Mateo Valdés, quinto duque de Valdés, no se movió de su asiento de piedra bajo el arco de la iglesia de Santa Clara. Era el tercer martes consecutivo que se sentaba allí, con un viejo abrigo marrón que había pertenecido al guardabosques de su padre y su bastón apoyado entre las manos. Había descubierto en la primera hora un hecho útil: un ciego bien vestido es una tragedia, y la gente le hablaba con voces cuidadosas, como cuando se habla junto a la cama de un enfermo. Eso le convenía.

Nadie le diría lo que pensaban de él, nadie le llamaría por su título ni le exigiría opiniones sobre su condado. Por eso había vuelto. Para escuchar sin ser visto. Para saber qué se decía de él cuando no estaba.
La voz de la mujer llegó desde unos tres metros a su derecha, modulada para que se oyera más allá de lo que su interlocutora necesitaba. Mateo la reconoció de inmediato. Era la señora Vargas, la viuda del comerciante, dueña de la mitad de las tierras que rodeaban el pueblo. Hablaba con su hija, pero su voz viajaba hacia el camino, hacia los vecinos que pasaban, hacia cualquiera que quisiera escuchar.
–Cásate con él esta mañana o sal de mi casa al mediodía con lo que puedas cargar –dijo la señora Vargas–. Y le diré a la parroquia por qué. Mateo mantuvo las manos cruzadas sobre la cabeza del bastón y giró ligeramente el rostro hacia el camino de grava. Escuchó con toda su atención.
Era considerable lo que podía escuchar. Tres personas. La que hablaba, seda, un pesado aroma de agua de azahar, la costumbre de cambiar el peso de manera que las faldas silbaran. Una segunda mujer más joven, respirando rápida y superficialmente, con la particular excitación de alguien que disfruta de una crueldad realizada por otro.
Y una tercera, de pie muy quieta en el camino, cuyo único sonido durante un largo momento fue una sola inspiración. –Bueno –dijo la seda–, no tiene nada que decir. –Estoy pensando –dijo la tercera. Su voz era baja y sin prisa.
No había temblor en ella que un desconocido hubiera captado. Pero Mateo lo captó. Una ligera aspereza al final de las palabras, la marca de alguien que había llorado recientemente y durante mucho tiempo, y que no tenía intención de volver a hacerlo en compañía. –Piense más rápido –dijo la señora Vargas–.
El señor Vargas está en la puerta de la sacristía con el registro, y el cura tiene otros asuntos. No puedo alojar a dos mujeres solteras. Cecilia ha de ser Lady Bam en octubre, y no permitiré que su nombre se susurre en la misma frase que el de ella. –Mi nombre –respondió la tercera– no tiene nada susurrado sobre él, excepto lo que usted misma puso allí, señora.
Las faldas silvaron alejándose por el camino. La respiración excitada la siguió. Y luego quedó muy callado en el cementerio, con los cuervos pasando, y una abeja en alguna parte del limonero en flor, y una persona de pie a unos dos metros y medio de él, sin moverse en absoluto. Mateo esperó.
Ella no se movió. Tampoco él. Pasó un minuto, quizá dos. Luego, la mujer dio un paso hacia él.
Otra vez se detuvo. Mateo la oyó respirar hondo, un suspiro que no llegó a ser, y después dijo, con voz clara, como quien se decide:
–Señor, ¿tiene usted algún lugar adonde ir? Mateo no contestó de inmediato. Levantó el rostro, y aunque sus ojos estaban velados por la oscuridad que fingía, la vio por fin, o la imaginó, que era lo mismo: una muchacha de unos veinte años, con la ropa modesta pero limpia, el cabello recogido y las manos apretadas contra el pecho.
No había lágrimas en sus ojos, pero sí la huella de haberlas derramado. –Solo este banco de piedra –dijo él–. Y el camino, cuando me canso de él. Ella se inclinó un poco, estudiándolo.
–Parece usted un hombre de bien. –Parecer es un arte, señorita. –Entonces será usted un artista –respondió ella, y por primera vez hubo algo parecido a una sonrisa en su voz–. Mi nombre es Lucía.
Lucía Sandoval. Y la señora Vargas tiene razón: no tengo otro lugar. Mateo no había previsto esto. Había venido a escuchar, no a intervenir.
