Las cortinas de terciopelo rojo permanecían cerradas en Brox Custom Tailoring, ocultando el interior del taller a las luces de la Quinta Avenida.

A aquella hora, Nueva York seguía despierta, pero dentro de la sastrería el mundo parecía suspendido. El aire olía a perfume francés, vapor de plancha y lana italiana recién cortada. Las lámparas doradas proyectaban sombras largas sobre los maniquíes, mientras el sonido de la lluvia golpeaba suavemente los cristales.
Siena Brox estaba sola.
O casi.
Sobre la mesa central descansaba una camisa negra hecha a medida para Aries Thorne, uno de los hombres más poderosos y temidos de la costa Este.
Siena pasó lentamente los dedos enguantados sobre el cuello de la prenda.
Algo no estaba bien.
Conocía aquella tela mejor que nadie. Había elegido personalmente el algodón egipcio, medido cada costura y cortado cada pieza según las proporciones exactas de Aries. Sin embargo, un brillo extraño aparecía entre los hilos negros que cerraban el puño izquierdo.
Acercó la camisa a la luz.
El hilo parecía ligeramente húmedo.
Tomó una lupa, separó una fibra y dejó caer una pequeña gota de reactivo sobre ella.
El líquido cambió de color de inmediato.
Siena retrocedió.
No era tinte.
Era una sustancia diseñada para penetrar lentamente a través de la piel.
Un veneno de acción progresiva.
No provocaría una muerte instantánea. Primero aparecerían mareos, debilidad muscular y desorientación. Más tarde, fallos respiratorios. Para cuando alguien comprendiera lo ocurrido, la sustancia ya habría desaparecido casi por completo del organismo.
Siena miró la camisa con horror.
Alguien había utilizado sus costuras para intentar matar a Aries Thorne.
Y cuando él muriera, todos mirarían hacia ella.
La costurera que había confeccionado la prenda.
La mujer que tenía acceso directo a sus medidas, sus telas y sus entregas privadas.
Su carrera terminaría.
Quizá también su vida.
El teléfono vibró sobre la mesa.
En la pantalla apareció un nombre.
Killan Reed.
Jefe de seguridad de Aries.
Siena respondió intentando controlar su respiración.
—Señorita Brox, el conductor pasará a recoger la camisa a las nueve.
Siena observó el reloj.
Faltaban cuarenta minutos.
—No puede venir.
Hubo un breve silencio.
—¿Hay algún problema con la prenda?
—Necesito entregarla personalmente.
—El señor Thorne no recibe a proveedores sin cita.
—Entonces consiga una cita.
—Señorita Brox…
—Killan, si esa camisa llega a manos de Aries sin que yo hable con él, alguien morirá esta noche.
El tono del hombre cambió.
—Explíquese.
—No por teléfono.
—¿Está segura de lo que acaba de decir?
Siena apretó la mandíbula.
—Completamente.
Quince minutos después, un automóvil negro esperaba frente al taller.
Antes de salir, Siena miró su reflejo en el espejo.
Llevaba un vestido color vino, sencillo pero elegante, diseñado por ella misma. La tela rodeaba su cuerpo de reloj de arena, resaltando unas curvas que durante años había intentado ocultar.
Aquella mañana, una clienta rica había entrado con dos amigas.
Mientras Siena tomaba medidas para un traje masculino, una de ellas la había observado de arriba abajo.
—¿Tú eres la famosa diseñadora?
Siena había asentido.
—Me sorprende. Pensé que una sastrería de este nivel contrataría a alguien con una imagen más… refinada.
Las amigas habían reído.
Otra mujer añadió:
—Quizá debería dedicarse a coser tiendas de campaña. Ahí sí sabría trabajar con grandes cantidades de tela.
Siena no respondió.
Había aprendido a permanecer inmóvil mientras otros intentaban hacerla pequeña.
Sin embargo, horas después, aquellas palabras seguían clavadas en su mente.
Demasiado grande.
Demasiado visible.
Demasiado mujer para un mundo que prefería cuerpos estrechos, silenciosos y fáciles de ignorar.
Ahora debía presentarse ante Aries Thorne, un hombre del que se decía que podía destruir una familia con una sola llamada.
Siena tomó la caja de la camisa y salió.
