
KIEV, 1946: EL DÍA EN QUE UNA CIUDAD MIRÓ A LOS OJOS A LOS HOMBRES DEL TERROR
Nota histórica: Esta narración está construida a partir de hechos documentados sobre la ocupación nazi de Kiev, la masacre de Babyn Yar y el proceso celebrado en Kiev en enero de 1946. Algunos diálogos, transiciones y escenas íntimas son reconstrucciones narrativas para dar continuidad al relato. Un dato importante: las 33.771 víctimas registradas de los días 29 y 30 de septiembre de 1941 eran judíos de Kiev —hombres, mujeres y niños—, no exclusivamente mujeres y niños. Doce de los quince acusados del proceso de Kiev fueron condenados a muerte; los otros tres recibieron penas de trabajos forzados.
El 29 de enero de 1946, Kiev amaneció bajo un frío que parecía endurecer hasta las paredes.
La guerra había terminado hacía meses.
Pero para miles de personas que caminaban aquella mañana hacia el centro de la ciudad, había algo que todavía no había terminado.
No era la reconstrucción.
No era el hambre.
No eran los edificios abiertos por las bombas ni las ventanas cubiertas con tablas.
Era una cuenta pendiente.
En la plaza Kalinin —el lugar que décadas después sería conocido como la Plaza de la Independencia— una multitud comenzó a reunirse mucho antes de que llegaran los condenados.
Había soldados.
Obreros.
Viudas.
Ancianos apoyados en bastones.
Mujeres que llevaban fotografías dobladas dentro del abrigo.
Personas que no gritaban.
Personas que no necesitaban preguntar por qué estaban allí.
Durante más de dos años, Kiev había sido una ciudad ocupada.
Y durante aquellos años habían desaparecido familias enteras.
Algunos habían sido fusilados.
Otros enviados a campos.
Otros deportados a trabajos forzados.
Otros habían salido una mañana con una bolsa en la mano obedeciendo una orden alemana y jamás habían regresado.
Ahora, en el centro de la ciudad, doce hombres condenados por crímenes cometidos durante la ocupación iban a ser ejecutados públicamente.
Pero la multitud no había venido solamente a ver morir a doce hombres.
Había venido porque cuatro años antes, en las afueras de Kiev, 33.771 personas habían sido asesinadas en apenas dos días.
Y porque durante demasiado tiempo los asesinos habían creído que el barranco guardaría silencio.
Se equivocaron.
El barranco tenía testigos.
Y uno de ellos seguía vivo.
SEPTIEMBRE DE 1941
Tres meses antes, Hitler había lanzado la Operación Barbarroja, la gigantesca invasión de la Unión Soviética.
Las columnas alemanas avanzaban a una velocidad que parecía imposible.
Ciudades caían.
Ejércitos enteros quedaban rodeados.
Carreteras interminables se llenaban de refugiados.
El 19 de septiembre de 1941, las fuerzas alemanas entraron en Kiev.
Antes de la guerra, vivían en la ciudad aproximadamente 160.000 judíos. Muchos lograron huir antes de la ocupación, pero decenas de miles permanecieron allí: ancianos que no podían viajar, familias que no tenían adónde ir, personas convencidas de que la guerra no podía convertirse en algo peor de lo que ya era.
Durante los primeros días, algunos habitantes observaron a los soldados alemanes desde las ventanas.
Habían escuchado rumores.
Historias llegadas desde Polonia.
Relatos sobre fusilamientos.
Desapariciones.
Humillaciones.
Pero un rumor siempre parece menos peligroso cuando todavía no ha llegado a tu calle.
Entonces comenzaron las explosiones.
En varios edificios del centro de Kiev estallaron minas colocadas por fuerzas soviéticas durante su retirada.
El fuego se extendió.
Murieron soldados y funcionarios alemanes.
El centro de la ciudad ardió durante días.
Los ocupantes encontraron rápidamente a quién culpar.
Los judíos.
No importaba que las minas hubieran sido colocadas por unidades soviéticas.
No importaba quién hubiera activado cada explosión.
La verdad ya no era necesaria.
Solo hacía falta un pretexto.
