La mesa de cinco personas llegó a la Trattoria Bella un miércoles de noviembre, con el frío apretando en la calle y el local lleno de ese ambiente de media semana que solo tienen los restaurantes de barrio que llevan años siendo lo que son. Gabriela Conti, que llevaba dos años atendiendo mesas allí, los recibió con la eficiencia de siempre, les dio las cartas y les preguntó si querían beber algo mientras decidían. El hombre principal del grupo, Salvatore Conforto, un siciliano de nacimiento que ahora vivía en esa ciudad, respondió en italiano. No el italiano de la carta del restaurante, sino el italiano real, con el acento que el siciliano deja debajo cuando uno lo tiene desde la infancia.

Gabriela contestó en ese mismo italiano, el suyo, el que había aprendido de su abuela Concetta, que llegó de Palermo con veintidós años llevándose el idioma de su casa por dentro. Salvatore la miró de una manera distinta a como había mirado a la camarera que respondía con el italiano del restaurante, pero no dijo nada más en ese momento. Gabriela fue a buscar las bebidas. Cuando volvió, Salvatore dijo algo en siciliano a uno de los hombres del grupo.
No era un insulto elaborado. Era ese tipo de comentario que ciertos hombres hacen sobre las mujeres que están en su campo de visión cuando creen que el idioma los protege, que el idioma es un escudo que los hace invisibles aunque estén completamente visibles. El otro hombre respondió con una variación del comentario en siciliano, con la comodidad de quien está en el territorio privado que cree que nadie más puede tocar. Gabriela lo escuchó todo.
No porque hubiera estado buscando escuchar, sino porque el siciliano de Concetta era el idioma de su casa, el que se escucha de manera automática, el que se tiene desde antes de recordar haberlo aprendido. Lo escuchó con todas sus capas, con la precisión de quien no solo entiende las palabras, sino también lo que pesa detrás de cada palabra. Se quedó en la mesa el momento que la situación requería. Luego respondió en siciliano, con el siciliano de Concetta, con sus expresiones y su cadencia, con la calma de quien dice lo que es verdad porque es verdad y la verdad no necesita elaboración.
Dijo que la manera de hacer el trabajo era la manera correcta de hacerlo, que producía el resultado correcto y que el resultado correcto era lo que la mesa necesitaba. Y luego añadió algo más: que lo que se había dicho en el espacio público con la confianza de que el idioma era privado, había sido escuchado de la manera que merecía ser escuchado. La mesa quedó en silencio. No fue un silencio breve.
Fue de esos silencios de varios segundos donde lo que ha ocurrido necesita ser recibido antes de que cualquier otra cosa sea posible. Salvatore Conforto la miraba con los ojos de quien está recibiendo información que no encaja en ninguna de las categorías que uno tenía para la situación. Gabriela sostuvo la mirada con la calma de quien ha dicho lo que tenía que decir y espera lo que la situación produzca. Sin tensión, sin expectativa.
Salvatore preguntó en siciliano dónde había aprendido. Gabriela respondió que su abuela era de Palermo. Salvatore preguntó de qué parte de Palermo. Gabriela dijo el barrio.
El barrio donde Concetta había crecido, con su nombre, que en el siciliano de Salvatore produjo el reconocimiento de alguien que conoce los barrios específicos de Palermo porque los conoce. Salvatore dijo el nombre del barrio de nuevo, con el tono del reconocimiento, y dijo que era un barrio con historia. Gabriela dijo que su abuela decía lo mismo, que la historia del barrio era parte de lo que ella era, aunque llevara tantos años fuera de él. Salvatore dijo que los barrios de Palermo produzían en las personas que los dejaban una forma de llevarlos que era distinta a la de otros lugares, que los barrios de Palermo tenían algo que hacía que quienes los dejaban los llevaran de una manera específica.
Gabriela dijo que sí, que su abuela era la prueba de eso. Que en todos los años que llevaba en esa ciudad, el barrio seguía siendo parte de cómo Concetta estaba en el mundo, aunque el barrio estuviera en el otro extremo del mapa. Salvatore la miró con esa evaluación que hacía de las cosas que merecían ser evaluadas y dijo que había algo que quería decirle. Gabriela dijo que sí.
Salvatore dijo que lo que había dicho antes, lo había dicho con la confianza de quien cree que el idioma que usa es privado. Y que esa confianza había resultado ser la confianza equivocada. Y que lo que se dice con esa confianza equivocada dice algo sobre quien lo dice que no es lo que uno querría que dijera, si supiera que lo que dice va a ser escuchado por quien lo escucha. Gabriela dijo que sí.
Salvatore dijo que eso también requería ser nombrado. Que había dicho lo que había dicho y que la confianza equivocada no justificaba lo que se decía con ella, aunque la confianza hubiera sido equivocada. Gabriela dijo que lo agradecía. Y dijo que también había algo que quería decirle.