El ático de Aries ocupaba los tres últimos pisos de una torre privada cerca de Central Park.
Los controles de seguridad comenzaron en el garaje. Le revisaron el bolso, escanearon la caja y comprobaron su identidad dos veces.
Killan la esperaba en el vestíbulo.
Era alto, de cabello oscuro y expresión impenetrable.
—El señor Thorne terminará una reunión en diez minutos.
—Necesito hablar con él a solas.
—Eso lo decidirá él.
Una empleada se acercó con una bandeja de café. Al girar demasiado rápido, chocó contra Siena.
La taza cayó.
El líquido caliente se derramó sobre la parte delantera de su vestido.
Siena dio un salto ahogando un grito.
—¡Lo siento! —exclamó la joven—. Lo siento muchísimo.
La tela quedó empapada desde el pecho hasta la cintura.
Killan miró el desastre.
—No puede presentarse así ante el señor Thorne.
—No puedo volver a la sastrería.
—Hay un vestidor junto al salón. Buscaremos algo.
La condujeron a una habitación cubierta de espejos y madera oscura.
El armario destinado a invitados estaba vacío.
Solo quedaba una camisa blanca colgada en una esquina.
Siena la reconoció por el monograma negro bordado en el puño.
A.T.
—Es del señor Thorne —dijo el ama de llaves—. Pero no tenemos otra cosa.
Siena contempló su vestido mojado.
—No puedo usar su ropa.
—Tampoco puede quedarse con eso.
Cinco minutos después, Siena se miraba en el espejo con la camisa blanca de Aries puesta.
La prenda era enorme en los hombros y demasiado larga, pero su cuerpo transformaba por completo la caída de la tela. El algodón se tensaba sobre su pecho, marcaba su cintura y descendía apenas hasta la mitad de sus muslos.
Había dejado varios botones superiores abiertos porque no conseguía cerrarlos sin forzar la costura.
Se sentía expuesta.
Ridícula.
Peligrosamente visible.
La puerta se abrió.
Siena se volvió.
Aries Thorne entró sin anunciarse.
Medía casi un metro noventa y cinco. Sus hombros llenaban el traje gris oscuro, perfectamente ajustado. Tenía los ojos de un tono entre plata y hielo, y una pequeña parte del tatuaje de un cuervo asomaba por encima del cuello de su camisa.
No levantó la voz.
No fue necesario.
La habitación pareció pertenecerle desde el instante en que entró.
Su mirada descendió lentamente por el cuerpo de Siena.
Después volvió a su rostro.
—Esa camisa es mía.
Siena sintió que el calor subía por su cuello.
—Hubo un accidente con café. Me dijeron que podía usarla unos minutos.
Aries cerró la puerta detrás de él.
—¿Quién se lo dijo?
—El ama de llaves.
Él avanzó.
Siena retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared.
Aries apoyó una mano junto a su cabeza.
No la tocó.
Pero la cercanía era suficiente para alterar el aire.
—¿Por qué lleva mi camisa, pajarito?
La voz fue apenas un murmullo.
Siena trató de mantener la mirada firme.
—Ya se lo he explicado.
—No del todo.
Sus ojos recorrieron los botones tensos.
—La tela nunca había tenido ese aspecto sobre mí.
Siena llevó una mano al primer botón.
—Me la quitaré.
Aries atrapó su muñeca.
—¿Quién le dio permiso para tocar esos botones?
Ella abrió los ojos.
—Es su camisa.
—Exactamente.
Su pulgar rozó el interior de la muñeca de Siena.
—Y ahora está sobre usted.
Siena intentó ignorar el estremecimiento que le recorrió el cuerpo.
—Señor Thorne, vine por algo importante.
—Aries.
—No creo que…
—Cuando una mujer está descalza en mi vestidor, usando mi ropa y mirándome de esa manera, puede llamarme Aries.
Siena respiró hondo.
—Aries.
El sonido de su nombre pareció cambiarlo.
Sus ojos se oscurecieron.
—Mucho mejor.
—La camisa negra que debía recibir esta noche está envenenada.
Toda la calidez peligrosa desapareció de su rostro.
En menos de un segundo, Aries dejó de ser el hombre que la observaba como si quisiera memorizarla.
Se convirtió en el líder que había sobrevivido a guerras que nunca aparecían en los periódicos.