Y el pretexto llegó impreso en carteles.
Una mañana, los habitantes de Kiev descubrieron una orden pegada en diferentes puntos de la ciudad.
Los judíos debían presentarse el 29 de septiembre en un lugar determinado cerca de las calles Melnikova y Dokterivska.
Debían llevar documentos.
Dinero.
Objetos de valor.
Ropa.
La advertencia era clara: quien desobedeciera sería castigado.
Para muchas familias, aquella lista de instrucciones parecía tener una explicación conocida.
Deportación.
Reasentamiento.
Traslado.
Los nazis comprendían perfectamente la fuerza de las palabras burocráticas.
No decían:
“Vengan para morir.”
Decían, en esencia:
“Preséntense.”
Y así, durante las primeras horas del 29 de septiembre, comenzaron a aparecer familias enteras.
Un abuelo con un abrigo demasiado grande.
Una madre cargando una manta.
Un niño arrastrando una maleta.
Una mujer que había metido pan en una bolsa porque no sabía cuántas horas duraría el viaje.
Personas que habían cerrado la puerta de su casa creyendo que quizá regresarían.
Esa fue una de las crueldades más profundas del mecanismo.
Muchas víctimas caminaron hacia su propia ejecución pensando que iban a ser trasladadas.
Entre aquella multitud estaba Dina Pronicheva.
Su historia sería crucial años después.
Porque Dina haría algo que los verdugos no habían previsto.
Sobrevivir.
El camino comenzó a estrecharse.
A medida que avanzaban, aparecían controles.
Soldados.
Policías.
Hombres armados.
Barreras.
Quienes llegaban comprendían demasiado tarde que ya no era posible regresar.
Una mujer preguntó dónde estaba la estación.
Nadie respondió.
Un anciano intentó darse la vuelta.
Lo empujaron nuevamente hacia adelante.
Los gritos empezaron a escucharse desde una zona que todavía quedaba fuera de la vista.
Entonces comenzaron a aparecer montones de pertenencias.
Maletas.
Zapatos.
Abrigos.
Documentos.
Objetos personales.
La primera ilusión se derrumbó.
Aquello no era una estación.
Después llegó una segunda orden.
Entregar los objetos de valor.
Luego otra.
Desvestirse.
Entonces ya no quedaban explicaciones.
Solo miedo.
El miedo puro que aparece cuando una multitud descubre, al mismo tiempo, que ha sido conducida a una trampa.
Babyn Yar era un barranco a las afueras de Kiev.
No había cámaras de gas.
No había edificios diseñados para matar.
No hacía falta.
La geografía servía como parte de la maquinaria.
Las víctimas fueron conducidas en grupos hacia el barranco.
Miembros del Sonderkommando 4a, perteneciente al Einsatzgruppe C y dirigido por Paul Blobel, participaron en los asesinatos junto con otras unidades de las SS, la policía alemana y auxiliares.
La operación había sido organizada.
No era una explosión espontánea de violencia.
Había rutas.
Guardias.
Órdenes.
Equipos.
Munición.
Hombres encargados de vigilar.
Otros encargados de disparar.
Otros encargados de clasificar las pertenencias.
Ese detalle importa.
Porque durante décadas, algunos perpetradores intentarían esconderse detrás de una palabra:
caos.
Pero Babyn Yar no fue caos.
Fue organización aplicada al asesinato.
Dina Pronicheva llegó lo suficientemente cerca para comprender qué ocurría.
Vio cuerpos.
Escuchó disparos.
Vio a personas desaparecer hacia el barranco.
En ese momento la mente humana hace algo extraño.
Deja de pensar en años.
Deja de pensar en mañana.
Deja incluso de pensar en una hora.
Piensa en el siguiente segundo.
Uno.
Después otro.
Después otro.
Dina intentó utilizar una posibilidad desesperada: afirmó que no era judía.
Hubo confusión.
Interrogatorios.
Esperas.
Pero finalmente quedó atrapada en el mecanismo de muerte.
Y allí tomó una decisión imposible.
Cuando llegaron los disparos, cayó antes de ser alcanzada mortalmente.
Cayó entre cuerpos.
No se movió.