Dijo que el siciliano de su abuela era el siciliano de Palermo, con todo lo que eso lleva. Que era el idioma de su casa, el de su infancia, y que el idioma de la casa de la infancia es el idioma que uno escucha siempre, sin buscarlo, porque simplemente está ahí, disponible siempre. Que no requería que uno lo buscara para escucharlo. Salvatore dijo que entendía eso, que era también la descripción del siciliano que él tenía, el de su casa de la infancia, el que tenía más completamente que cualquier otro idioma que tuviera.
Gabriela dijo que sí, que los idiomas de la casa de la infancia eran siempre los más completos, aunque los otros idiomas también fueran reales. Salvatore dijo que eso era también la descripción de ciertos tipos de conocimiento que no eran idiomas, pero que funcionaban de la misma manera. La cena continuó. Gabriela atendió la mesa con la misma calidad de siempre, sin la elaboración de quien intenta mostrar algo después de lo que ha ocurrido.
Con la misma calidad, porque la calidad era lo que el trabajo tenía cuando ella estaba completamente en él. El grupo cenó con la conversación que tenía, aunque esa noche la conversación tuvo esa temperatura distinta que tienen las cosas cuando algo ha ocurrido en el espacio donde están y nadie ha declarado que ese algo haya cambiado el aire. Al final de la cena, Salvatore pidió la cuenta. Gabriela la trajo.
Antes de que el grupo se levantara, Salvatore dijo en siciliano que su abuela le había dado un regalo más grande de lo que probablemente ella sabía que era. Gabriela dijo que su abuela no sabía que había sido un regalo en el sentido del regalo que se da con la conciencia de que se está dando algo. Que simplemente había sido Concetta en la casa, con el siciliano, y que ese ser simplemente Concetta había producido lo que había producido. Salvatore dijo que eso era también la descripción del tipo de regalo más valioso, el que no se sabe que se está dando, y que por eso era completamente puro, de la manera que son puros los regalos que no tienen el cálculo de lo que van a producir para quien los da.
Gabriela dijo que sí, que eso era Concetta. El grupo se fue. La Trattoria Bella siguió siendo la Trattoria Bella, con el miércoles por la noche, el frío de noviembre afuera, las otras mesas con sus propias cenas y sus propias conversaciones, y Gabriela siguió con su turno. El encargado, don Emilio, que llevaba doce años en la trattoria, le preguntó después qué había ocurrido en la mesa del grupo.
Gabriela dijo que la propina había sido generosa. Don Emilio dijo que no era por la propina que preguntaba. Gabriela dijo que había habido una conversación en siciliano. Don Emilio dijo que no sabía que ella hablara siciliano.
Gabriela dijo que su abuela era de Palermo. Don Emilio dijo que bien, y volvió a las cosas del turno. Gabriela fue a casa esa noche con el frío de noviembre en la calle y con un pensamiento. Pensó en Concetta, en los años en su casa, con el siciliano y con la cocina, y en que Concetta no había sabido que lo que estaba dando era un regalo.
Que había sido simplemente Concetta, y que ese ser simplemente Concetta había producido lo que había producido. Concetta tenía ochenta y un años y vivía en el piso del barrio con el abuelo, que tenía ochenta y cuatro. Gabriela los visitaba los domingos, con esa regularidad de los domingos que tienen las cosas que se hacen porque las personas que amas están en un lugar y ese lugar es donde los domingos se hacen. El domingo siguiente, Gabriela le contó a Concetta.
Concetta la escuchó con la atención de los ochenta y un años para las historias de su nieta, con esa atención completa de quien escucha porque lo que escucha le importa de la manera que le importa. Cuando Gabriela terminó, Concetta estuvo en silencio durante el momento que ese silencio requería. Luego dijo en siciliano que el siciliano era el idioma de las personas que lo tenían, y que las personas que lo tenían podían reconocerse en el idioma de la misma manera que se reconocían en las cosas que eran de las mismas raíces. Gabriela dijo que sí.
Concetta dijo que el hombre del restaurante había dicho que el regalo era puro porque no sabía que lo estaba dando. Gabriela dijo que sí. Concetta dijo que el hombre tenía razón. Que los regalos puros eran los únicos regalos que producían lo que ese hombre había descrito, porque los otros regalos tenían el cálculo, aunque el cálculo fuera un cálculo bueno.
Gabriela dijo que sí, que tenía razón. Concetta dijo que bien, en siciliano, y preguntó si había comido. Gabriela dijo que sí, que había comido. Concetta dijo que bien.
Y fue a la cocina con el movimiento de los ochenta y un años que tenía para ir a la cocina, que era el movimiento de quien va a hacer lo que sabe hacer, porque es simplemente lo que hace cuando va a la cocina. Y la cocina de Concetta fue la cocina que era, con el olor que era y con las manos que hacían lo que las manos sabían hacer desde siempre.