Pero la voz de Lucía tenía algo, una mezcla de desesperación y orgullo, que le hizo soltar el bastón con un movimiento suave y ponerse en pie. –Entonces tendrá usted que aprender a vivir con un ciego, señorita. Yo sé cocinar, aunque solo con lo que se puede sentir al tacto. Usted sabrá arreglar lo que yo no vea.
¿Acepta? Ella tardó un momento. Luego dijo, con una firmeza que le sorprendió: –Acepto. –Pues venga –dijo Mateo–.
Tengo una casa a media hora de aquí. No es gran cosa, pero tiene techo y no hay quien nos diga lo que tenemos que hacer. Caminaron juntos por el camino de grava, él con su bastón, ella a su lado, sin tocarse. Mateo no había mentido del todo: era ciego de verdad desde los cinco años, por una fiebre que le arrebató la vista y casi la vida.
Pero el título de duque y las tierras que le habían llegado por herencia no le habían servido de nada hasta ahora, salvo para que la gente le hablara con voz falsa. Con Lucía, en cambio, hablaba sin voces falsas. Ella le describía el paisaje con palabras sencillas: el rojo de los tejados, el verde de los trigales, el azul del cielo. Y él le contaba lo que oía: el canto de un jilguero, el rumor del arroyo, el viento entre los árboles.
A los pocos días, la casa estaba limpia, el huerto empezaba a dar frutos, y Mateo se descubrió esperando la hora de la cena para oír la voz de Lucía. Ella le leía en voz alta los libros que él tenía guardados, y él le enseñaba a reconocer las plantas por el tacto, a distinguir una yema de otra por la textura. Cuando la señora Vargas se enteró de que Lucía no había vuelto, se presentó en la casa con su hija y un cura. Mateo los recibió en la puerta, con su bastón y su abrigo, y dijo:
–Señora Vargas, esta mujer es mi esposa.
La casamos hace tres días en Santa Clara, con testigos del pueblo. No sé qué historias quiere usted contarle a la parroquia, pero si alguna mancha toca su nombre, tendrá que manchar el mío también. Y yo no permito que se ensucie mi nombre en vano. La señora Vargas enmudeció.
Su hija Cecilia, que había estado a punto de casarse con un hombre que solo quería su dote, la miró con una expresión que mezclaba asombro y envidia. Lucía, que estaba detrás de Mateo, se llevó la mano a la boca, pero no dijo nada. Solo cuando la señora Vargas se marchó, mascullando amenazas entre dientes, Lucía habló:
–¿Por qué has hecho eso? No me debías nada.
Mateo sonrió. Era una sonrisa rara en él, pero la practicaba últimamente. –Porque tú no necesitas que nadie te deba nada para hacer lo correcto. Y yo necesitaba dejar de escuchar lo que otros decían para empezar a oír lo que yo decía.
–¿Y qué dices? –Que no quiero volver a sentarme solo bajo ese arco. Que prefiero sentarme contigo en esta puerta, aunque no haya arco, aunque no haya iglesia, aunque no haya más testigo que el cielo. Lucía se acercó y le tomó la mano, la que sostenía el bastón, y la apretó.
–Entonces, duque ciego –dijo–, tendrás que enseñarme a vivir sin miedo. –Ya lo aprendes –respondió Mateo–. Cada día. Y así fue.
Vivieron muchos años en esa casa, sin más riqueza que un huerto y una biblioteca, y nadie volvió a decir que Lucía era una carga, porque Mateo la miraba como solo pueden mirar los que no ven: con el corazón. La última vez que Mateo se sentó bajo el arco de Santa Clara, fue para esperarla a ella, que había ido a la misa del domingo. La oyó llegar desde lejos, por sus pasos ligeros y el roce de su falda. Y cuando ella se sentó a su lado, él dijo:
–Sabes, ahora que ya no necesito fingir, puedo decirte la verdad: yo no sabía si aceptarías esa mañana.
Pero estaba dispuesto a esperar. Ella le respondió: –Y yo estaba dispuesta a no depender de nadie. Pero aprendí que a veces depender es confiar. Y contigo, confiar fue fácil.
Se quedaron allí mientras el sol se ponía detrás del cementerio, con los cuervos pasando y la abeja en el limonero, y Mateo pensó que la mejor decisión que había tomado en su vida no fue ser duque, sino ser ciego el tiempo suficiente para aprender a oír de verdad.