No gritó.
No levantó la cabeza.
A su alrededor seguían escuchándose detonaciones.
Personas cayendo.
Órdenes.
Pasos.
Durante horas tuvo que convertirse en algo que ningún ser humano debería tener que fingir ser:
un cadáver.
Después llegó la tierra.
Los verdugos comenzaron a cubrir los cuerpos.
Dina seguía viva.
Tierra sobre la espalda.
Sobre el cabello.
Sobre el rostro.
No podía incorporarse.
No podía toser.
No podía pedir ayuda.
Solo podía esperar.
Y entonces ocurrió uno de los momentos más aterradores de aquella jornada.
Cuando la oscuridad comenzó a protegerla, Dina se movió.
Muy lentamente.
Con el miedo de que cualquier sonido significara otro disparo.
Salió del lugar.
Había sobrevivido a una masacre diseñada para no dejar testigos.
Los hombres que habían ejecutado la operación podían contar muertos.
Podían enviar cifras a Berlín.
Podían escribir informes.
Podían apropiarse de las pertenencias.
Podían incluso creer que habían convertido miles de vidas en estadísticas.
Pero habían cometido un error.
Una mujer salió viva del barranco.
Y su memoria también salió con ella.
Al terminar los días 29 y 30 de septiembre, un informe de los Einsatzgruppen registró una cifra extraordinariamente precisa:
33.771 judíos asesinados.
La precisión del número resulta casi más perturbadora que una estimación.
Porque revela que alguien contó.
Alguien anotó.
Alguien transmitió el resultado.
La cifra no apareció décadas después como una reconstrucción aproximada.
Formaba parte de la propia documentación de los perpetradores.
Treinta y tres mil setecientas setenta y una personas.
En dos días.
Pero Babyn Yar no terminó allí.
Durante los meses y años siguientes, los alemanes utilizaron el lugar para matar a otras víctimas: judíos, romaníes, prisioneros de guerra soviéticos, civiles y otras personas perseguidas por las autoridades de ocupación.
Se estima que alrededor de 100.000 personas pudieron ser asesinadas en Babyn Yar durante la ocupación.
Y entonces apareció un nuevo problema para los nazis.
No cómo matar.
Sino cómo borrar lo que habían hecho.
1943: EL SEGUNDO CRIMEN
Dos años después, la guerra había cambiado.
El ejército alemán ya no avanzaba.
Retrocedía.
Y mientras el Ejército Rojo recuperaba territorio, los responsables nazis comprendieron algo.
Los barrancos podían abrirse.
Las fosas podían encontrarse.
Los cadáveres podían convertirse en pruebas.
Así que comenzaron a destruir las huellas de sus propios asesinatos.
En Babyn Yar, prisioneros del cercano campo de Syrets fueron obligados a exhumar restos y quemarlos.
Aproximadamente 300 prisioneros participaron en aquella operación de encubrimiento.
Los hombres trabajaban sabiendo cuál sería probablemente su destino.
Habían visto demasiado.
Si los nazis querían borrar una prueba, tampoco podían dejar vivos a quienes habían participado en la destrucción de esa prueba.
La lógica era simple.
Primero matar a las víctimas.
Después quemar los restos.
Después matar a quienes habían quemado los restos.
Un crimen construido encima de otro.
Y encima de otro.
Pero nuevamente ocurrió algo que el sistema no había previsto.
Algunos prisioneros escaparon.
Y después de la liberación de Kiev pudieron declarar ante las autoridades soviéticas sobre lo sucedido.
Los nazis habían intentado borrar Babyn Yar.
En cambio, habían creado más testigos.
Ese fue el primer gran giro de la historia.
Cada intento de esconder el crimen terminó produciendo nuevas voces capaces de contarlo.
Cuando las fuerzas soviéticas recuperaron Kiev en noviembre de 1943, encontraron una ciudad devastada.
Pero los daños visibles eran apenas una parte.
Había edificios que podían reconstruirse.
Puentes que podían levantarse otra vez.
Calles que podían limpiarse.
¿Pero qué se hacía con una ciudad donde miles de personas habían desaparecido?
En muchos edificios quedaban apartamentos vacíos.
