tribunal esperando.

Ella levanta la mirada.

Lo observa.

Y lo reconoce.

No necesita gritar.

No necesita vengarse.

No necesita tocarlo.

Lo único que tiene que hacer es contar.

Él ya no puede interrumpirla.

Ya no puede ordenar que se abra una puerta hacia un sótano.

Ya no puede llamar a un guardia.

Ya no puede escribir su nombre en una lista de deportación.

Sólo puede repetir que no tiene nada que decir.

Y allí aparece la forma más extraña de justicia.

No borrar lo sucedido.

Eso es imposible.

No devolver a los muertos.

También es imposible.

Sino conseguir que el hombre que durante años decidió quién podía hablar termine obligado a escuchar cómo sus víctimas recuperan públicamente sus nombres.

Klaus Barbie necesitó una guerra, una policía secreta, cárceles, colaboradores, rutas clandestinas, identidades falsas, contactos militares y protección política para escapar durante décadas.

Sus víctimas necesitaron algo mucho más sencillo para derrotar finalmente su silencio:

sobrevivir, recordar y llegar vivas hasta una sala donde nadie pudiera volver a obligarlas a callar.

Y tal vez ésa sea la razón por la que esta historia todavía merece ser compartida:

la justicia puede llegar demasiado tarde para reparar el pasado, pero nunca es demasiado tarde para impedir que un verdugo tenga también la última palabra.