—Repítalo.
—Alguien impregnó el hilo de los puños con una sustancia que atraviesa la piel. El efecto sería lento. Parecería una enfermedad, no un asesinato.
Aries soltó su muñeca.
—¿Cómo lo descubrió?
—Conozco mis materiales. Ese hilo no era el que yo había seleccionado.
—¿Quién tuvo acceso?
—Mi personal no. El último lote fue recibido a través del proveedor interno autorizado por su familia.
Aries sacó el teléfono.
—Killan.
La puerta se abrió casi de inmediato.
—Localiza a Mateo. Que nadie le avise. Quiero todos sus teléfonos, cuentas y registros de entrada.
Killan no preguntó por qué.
—Ahora mismo.
—Y lleva la camisa negra al laboratorio.
Cuando quedaron solos, Siena tomó aire.
—¿Me cree?
Aries la miró como si la pregunta lo ofendiera.
—Ha venido sola a advertir a un hombre al que todos temen. Ha arriesgado su negocio y probablemente su vida. Una mentirosa habría enviado una nota.
Siena bajó la mirada.
—Si usted moría, me culparían.
—Eso también.
Aries se acercó de nuevo.
—Pero no fue la única razón.
—No me conoce.
—Conozco la forma en que me mira cuando cree que no estoy prestando atención.
—Yo no lo miro de ninguna forma.
Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.
—Y miente mal.
Siena cruzó los brazos, olvidando que el movimiento tensaba todavía más la camisa.
Los ojos de Aries descendieron durante un instante.
—Deje de hacer eso.
—¿Qué cosa?
—Convertir mi ropa en una provocación.
—No lo estoy haciendo a propósito.
—Ese es el problema.
Siena quiso responder, pero Aries levantó una mano y rozó uno de sus rizos.
—Quiero hijos.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Hijos fuertes. Una casa que no se sienta vacía. Una mujer capaz de decirme que una camisa puede matarme mientras lleva otra de mis camisas como si hubiera nacido para ocupar mi espacio.
—Acaba de conocerme.
—No.
La mirada de Aries se volvió intensa.
—Llevo dos años observando cómo trabaja. Cada costura que hace revela más de usted que cualquier conversación.
Antes de que Siena pudiera reaccionar, un estruendo sacudió el piso inferior.
El cristal de una ventana explotó.
Las luces se apagaron.
Unas lámparas rojas de emergencia iluminaron el vestidor.
Aries empujó a Siena detrás de una columna de mármol y sacó una pistola oculta bajo la chaqueta.
—No se mueva.
Se escucharon disparos en el pasillo.
La puerta voló hacia dentro.
El primer atacante apenas alcanzó a levantar su arma antes de caer.
Aries disparó dos veces más.
El segundo hombre se desplomó contra el marco.
Un tercero entró por la izquierda.
Siena vio el destello metálico y gritó:
—¡A tu lado!
Aries giró y disparó.
El silencio duró menos de un segundo.
—Killan, informa.
Una voz respondió desde el comunicador de su muñeca.
—Ataque coordinado. Al menos diez hombres. Son de los Maroney. Han bloqueado el ascensor principal.
Aries miró a Siena.
—Existe una salida secundaria al final del corredor. Baje hasta la calle y corra hacia el este.
—No pienso dejarte.
—No es una petición.
—Puedo ayudar.
—Ya me ha salvado la vida una vez esta noche.
Tomó su rostro con una mano.
—No me obligue a verla morir aquí.
Siena sintió un nudo en la garganta.
Aries abrió una puerta oculta detrás de un panel.
—Corra.
Siena obedeció.
Bajó por una escalera de servicio iluminada por luces rojas.
Sus zapatos de tacón dificultaban cada paso, así que se los quitó y continuó descalza.
La camisa blanca se movía alrededor de sus muslos.
El mármol frío se clavaba en las plantas de sus pies.
Siena nunca había sido rápida.
Su cuerpo, tan criticado por otros, parecía pesarle más con cada tramo de escaleras.
Pero siguió.
Su respiración se volvió dolorosa.
Las piernas comenzaron a temblarle.
Al llegar a la calle, la lluvia golpeó su rostro.
Corrió hacia el este.
Un motor rugió detrás de ella.
Dos furgonetas negras doblaron la esquina.