Una taza.
Un mueble.
Una fotografía.
Una puerta que nadie volvería a abrir.
Los investigadores comenzaron a recopilar testimonios.
Documentos.
Declaraciones.
Pruebas.
Los sobrevivientes regresaban a lugares donde ya no quedaba nadie esperándolos.
Y poco a poco comenzó a aparecer una pregunta.
No podía limitarse a:
¿Qué ocurrió?
Ahora había otra.
¿Quién responderá por ello?
ENERO DE 1946
La respuesta empezó a tomar forma en una sala de tribunal.
Entre el 17 y el 28 de enero de 1946, quince altos miembros y funcionarios alemanes relacionados con la maquinaria de ocupación fueron juzgados públicamente en Kiev por crímenes cometidos contra civiles, prisioneros y poblaciones de los territorios ocupados.
Entre los acusados había miembros relacionados con estructuras de las SS, la policía, la administración militar y la gendarmería.
La guerra había terminado.
Los uniformes seguían existiendo.
Pero el poder que representaban ya no.
Ese cambio se podía ver en pequeños gestos.
Durante la ocupación, muchos de aquellos hombres habían dado órdenes sin explicar nada.
Ahora tenían que responder preguntas.
Durante la ocupación, podían hacer esperar a una familia durante horas.
Ahora eran ellos quienes esperaban.
Durante la ocupación, controlaban quién hablaba.
Ahora tenían que escuchar.
Y entonces entraron los testigos.
Entre ellos estaba Dina Pronicheva.
La mujer que cuatro años antes había permanecido inmóvil entre los muertos regresaba ahora para contar lo que había visto.
No era una aparición que los acusados pudieran convertir fácilmente en una cifra.
Era una persona.
Una superviviente.
Una voz.
Frente al tribunal comenzó a describir el camino.
Las multitudes.
Los controles.
La ropa abandonada.
El barranco.
Los disparos.
La caída.
La espera.
Para quienes estaban presentes, Babyn Yar dejó de ser un nombre geográfico.
Entró en la sala.
Una declaración puede hacer algo que miles de documentos no consiguen.
Puede colocar a una persona frente a otra.
El sobreviviente frente al sistema.
La memoria frente a la negación.
En ese instante, los acusados ya no podían esconderse detrás de mapas.
Delante de ellos estaba alguien que había visto cómo funcionaba aquella maquinaria.
Y había vivido.
Imaginen por un momento la escena.
No hace falta inventar gritos.
No hace falta añadir dramatismo.
La realidad ya contiene suficiente.
Una sala silenciosa.
Un tribunal militar.
Quince hombres acusados.
Y una mujer contando cómo escapó de un lugar en el que decenas de miles de personas habían sido conducidas para no regresar.
Algunos acusados miraban al frente.
Otros bajaban los ojos.
Otros intentaban explicar que únicamente habían obedecido órdenes.
Esa frase aparecería una y otra vez en los juicios de posguerra.
Órdenes.
La palabra más utilizada para reducir una decisión moral a un procedimiento administrativo.
Pero cada nueva declaración destruía lentamente esa defensa.
Porque para que una maquinaria como aquella funcionara hacían falta cientos de decisiones.
Alguien debía emitir una orden.
Alguien debía transmitirla.
Alguien debía cerrar una calle.
Alguien debía vigilar.
Alguien debía confiscar.
Alguien debía disparar.
Alguien debía registrar.
Alguien debía ocultar.
No existía una sola mano.
Existía una cadena.
Y en Kiev, aquella cadena estaba siendo mostrada públicamente.
Entonces llegó otro giro.
Durante años, los nazis habían intentado convencer a sus víctimas de que nadie sabría lo que habían hecho.
En algunos lugares quemaron documentos.
En Babyn Yar intentaron destruir restos humanos.
Durante las retiradas, las unidades de encubrimiento trabajaron para eliminar evidencias de fusilamientos masivos.
Pero ahora las pruebas estaban llegando desde varios lugares a la vez.
Documentos alemanes.
Testigos.
Sobrevivientes.
Prisioneros obligados a participar en el encubrimiento.
Investigadores.
Incluso las propias estadísticas redactadas por la maquinaria nazi.
Era la pesadilla de cualquier sistema construido sobre el secreto:
las piezas comenzaban a coincidir.
El crimen que debía desaparecer estaba reconstruyéndose delante de un tribunal.
El proceso no fue simplemente una investigación sobre Babyn Yar.
Los acusados respondían también por atrocidades cometidas en diferentes lugares de Ucrania y Bielorrusia durante la ocupación: asesinatos de civiles, operaciones punitivas, deportaciones, maltrato de prisioneros y destrucción.
Pero Babyn Yar ocupaba un lugar imposible de ignorar.
Porque representaba algo más grande que un solo episodio.
Representaba la transformación de una ciudad en escenario de exterminio.
Representaba la normalización de órdenes que convertían vecinos en objetivos.
Representaba lo que podía ocurrir cuando un Estado decidía que una categoría de seres humanos ya no merecía ser tratada como humana.
El tribunal escuchó.
Día tras día.
Hasta que llegó el veredicto.
28 DE ENERO DE 1946
Doce acusados fueron condenados a muerte por ahorcamiento.
Tres recibieron penas de trabajos forzados: uno durante veinte años y dos durante quince.
La noticia recorrió Kiev.
No hacía falta radio para que una ciudad transmitiera una noticia como aquella.
Se hablaba en fábricas.
En calles.
En viviendas comunales.
En colas.
En estaciones.
Al día siguiente se cumplirían las condenas de muerte.
Públicamente.
Y entonces miles de personas comenzaron a dirigirse hacia la plaza.
29 DE ENERO
El frío no detuvo a la multitud.
Para algunos, aquello era justicia.
Para otros, venganza.
Para otros, una advertencia.
Para muchos era algo todavía más íntimo.
Habían venido con nombres en la cabeza.
Una hermana.
Un hijo.
Un padre.
Un vecino.
Un marido.
Una amiga.
Personas que no estaban allí.
El centro de Kiev se llenó.
Los condenados llegaron escoltados.
Doce hombres.
Doce personas que unos años antes habían pertenecido a un sistema que parecía invencible.
Ahora avanzaban sin poder elegir la dirección.
Ese cambio de poder fue lo que muchos observadores recordaron.
Durante la ocupación, eran otros quienes debían obedecer.
Ahora ellos obedecían.
Subir.
Detenerse.
Esperar.
Entre la multitud había rostros inmóviles.
No todos gritaban.
Eso es importante.
Porque cuando uno imagina una ejecución pública, imagina ruido.
Pero el silencio también puede ser multitudinario.
Una mujer apretaba los labios.
Un hombre miraba sin moverse.
Otro se quitó el sombrero.
Alguien lloraba sin hacer ruido.
La gente había pasado años escuchando que los desaparecidos no regresarían.
Ahora tampoco regresaban.
Ninguna condena podía cambiar eso.
La justicia podía castigar.
No podía resucitar.
Y esa era quizá la parte más difícil de aceptar.
Los condenados escucharon las últimas órdenes.
Y entonces llegó ese momento que ningún informe judicial puede medir con precisión:
el momento del reconocimiento.
El instante en que un hombre comprende que ya no queda ninguna oficina a la que acudir.
Ningún superior.
Ninguna retirada.
Ningún ejército detrás.
Ningún sello oficial capaz de protegerlo.
Para algunos, ese reconocimiento se vio en los ojos.
Otros mantuvieron una expresión rígida.
Uno pareció buscar algo entre la multitud.
Tal vez una cara familiar.
Tal vez una salida.
Tal vez simplemente espacio.
Pero ya no había espacio para ir a ninguna parte.
La plaza estaba llena.
La ciudad estaba mirando.
Cuatro años antes, en Babyn Yar, miles de personas habían sido empujadas hacia un lugar del que no podían regresar.
Ahora la posición se había invertido.
Pero existía una diferencia fundamental.
Las víctimas de 1941 no habían tenido juicio.
No habían tenido defensa.
No habían escuchado cargos individuales.
No habían recibido una sentencia después de un proceso.
Habían sido asesinadas por pertenecer a un grupo que los nazis habían decidido exterminar.