Siena intentó acelerar.
La primera subió a la acera.
Ella se lanzó hacia un lado y cayó sobre el asfalto.
El impacto le arrancó el aire de los pulmones.
Trató de levantarse.
No pudo.
La segunda furgoneta se aproximaba.
Los faros la cegaron.
Durante un instante, Siena pensó en todas las veces que había deseado ocupar menos espacio.
Ahora estaba allí, tendida en medio de la calle, y deseó con todas sus fuerzas ser lo bastante grande para sobrevivir.
Cerró los ojos.
Un estruendo metálico sacudió la avenida.
Un vehículo blindado apareció desde una calle lateral y embistió la primera furgoneta.
El vehículo enemigo giró y chocó contra un poste.
La puerta del coche blindado se abrió.
Aries descendió con un rifle en las manos.
Su traje estaba manchado de sangre, aunque Siena no sabía si era suya.
Disparó contra los neumáticos de la segunda furgoneta.
El conductor perdió el control.
El vehículo chocó contra una barrera y estalló en llamas.
Aries corrió hacia Siena.
Dejó el arma en el suelo y se arrodilló.
—Míreme.
Ella abrió los ojos.
—Estoy bien.
—No le he preguntado eso. Le he ordenado que me mire.
Siena sostuvo su mirada.
La furia que vio en sus ojos no estaba dirigida hacia ella.
Era miedo.
Aries deslizó un brazo bajo sus rodillas y otro detrás de su espalda.
La levantó con facilidad.
Siena rodeó su cuello.
—Pesas demasiado, ¿verdad? —murmuró con amargura.
Aries se detuvo.
—No vuelva a decir eso.
—La gente siempre…
—La gente es estúpida.
La apretó más contra su pecho.
—Usted tiene el peso exacto de una mujer que merece ser sostenida.
La llevó hacia el vehículo.
—Nadie toca lo que me pertenece.
Siena lo miró.
—Yo no te pertenezco.
—Todavía no.
La colocó con cuidado en el asiento trasero.
—Pero no permitiré que mi futura reina muera en una calle.
Tres meses después, Mateo Thorne permanecía atado a una silla de acero en un almacén del puerto.
Había confesado haber cambiado los hilos y facilitado la entrada de los Maroney en el edificio. Esperaba que Aries muriera lentamente y que la familia necesitara un nuevo líder.
Aries entró con un traje negro impecable.
Killan esperaba junto a la puerta.
Mateo levantó la cabeza.
—Somos familia.
—Lo éramos.
—Solo quería lo que me correspondía.
—Nada te correspondía.
Aries colocó sobre una mesa la camisa negra envenenada.
—Intentaste utilizar a una mujer inocente para ocultar mi asesinato.
—Era solo una costurera.
El rostro de Aries se endureció.
—Ese fue tu último error.
No ordenó su muerte.
Para un hombre como Mateo, el castigo fue peor.
Le quitaron su apellido, sus propiedades y todo acceso a la organización. Fue enviado fuera del país con la advertencia de que nunca regresara.
La familia Maroney perdió sus rutas, sus negocios y sus aliados.
En menos de tres meses, su poder desapareció de la costa Este.
Mientras Aries limpiaba su imperio, Siena transformaba su propia vida.
Brox Custom Tailoring dejó de ser solamente una sastrería de lujo. Se convirtió en la firma exclusiva de los hombres más poderosos de la ciudad.
Sin embargo, la mayor transformación no ocurrió en su negocio.
Ocurrió en ella.
La noche del gran baile de invierno, Siena permaneció frente a un espejo en el invernadero del ático.
Llevaba un vestido de seda verde esmeralda diseñado por ella misma. El escote seguía la curva de su pecho, la cintura estaba perfectamente marcada y la falda caía sobre sus caderas sin intentar esconderlas.
Su cabello estaba recogido en un moño elegante.
Parecía una reina.
Pero en su interior todavía escuchaba voces antiguas.
Demasiado grande.
Demasiado llamativa.
Demasiado mujer.
Aries apareció detrás de ella.
Vestía un traje negro confeccionado por Siena.
—La fiesta ha comenzado.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué se esconde?
Siena bajó la mirada.
—No me escondo.
Aries se colocó frente a ella.
—Miente peor que la primera noche.