Los hombres en la plaza, en cambio, habían sido procesados por acciones concretas relacionadas con el sistema de ocupación y sus crímenes.
Esa diferencia es esencial.
Porque justicia y exterminio jamás son equivalentes.
Una sentencia judicial puede ser discutida históricamente.
Una ejecución pública puede plantear preguntas morales.
El contexto soviético de aquellos procesos también incluía propaganda y exhibición política.
Pero nada de eso cambia la naturaleza del crimen que había colocado a aquellos hombres ante un tribunal.
La maquinaria nazi había asesinado civiles de forma sistemática.
Y por primera vez, algunos integrantes de aquella maquinaria tenían que responder públicamente ante una ciudad que había sufrido sus consecuencias.
Se ejecutó la sentencia.
Doce condenados fueron ahorcados públicamente en Kiev el 29 de enero de 1946.
Y durante algunos minutos la multitud permaneció allí.
No hubo un milagro.
Las personas asesinadas no reaparecieron.
Los apartamentos vacíos siguieron vacíos.
Las fotografías siguieron siendo fotografías.
Babyn Yar siguió siendo un barranco.
Pero algo había cambiado.
Durante años los ocupantes habían decidido quién podía hablar.
Ahora hablaban los supervivientes.
Durante años habían escrito informes sobre los muertos.
Ahora los informes se utilizaban como prueba.
Durante años habían intentado convertir a miles de personas en números.
Ahora los nombres de los responsables eran pronunciados en un tribunal.
Sin embargo, aquí aparece el giro más incómodo de toda la historia.
Porque sería tentador terminar diciendo:
“Y así se hizo justicia.”
Pero la historia real rara vez termina con una frase tan limpia.
Muchísimos responsables del Holocausto por balas nunca fueron juzgados.
Algunos regresaron a vidas normales.
Otros recibieron condenas limitadas.
Otros murieron antes de comparecer ante un tribunal.
Otros jamás fueron identificados.
Incluso varios responsables fundamentales de Babyn Yar fueron juzgados en procesos diferentes.
Paul Blobel, comandante del Sonderkommando 4a implicado directamente en la masacre, fue posteriormente procesado en el juicio de los Einsatzgruppen celebrado en Núremberg y ejecutado en 1951.
Friedrich Jeckeln, alto responsable de las SS y la policía relacionado con operaciones masivas de asesinato en el Este, fue juzgado por un tribunal soviético en Riga y ejecutado en febrero de 1946.
Otros evitaron durante años una rendición de cuentas completa.
De modo que la escena de Kiev no representó el final absoluto.
Representó una grieta.
Por esa grieta comenzó a entrar algo que los perpetradores habían intentado mantener fuera:
responsabilidad.
Y todavía faltaba otro combate.
El combate por la memoria.
Durante décadas, la forma en que Babyn Yar fue recordado dentro de la Unión Soviética estuvo marcada por tensiones políticas.
La identidad específicamente judía de las víctimas de la gran masacre de septiembre de 1941 fue frecuentemente diluida dentro de categorías más generales de “ciudadanos soviéticos”.
Pero el dato permaneció.
Los documentos permanecieron.
Los testimonios permanecieron.
La cifra permaneció.
33.771.
No porque un historiador quisiera crear una cifra impactante.
Sino porque los propios asesinos la habían registrado.
Piense en lo que significa eso.
Una persona entra en una oficina.
Abre un documento.
Escribe una cifra.
Treinta y tres mil setecientos setenta y uno.
Quizás pone una fecha.
Quizás una firma.
Quizás entrega el papel.
Para quien trabaja dentro de una burocracia criminal, una cifra puede convertirse en una forma de no mirar un rostro.
Pero detrás de cada unidad del número había una historia.
Una mesa donde faltaría una persona.
Una cama que quedaría vacía.
Una carta que nadie terminaría.
Un cumpleaños que no sucedería.
Un niño que no crecería.
Una mujer cuyo nombre desaparecería de una puerta.
Un anciano que había vivido décadas y al que una ideología redujo, en cuestión de minutos, a una categoría racial.
Ese fue el verdadero mecanismo.
Antes de matar físicamente a las personas, había que convertirlas mentalmente en algo distinto de personas.
“Enemigos”.
“Problema”.
“Elemento”.
“Raza”.
“Objetivo”.
Cuando el lenguaje consigue borrar el rostro, la violencia encuentra el camino más corto.
Por eso la escena más importante de esta historia quizá no sea la ejecución pública.
Quizá ni siquiera sea el veredicto.
Tal vez sea otra.
Una mujer entra en un tribunal.
Se sienta.
Mira hacia los hombres acusados.
Y empieza a hablar.
Dina Pronicheva había sido llevada a un lugar diseñado para eliminar testigos.
Cuatro años después se encontraba ante un tribunal precisamente porque había sobrevivido.
Los perpetradores habían controlado aquella jornada de 1941 casi por completo.
Controlaban las calles.
Las armas.
Las órdenes.
El movimiento de las víctimas.
El barranco.
Incluso habían intentado controlar lo que quedaría después.
Pero hubo algo que no pudieron controlar.
La memoria de quien salió viva.
Eso cambia la forma de entender Babyn Yar.
Porque solemos imaginar el poder como aquello que tiene armas.
Durante unas horas de septiembre de 1941, el poder estaba efectivamente en las manos de quienes disparaban.
Pero cuatro años después, la situación era distinta.
La persona que en 1941 tuvo que fingir que estaba muerta podía ahora hablar.
Y los hombres pertenecientes al sistema que había intentado silenciarla tenían que escuchar.
Ese es el giro que ningún verdugo calcula.
Las armas pueden controlar un momento.
No siempre controlan la historia.
Después de la guerra, Europa se llenó de tribunales.
Núremberg se convirtió en el más famoso.
Pero también hubo procesos en ciudades devastadas donde las atrocidades habían ocurrido casi al otro lado de la calle.
Cada proceso revelaba el mismo patrón inquietante.
Muchos acusados no parecían monstruos mitológicos.
Parecían funcionarios.
Oficiales.
Administradores.
Policías.
Hombres capaces de utilizar palabras ordinarias para describir acciones extraordinariamente criminales.
Y precisamente ahí estaba la advertencia.
Si todos los perpetradores parecieran monstruos desde el primer día, sería fácil reconocerlos.
La historia sería sencilla.
El peligro verdadero aparece cuando el odio aprende a vestirse de procedimiento.
Cuando la persecución se convierte en formulario.
Cuando la discriminación se transforma en normativa.
Cuando un vecino desaparece y todos aprenden a no preguntar.
Cuando alguien dice:
“Yo solo cumplía mi trabajo.”
Babyn Yar demuestra hasta dónde puede llegar esa lógica.
Primero se señala a un grupo.
Luego se repiten acusaciones.
Después se normalizan humillaciones.
Más tarde se limitan derechos.
Se confisca.
Se reúne.
Se deporta.
Se mata.
Y cuando el crimen ya ha ocurrido, se intenta borrar.
Nada de aquello empezó el 29 de septiembre junto al barranco.
Para llegar hasta allí hizo falta preparar durante años una forma de mirar a otros seres humanos.
La bala fue el final del proceso.
La deshumanización había empezado mucho antes.
Por eso aquella mañana de enero de 1946 tiene una fuerza simbólica tan extraordinaria.
Kiev estaba destruida.
El sistema judicial soviético estaba lejos de ser un modelo moderno de justicia independiente.
Las ejecuciones públicas pertenecían también a una cultura política que buscaba exhibir poder y producir un efecto propagandístico.
Pero entre todas esas complejidades existía una realidad imposible de negar:
una ciudad que había visto cómo sus habitantes eran cazados, deportados y asesinados estaba ahora viendo cómo algunos miembros de la maquinaria de ocupación eran llamados por su nombre y condenados.
El anonimato había cambiado de bando.
Durante la masacre, las víctimas fueron convertidas en masa.
En el tribunal, los acusados fueron individualizados.
Nombre.
Cargo.
Responsabilidad.
Sentencia.
Y aquí aparece el último giro.