Ella intentó sonreír.
—Todos ahí fuera parecen pertenecer a tu mundo. Mujeres delgadas, perfectas, elegantes.
—Usted es elegante.
—No como ellas.
—Gracias a Dios.
Siena lo miró.
—A veces pienso que, cuando estamos juntos, todos se preguntan qué haces con una mujer como yo.
La expresión de Aries cambió.
—¿Una mujer como usted?
—Grande.
Él dio un paso hacia ella.
—Vuelva a decirlo.
—Aries…
—Dígalo sin vergüenza.
Siena respiró hondo.
—Soy grande.
—Sí.
Sus manos rodearon la cintura de Siena.
—Es suave. Tiene curvas. Cuando entra en una habitación, el aire cambia porque su presencia tiene peso.
—No creo que eso sea un cumplido.
—Lo es cuando viene de mí.
La acercó más.
—No quiero una muñeca frágil que desaparezca detrás de un vestido. Quiero una mujer capaz de salvarme la vida, enfrentar a hombres armados y construir algo con sus propias manos.
Su boca rozó la frente de Siena.
—Quiero una reina que ocupe espacio.
Las lágrimas llenaron los ojos de ella.
—Nadie me había dicho algo así.
—Entonces ha escuchado a las personas equivocadas.
Aries la besó.
No fue un beso apresurado.
Fue profundo, firme, lleno de una promesa que Siena ya no pudo confundir con deseo pasajero.
Cuando se separaron, Aries sacó una pequeña caja de terciopelo negro.
Siena dejó de respirar.
Dentro había un anillo de esmeralda rodeado de diamantes.
Aries no se arrodilló.
No era un hombre acostumbrado a inclinarse.
Pero su voz perdió toda arrogancia.
—Hace tres meses entró en mi casa llevando una camisa envenenada y terminó usando una de las mías.
Siena sonrió entre lágrimas.
—No fue exactamente mi elección.
—Desde aquella noche, nada en mi casa volvió a sentirse vacío.
Tomó su mano.
—Usted no solo hizo su trabajo. Llenó mi espacio con calor, belleza e inteligencia. Me obligó a recordar que sobrevivir no es lo mismo que vivir.
Colocó el anillo en su dedo.
—Quiero hijos con usted. Quiero mañanas, discusiones, vestidos sobre mis sillones y agujas en lugares donde no deberían estar.
—Eso último ocurrirá con frecuencia.
—Lo soportaré.
Sus ojos grises se clavaron en los de ella.
—Quiero todo, Siena. No por una noche. No mientras sea fácil. Todo.
La voz de Siena tembló.
—¿Eso es una propuesta?
—Es la única que haré en mi vida.
—Sigues sin arrodillarte.
—Tengo ciertos límites.
Ella soltó una carcajada.
Aries apretó su mano.
—Cásese conmigo.
Siena miró el anillo.
Después lo miró a él.
Recordó a la mujer que se había sentido demasiado grande para ser amada, demasiado visible para ser deseada y demasiado insegura para ocupar un lugar junto a un hombre como Aries.
Aquella mujer todavía existía.
Pero ya no gobernaba su vida.
—Sí.
Aries permaneció inmóvil.
—Repítalo.
—Sí, Aries. Me casaré contigo.
Él la levantó del suelo y la besó mientras Siena reía contra su boca.
La guerra había terminado.
El hombre que había construido su vida como una fortaleza había encontrado un hogar en los brazos de la mujer que lo salvó.
Y Siena, la costurera a la que otros habían llamado demasiado grande, comprendió por fin que nunca había sido excesiva.
Solo había pasado demasiados años rodeada de personas incapaces de apreciar todo lo que ella era.
Cuando entraron juntos en el salón, las conversaciones se detuvieron.
No por Aries.
No esta vez.
Todos miraron a Siena.
Su vestido verde brillaba bajo las lámparas. La esmeralda de su mano atrapaba la luz. Caminaba junto al hombre más temido de Nueva York sin ocultarse detrás de él.
Aries inclinó la cabeza hacia ella.
—Están mirando a su reina.
Siena sonrió.
—Entonces será mejor que les demos algo digno de recordar.
Y avanzó hacia el centro del salón, ocupando cada centímetro de espacio que durante tanto tiempo le habían enseñado a temer.