Los doce hombres ejecutados el 29 de enero de 1946 probablemente imaginaron que aquel era el peor destino posible.
No lo era.
Para un régimen que había intentado borrar a sus víctimas, había algo peor que la muerte de sus agentes:
que las víctimas fueran recordadas.
Porque una ejecución termina en minutos.
La memoria puede durar generaciones.
Babyn Yar sigue siendo estudiado.
Las fotografías siguen viéndose.
Los informes siguen leyéndose.
Los nombres de supervivientes como Dina Pronicheva siguen pronunciándose.
El plan de borrar el crimen fracasó.
Los muertos no pudieron declarar.
Pero sobrevivieron documentos.
Sobrevivieron testigos.
Sobrevivieron fotografías.
Sobrevivieron relatos.
Sobrevivió la evidencia.
Y con ella sobrevivió la acusación.
Hoy, cuando alguien lee la cifra 33.771, corre un peligro.
Convertirla otra vez en un número.
Por eso hay que detenerse.
Treinta y tres mil setecientas setenta y una personas no pueden imaginarse de una sola vez.
Nuestra mente no funciona así.
Podemos imaginar una familia.
Una madre ajustando el abrigo de su hijo.
Un anciano guardando documentos en un bolsillo.
Una joven preguntando cuánto durará el supuesto viaje.
Una persona cerrando la puerta de su apartamento sin saber que nunca volverá.
Después imaginamos otra familia.
Y otra.
Y otra.
Hasta comprender que la cifra no es grande porque tenga muchos dígitos.
Es grande porque cada uno de esos seres humanos tenía una vida tan completa como la nuestra.
La mañana del 29 de enero de 1946 terminó.
La multitud eventualmente se dispersó.
Las personas regresaron a sus casas.
Las calles volvieron a llenarse de pasos cotidianos.
Kiev continuó reconstruyéndose.
Nuevos edificios ocuparon espacios destruidos.
Generaciones enteras crecieron después de la guerra.
La plaza cambió.
Los nombres políticos cambiaron.
La Unión Soviética desapareció.
Incluso la forma de escribir el nombre de la ciudad cambió internacionalmente con el tiempo: Kiev, Kyiv.
Pero Babyn Yar siguió allí.
Porque hay lugares que dejan de ser solamente geografía.
Se convierten en advertencias.
La historia no exige que heredemos el odio de quienes estuvieron antes.
Exige algo más difícil.
Que heredemos la memoria sin heredar el odio.
Que seamos capaces de mirar un crimen cometido contra un grupo y comprender que la defensa de su humanidad también protege la nuestra.
Que no esperemos a que aparezca un barranco para preocuparnos por el lenguaje que deshumaniza.
Que no aceptemos como normal la idea de que una población entera puede ser culpable por nacimiento.
Que desconfiemos de cualquier poder que necesite convertir seres humanos en categorías para justificar lo que pretende hacerles.
Porque Babyn Yar no empezó con 33.771 asesinatos.
Empezó mucho antes, cuando suficientes personas aceptaron que otras personas podían ser tratadas como si valieran menos.
Y tampoco terminó cuando cesaron los disparos.
Continuó en quienes sobrevivieron.
En quienes investigaron.
En quienes declararon.
En quienes conservaron documentos.
En quienes, décadas después, siguen diciendo los nombres.
Aquellos verdugos intentaron enterrar a sus víctimas.
Después intentaron quemar las pruebas.
Después intentaron desaparecer detrás de órdenes, cargos y uniformes.
No funcionó.
Cuatro años más tarde, en Kiev, una superviviente podía mirar hacia el lugar de los acusados y contar lo sucedido delante de todos.
Ese es quizá el mensaje más poderoso de esta historia:
el poder puede obligar a una persona a guardar silencio durante una noche, pero no puede garantizar que la verdad permanezca enterrada para siempre.
Y cuando una sociedad empieza a olvidar que detrás de cada cifra hay un ser humano, Babyn Yar deja de ser solamente una tragedia del pasado y se convierte en una advertencia para el presente.
Porque el día en que dejamos de ver personas y empezamos a ver “categorías” es exactamente el día en que una atrocidad comienza a parecer posible.


